
BATALLA DE SAN QUINTÍN
El Escorial, 1584 Felipe II asciende despacio por la loma, impulsado por el aire limpio de la sierra, deteniéndose en ese punto exacto donde, siglos después, otros levantarán su figura inmóvil mirando hacia el monasterio. A unos pasos, la roca granítica forma un asiento natural desde que poder observar el Escorial, bañado por una luz vespertina que multiplica su belleza. Desde la distancia, el rey observa las líneas rectas, la geometría sobria, la piedra gris, dorada por el último sol de la sierra, las torres cuadradas rematadas por chapiteles oscuros que cortan el cielo. Cada proporción responde a una idea.
