
DOMINGO DE BONECHEA
Tahití, enero de 1775 La fragata El Águila descansa inmóvil en la bahía, mecida apenas por un oleaje suave. El aire cálido de Tahití entra por la escotilla cargado de humedad y de olor a tierra mojada. Dentro de la cámara del capitán, la luz vacila sobre la mesa de campaña, iluminando un tintero, un pliego de papel y la mano temblorosa de Domingo de Boenechea. “Me hallo fatigado de continuo y con pocas fuerzas para el gobierno de la fragata, mas confío en mis oficiales, que son de probada lealtad. Si Dios no me concede alivio, ruego se cumpla
