
Juan Donoso Cortés (1809 – 1853) fue uno de los grandes pensadores del siglo XIX español, que evolucionó desde su primera etapa liberal, hasta convertirse en adalid del pensamiento conservador en nuestro país y del resto de Europa, y lo fue en gran medida por su fe católica, que recuperó tras un inicial alejamiento. Es por ello que el Papa Pío IX lo incluyó entre los expertos a los que invitó para ayudarle en los trabajos preparatorios de la que luego sería la Encíclica Quanta Cura y en el Syllabus, ambos de 1864.
Donoso Cortés, procedente de la burguesía provincial y descendiente de Hernán Cortés, había sufrido la pérdida de su esposa y su hija, cuando ejercía como profesor. A partir de esa terrible pérdida, nuestro protagonista se dirige a la política como una vía de escape. Son tiempos convulsos. La decisión del “rey felón”, Fernando VII, poco antes de morir, de derogar la Ley Sálica que impedía reinar a las mujeres, para favorecer a su hija Isabel, en detrimento de su hermano Carlos —la candidatura de éste al trono defendida por los tradicionalistas— derivó en la primera Guerra Carlista. Durante la minoría de edad de la futura Isabel II, ejerció la Regencia su madre María Cristina.

En ese primer enfrentamiento civil, Donoso toma partido por Isabel, apostando por una monarquía constitucional, sustentada en las clases medias. Sin embargo, a partir de 1837, cuando el vencedor de la guerra, el general Espartero toma las riendas del gobierno con un claro sesgo liberal progresista, el pensador pasa a la oposición desde posiciones más conservadoras, afianzadas en una renovada fe, al tiempo que apoya decididamente a la Regente, exiliada en Marsella y luego en París. Precisamente a raíz de ese exilio francés, Donoso Cortés se dejará deslumbrar por Francia y por algunos de sus más brillantes pensadores del catolicismo del país vecino, como son Montalembert, Veuillot, Bonald, o Lacordaire, entre otros.
Tras su vuelta del exilio, en 1843, emprendió una carrera política meteórica, resultando elegido como diputado, luego ministro plenipotenciario y secretario personal de la Reina Isabel II, miembro del Consejo Real, y también fue distinguido como Marqués de Valdegamas.
Pero además de esta brillante trayectoria, hay en su vida un hecho fundamental. En 1847, tiene lugar su definitiva conversión, de corazón, a la fe católica, motivada por tres acontecimientos fundamentales, como son, la muerte de la mujer e hija de un íntimo amigo, que le recuerdan su propia tragedia; el conocimiento de un auténtico hombre santo,Santiago Masarnau y Fernández, amigo de Federico Ozanam, quien al poco establecería en España la sociedad de San Vicente de Paúl, y muy especialmente el dolor por la agonía de su hermano Pedro, pese a lo cual se sintió confortado por Dios.


Con su talento e imbuido de esa renovada fe, Donoso destacó con brillantez como gran estadista, hábil diplomático, filósofo de prestigio, deslumbrante teólogo y gran orador. Su fama traspasa fronteras y se extiende por toda Europa, hasta del punto que el propio Papa Pío IX reclamó su ayuda, como señalábamos más arriba.
Entre otras cosas, Donoso Cortés profetizaba que el mundo moderno, que supuestamente defiende las libertades, en realidad terminaría imponiendo un marco regulatorio y policial a los ciudadanos, algo de total actualidad tristemente en nuestro país. Según explicaba en su “Discurso sobre la Dictadura”, del 4 de enero de 1849: “Si no tenéis costumbres, tendréis leyes, hasta llegar a la tiranía”.
Asimismo, nuestro protagonista fue uno de los que anticiparon lo que luego sería Doctrina Social de la Iglesia, DSI, al adquirir conciencia de los graves problemas sociales que planteaba la nueva era industrial, y para cuya resolución, según él, la Iglesia Católica podía ofrecer las mejores soluciones. “Sólo la caridad puede resolver el problema social”, según sus palabras. Y él era el primero en practicar dicha virtud, por su proverbial generosidad, hasta el punto de que repartía entre los menesterosos la mayor parte de su retribución como embajador en París —sobre todo, a las Hermanitas de los Pobres—, reservándose únicamente lo mínimo imprescindible para su sustento, que no era mucho, pues vivía con extrema austeridad.
De hecho, una vez retirado de la vida pública, desengañado de la Política, vivió como un auténtico asceta, e incluso se planteó profesar como monje, pero una enfermedad cardíaca se interpuso en su decisión, arrebatándole la vida a la temprana edad de 44 años.
Jesús Caraballo

