
MARTÍN DE SALINAS
Catedral Vieja de Vitoria Entro en la girola cuando la luz es aún incierta. El día, nublado, no ha terminado de decidirse a abrir y el trasaltar respira una penumbra espesa, antigua. Camino despacio y entonces lo veo: el sepulcro de Martín de Salinas. Reconozco el lenguaje del Renacimiento en la arquitectura del nicho: el arco rebajado, las pilastras, el orden exacto de las proporciones. Me detengo en los grutescos, ligeros, en los genios alados que sostienen el escudo y luego, en el yacente. La cabeza de don Martín descansa sobre dos almohadas. Viste como un hombre de su tiempo,
