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Reducciones, misiones y pueblos de indios (2/3)

  • Cesáreo Jarabo
  • 11/09/2026
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La verdad es que esta estructura era la que, sobre el papel, se habían marcado en las instrucciones de Felipe III. La realidad marca que, al fin, el intento por armonizar la vida política indígena con la española se cumplía… en cierta medida.

En realidad, las élites indígenas solo constituían en apariencia los cabildos de estilo español. Sus «elecciones», si se celebraban, eran un mero paripé que ocultaba las maniobras de poder tradicionales entre facciones. Adoptaron los títulos españoles como alcalde (juez) y regidor (funcionario municipal) , pero el número, la jerarquía y los cargos de los funcionarios se basaban en las tradiciones locales, y muchos cabildos contenían funcionarios con títulos de la pre conquista, En algunos casos, los gobernadores indígenas eran elegidos por los españoles, pero lo más común era que continuasen gobernando de forma vitalicia, igual que antes de la conquista, incluso con sus títulos precoloniales [sic], y transfiriesen sus cargos a sus hijos. (Restall)

Ciertamente, parece que la acusación de aculturación queda fuera de lugar. Pero es que eso era algo que estaba calculado, y lejos de ser privados de su identidad cultural, las “repúblicas de indios” se regían según las costumbres ancestrales, limitándose la intervención española a evitar actuaciones que fuesen contrarias al derecho natural, y posibilitando, eso sí, la transmisión de todo tipo de usos y costumbres que fuesen beneficiosos para todos.

Unos usos y costumbres que abarcaban todos los aspectos de la vida; desde la producción hasta la aplicación de justicia. En este campo, es de señalar que en el régimen jurídico de estas poblaciones que eran las misiones, no existía la pena de muerte, siendo el castigo más duro el que se aplicaba a los homicidas, y que consistía en diez años de prisión, y la pena de destierro, cumplida trasladando al reo a otra reducción alejada, para otros delitos graves. Delitos menores como el robo o el absentismo laboral también estaban penados, y como control de estos estaban prohibidas las bebidas alcohólicas y la vida nocturna.

Lo importante, sin embargo, era el caballo de batalla, y esas nuevas poblaciones fueron conformándose como comunidades autosuficientes, con sus propias industrias, con sus propios albañiles, carpinteros, herreros, pintores, sastres, zapateros, agricultores, ganaderos… y hasta encuadernadores, calígrafos, fundidores de metales o constructores de órganos.

Tierras, talleres, herramientas de trabajo, ganado, todo pertenecía a la reducción. A excepción de los enfermos, estaban obligados al trabajo hombres, mujeres y niños de más de once años (Durán Estragó 1991: 975). El cura doctrinero, que vivía en la reducción, distribuía cada día las tareas que eran dirigidas por las autoridades indígenas y los miembros del cabildo indígena. Los caciques hacían el papel de “capataces” de los indios agricultores y el cura tenía el control y dirección en los talleres artesanales y de los almacenes comunes. (Salinas 2009: 30)

Económicamente, las reducciones priorizaron el desarrollo de la agricultura y la ganadería, que tanto difería de las costumbres ancestrales de los indios. Ahora se les enseñaba que no era necesario centrarse en el cultivo itinerante al que estaban acostumbrados; ya no sería necesario permanecer errantes.  En los pueblos aprendieron a cultivar la tierra con los nuevos métodos. Animales, arados, azadas… fueron su revolución industrial, y junto a ellas, el comercio de lo que mejor producían. Con los nuevos métodos también alcanzó la ganadería un desarrollo muy notable en cantidad y calidad, y de ello, hoy mismo podemos observar sus muestras.

Hubo reducciones que llegaron a pastorear centenares de miles de cabezas de ganado, con lo que crearon una economía que posibilitaba la exportación y facilitaba a la población una dieta más completa que la que en Europa tenían grandes poblaciones. Carne, cueros, generaron un comercio que hizo de algunas poblaciones lugares de crecimiento económico que ya lo querrían para sí muchas ciudades del Viejo Mundo.

Eso en el mundo agrícola, pero no quedaba ahí la labor de desarrollo humano, porque en los mismos pueblos, en las mismas reducciones, a la par del desarrollo agrícola y ganadero, por estricta necesidad, se produjo el desarrollo industrial. Una industria primigenia; una industria que no podía medir su importancia por la escasez de mano de obra, sino al contrario, por facilitar puestos de trabajo productivo a los naturales. En ese sentido, y de forma casi pareja al desarrollo de la agricultura y la ganadería, surgieron en los pueblos de indios molinos de agua primero y de viento después (tampoco en España existieron molinos de viento hasta el siglo XVII, aunque se conocía su uso desde hacía siglos). Pronto se instalaron en las reducciones estos molinos, y con ellos fábricas de azúcar y de aceite, de ladrillos y de tejidos, y de los productos que demandaba la población.

Pero es otro mundo aquél. La misma admiración nos causaba a nosotros a los principios. O pensará que las vacas son chicas como carneros: y otras cosas a este modo. Son tan grandes como las de España, o más. Ni las leguas son chicas. Las estancias de Yapeyú ` [50 leguas por 30] y San Miguel [40 por 20] son las mayores [y a ellas llevaban ganado de varias reducciones]; las demás son de ocho, diez, o a lo más veinte leguas de largo. (Iraburu 2003: 199-200)

Todo señala que la sociedad resultante de estas acciones se acercaba a la Utopía de Tomás Moro: Igualdad, libertad, responsabilidad, hermandad, justicia, comunidad de bienes.

A este respecto, valgan las apreciaciones que en su momento hizo Alexander Humboldt, en sus anotaciones sobre su viaje por América:

Los indios de Guanaguana cultivan el algodón tanto por su utilidad, como por la de la iglesia y del misionero, el producto se considera como perteneciente al Común, y con los fondos del común se subviene á las necesidades del cura y del altar. (Humbold 1826 tomo II: 63)

Durante todo el tiempo que hemos pasado en Caripe y en las otras misiones Chaimas hemos visto tratar á los indios con dulzura; y en general las misiones de los capuchinos aragoneses nos parecieron gobernadas según un sistema de orden, y de disciplina. (Humbold 1826 tomo II: 75)

No era sólo Humboldt quien quedó admirado por lo que veían sus ojos.

En opinión del francés Clovis Lugon, «ninguna región de América conoció en la época una prosperidad tan general ni un desarrollo económico tan sano y equilibrado», y eso que la jornada laboral con horas limitadas —más reducida en el caso de labores más penosas—, ya se había establecido en las reducciones, con una anticipación de dos o tres siglos respecto de los países más adelantados del Occidente. (Iraburu 2003: 200)

La cuestión de los derechos laborales es también un asunto para resaltar; las leyes de la Corona marcaban una jornada de ocho horas, con descansos calculados, con licencias para parturientas y con asistencia a enfermos, y eso es algo a estudiar… Pero lo dejaremos para mejor ocasión. Nos limitaremos a señalar que esta información de Humbold (que no hizo su periplo precisamente para defender a España), parece demostrar  que no fueron sólo las misiones jesuitas, si bien brillan con luz propia, las que aplicaron los principios humanistas, sino que esos mismos principios, llevados a cabo con mayor o menor éxito, como toda obra humana, fueron la norma en la Conquista, en el bien entendido que una obra de tres siglos, llevada a cabo en América, sí, y en Filipinas  y Pacífico, da lugar a que existan ejemplos de lo más variopinto, pero eso será como consecuencia del mayor o menor éxito que cada uno haya alcanzado en el cumplimiento de la norma única y común para todos.

Parece así que las misiones cumplían el objetivo de organizar la sociedad indígena en pueblos, cuya misión viene recogida en la Recopilación de Leyes de Indias, recogiendo lo ya instruido en las Leyes de Burgos de un temprano año de 1511, con el objetivo de que los mismos fuesen autónomos y propietarios de los bienes, y señalando que en ellos no pudiesen habitar españoles, salvo los clérigos encargados de enseñarles la doctrina católica, y con cuya situación alcanzaban la condición de vasallos libres de la Corona.

Pareció que lo mas prouechosso que de presente se podria proueer seria mandar modar las estancias de los caciques e yndios cerca de los logares e pueblos de los españoles por muchas conssideraciones y asy porque la converssacion contynua que con ello ternan como con yr a las yglesias los dyas de las fyestas e oyr missa y los oficios divinos y veer como los españoles lo fasen y con el aparajo y cuydado que tenyendo los juntos consygo ternan de les mostran e yndustrial en las cosas de nuestra santa fe esta claro que mas presto las aprenderan y despues de aprendidos no los oluiraran. (Leyes de Burgos, 1512)

Y no sólo los aspectos espirituales eran tenidos en cuenta para la realización de esta labor. La atención a las necesidades físicas también era un aspecto importante tenido en cuenta para la puesta en marcha de esta medida. Así, las mismas Leyes de Burgos señalan esas necesidades.

Como agora e si algun yndio adoleciere serie brevemente socorrido y curado y se dara vida con ayuda de nuestro señor a muchos que por no saber dellos y no curarlos muere y asi todos se les escusaara el travajo de las ydas y benidas que como son lexos sus estancias de los pueblos de los españoles les sera harto alivio y no moriran los que muere en los caminos asy por enfermedades como por falta de mantenimientos. (Leyes de Burgos, 1512)

Y esa condición de vasallos conllevaba el derecho y la obligación de la propia defensa, lo que se llevó a cabo bajo las instrucciones de los mismos delegados de la Corona; así, las Misiones de Paraguay llegaron a constituir un ejército que llegó a entrar en combate en defensa de sus intereses contra los “paulistas”, esclavistas que iniciaban expediciones para cautivar naturales de la zona. El ejército estaba conformado por indios, formado por expertos españoles y dotado de material bélico español.

Cada misión contaba con ocho compañías, con un maestro de campo, el cacique; regularmente practicaban ejercicios militares. Las autoridades españolas regularmente enviaban a personas encargadas de darles el entrenamiento militar. Se dice que entre 1637 y 1735, al menos entraron en contiendas bélicas, en su propia defensa, unas cincuenta veces. (Díez 2004: 7)

En parte como medida predeterminada y en parte por el hecho de que las reducciones habían iniciado sus propias medidas de autodefensa, en 1640, la Corona concedió permiso de usar armas de fuego a todos los indios de las reducciones, y si esta medida levantó protestas por parte de algunos encomenderos, ello no fue obstáculo para la formación y adiestramiento de fuerte ejército, que como queda manifestado, no hubo de esperar mucho para mostrar su fuerza.

Pero ¿eran en realidad autónomas las poblaciones de indios en el sentido hoy generalizado? Hay que decir que sí equivaldría a creer en la democracia. No cabe duda de que la estructura de estas estaba en orden al espíritu de la Monarquía Hispánica: Jerárquica, aristocrática en la concepción clásica del término, y democrática en los términos que la inteligencia puede permitir. Como en una familia, la democracia se ejercitaba entre iguales, y como en una familia, la aristocracia se ejercitaba donde debía.

Por tanto, podemos afirmar sin rubor que sí, que eran autónomas y libres, y como tales estaban sometidas al control de quien velaba por la buena marcha de las mismas.

Por otra parte, es necesario señalar que, dada la diversidad de gentes, de climas, de costumbres… la metodología aplicada por los frailes era diversa y no uniforme. Como en todo lo demás, no puede observarse una única norma fuera de la norma principal marcada por la Monarquía Hispánica, y que consistía en procurar el conjuntar a los nuevos súbditos en la gran empresa que era la Monarquía Universal.

El Padre es el alma de todo: y hace en el pueblo lo que el alma en el cuerpo. Si descuida algo en velar, todo va de capa caída. Dios nuestro Señor, por su altísima providencia, dio a estos pobrecitos indios un respeto y obediencia muy especial para con los Padres; de otra manera era imposible gobernarlos. (Iraburu 2003)

Como queda señalado, el gobierno de los pueblos de indios estaba a cargo de los alcaldes y regidores de indios, dejando a los caciques el repartimiento de mitas. La ejecución de mitas y cobranzas de tasas correspondía a la justicia mayor o alcaldes ordinarios de cada pueblo de españoles.

La mita, que era un tipo de impuesto de origen incaico, consistía en el servicio personal que cada habitante debía prestar a quién se encontraba encomendado; ese impuesto, en la era hispánica se circunscribía a dos meses al año. El problema surgía cuando al ser sacados de las reducciones, eran desplazados a lugares lejanos, de donde en ocasiones no regresaban a su lugar de origen, con lo que se creaba desarraigo familiar de los desplazados.

Padre Antonio Ruiz de Montoya

Pero el problema principal que tuvieron que afrontar las reducciones fue el ataque antes señalado de los bandeirantes, que efectuaban incursiones con el objetivo de capturar esclavos, y que tuvieron muy especial repercusión en las reducciones la Guayrá, en noroeste del Paraguay, donde los jesuitas habían fundado once reducciones entre 1622 y 1628. Estos ataques provocaron una gran migración en 1631, al frente de la cual el padre Antonio Ruiz de Montoya trasladó a doce mil indígenas por el Paranapanema y luego por el Paraná, debiéndose enfrentar a la acción de algunos encomenderos, superada la cual vieron incrementada la expedición con otro importante grupo de guaraníes dirigidos por el padre Pedro Espinosa.

El 11 de marzo de 1641 se libró una fuerte batalla en Mbororé, sobre el río Uruguay. En unas 900 canoas, se aproximaban 800 bandeirantes, armados hasta los dientes, acompañados por 6.000 tupíes aliados suyos, éstos sin armas de fuego. El ejército guaraní, conducido por el cacique Abiaru, era de 4.000 hombres, 300 de ellos con armas de fuego, que llevaban disimuladas. El padre Rodero hizo la crónica oficial de la pelea. Abiaru, con unos pocos, se adelantó en unas piraguas, y a gritos echó en cara al Comandante paulista la vergüenza de que gente que se decía cristiana viniera a quitar la libertad a otros hombres que profesaban la misma religión. El Comandante no respondió nada y su flota siguió avanzando. Estalló por fin la lucha, y en el río los paulistas y tupíes sufrieron tal descalabro que hubieron de refugiarse en tierra, donde al día siguiente continuó la batalla, con clara victoria guaraní.

Con eso se terminaron para siempre las grandes razzias procedentes del Brasil para la captura de esclavos. La fuerza armada guaraní fue tan potente que el Virrey del Perú, conde de Salvatierra, la nombró defensora de la frontera hispano-lusa, y de hecho pudo impedir en adelante todos los intentos portugueses por entrar en el Río de la Plata. Pero antes de 1641 las reducciones sufrieron el horror de unos 300.000 indios cautivos. Se calcula que solamente entre 1628 y 1630 los paulistas hicieron en las reducciones unos 60.000 esclavos. Cristianos viejos encadenaban a cristianos neófitos para venderlos como esclavos… (Iraburu 2003: 199)

Las acciones de los bandeirantes se recrudecerían a finales de siglo, cuando las expediciones destruyeron multitud de poblados matando gran cantidad de indios y tomando como esclavos otros tantos. No siempre se encontraban en actitud de repeler las agresiones, pero los esclavistas volvieron a conocer serias derrotas en este tiempo.

Durante el decenio 1630-1640, volverían a recrudecerse este tipo de acciones, y fue entonces cuando se puso a prueba la efectividad de los medios de autodefensa para los que habían sido adiestrados, consiguiendo rechazar buen número de ellas.

La inmensidad del territorio administrado significaba, sin lugar a dudas, un problema para hacer cumplir todas las leyes en todos los lugares, pero los esfuerzos de la Corona se mostraban efectivos. Así, para el control de los aspectos administrativos que quedan señalados, la Corona impuso la acción de los visitadores, quienes de manera sorpresiva debían recorrer los pueblos de indios para, sobre el terreno, testar el cumplimiento de las leyes. En sus visitas, el visitador atendía las quejas que pudiesen surgir, y según el título XXXI del libro 2 de la Recopilación de Leyes de Indias, debía informar de la doctrina y de las tasas de tributos (ley 8), comprobar que existiesen bienes comunales (ley 9), controlar el buen trato, e informar tanto del mismo como del castigo aplicado a los infractores (ley10), informar del trato que los caciques daban a los indios (ley 11), informar de la libertad que gozaban los indios (ley 12)… etc., atendiendo las peculiaridades de cada lugar, y todo ceñido a un programa que el visitador debía cumplir a rajatabla.

 Pero gran parte de esta actividad civilizadora quedó truncada con el arribo a España de la Ilustración.

Cesáreo Jarabo Jordán

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