
La entrada de Adolf Hitler al poder en Alemania fue un acontecimiento hipnótico para todo Occidente. Independientemente de la ideología que se tuviese, la atención a lo que pudiese suceder en Alemania desde 1933 era constante y seguida por todos los gobiernos europeos. En este contexto, José Antonio decidió hacer una visita al país germano con la intención de conocer al nuevo canciller.

Previo al viaje, se mantuvieron negociaciones con el corresponsal de ABC en Berlín, González Ruano, y con el embajador de Alemania en Madrid, Welczeck. José Antonio estableció contacto con el embajador, gracias a que ambos eran socios del mismo coto de caza y habían coincidido en alguna montería.
La diplomacia alemana emplazó a José Antonio para asistir al desfile del día del trabajo, el primero de mayo. Al marqués de Estella no le hizo ninguna gracia ya que el 29 de abril quería asistir a la boda de su amigo Julián Pemartín, pero los alemanes le dijeron que no había otra alternativa. Luego José Antonio tuvo que disculparse ante su amigo por no poder asistir a la boda: “en el último momento ha surgido una cosa totalmente inaplazable”.
Tras asentarse en la ciudad, José Antonio concedió una entrevista al periódico fascista italiano Ottobre en el que opinaba sobre el nuevo régimen alemán: “Consideramos el criterio del arianismo, de la pureza de raza, no solo como una ingenuidad científica, sino como hasta una negación auténtica de aquello que constituye la misma esencia de la civilización cristiana y del imperialismo español”.

A José Antonio le facilitó la entrada en Berlín el barón Von Engelbrechten, que había hecho amistad con su padre, Miguel Primo de Rivera, cuando éste era gobernador militar de Cádiz. El barón ingresó en el partido nazi y desde la cancillería le encargaron que organizase la visita de José Antonio. En Berlín se congració con el nuevo corresponsal de ABC, Eugenio Montes, con el que debatía sobre el nacionalsocialismo alemán. Montes escribió artículos elogiosos sobre el nuevo movimiento y su “socialismo nacional” aunque siempre tuvo sus reservas hacia lo racial.

El día del desfile, con las juventudes hitlerianas perfectamente uniformadas y con marcha matemática, José Antonio y Eugenio Montes asistieron al espectáculo. Le acompañaba un dirigente del Frente del Trabajo que aleccionaba a José Antonio sobre los avances nacionalsocialistas en materia laboral. De traductor estaba el barón Von Engelbrechten.
Para finalizar, Hitler dio un discurso del que Montes hizo la crónica y, en la que dijo que allí se encontraba: “la mayor multitud que ha conocido la Historia”.
José Antonio complementó su visita asistiendo a campos de trabajo de las organizaciones del partido, a nuevos barrios construidos para los obreros y a campos de deporte de las juventudes hitlerianas. Ante este alarde de avances, el barón le remató la jornada con una frase de Federico el Grande de Prusia: “Quien consigue que donde antes maduraba una espiga se cosechen dos, hace más por su patria que el general que gana una batalla”. José Antonio respondió que el pueblo alemán debía ser fatalmente romántico, y no como halago, sino como defecto. El barón intentaba conocer la reacción y el parecer de José Antonio, pero este se mostró muy reservado.

Al poco tiempo conoció a Alfred Rosenberg, autor del libro El mito del siglo XX, obra de carácter fantasioso y racial. Le decía a José Antonio que se fijase como en las iglesias cristianas y protestantes ondeaba la bandera con la esvástica, que eso demostraba que el Reich no era anticristiano y que a los feligreses no les debía parecer mal. Ahora bien, que si así fuese les traería sin cuidado.

En este momento, José Antonio sí se dio por aludido y, haciendo uso de sus conocimientos historiográficos, habló del Sacro Imperio Germánico, pero la respuesta de Rosenberg le dejó perplejo. Arguyó que la idea del tercer Reich no era la defensa de Carlomagno, sino del príncipe Widukind, que fue su gran enemigo por la defensa del paganismo frente a la imposición del cristianismo de los francos. José Antonio, no dio crédito a estas palabras.
José Antonio, dedicó tiempo a hacer visitas turísticas junto al barón, pero según pasaban los días se daba cuenta de que el encuentro con Hitler se hacía lejano. Un día antes de partir de regreso a España, el barón le comunicó que ya estaba concertada su entrevista con el Führer.

El día de la reunión José Antonio se dispone a estrecharle mano, pero Hitler levanta el brazo con velocidad doblando la mano hacia detrás. Comienza la entrevista y el Führer argumenta que no se van a conformar con el Tratado de Versalles. Que en un año han bajado el número de parados de seis millones a menos de tres. Que han progresado mucho pero no como les hubiese gustado a los marxistas y a los capitalistas judíos. Su dialéctica no paraba como estuviese en pleno discurso ante las masas. De repente cambió de tono y el traductor les dijo que tenían que disculpar al Führer porque tenía que atender otros asuntos, y que esperaba que España encontrase su camino lejos del bolchevismo.
La delegación española salió para partir de vuelta camino de París. El encuentro se llevó con toda discreción, ni siquiera Ramiro Ledesma ni Onésimo Redondo fueron informados. Al final se hizo pública porque el corresponsal de El Debate, Antonio Bermúdez Cañete, lo contó.
En París, José Antonio quedó con su amiga Ana de Pombo, que era la secretaria personal de Coco Chanel, y con la que volvió a España. En el camino de vuelta le dijo: “Con este hombre no nos entenderemos nunca, Anita. No cree en Dios”.
José Carlos Sacristán Abad

