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FRANCISCO DE RIBERA Y MEDINA, EL ALMIRANTE INVENCIBLE

  • Jaime Mascaró Munar
  • 14/10/2026
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Francisco de Ribera y Medina fue un almirante y corsario español que ganó renombre en el Mediterráneo a las órdenes del Duque de Osuna antes de ser llamado al Atlántico, donde dirigió y reorganizó la Armada de Flandes en cooperación con los corsarios dunkerqueses. Ribera militó con gran éxito en casi todos los teatros marítimos de la Monarquía Hispánica, contra turcos, berberiscos, venecianos, holandeses e ingleses, obteniendo victorias en imponente inferioridad numérica y quedando invicto a lo largo de su carrera. El considerado como el capitán más brillante y efectivo del siglo XVII logró hacerse un nombre desde el escalón más bajo de la Armada hasta lograr ser investido caballero de la Orden de Santiago.

Felipe III Felipe IV

Su nombre llegó a inspirar terror en Venecia, Francia, Inglaterra, Holanda, Túnez y el Imperio Otomano, pues no hubo flota enemiga capaz de vencer la astucia de Ribera. Gracias a sus victorias, la Monarquía Hispánica pudo ser la dueña de los mares durante los reinados de Felipe III y Felipe IV; pero cuando Ribera se retiró del servicio, comenzó la decadencia de la Armada.

EL PERSONAJE

La vida de Francisco de Ribera, el almirante invicto, es la fascinante transformación de un espadachín del Siglo de Oro en uno de los más grandes marinos de España. Nació en Toledo alrededor del año 1582 en el seno de una familia poco distinguida, humilde y de antepasados conversos. Hijo de Pedro Fernández de Rivera, mayordomo del obispo de Lugo, e Isabel de Medina, quedando huérfano de padre a muy temprana edad y, no teniendo su madre recursos para proporcionarle una buena educación, tuvo que hacer carrera con las armas. Se sabe que tuvo diversos duelos o lances de honor, incluyendo uno en el que mató a un hombre e hirió a otros cinco que trataron de arrestarle, por lo que tuvo que huir a Cádiz. Allí comenzó a dedicarse a los asuntos del mar, sirviendo desde 1603 en la armada de Luis Fajardo y Chacón.

Salinas de Araya

Sólo un año después de su llegada, la flota de Fajardo derrotó a un convoy otomano, y en su transcurso Ribera tuvo su primera hazaña capturando una nave turca entera, por la que Fajardo le recompensó con creces. En 1605 estaba de nuevo en la armada de Fajardo cuando cruzaron el Atlántico en dirección a las Indias, donde realizaron operaciones contra los piratas y corsarios extranjeros que hostigaban las posesiones ibéricas locales. Enterados de que una flota holandesa solía atacar Cumaná e Isla de Margarita, Fajardo la buscó y encontró alrededor de las salinas de Araya, donde con sus 14 galeones derrotó a 19 urcas holandesas, que trataban de robar sal para el comercio neerlandés. Todos los tripulantes enemigos serían ejecutados a modo de castigo ejemplar. Tras la acción derrotó a otros 16 galeones holandeses.

Batalla del Cabo de San Vicente

Probablemente, Ribera estuvo presente también en la batalla del Cabo de San Vicente, cuando la flota de Fajardo venció a una holandesa en su retorno a España, y en la operación de Túnez de 1609, en la que Fajardo y su hijo Juan arrasaron con apoyo francés el puerto moro de La Goleta, base de los piratas berberiscos. En algún momento adquirió además el grado de alférez. Sin embargo, poco después hirió en duelo a un capitán y tuvo que huir de nuevo.

Pedro Téllez-Girón

Sabedor de que el Mediterráneo era el mayor campo de batalla de la época, Francisco de Ribera decidió ponerse al servicio de Pedro Téllez-Girón, tercer duque de Osuna y virrey de Sicilia y Nápoles. Francisco pronto se convirtió en uno de sus mejores hombres, y el propio Osuna le entregó el mando de un galeón de 36 cañones, el San Juan Bautista, elprimero de su flota privada. Pedro Téllez-Girón, que la posteridad llamaría el Grande Osuna, había formado a sus expensas una armada que, desde su virreinato de Sicilia primero y de Nápoles después, mantenía el prestigio de las armas de España en el mar Mediterráneo. No era Osuna muy riguroso con los antecedentes de su gente si peleaban bien, así que incluyó a Ribera entre los suyos, los llamados bravos, manteniéndole en su cargo de alférez.

En diciembre de 1615, la flota de galeras de transporte Pedro de Gamboa y Leyva apresó un convoy perteneciente al turco Azan Mariol, tras lo que Ribera salió a asistirles como refuerzo con el galeón y una tartana de abordaje. Llegó a tiempo de repeler a dos grandes naos berberiscas, tras lo que éstas fueron a guarecerse al puerto tunecino de La Goleta y él a reaprovisionarse a Trapani. Sin embargo, tan pronto como estuvo rearmado, Ribera llevó a cabo una razia en La Goleta, capturando cuatro barcos locales antes de que la artillería de puerto pudiera alcanzarle, inutilizar al menos dos docenas y regresar sano y salvo a Sicilia para admiración del duque. Tras esta actuación, fue ascendido por el duque a capitán.

El nombre de Francisco de Ribera comenzaba a ganar fama en los puertos del Mediterráneo y su mayor éxito militar lo obtuvo el 14 de julio de 1616 en la batalla del cabo Celidonia, así llamada por haber acontecido en el Cabo Gelidonya de la costa sur de Turquía, una batalla que sería recordada como «la pequeña Lepanto». Ese día cinco galeones españoles se enfrentaron a cincuenta y cinco galeras turcas. A pesar de la superioridad de hombres y cañones de los turcos tras el primer día de ataque, no lograron alcanzar a las naves de Ribera y por el contrario perdieron ocho naves. Al día siguiente, aunque llegaron a acercarse a las naves cristianas, volvieron a ser rechazadas, esta vez con diez galeras perdidas o dañadas. El tercer día hubo un nuevo intento de los turcos por tomar las naves españolas, volviendo a fracasar a pesar de su aparente ventaja.

Luis Vélez de Guevara

La noticia de la victoria, la mayor de la cristiandad sobre el turco desde la batalla de Lepanto resonó por Europa. Osuna inmediatamente solicitó al rey Felipe III que a cambio de sus servicios nombrase almirante a Medina, cosa que hizo, además de lo cual se concedió a Ribera la Orden de Santiago, incluso aunque fuera técnicamente inelegible por tener una tatarabuela judía conversa (el proceso de entregarle la cédula de la orden se extendería varios años debido a lo inusual de romper este requisito, pero el propio Papa Urbano VIII intercedería para zanjar la cuestión en 1624). Luis Vélez de Guevara escribió la comedia El asombro de Turquía y valiente toledano en honor a esta batalla.

Las siguientes campañas realizadas por Ribera fueron en 1616 contra la República de Venecia, siempre dispuesta a conspirar contra los intereses de España. Ribera y su colega Octavio de Aragón dieron corso a la Serenísima, causando estragos en el comercio de la república y atrayendo toda clase de quejas políticas. En el mayor de los encuentros, tras adentrarse en el Adriático, a la altura de Ragusa, hoy llamada Dubrovnik, en la que Ribera venció y puso en fuga a una flota veneciana muy superior en número y medios, mandada por el almirante Lorenzo Venier, en la que es conocida como batalla naval de Ragusa. La Serenísima se oponía al predominio hispano en el Mediterráneo, y la victoria de Ribera frente a una flota veneciana muy superior en número no tardó en llegar a Madrid junto con su hazaña en la «pequeña Lepanto» del cabo Celidonia.

En 1619, en respuesta a un gran despliegue de piratas berberiscos alrededor de Sicilia, Malta y Cerdeña, el duque envió a Ribera al mando de seis de sus galeones para limpiar las aguas. Ribera lo hizo meticulosamente en cuestión de tres meses, tras lo que se desplazó a Túnez y arrasó sus flotas, llegando a penetrar en La Goleta dos veces y quemar allí las embarcaciones locales. Tras ello ahuyentó una flota de cinco bajeles de Argel, de los que tres huyeron y dos volaron sus naves para impedir que los tomase. El mayor corsario berberisco de aquellos días, Solimán Sansón, se refugió en Susa y no volvió a salir en mucho tiempo para no toparse con Ribera.

En 1620, con la llegada al poder de Gaspar de Guzmán, Conde-duque de Olivares, cayó el Duque de Osuna en desgracia y perdió el virreinato de Nápoles. El último despliegue de Ribera bajo su mando le vio marchar con 10 galeones en compañía de Agustín de Silva con 6 galeras a ejercer el corso en la Creta veneciana, donde capturaron una docena de mercantes y los enviaron a Nápoles. Ribera continuó en dirección a Alejandría para saquear el tráfico musulmán mientras Silva se dirigía al canal de Sicilia, aunque la decisión de separarse ocasionaría que por el camino aprovechara el almirante veneciano Federico Nani, con 8 galeones, para tratar de cerrar el paso a Silva. A pesar de la tremenda desigualdad de fuerzas, sin embargo, Silva dio batalla y logró escapar con sólo una galera perdida. En 1621 transportó a Génova a tropas destinadas a Milán, tras lo que destruyó una flota corsaria berberisca atracada en La Goleta. Guardó las costas de Sicilia hasta que en 1623 se le dio orden de regresar a España para no volver al Mediterráneo.

La muerte de Felipe III en 1621 marcó el inicio del declive español tanto en tierra como en los mares. Para empezar, el nuevo rey heredó el trono acompañado por un nuevo valido, el conde-duque de Olivares, a quien no le hacía gracia alguna la existencia de una flota corsaria mediterránea al servicio del duque de Osuna. Las envidias cortesanas provocaron la encarcelación de Osuna, acusado de instigar para coronarse rey de Nápoles contra Felipe IV. El conde-duque de Olivares desmanteló la flota corsaria a la que pertenecía Ribera y decidió enviar a sus miembros a aguas del Canal de la Mancha, donde resultarían especialmente útiles contra los corsarios holandeses de las Provincias Unidas.

Mientras la corte decidía qué hacer con Osuna y sus corsarios, Francisco de Ribera sirvió de nuevo en la Armada del Mar Océano que escoltaba las Flotas de Indias y allí conoció a Alonso de Contreras, el corsario que dejó escrita su vida y sus aventuras por consejo de Lope de Vega.

Batalla de Celidonia

El 2 de febrero de 1624 el Rey le concedió por fin el hábito de Santiago, en atención a sus méritos en la batalla de Celidonia, compensando su sangre conversa con la mediación papal. Recibió y además la encomienda de Castilleja de la Cuesta en la misma Orden de Santiago, como compensación a la tardanza por entregársele el hábito. En octubre de ese año comandaba seis galeones de Nápoles en una armada de 25 velas a cargo de Juan Fajardo, hijo de Luis, y que además incluía también al notorio Alonso de Contreras. Tras hacer algunas presas en Berbería, la armada se topó en cerca de Málaga con una gran flota holandesa de 88 buques, a los que no lograron cerrar el paso al Mediterráneo, aunque sí hundir o capturar 22 de ellos. Aunque el buque de Ribera resultó dañado en la batalla, Contreras alabaría el liderazgo del toledano, escribiendo que «plugiera a Dios fuera general de toda esta armada el buen Ribera, que diferentemente hubiera sido servido Su Majestad, y nosotros ganado reputación». Poco después Ribera y Contreras escoltaron a la Flota de Indias.

La flota de Nápoles donde Francisco de Ribera era almirante pasó a formar parte de la armada de Fadrique de Toledo Osorio que iba a luchar a las costas de Brasil contra los neerlandeses. Tras derrotar a la armada holandesa en la histórica Jornada del Brasil, donde se reconquistó Salvador de Bahía, la flota alcanzó Cádiz en 1626 con muchas dificultades debido a los temporales, que les habían hecho perder muchos navíos y hombres. Separado de la flota, Ribera consiguió, sin embargo, salvar dos galeones y un patache; otro, el San Jorge, había naufragado a la altura de las islas Azores con toda su gente. Al poco de su llegada tuvo que participar en la Defensa de Cádiz en 1625 contra una flota anglo holandesa.

Ambrosio Spínola

Alonso de Contreras se deshizo en halagos hacia la habilidad militar y marinera de Francisco de Ribera antes de que el toledano partiese hacia Flandes en 1626, donde tomó el cargo de almirante de la Armada de Flandes a las órdenes del capitán general Ambrosio Spínola, sustituyendo a Fermín de Lodosa quien le ordenó en mayo salir con todas las naves posibles. Junto a los corsarios dunkerqueses, Ribera desbarató el tráfico mercante de la prestigiosa marina holandesa, hasta entonces creída imparable. En octubre, el toledano daba un golpe de grandes proporciones al hundir con 12 galeones más de 140 pesqueros neerlandeses cerca de la costa de Escocia, o el aprisionamiento de más de 50 barcos ingleses en sus propios puertos, logro que provocó una gran vergüenza en Inglaterra y en su Parlamento. Junto con una tormenta que dispersó 20 galeones que los holandeses habían enviado a bloquear Dunkerque, la conclusión del año fue un desastre para las Provincias Unidas, que llegarían a ofrecer hasta 40.000 florines de recompensa por cada barco de Dunkerque que capturasen los suyos, ya fuera español o flamenco.

Durante el mando de Francisco de Ribera, España controló sin oposición las aguas del Canal de la Mancha y pudo mantener la guerra contra las Provincias Unidas a pesar de la ayuda inglesa, veneciana y francesa a los neerlandeses. El último servicio de Francisco de Ribera consistió, precisamente, en ayudar al corsario neerlandés al servicio de España Michel Jacobsen, apodado Zorro de los Mares, a transportar un convoy cargado con 4.000 soldados y 200.000 ducados provenientes de A Coruña y que, gracias a la pericia de ambos capitanes, logró desembarcar en Dunkerque a pesar de los ataques de las naves holandesas.

Michel Jacobsen

En octubre de 1627 se le requirió asistir a los franceses del Cardenal Richelieu en el Asedio de La Rochela, para lo que salió tardíamente con 14 galeones y 3 pataches, pero al encontrarse con que los ingleses hostiles a Francia habían abandonado el asedio, se desvió para corsear. Debió interrumpir la labor para acudir al socorro de Gravelinas, que buques de guerra holandeses pretendían tomar, pero una vez ahuyentados estos con ayuda del corsario Adriaan van der Walle, Ribera dividió su flota en dos bajo el mando de sí mismo y de Jacob Collaert y llevó a cabo una fructuosa caza, hundiendo y capturando entre ambos más de 90 buques neerlandeses. Ribera llegó a capturarlos en los mismos puertos de Inglaterra, tomando también algunos barcos ingleses, lo que provocó el escándalo del Parlamento inglés y del rey Carlos I.

En 1631, la armada de los Países Bajos planeaba un ataque masivo contra el tráfico hispánico, por lo que Ribera y Carlos de Bourgoigne, conde de Wacken, apostaron sus flotas en Dunquerque y Ostende. Sin embargo, al no atreverse los neerlandeses, y con la victoria de Carlos Coloma en impedirles tomar Brujas, los corsarios volvieron a salir.

En otoño, Ribera asistió así mismo al famoso Michel Jacobsen, que trataba de pasar el cerco naval holandés al mando de una flota de 24 barcos cargando 4000 tropas y de más de 200.000 ducados en plata desde La Coruña. Burlando la vigilancia enemiga, Jacobsen y Ribera finalmente entraron en la Fort-Mardyck, cerca de Dunquerque. Wacken falleció el próximo año, pero Ribera continuó en sus funciones hasta 1635. Fue sustituido por otro gran almirante, Juan Claros de Guzmán, marqués de Fuentes.

Tantos años al servicio de la Corona acabaron pesando para Ribera, y decidido a morir lejos de un campo de batalla, por lo que se retiró en 1635 a su encomienda de Castilleja de la Cuesta, en Sevilla, donde murió. Gracias a un memorial escrito por su hijo Pedro en 1646, en el que solicita la citada encomienda y en la que se encuentra el palacio de la Reina María de las Mercedes, donde falleció Hernan Cortes en 1547, se sabe que falleció por ese año, que dejó poca hacienda y que quedó viuda la napolitana Olimpia Campilongo, natural de Nocera. La muerte de Francisco de Ribera coincidió con el declive de la Armada hispana tras la batalla de Las Dunas (1639), una coincidencia simbólica de lo errados que fueron los cálculos del conde duque de Olivares a la hora de castigar al duque de Osuna y desmantelar su flota de corsarios, los únicos capaces de enfrentarse a turcos y berberiscos en aguas del Mediterráneo.

Jaime Mascaró Munar

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