
La herencia de Fernando I no se basó en un ajuar de bienes privados sino de poder político. Tanto Sancho como Alfonso quedaron disconformes con el reparto, siendo Sancho el primero en rechazar el testamento de su padre, ya que como primogénito se sentía con derecho a otro tipo de reparto. No podía tolerar no dominar León que era el símbolo del máximo poder. Alfonso también se podía sentir agraviado porque recibió León sin Galicia, que correspondió a García.
Según recoge Alfonso X en la Primera Crónica General, Sancho había protestado ante Fernando arguyendo que “los godos antiguamente fizieran su postura entre sí que nunqua fuese partido el imperio de Espanna, mas que siempre fuese todo de un sennor, et que por esta razón non lo devíe partir nin podíe, pues que Dios lo avíe ayuntado en él lo más dello”.


Sancho II lanzó un desafío a Sancho IV de Navarra en 1066, por la posesión del castillo fronterizo de Pazuengos. Se produjo un combate singular entre Rodrigo Díaz de Vivar, en representación de Sancho II, y el navarro Jimeno Garcés, que fue derrotado. Sancho IV pidió ayuda a su primo el rey de Aragón Sancho Ramírez, quien rechazó a los castellanos cerca de Viana.
El 18 de marzo de 1068, Sancho II celebró una corte general de obispos, abades y nobles castellanos a la que asistió su hermano Alfonso de León, y restauró el obispado de Oca. Se trataba del primer obispado del reino con el que pretendía unificar eclesiásticamente todo el territorio. Sancho II hizo concesiones a los monasterios de Oña, Arlanza y San Millán de la Cogolla. Este último estaba bajo los dominios de Navarra, pero su devoción e influencia se extendía por tierras de Castilla y Álava, desde donde acudían muchos peregrinos.
En 1067, Sancho II se presenta ante las murallas de Zaragoza para exigir a su rey el pago de las parias que le correspondían. El ejército castellano, que contaba con el Cid, hizo alarde de su fuerza sitiadora, por lo que el rey musulmán, al-Muqtadir, no tuvo más remedio que hacer efectivo el pago de las parias.

La muerte de la reina Sancha, viuda de Fernando I, en 1067 abrió la puerta para que Sancho II reivindicara la totalidad de la herencia. Sancho II no podía consentir no gobernar sobre León, tal y como habían hecho su abuelo Sancho el Mayor y su padre Fernando I. El enfrentamiento con sus hermanos parecía inevitable.
Una primera tentativa o escaramuza entre leoneses y castellanos se produjo el 19 de julio de 1068. El encuentro se realizó en las orillas del Pisuerga próximo a Melgar de Fernamental. La batalla se libró con la derrota de los leoneses y la huida de Alfonso.
Pese a la derrota, el rey Alfonso acudió a una junta plenaria que convocó su hermano Sancho, el 26 de marzo de 1071. El objetivo de la reunión era tratar la situación de Galicia, es decir, ambos reyes tenían la misma pretensión de despojar el reino de Galicia a su hermano García. Según informa la Primera Crónica General, Alfonso dejó pasar libremente por León a su hermano, con la condición de que le entregase la mitad de lo que conquistase. Sancho despojó a su hermano del reino de Galicia y lo llevó preso al castillo de Burgos. De esta manera Sancho se intituló rey de Galicia y donó a Alfonso la parte que le correspondía.

La situación era excesivamente irregular, Sancho era rey de Castilla y Galicia teniendo entre ambos territorios al reino de León. Por este motivo se produjo la batalla de Golpejera o Vulpejar en enero de 1072 en la vega del río Carrión. La batalla se libró con un gran número de víctimas por ambas partes. En la Historia Roderici se narra el valor que demostró Rodrigo Díaz de Vivar que actuó como alférez.
El rey Sancho ganó la batalla y se coronó rey de León el 12 de enero de 1072. Sancho se coronó sin el consentimiento del obispo de Oviedo, Pelayo.

Mientras tanto, Alfonso había sido hecho prisionero, pero permaneció cautivo poco tiempo. Sancho dejó marchar a su hermano al destierro con su comitiva regia. El destino elegido fue Toledo, cuyo rey al-Mamún, era tributario de Alfonso. Alfonso estuvo nueve meses en Toledo, esto tuvo una enorme importancia para hacerle conocer con perfección las defensas de la ciudad. Pocos años después, en 1085, Alfonso VI reconquistaría Toledo para la cristiandad.
Sancho II se había titulado como rey de Castilla y León, pero no tuvo todos los apoyos que él hubiese deseado. Algunos miembros de la nobleza leonesa no le aceptaron, como fue el caso de los Banu Gómez. Los acontecimientos se precipitaron para Sancho, al no tener tiempo para consolidar su poder. Debía conseguir la sumisión de la nobleza leonesa.
En Zamora gobernaba la infanta Urraca apoyada por algunos nobles que se habían sublevado contra Sancho II. La ciudad era punto geográfico clave para dominar el tránsito entre Toledo, Galicia, León y Tierra de Campos. Este fue el motivo que obligó a Sancho II a poner cerco a la ciudad con un numeroso ejército, en el que se encontraba el alférez Rodrigo Díaz de Vivar. La ciudad sufrió el asedio durante varios meses.

Según narra el cronista Pelayo de Oviedo, un falso desertor de Zamora al que llama Vellido Ariulfi, más conocido como Vellido Dolfos, que se había acogido a la protección del rey Sancho y se había ganado su confianza, aprovechó un momento en el que el monarca se encontraba a solas y le clavó una lanza en el pecho que le causó la muerte. La Historia Silense nos cuenta como el asesino del rey salió raudo a galope escapando del campamento castellano, y cuando alcanzó las murallas de Zamora, las puertas se le abrieron tal y como estaba previsto.
Sancho II había fallecido sin dejar descendencia, su hermano Alfonso VI se presentó en Zamora para hacerse cargo de la herencia de Sancho. En Zamora fue reconocido como rey por los nobles y prelados leoneses, asturianos, gallegos y portugueses.
Alfonso VI apoyado y aconsejado por su hermana Urraca, apresó a su hermano menor, García, lo trasladó al castillo de Luna, en la montaña leonesa de Babia y allí murió encadenado en marzo de 1090.
Desde 1076 Alfonso VI empezó a intitularse “totius Hispaniae rex” y “imperator totius Hispaniae”, expresiones que reflejan de forma muy clara su aspiración política de lograr la unidad de toda España bajo la hegemonía leonesa.
José Carlos Sacristán Abad


