
Madrid, 1839
La mañana despierta turbia en el descampado donde dos hombres ponen su honor en sendas pistolas. Julián Romea avanza con el abrigo cerrado hasta el cuello y el corazón palpitando orgullo herido y fatalismo. Cada paso le devuelve la frase insolente de Ignacio Escobar, esa reseña que lo humilló en público y lo obliga a defender su honor.

<<El señor Romea, tan dado a los excesos de gesto como a la afectación de voz, parece olvidar que el teatro exige arte y no alardes de vanidad.>>
Los padrinos ya aguardan bajo las encinas. Escobar también acaba de llegar. Ambos se saludan, incómodos, y se acercan a las pistolas, que reposan sobre un paño oscuro.
Los padrinos marcan la distancia. Los duelistas se separan, Romea respira hondo y Escobar evita su mirada. Ambos, pésimos tiradores, levantan las armas y apuntan.
Dos disparos rompen la quietud del descampado, aunque con un desenlace inesperado: ningún duelista sufre ni un arañazo, pero la bala de Romea alcanza a uno de los padrinos, que se desploma.
El padrino exhala su último aliento mientras el sol asoma entre las nubes. El duelo, nacido de una crítica, se transforma en una sombra que se adherirá para siempre a la vida del actor.
EL PERSONAJE
<< ¡Fértiles prados de la patria mía, ricos de flores, de alamedas llenos; valles frondosos de apacibles sombras, ¡campos amenos!>> (Julián Romea, sobre Murcia)

Julián Romea Yanguas nació en la plaza de Santa Catalina el 16 de febrero de 1813. Hijo de Mariano Romea, administrador de bienes de los marqueses de Espinardo, y de Ignacia Yanguas y Prat de Rivera,
En 1816 se trasladó con su familia a Alcalá de Henares, pero cuando el padre fue desterrado por su pasado liberal éste se trasladó a Portugal, mientras el resto de la familia regresó a Murcia en 1823.
Establecido en la capital del Segura, el joven Julián estudió humanidades en el Seminario Mayor de San Fulgencio y comenzó a participar en representaciones teatrales de aficionados.
A finales de 1827, el padre volvió del destierro y la familia recuperó cierta normalidad.
En 1831, los Romea regresaron a Madrid. Allí, Julián, decidido a formarse como actor, se matriculó en la recién creada Escuela de Música y Arte Declamatorio, donde tuvo por maestro al gran actor Carlos Latorre, discípulo de Isidoro Máiquez. Aquella escuela, conocida popularmente como El Conservatorio, se convirtió en el centro de su vida artística: primero como alumno, después como profesor.

<<A Joaquín Caprara, profesor de Declamación, lo sustituyó Carlos Latorre, que, con 32 años, era primer actor del Teatro del Príncipe. Él fue el verdadero maestro de Julián Romea, pues de su mano llegó al escenario más importante de Madrid, sustituyéndolo durante una larga ausencia en París.>>(teatroromea.org)
TEATRO
En 1832, con apenas diecinueve años, fue contratado como galán joven por la compañía de Juan Grimaldi y debutó en el Teatro del Príncipe Con la obra El Testamento, de Delavigne. Allí creció como actor y, en 1838, protagonizó la primera representación en España de una obra de William Shakespeare traducida directamente del inglés, Macbeth.
<<Este muchacho que hace El Testamento empieza por donde otros acaban>> (Mariano José de Larra, Revista Española)
En 1836, se casó con la actriz Matilde Díez, con quien tuvo un hijo, Alfredo, en diciembre de 1837.
<<Juan Eugenio de Hartzenbusch estrenó Los amantes de Teruel el 19 de enero de 1837, con Carlos Latorre como primer actor y la participación de ilustres intérpretes como Bárbara Lamadrid y Julián Romea. La función fue todo un éxito de público y crítica, colocando al autor y a los actores en la cima de la popularidad.>> (Regiondemurciadigital)

En 1839, junto a su hermana Florencia y a Matilde Díez, promovió la construcción de un monumento en Granada para honrar la memoria de Isidoro Máiquez, fallecido en esa ciudad en 1820.
<<A la memoria de Isidoro Máiquez. Dedicado por Julián Romea, Matilde Diez y Florencio Romea>>
Ese mismo año, Romea retó a duelo al crítico Ignacio Escobar por una mala reseña. Ambos fallaron sus disparos, pero una bala perdida de Romea mató a uno de los padrinos.
ACTOR, ESCRITOR Y POETA
<<Tenia Romea una gran figura. Todavía era un poco delgado y falto de ese aplomo que da la preponderancia del músculo sobre la inquietud juvenil de los ‘nervios. Su rostro era cuadrado y la boca, grande y sensual. Los ojos, que se aclaraban a veces con reflejos brillantes, en escena parecían oscuros; la ceja alta, profusa, el ceño ágil, la frente espaciosa, el cabello castaño, la nariz corta, componían, en conjunto, una armónica fisonomía, muy de actor>> (Antonio Espina)


Romea frecuentó la tertulia de El Parnasillo y colaboró en la revista El Artista, núcleo del Romanticismo español. Allí coincidió con Eugenio de Ochoa, los Madrazo, Fernán Caballero, Bretón de los Herreros, Espronceda, Zorrilla, Pastor Díaz, Roca de Togores, Ventura de la Vega y otros nombres mayores del movimiento. En sus versos acogió los temas románticos, como la noche, la memoria o la pasión.
<<Sólo te pido, pues fuiste
luz de mi vida, mi gloria,
un suspiro a mi memoria
y a mi sepulcro, una flor.>>

A finales de 1840, Juan Grimaldi abandonó la dirección del Teatro del Príncipe, y fue entonces cuando Romea asumió el mando, como director y empresario, inaugurando un periodo que abarcaría casi toda una década, donde emprendió una profunda renovación del edificio, transformando la vieja sala en un espacio moderno y confortable: sustituyó las lámparas de aceite por alumbrado de gas, instaló sillas y butacas tapizadas en rojo, retocó la decoración, abrió galerías y anfiteatros, colocó un nuevo telón de boca y reformó los camerinos. Entre las innovaciones más celebradas estuvo la creación del Saloncillo, una habitación destinada a tertulias y lecturas de obras nuevas, que pronto se convirtió en un centro social de la vida teatral madrileña. Las reformas fueron tan profundas que, cuando en 1849 el conde de San Luis decidió cambiar el nombre del Teatro del Príncipe por el de Teatro Español, el local ya contaba con un escenario moderno y una sala completamente renovada.
Romea escribió un Manual de Declamación (1858) y varias obras teatrales, entre ellas Ricardo.
<<La declamación no es sólo arte de decir, sino arte de sentir.
El actor ha de penetrar el pensamiento del poeta,
y hacerlo pasar por su alma antes de entregarlo al público.>>
También cultivó el verso, aunque su prestigio como actor opacó, en parte, su reconocimiento como poeta.
<<Cuando de la eterna noche
en la inmensidad perdido
pase el viento del olvido
por mi esperanza y mi amor,
sólo te pido, pues fuiste
luz de mi vida, mi gloria,
un suspiro a mi memoria
y a mi sepulcro, una flor.>>
(Poesías de don Julián Romea)
En 1846, publicó Poesías de don Julián Romea, reimpreso en Sevilla en 1861. Un año antes, recibió una mención honorífica de la Real Academia Española por su oda A la guerra de África.

<< ¡Guerra!… la patria llama,
y al rudo son del bélico clarín
se agita el corazón, vibra la llama
del valor español dentro del pecho.>>
De ese libro procede el soneto A la tumba de Calderón, el día después de la muerte de Espronceda, donde se lee:
<<Perdona, Calderón, si lleba inciertas
mis voces hasta ti la pena mía
que traigo a saludar tu tumba fría
hondas heridas en el alma abierta…>>
Por esa época fue condecorado con la Cruz de Carlos III y reconocido como socio de mérito del antiguo Liceo.
<<Tenía que entrar en escena, presentar una letra al cobro y marcharse. El personaje que había de pagar la letra estaba encomendado al gran actor don Julián Romea, quien, al tomar la letra, se dirigió a la caja de caudales que había en escena para el dinero, según estaba marcado en el libro.
Pero ¡ay! que la llave no funcionaba, y por más que le daba para un lado y para otro, la caja no se abría. Mariano Fernández se dio cuenta rápida de lo que ocurría y de lo que podía ocurrir si no le pagaban la letra, y con una serenidad admirable, declamó como si fuera del papel, la siguiente redondilla:
Señor, no se apure usté,
que el cobro es cosa segura,
Que arreglen la cerradura
y mañana volveré.
E hizo mutis, sin que el público se diera cuenta.>>
(Vida anecdótica)
EL ROMANTICISMO
El matrimonio con Matilde fue tormentoso, marcados por tensiones profesionales y personales. La separación definitiva se consumó cuando ella se incorporó a la compañía de Manuel Catalina y realizó una gira de más de cinco años por América (1853–1859). Mientras tanto, Julián continuó su carrera como profesor del Conservatorio y académico de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.
Durante ese tiempo, Romea tuvo dificultades para mantener la empresa del Español y de la Cruz, y finalmente se conformó con el Teatro de los Basilios, al que dio el nombre de Lope de Vega. Allí alcanzó uno de sus mayores éxitos con Sullivan, de Malesville, obra aclamada en toda Europa y que permitió a Romea reivindicar un tono interpretativo nuevo, cercano al prenaturalismo del teatro moderno.
Vivió entonces una breve relación con la actriz Josefa Palma, que sustituyó después por la compañía de Aurora Cañizares, viuda que acudió un día a pedirle trabajo y que le proporcionó años de orden y tranquilidad. Por eso no tuvo reparo en volver a trabajar con Matilde Díez y Manuel Catalina cuando regresaron de América, esta vez en el Teatro Circo de Madrid.

En esos años escribió Ideas generales sobre el Arte del Teatro (1858) y el Manual de Declamación para uso de los alumnos del Real Conservatorio de Madrid (1859)
<<Se dice que en la representación teatral todo debe ser ficción porque en ello todo es fingido; porque los muertos no son muertos; porque las faltas ni los crímenes son crímenes; eso es una vulgaridad fría y pueril…>>
Tras una breve temporada en Barcelona, en 1861 intentó volver al Teatro Español, pero la presencia de José Valero al frente de la compañía lo impidió. La oportunidad llegó con La muerte de César, de Ventura de la Vega: Valero interpretaría a Bruto y Romea a César. Sin embargo, la brillantez de Valero lo eclipsó.
Como respuesta a las malas críticas, Romea escribió Los héroes del teatro (1866), otro opúsculo sobre el arte de la interpretación.
<<Tú sabrás echar sobre un fondo de sencilla verdad un velo de riquísima poesía…>> (Carta de Ventura de la Vega)


En 1862 fue a Murcia para inaugurar el Teatro de los Infantes y en 1864 sufrió un grave ataque nervioso durante una representación de El hombre de mundo, que lo obligó a abandonar el escenario. En 1865, la reina Isabel II lo nombró director del Conservatorio, cargo que desempeñó poco tiempo debido a su salud. Actuaba en salas pequeñas como el Teatro Variedades, porque ya no podía sostener las grandes.
En la temporada 1867‑68 apareció de nuevo en el Español, con Manuel Catalina como empresario y con Matilde Díez en la compañía, pero su presencia era cada vez más intermitente. En la cuaresma de 1868 parecía recuperado y actuó en Barcelona, pero en verano tuvo que marchar a Loeches, cuyas aguas se consideraban curativas.
No le sirvieron: falleció el 10 de agosto de 1868, y fue enterrado el día 14, jornada de luto para las letras españolas. Los teatros no abrieron y la prensa dedicó extensas reseñas a su figura.
Matilde Díez murió en 1883, y su hijo Alfredo ese mismo año, cuatro meses después. Julián y Matilde reposan juntos en la Sacramental de San Lorenzo y San José, en Madrid.
Su retrato se conserva en el Museo del Teatro de Almagro, y tanto el Teatro Romea de Murcia como el Teatro Romea de Barcelona llevan su nombre, el primero como agradecimiento del Ayuntamiento por las representaciones ofrecidas a favor de los damnificados de una gran riada ocurrida en la época. la gran riada de San Jacinto, ocurrida el 17 de octubre de 1851.
Ricardo Aller Hernández

FUENTES:
*https://es.wikipedia.org/wiki/Juli%C3%A1n_Romea
*https://data.cervantesvirtual.com/manifestation/754938
*https://www.regmurcia.com/servlet/s.Sl?sit=c,373,m,1207&r=ReP-1781-DETALLE_REPORTAJESABUELO
