
El Combate Naval de Santiago

La salida se hizo sin descanso para las tripulaciones recién reembarcadas, de día y con muchísimas horas de luz por delante, con grandes intervalos entre barcos, los destructores los últimos, y sin utilizar torpedos (el Teresa llegó a colocar proyectiles de ametralladora en los barcos enemigos). Consecuencia de la buscadamente suicida operación, el hecho es que la Escuadra prácticamente se autohundió, embarrancando y rindiéndose “para salvar las tripulaciones”, ofreciendo los barcos encallados, en los que además se izó bandera de rendición, un blanco inmejorable a la artillería enemiga.
Con relación a la posible salida nocturna, el Capitán Clark, del USS. Oregon, el buque que más daño le hizo a España, dijo en su informe (History of the Captains,1899), que los marinos yanquis temían una salida nocturna de los destructores y cruceros españoles, pues sus proyectores se habrían fundido con la vibración del primer disparo de gran calibre, y/o la niebla creada por el humo de sus anticuadas pólvoras les habrían cegado. Respecto a la artillería de costa, Linares, “para ahorrar munición”, la prohibió disparar de noche, lo que habría alejado el cerco enemigo y obligado a apagar sus reflectores, facilitando la salida.
Comparación de escuadras en el momento de salir

El cerco lo formaban, de Este a Oeste, el yate armado Gloucester, los acorazados Indiana (con graves problemas en sus motores), Oregón e Iowa, los cruceros Texas y Brooklyn, ambos prácticamente frente a la bocana del puerto, y el yate armado Vixen, porque el New York, acompañado del Hirts y el Ericsson iban camino de Siboney. Cuatro cruceros acorazados y dos destructores españoles, frente a tres acorazados (uno inmovilizado) y dos cruceros yanquis. Ninguna superioridad aplastante.
Teniendo en cuenta que los gringos tardaron más de 6 minutos en empezar a responder al fuego del Teresa y de la artillería de Socapa Alta, y la cadencia lenta de los grandes calibres de los acorazados frente a la no tanta de los españoles, la diferencia en artillería principal no era tanta. Salvo el Brooklyn, todos los barcos de guerra norteamericanos eran más lentos que los españoles, además de necesitar tiempo para tener presión de vapor suficiente para acelerar, al estar parados y en régimen económico.
Las nefastas disposiciones de Cervera hicieron que el Teresa se enfrentara primero con el Brooklyn y el Texas, a los que se unió luego el Iowa y más tarde el Oregón y el Indiana. Los mismos batieron también al Vizcaya. Ese fue el esquema general: prácticamente todos los barcos yanquis sucesivamente contra cada español.

Cuando salió el Oquendo, el Teresa se dirigía ya voluntariamente a embarrancar, y el Colón había escapado entre la costa y los dos primeros cruceros españoles.
Contra toda lógica, contra toda doctrina naval, contra todo sentido común, aquel nefasto 3 de julio, domingo, víspera de la fiesta nacional yanqui, con lo que podía tener ese día de relajo en su vigilancia, Cervera decidió salir en fila a las 9’35 de la mañana, parando a medio camino para que desembarcaran los prácticos del puerto, en lugar de salir de noche poniendo en cabeza los rápidos destructores, que podrían haber sembrado el caos con sus torpedos.
Es imposible asegurar que la idea de Cervera, seguramente cumpliendo órdenes secretas, fuera embarrancar los barcos (con lo que se liquidaría la guerra) y minimizar el número de víctimas, pero su plan tenía esas trazas y eso fue lo que en general se hizo.
Tras el Teresa, después de desembarcar también a sus prácticos, aparecieron, aproximadamente con un intervalo de cinco minutos, los otros tres cruceros. Un cuarto de hora después del último, aún más inexplicablemente, salieron los destructores intercalados cinco minutos. Tampoco se tuvo en cuenta la posibilidad apuntada por Bustamante de que los destructores salieran emparejados a los dos primeros cruceros, por su banda de estribor. Más de media hora tardó la salida, por lo que no es raro el rápido fin de nuestros últimos barcos, los menos blindados y cada vez enfrentados con más enemigos y más próximos.
Cervera iba en el Teresa, mandado por Concas, y pudo estar a distancia de disparo de torpedos (800 m), y un lanzamiento, aunque fuera al límite de su alcance, habría producido mayores maniobras de evasión en el Texas y el Brooklyn. El Teresa solo utilizó sus dos grandes cañones en tres ocasiones en los casi 40 minutos de su combate, el que menos de los cruceros españoles. Sin embargo disparó 84 proyectiles de 14 cm con los cinco cañones de babor, lo que no son precisamente pocos para unos cañones “supuestamente defectuosos”.

Cervera ordenó embarrancar y arrió la bandera. El Comandante del torpedero Erickson dijo que también izó bandera blanca. El Capitán del Oregón escribió que la artillería de 28 y de 14 cm del Teresa quedó prácticamente sin daño, aunque Cervera dijo en la batería de babor sólo quedaba útil el cañón de 57 mm de proa, pues los demás estaban desmontados e inútiles y que, después de varados, mandó arrojar al agua los cierres, aunque hay fotos de lo contrario. Cervera se olvidó “abrir grifos” y el Teresa quedó en tan buen estado que fue remolcado a Estados Unidos, hundiéndose durante el trayecto a consecuencia de un tifón.
Según el testimonio del teniente del “Ejército Libertador” mambí Santiago Cuesta Felizola, Cervera, una vez en la playa y en cuanto aparecieron combatientes separatistas cubanos, le pidió repetidamente un fusil a su Sargento Dalés, “con objeto de que su compañero lo custodiara, pues como era el Jefe de la Escuadra Española, o sea, el Almirante Cervera, temía ser objeto de algún ataque”. Esto se publicó en las revistas cubanas Carteles, el 6 de junio 1941, y Bohemia, el 27 de junio 2003). … Su “compañero” debía ser su hijo y ayudante. Pero ¿de quién temía “sufrir algún ataque” aun estando custodiado por pacíficos mambises? ¿De sus subordinados?
Parece ser que hubo más conatos de motín. El Capitán Clark (y el periodista Graham), escribió en su libro Schley and Santiago que “varios de los oficiales sofocaron el motín (del Colón) matando a tiros a algunos de los hombres, y cuando el barco se rindió, se encontraron seis cuerpos tirados en la cubierta cerca de la superestructura, con agujeros de bala de pistola en ellos”. Alejandro Lallemand, médico del Teresa, escribió: «el único barco que ha salido bien ha sido el Colón, que se rindió por que sí y solo tuvo en el combate un muerto y 8 ó 10 heridos (oficialmente, porque Paredes, Segundo Jefe de la Escuadra y embarcado en el Colón, escribió que fueron seis los fallecidos), y los oficiales tuvieron tiempo sobrado para hacer sus baúles y transbordarlos a un barco americano, no llegando aún a “mojarse la ropa que tenían puesta”». ¿Por qué declaró Díaz Moreu a la prensa yanqui que podría haber escapado fácilmente? Auñón certificó que navegó a una velocidad media de “17’2 nudos, habiendo llegado en algún momento a 18, mientras el Oregon sólo marchaba 16 y al Brooklyn fácilmente lo dejó atrás”. El Colón se rindió arriando la bandera de combate y lanzando una bengala. Moreu no estuvo recluido con Cervera y demás prisioneros, juró no hacer armas contra sus captores y volvió por su cuenta a España vía Gibraltar (como Concas).

Muchos más detalles significativos sucedieron, pero queden los anteriores como reflejo de la sangrienta traición de aquel combate, que costó la vida aquella jornada a 263 marinos (de un total de 351 muertos de la Escuadra de Cervera). Casi nada para un mando que se decía tan cuidadoso de las vidas de sus subordinados.
Acontecimientos finales y conclusiones
Bajas de combate, fiebres y amotinamientos norteamericanos (Round Robin Letter)

La realidad de la logística yanqui.
Las oficialmente 1.545 bajas norteamericanas frente a El Caney y Las Lomas el 1 de julio fueron 223 muertos (22 oficiales), 1.243 heridos y 79 desaparecidos. Los mambises perdieron unos cien hombres.
El General en Jefe del 5º Cuerpo del US Army era el Major General William Rufus “Pecos Bill” Shafter, “The ignorant”, masón, de 63 años, quien sufría gota, tenía extraordinaria gordura (140 kg), y durante el ataque del día 1 de julio permaneció en cama por fiebres tropicales, declinando el mando. Y el General de División Joseph Wheeler, su segundo, jefe de la división de caballería desmontada, estuvo en cama hasta el mediodía. También estaba enfermo el General Samuel B. M. Young.


Shafter, a la vista de la dura defensa española durante todo un día, de las numerosas bajas de combate y por enfermedad, aquel mismo día pidió permiso a su Presidente para retirarse cinco millas, a las posiciones de partida. Una reveladora información la proporciona el Capitán de Navío Clark, Comandante del Oregón: “el domingo 3 de julio de 1898, muchos oficiales desalentados se sentaron en la mesa de desayuno de la sala del Oregón, el cual estaba frente a Santiago; porque el oficial de la guardia de la mañana, les había trasladado una noticia de una lancha de prensa que acababa de llamar al barco para informar que el ejército había sufrido grandes pérdidas frente a la ciudad, y que el panorama era muy desalentador”.
Confirma lo anterior que el 3 de julio Theodore Roosevelt (el de los “Rudos Jinetes”), antes de certificarse el fin de la Escuadra de Cervera, escribió al senador Henry Cabot Lodge: “diga al Presidente que, por amor del cielo, nos envíe cada regimiento y, sobre todo, cada batería que sea posible; hasta ahora hemos ganado con un alto coste, pero los españoles luchan muy duramente y estamos muy cerca de un terrible desastre militar; debemos recibir ayuda, miles de hombres, baterías y comida y munición”.
Está claro que ese terrible desastre militar en ciernes lo evitó el Capitán General español ordenando perentoriamente la salida de la Escuadra, algo que Cervera interpretó correctamente con salir a hundir la flota.

En todo caso, inmediatamente después de la rendición de Santiago de Cuba el 16 de julio, dentro de los mandos norteamericanos surgió un fuerte movimiento que reclamaba su inmediata vuelta a Estados Unidos ante el gravísimo estado de enfermedad de muchos de sus miembros, llegando a un punto que rozó la mayoritaria insubordinación. Según datos useños, 4.270 soldados estaban gravemente enfermos de malaria y fiebre amarilla el 28 de julio en Santiago. El Coronel N. Ermalov, observador militar ruso con el ejército expedicionario yanqui, escribió un informe, publicado en 1999 como “Un súbdito del Zar en Cuba”, en el que dijo: “… Los norteamericanos no sabían cuidar grandes masas de tropas. Ninguna, incluso las más elementales normas para la prevención de enfermedades, en general, y de la fiebre amarilla en particular, fue adoptada en Cuba … No hubo ninguna esfera de los servicios que fallara tanto en esta guerra como la de los servicios médicos…”.
Inmediatamente después del cese de las hostilidades, un grupo de 10 comandantes de brigada del V CE yanqui, incluyendo a Theodore Roosevelt, seguramente su instigador, escribió una round-robin letter. Esta era una carta colectiva firmada en círculo para que no se pudiera saber quién era el instigador. En ella se pedía una salida acelerada de las tropas a Estados Unidos a Estados Unidos, ya que la temporada de verano lluviosa, pésima para las enfermedades, estaba en pleno apogeo. La carta fue filtrada en la prensa, posiblemente también por Roosevelt.
¿Qué hubiera ocurrido de prolongarse la defensa española sin la salida de la escuadra y sin las prisas de Sagasta por un armisticio? Fácil es suponerlo.
La invasión de Puerto Rico por el US Army también estuvo preñada de, cuando menos, confusos episodios. El Ejército Español, que poseía allí unas fuerzas superiores en número, equipo e instrucción al cuerpo expedicionario yanqui del General Miles, compuesto básicamente por voluntarios recién movilizados y sin aclimatar, prácticamente no opuso resistencia a sus progresos, permitiéndole avanzar sin obstáculos hasta que se conoció la capitulación del Gobierno Español.

Las operaciones de Puerto Rico y sus peculiaridades
Los efectivos españoles eran más de 7.600 soldados regulares y unos 10.000 irregulares: 5.900 voluntarios (14 Batallones), aumentados en 3.000 posteriormente, y 600 guerrilleros montados; unos 18.000 defensores en total. Además de la veintena de Ordóñez de costa modernos, había cuatro Plasencia de bronce de 9 cm, otros cuatro similares Plasencia de 8 cm, cuatro de acero de 7’5 cm de tiro rápido y ocho cañones Whitworth de 4’5 cm, incorporándose luego cuatro obuses Mata de 15 cm recuperados del barco Antonio López. Miles contó con15.500 soldados un total y una artillería muy inferior.
Quienes más defendieron la Soberanía Española fueron precisamente los puertorriqueños y los más “pusilánimes” fueron algunos oficiales superiores peninsulares. Luego, al concluir la contienda, estos últimos, especialmente Julio Cervera, extendieron la especie de que fue la defección de los voluntarios borinqueños lo que inclinó la balanza, lo que aparentemente permitió “dejar el honor del Ejército a salvo”.


Para empezar, el Capitán General Manuel Macías accedió al cargo tras la inexplicable muerte de su antecesor, Andrés González Muñoz, artillero y natural de Santiago de Cuba, tras la comida de honor el mismo día que tomó posesión en enero de 1898. Macías, obedeciendo indebidamente al Ministro de Ultramar, delegó todas las funciones militares en su Jefe de Estado Mayor, Coronel Juan Camó, un auténtico cacique de oscuro proceder que posibilitó siempre la actuación yanqui. Otro significativo detalle es que el ayudante de Macías fue el Comandante Julio Cervera Baviera, conocido explorador e inventor, pero, sobre todo, ya por entonces masón grado 33.
El triunvirato Macías-Camó-Cervera/Baviera, fue responsable de varios trascendentes hechos. Primero, no autorizaron el ataque nocturno del destructor Terror, el desgajado de la Escuadra de Cervera, lo que impidió que hundiera el Saint Paul y acarreó bajas y averías al desarmado destructor (sin sus cañones principales). Segundo, conociendo la fecha y el lugar del primer desembarco norteamericano por la información enviada por “la célula canadiense” de espionaje de, hizo nada para prevenirlo, permitiendo el desembarco administrativo de unos 3.300 hombres en Guánica el 25 de julio. Y tercero, enviaron telegramas ordenando al Teniente Coronel Puig, Jefe del Batallón Cazadores de la Patria nº 25, que cesara en los ataques en Yauco a las fuerzas desembarcadas y se dirigiera a la costa Norte de la isla, dejando paso expedito al enemigo; posteriormente acusaron a Puig de abandono frente al enemigo, lo que le llevó a suicidarse [i].
Muchas más traiciones ocurrieron, como el desarmar a los “voluntarios” y destruir su armamento, pero queden estas como muestra irrefutable:

Concordancia en los “errores” en los tres teatros de operaciones.
Los inconstitucionales Tratados de Paz
Siguiendo el espléndido trabajo de la catedrática puertorriqueña doña Nieve de los Ángeles Vázquez (España en manos extranjeras, el papel de Francia en la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, Madrid, 2025; y Tratado de París de 1898: entre la diplomacia secreta y la Constitución), podemos decir:

Sagasta y la Regente cedieron totalmente a Francia la configuración del Tratado desde la redacción, en francés, del Protocolo de Paz, a la ratificación del mismo. La mano fue la del embajador francés en Washington, Jules Cambon.
Posteriormente se quebrantó reiteradas veces la Constitución de 1876 para consumar la traición, pues la misma exigía que las Cortes aprobaran leyes especiales específicas antes de ceder territorios, que tropas extranjeras irrumpieran en territorio español, que se ratificara cualquier tratado internacional que pudiera obligar individualmente a los españoles. Ninguna se cumplió. Todo el proceso para aprobar el Tratado por parte de España fue una gigantesca cadena de irregularidades que forzosamente convierten a ese texto en inconstitucional y debe ser considerado nulo, carente de efectos jurídicos y sus consecuencias deberían ser revertidas.
Reconsideración


La traición de nuestras nominalmente aliadas Inglaterra y Francia en 1898 fue clara, como ya había ocurrido al comienzo del siglo XIX: venta forzada de Luisiana, Invasión Francesa y posterior destrucción inglesa de nuestra riqueza peninsular, así como secesión de Las Españas Americanas. Pero también la del sistema liberal-borbónico: Carlos IV primero vendió Luisiana a Napoleón y luego España entera (también su hijo Fernando VII); para ellos, con fama de ilustrados, seguía en pie el “reino patrimonio”. En 1898 hicieron lo mismo la Regente y el Régimen de la Restauración (liberales moderados y progresistas).
España, además de las víctimas directas de la guerra, incluidas las de la represión en la Península durante el larguísimo estado de guerra, perdió la tercera parte de su extensión, miles de españoles fueron despojados de su nacionalidad, centenares de cubanos y puertorriqueños murieron rápidamente en represiones y hambrunas, más de un millón de filipinos murieron en la guerra de ocupación yanqui, y, además, tuvimos que asumir los casi 3.000 millones de pesetas de las deudas de Cuba y Puerto Rico. Incluso los 20 millones de dólares que Estados Unidos pagó por Filipinas, a Monsieur Cambon en mano, no llegaron nunca a ingresar en las arcas españolas.
El mal llamado Desastre del 98 fue una continuada traición. Y no solo este episodio, sino casi cualquiera de nuestra decadencia se explica desde la traición interior de los lacayos masones de todo color.
Y lo que ocurrió en 1898 se repitió en 1975 (Sáhara) y puede volver a suceder en nuestros días con Canarias, Ceuta, Melilla, etc.
José Mª. Manrique García

