
El cultivo de la caña de azúcar es conocido en España desde el siglo X, cuando fue importado de Oriente por parte de los invasores árabes, pero pasarían cinco siglos hasta que, en los primeros años del XV fuese adoptado su cultivo por los reinos hispánicos.
En ese periodo, el cultivo de la caña conoció varios centros neurálgicos; así en el siglo XIII, con la caída de Palestina en poder de los turcos, la industria azucarera allí existente se trasladó a Chipre, donde las plantaciones eran atendidas por mano de obra esclava negra. Luego entraron Creta y Sicilia, alcanzado a ser esta última el principal centro azucarero del Mediterráneo, y en la órbita política y militar de la Corona de Aragón, lo que posibilitó que a finales del siglo XIII y comienzos del XIV, la costa mediterránea española se convirtiese en un importante centro de producción azucarera.
La aceptación del producto fue prácticamente inmediata, siendo que a mediados de siglo XV existía una gran demanda que fue cubierta por Portugal, que ya liberado de las acciones directas de Reconquista peninsular se había abierto al Atlántico y en esa nueva singladura había convertido Madeira en un emporio azucarero, apremiado por la nueva situación geopolítica creada en el Mediterráneo oriental, cuyas circunstancias habían cambiado radicalmente merced al desarrollo del imperio otomano, que había provocado la paralización del suministro de azúcar procedente de esa zona, principal punto de suministro que había sido en su momento.
La demanda occidental impulsó la industria azucarera madeirense de forma decisiva y, al mismo tiempo, el aumento de la producción por las condiciones geo climáticas del Atlántico medio hizo descender los precios, expandiendo y popularizando su consumo en Europa occidental, y obligó a los centros productores del Mediterráneo oriental y central a abandonar una actividad que había dejado de ser rentable. (Armenteros 2012: 257)
Fue un momento y una ocasión que favoreció el desarrollo de la actividad portuguesa en el Atlántico y en el continente africano, de donde se surtía de mano de obra esclava que destinaba indistintamente a los ingenios azucareros, al pastoreo, y a los servicios donde eran requeridos, entre ellos el servicio doméstico.

No cabe duda de que la producción azucarera iba a ser la primera demandante de mano de obra esclava, y no sólo en Madeira, sino también en las otras zonas que comenzaban a descubrirse y se mostraban ideales para el cultivo de la caña dulce. Ellas serían el destino de los primeros contingentes de esclavos africanos destinados a desarrollar las labores que requería el cultivo y la producción del azúcar. Madeira, Cabo Verde, Canarias… serían el destino principal de los primeros contingentes de esclavos africanos. Pero antes, esclavos canarios serían traslados a Madeira para que realizasen los mismos trabajos.
El desarrollo de los archipiélagos sería marcado en gran parte por esta circunstancia; así, el inicialmente deshabitado archipiélago de Cabo Verde se vería poblado de súbito en 1460 por una población esclava procedente de África y destinada al cultivo del azúcar.
La población, finalmente, no se asentaría por este motivo, ya que las condiciones climáticas del terreno no eran las mejores para el cultivo de la caña, lo que ocasionó un rápido fracaso del proyecto azucarero. Pero no por ello dejó de tener importancia en el desarrollo de ese negocio, ya que, a falta de condiciones de producción de caña, la situación geográfica del archipiélago hizo que se convirtiese en el principal puerto negrero que embarcaba esclavos en gran parte destinados al cultivo del azúcar.
Pero si Cabo Verde no resultó idóneo para el cultivo de la caña, no sucedió lo mismo con Santo Tomé, frente a las costas del Congo. La isla se convirtió rápidamente en un lugar privilegiado para el cultivo de la caña, y a ella sería dedicado un gran número de esclavos africanos; desde 1515 hasta 1530, y procedentes del cercano continente llegaron unos cuatro mil cada año, cifra que se vería multiplicada en las décadas posteriores.

El apogeo de la producción azucarera de Santo Tomé se alcanzó en 1580, cuando la isla llegó a exportar 200.000 arrobas anuales de azúcar. Desde la década de 1570, la intensidad de los ataques contra los intereses económicos de los colonos, organizados desde el interior de la isla por los esclavos sublevados, fueron sucediéndose hasta que, en 1595 y 1596, la ciudad de Povoação fue saqueada y destruida (Armenteros 2012: 263)
Por estas circunstancias, y por el incremento del tráfico negrero, la isla dejó de ser productora de azúcar para convertirse, como Cabo Verde, en centro neurálgico del tráfico, circunstancia que se veía favorecida por su situación estratégica entre los continentes africano y americano.
Y es que, desde un primer momento, la producción azucarera se implantó en La Española, del mismo modo que pocos años antes se había procedido en las Islas Canarias.
No podía ser de otro modo, siendo que con la Conquista se importaba unos medios de producción, como unos modos de alimentación, que exigía el desarrollo de esta industria. Para los naturales fue un cambio más que afrontar. Junto al azúcar se introducía en el nuevo mundo el trigo, el vino, el aceite, el ganado lanar, el cerdo, el ganado bovino… cuyo desarrollo, salvando el caso de los cereales, encontraron unas condiciones de producción que resultaron excepcionales, y como consecuencia, las plantaciones de caña encontraron un lugar sin parangón.
No obstante, el desarrollo que alcanzaría la producción en el Caribe español no alcanzaría importancia singular sino hasta el siglo XVII en Puerto Rico y en Cuba, ocupando un lugar especial los asentamientos piráticos ingleses holandeses y franceses que se produjeron en aquellos lugares del Caribe que España dejaba sin control por considerarlos de bajo interés.
El cultivo de la caña, así, comenzó a tener un desarrollo importante, pero con diferentes matices. Mientras España le dedicaba la atención propia de un mercado cerrado, los europeos, que iban ocupando las islas que España descuidaba, crearon un emporio en principio tabaquero y finalmente azucarero a base de mano de obra esclava; primero se trataba de esclavos ingleses, que vendían su libertad a cambio de un billete de ida, y luego se trataba de mano de obra africana.

Por su parte, Portugal, a mediados del siglo XVII se hacía con el mercado mundial del azúcar merced a sus centros de producción de Brasil.
Se había dado comienzo a una carrera frenética por la producción de azúcar y por el control de su mercado; algo que no podía escapar de la órbita británica y holandesa, quienes, sin lugar a dudas fueron los promotores de esa carrera, controlando el mercado y creando en la población la necesidad de consumir azúcar antes incluso de tener la capacidad de suministrar el producto, pero no antes de tener controlada su distribución. Es la filosofía del liberalismo, que en esos momentos comenzaba a mostrar sus fauces.
En realidad, parece que, en el siglo XVII, como luego en el XX, el primer paso que daban los pobres para salir de la indigencia iba acompañado del deseo de añadir azúcar a la leche y al té. (Thomas 1997: 187)
En ese orden, y con la experiencia acumulada en las plantaciones de Curaçao, judíos holandeses se trasladaron a la colonia inglesa de Barbados, donde descartaron los esclavos ingleses, que fueron sustituidos por esclavos negros expertos en la producción azucarera.
La conversión del Caribe en un archipiélago azucarero -situación que duraría más de doscientos años- se debió sobre todo a las empresas francesas e inglesas, pero que se inspiraron en las ideas de los holandeses de Brasil y funcionó gracias a la mano de obra de esclavos suministrados por tratantes holandeses. (Thomas 1997: 186)
Barbados sería el primer centro esclavista de producción azucarera en el Caribe, y a partir de él se difundiría la producción a los otros centros piráticos del Caribe, que Inglaterra convirtió formalmente en colonias. Antigua, Nevis, Montserrate, San Cristóbal, y finalmente, cuando España fue desalojada, Jamaica. En todos los casos, y muy especialmente en el caso de Jamaica, la acción fue orquestada por la comunidad judía, que llevaba una importante actividad pirática y había creado en Holanda sendas compañías, de las Indias Occidentales y de las Indias Orientales, dedicadas a la piratería y al tráfico de esclavos, y con objetivos concretos para tomar posiciones en el continente. La actividad de la Armada de Barlovento en el Caribe, y de la Armada que tras el ataque del pirata Drake hubo de constituirse en el Pacífico, junto a la actuación del Tribunal de la Inquisición de Lima, fueron las responsables de que no lograsen sus objetivos.

Pero si no consiguieron sus principales objetivos, consiguieron los de segundo orden; así, en los últimos años del siglo XVII, el mercado del azúcar había dejado de depender de la producción brasileña, desbancado por la producción británica, y en segundo lugar francesa (en Guadalupe y Martinica), en las Antillas.
A partir de fines de esta centuria, el proceso indicado de conversión de la economía colonial (de la pequeña producción de tabaco y añil hacia la plantación esclavista con la caña de azúcar como principal cultivo) se hizo notar también en la parte francesa de la isla de Santo Domingo. (Grafenstein 1990: 62)
Y para conseguir la producción, la mano de obra debía ser importada. Ahora ya se había descartado el uso de esclavos ingleses e irlandeses, que dieron malos resultados al demostrar que eran poco adaptables al clima, y se hacía necesaria la importación de mano de obra africana, así como se hacía necesaria la importación de maquinaria, todo lo cual representaba un riesgo económico de envergadura, siendo que el aporte de esclavos debía ser constante debido a la gran mortandad.
Como consecuencia se hacía necesario asegurar que en las colonias no pudiese comprase nada que no fuese fabricado en Inglaterra, fuese una alpargata, un clavo o un sombrero, y por supuesto un esclavo que no fuese suministrado por empresas británicas. Así resultó tarea prioritaria la creación de empresas negreras que fuesen capaces de ser tan eficaces como lo estaban siendo las empresas holandesas.

Se creía que los tratantes privados no construirían fuertes en África y, aunque lo hicieran, no los sostendrían; no pagarían impuestos, firmarían con los monarcas africanos acuerdos inconvenientes desde el punto de vista político y quizá los incumplirían, perjudicando así a la metrópoli. De modo que no sólo los franceses y los ingleses, sino también los gobernantes de pequeños Estados, como el rey de Dinamarca y el duque de Curlandia (la actual Letonia), crearon estas empresas emuladoras de las holandesas, que combinaban los intereses africanos con los de las Indias occidentales. Estas compañías pronto crearon una especie de burocracia que no volvería a verse hasta la aparición de las grandes empresas nacionalizadas de principios del siglo XX. (Thomas 1997: 186)
Que la demanda de azúcar en Europa hubiese sido creciente a lo largo del siglo XVII propició el crecimiento productivo que tuvo su gran explosión en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando como consecuencia más importancia tuvo el tráfico de esclavos, en el que Inglaterra ocupaba el lugar preeminente.
Ya había cesado hacía décadas la preeminencia detentada por Portugal, siendo que Portugal gozaba de tal puesto cuando gestionaba un flujo de tráfico equivalente a una fracción del tráfico gestionado por Inglaterra en los momentos anteriores a hacerse con el asiento, tras la guerra de Sucesión.
A pesar de que la Ilustración ya se había enquistado en España durante el siglo XVIII, las formas, particularmente en América, continuaban siendo en gran medida conforme al espíritu hispánico.

En los antiguos “cachimbos” los esclavos vivían en sus chozas o “bohíos”, cultivaban las pequeñas parcelas o “conucos” que el amo les entregaba para que tuviesen sus propios cultivos y crías, y lograban de ese modo una cierta independencia económica que, a veces, los ayudaba a obtener su libertad. En los nuevos ingenios, cada vez más grandes y mecanizados y cada día más distintos de los viejos trapiches primitivos, van cuajando con rapidez paralela a la de los cambios tecnológicos, las formas típicas de la plantación esclavista. (Castellanos 1988: 130)
El año 1762 significará un grave cambio en el mantenimiento de esas formas, en manifiesto menoscabo de los intereses del más débil, siendo que la concepción puramente patriarcal del hecho esclavista, presente de forma generalizada hasta el momento, daba paso a la explotación sin condiciones del esclavo, al puro estilo británico, sufrido por propios y extraños allí donde estaban enclavados.
Y el motivo determinante del cambio, como no podía ser de otro modo, fue la ocupación de La Habana por los ingleses el año 1762. A partir de ese momento, y a pesar de haber sido recuperada la soberanía el año 1763, los principios liberales cuajaron en un sector importante de la sociedad cubana, y como consecuencia se cayó en el mercantilismo, con el cual se pasó a tener una fijación enfermiza por la producción de azúcar; una obsesión más propia de espíritus ajenos al sentimiento humanista que había marcado los pasos de España hasta esos momentos. Como consecuencia, Cuba conoció un primer crecimiento de su producción de azúcar; y la obsesión por el mismo ya no decaería en el futuro, animada por el gran número de esclavos importado durante la dominación británica, lo que conllevó una más que significativa bajada de los precios de la mercancía humana y una deshumanización en el trato de los esclavos, que desde ese momento pasaban a ser elemento desechable de la producción.

Lógicamente, además, a pesar de haber abandonado militarmente la isla, los ingleses dejaron en la misma la punta de lanza de su imperio: el mercantilismo. Capitales ingleses quedaron en la isla, y esos capitales multiplicaron la producción de azúcar, el número de esclavos y la deshumanización de su trato. Y a partir de ese momento puede decirse que el número de esclavos llevados a Cuba no paró de crecer.
Los ingenios necesitaban más caña para procesar, y la caña necesitaba más terrenos que arrebatar a la selva, y éstos, más esclavos negros que ya no eran atendidos como miembros de la familia, sino como objetos a los que debía sacárseles el máximo beneficio. De la mano de los británicos se implantaba la inhumanidad liberal capitalista, a la que se unían vilmente aquellos que habían perdido el principio de honorabilidad cristiano y español. Ellos se convertirían en los mejores factores del liberalismo.
Tras la ocupación británica de La Habana se produjo un cambio trascendental en la economía de la isla. La inmigración forzosa de negros fue incrementada como consecuencia del fuerte incremento experimentado por el cultivo de la caña de azúcar. La introducción de esclavos la tenía la compañía británica Baker y Dawson y en 1787 los hacendados se quejaban del comportamiento de los asentistas británicos, pues no habían sido capaces de introducir un solo negro. La oligarquía cubana (1789) exigió el cumplimiento de lo acordado y del gobierno español: completa libertad del comercio negrero. Por una real cédula de 1787, posteriormente ampliada en 1791 y 1804, se abrían las puertas de Cuba a los negreros nacionales y extranjeros, lo cual provocó una gran importación de emigrantes forzados: desde 1789 hasta comienzos de 1791 se introdujeron en La Habana más de 5.000 negros, mientras que la contrata de Baker y Dawson, en los tres años que duró, apenas introdujo poco más de 2.000. Los propios cubanos hicieron frente a las nuevas exigencias del tráfico: se creó la Compañía de Consignaciones de Negros, cuyos socios actuaban como factores en La Habana. Además, comienza en esta época en La Habana -como técnica de marketing- la publicidad en la venta de esclavos. La agricultura de la isla lo agradecía y su desarrollo no tenía precedentes. (García Fuentes 1976: 49)

Esa asociación de intereses, o de subordinación vil provocó que en la última década del siglo XVIII Cuba se viese convertida en la primera productora mundial de azúcar… Con el consiguiente beneficio reportado a los capitales británicos, lo que propició la masiva importación de esclavos.
Según un informe del Consulado de La Habana en los años comprendidos entre 1789 y 1802 entraron en Cuba 65.745 esclavos y de ellos se dedicaban al cultivo de la caña 25.000. (García Fuentes 1976: 49)
Pero esas cifras quedarían pequeñas en comparación con lo que había de venir, ya que la introducción de mano de obra esclava durante el siglo XIX fue especialmente significativa. Parece como si la nueva colonia británica (la España peninsular) quisiese borrar las glorias de la España Imperial, con la que nada tenía en común, en el menor espacio de tiempo posible.
Entre 1780 y 1873 se importaron 841.200 esclavos a Cuba, siendo que hasta entonces habían sido introducidos no más de 80.000. (Castellanos 1988: 137)

Y uno de los motivos que ocasionó ese tráfico masivo fue que esa importación de mano de obra esclava estaba en gran parte limitada a esclavos varones, con lo que se ocasionó un grave desequilibrio de sexos desconocido hasta el siglo XIX, y que estaba motivado por la teoría económica que sustentaba el principio de la economía de plantación.
La importancia de la cuestión queda marcada en el análisis poblacional del momento, en el que se observa la diferencia existente entre los esclavos urbanos, que podemos identificar como anteriores a la política económica de plantación, y los esclavos rurales, que son los que eran importados en esos momentos.
En 1855, el 63,4% de los esclavos del campo eran varones y el 36,6% eran hembras; mientras que en esa misma fecha los varones eran el 47,5% y las hembras 52,5% entre los esclavos urbanos. (Castellanos 1988: 140)

En ese desarrollo de la economía de plantación es destacable la figura de Francisco Arango y Parreño, anglófilo, ministro que fue del Consejo de Indias; se formó en las plantaciones esclavistas británicas con el objetivo supuesto de recopilar información que pudiese ayudar a Cuba a establecer su industria azucarera, y planteó al gobierno lo que consideraba necesario para la expansión de la industria azucarera:
Había que rebajar los costos (el costo de los utensilios y el de los negros que los trabajaban) y, además, había que aumentar la productividad de la mano de obra esclava, gastando menos en mantener los negros y buscando medios para hacerlos trabajar más. Como si eso fuera poco, el discurso agrega que era preciso intensificar progresivamente la represión contra los negros esclavos y limitar las escasas prerrogativas obtenidas por los negros y mulatos libres. (Castellanos 1988: 122)
Muestra fiel de su adscripción a los principios británicos. Muestra que, acorde siempre en la subordinación a los intereses foráneos, pocos años después no le impediría formular el “donde dije digo, digo Diego” cuando en 1820, siguiendo la actuación de Inglaterra, y de la noche a la mañana, pasó de ser el adalid del esclavismo al adalid del antiesclavismo.
Pero en esta época, Inglaterra estaba interesada en el desarrollo de la industria azucarera en Cuba, entre otras cuestiones porque la situación política y social de las colonias en el Caribe apuntaba una situación en la que era previsible determinar que los intereses económicos británicos se iban a resentir de manera sensible.
Por ese motivo se observará en Cuba un importante crecimiento de las explotaciones azucareras que mantendrían sus respectivos ingenios o trapiches a base de la utilización de esclavos africanos.
Y a Inglaterra le interesaba especialmente Cuba, sobre todo por las condiciones sociales de los esclavos, que, a pesar del manifiesto deterioro que habían sufrido desde 1762, seguían siendo envidiables para los esclavos de las posesiones francesas y británicas en el Caribe, todo lo cual hacía posible predecir la paz social que en esos momentos estaba rota en Haití y anunciaba su ruptura en el resto de las posesiones esclavistas británicas y francesas.

Con esos precedentes, en 1797 se utilizó por primera vez la máquina de vapor y la energía hidráulica en un trapiche cubano. Su generalización se produciría en los años 20 del siglo siguiente. La producción masiva dejó sus cifras para la historia.
La expansión azucarera -que lleva de un promedio de exportaciones de 480.000 arrobas en 1764-69 a uno de 1.100.000 en 1786-90, y alrededor de dos millones y medio para 1805- se produce en medio de una crónica escasez de capitales, en explotaciones pequeñas, que trabajan con esclavos relativamente poco numerosos (sólo en las cercanías de La Habana hay ingenios de más de 100 negros), cuyos propietarios arrastran pesadas deudas frente a los comerciantes habaneros que les han adelantado lo necesario para instalarse. (Halperin 2005: 31)
Esas actuaciones inicialmente se produjeron de forma “autónoma” o más exactamente fuera del control de una Corona que no era la sombra de la sombra de la Monarquía Hispánica… en 1819, cuando ya habían transcurrido más de 20 años desde que dio inicio esa forma de actuación. En este momento, el rey felón, Fernando VII, dio carta blanca al proyecto, redondeándolo al donar en propiedad las tierras que hasta el momento habían estado en usufructo, sancionado favorablemente el régimen plantacional a imagen y semejanza, lógicamente, del implantado en las Antillas británicas y francesas.
Cesáreo Jarabo Jordán

