
Ya conocemos que la catedral de Toledo representa un suntuoso templo al Señor, además de sede arzobispal primada, panteón real de varios reyes, lugar de sepultura de familias conspicuas que ejercieron el mecenazgo de grandes artistas, y centro cargado de privilegios y donaciones. Gracias a todo esto, en ella se han ido acumulando, a lo largo de los siglos, la historia, el arte y la cultura de forma notoria y evidente.

No se debe pensar que, por ser un templo del siglo XIII, las piezas de carácter histórico que posee parten desde esa fecha. Gracias a procedencias muy diversas, la seo acoge miles de objetos de inmenso valor religioso, histórico, cultural y artístico. Como ejemplo podemos decir que el relicario de Santa Lucía, la mártir de Siracusa del siglo IV, nos conduce también a conocer a su donante el cardenal Carrillo de Albornoz del siglo XIV.
Los vestigios de la época greco-romana nos llevan a conocer los orígenes del cristianismo, que va ligado directamente al grado de romanización de cada ciudad. Como ya vimos, las ruinas existentes en Toledo nos dan a conocer el testimonio de la presencia de un recinto amurallado, un gran acueducto, un circo y un anfiteatro. No se tiene la certeza, pero se cree que los restos son del siglo III, por una inscripción que los toledanos dedicaron al emperador Felipe el árabe (244-249).
Acabamos de ver que es muy difícil datar los monumentos que pertenecieron al Imperio; por este motivo, es más difícil datar los orígenes de la Catedral. Por la Passio Sancti Eugenii, conocemos que hubo un primer arzobispo de Toledo a finales del siglo I. Tal documento, que depende de la Passio Sancti Dionisii del monje Hilduino en el 837, nos cuenta que San Dionisio, enviado a predicar el Evangelio por el papa San Clemente, trajo consigo a varios clérigos y obispos. San Dionisio repartió las zonas de predicación: envió a San Luciano a Beauvais, a San Marcelo a Bourges y al obispo Eugenio a Toledo.
San Eugenio permaneció en Toledo, donde logró la conversión al cristianismo de muchos paganos. Pero estaba deseando ver a su maestro Dionisio, por lo que partió hacia París a su encuentro. Poco antes de alcanzar la ciudad, se enteró de que Dionisio había sido martirizado debido a las órdenes persecutorias de Domiciano. Cuando Eugenio se encontraba a cuatro millas de París, lo tomaron preso y, al hacer profesión de su fe cristiana, fue decapitado y su cuerpo arrojado al lago Marchais para que no fuese venerado por los cristianos.

Pasado el tiempo, un noble de aquellos lugares llamado Ercoldo se encontró muy enfermo y recibió una visión de San Dionisio en la que le decía que su salud mejoraría si encontraba el cuerpo de San Eugenio en el lago. Ercoldo lo consiguió y decidió trasladarlo al monasterio de San Dionisio, pero los bueyes que llevaban la carreta con los restos decidieron no moverse, lo que se interpretó como una voluntad del cielo y se decidió levantar una capilla en aquel lugar. Posteriormente, en el siglo X, el cuerpo fue trasladado al monasterio de San Dionisio, y allí lo encontró el arzobispo toledano don Raimundo en 1148, siendo trasladados los restos a Toledo en 1569.
Con este arzobispo comienza toda la epigrafía de la puerta de la Sacristía, y las imágenes de la Sala Capitular; trabajos realizados en los siglos XV y XVI.
Y desde el siglo I con San Eugenio nos tenemos que ir a conocer a la mártir Santa Leocadia. Según la “Passio” antes mencionada, se trata de una mártir del siglo IV que fue víctima de la persecución de Diocleciano y de su prefecto Daciano. El prefecto pasó por las ciudades de Zaragoza, Alcalá, Toledo, Évora, Ávila y Mérida. En Toledo hizo acudir a su tribunal a la joven Leocadia, a quien se le preguntó por su religión, a lo que ella confesó que era cristiana con gran determinación.
Daciano mandó encarcelarla y atarla con fuertes ataduras, la tradición dice que fue frente al Puente de Alcántara, donde murió el 9 de diciembre de 304. Su sepulcro fue una de las referencias más claras del cristianismo de Toledo.

En el siglo VIII, y ante el temor del peligro musulmán, sus restos fueron trasladados al reino de Asturias. Un peregrino que iba a Santiago, Balduino II (1071-1098), conde de Hainaut, logró obtener las reliquias que llevó a sus dominios y las depositó en la abadía de Saint-Ghislain. Desde aquí llegó a la catedral de Toledo en 1500 la primera reliquia de la santa, donada por doña Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos. En 1587 llegó a Toledo el resto del cuerpo, conseguido por Felipe II.
La cronología oficial nos dice que el primer obispo de Toledo fue el prelado Melancio, que fue uno de los obispos que asistió al Concilio de Elvira, hacia el año 300. En el año 400 tuvo lugar el I Concilio de Toledo con el fin de controlar la herejía prisciliana. En ese concilio figura como prelado toledano Asturius, pero no sabemos en qué templo se convocó.
Con el paso de los siglos, fueron llegando a la catedral restos de los más grandes personajes de la cristiandad, con lo que se confeccionó un sacrarium que dio paso a la advocación de la ciudad: la Virgen del Sagrario. Para preservar tan venerable e importante tesoro, se erigió en el siglo XVII una dependencia llamada el Ochavo, en la que se custodian todas las reliquias actuales que tiene la catedral.
La Biblioteca Capitular contiene una gran cantidad de volúmenes de literatura cristiana y pagana. Contiene miles de obras que van desde el siglo VIII hasta el XVIII.
Relicario de la Catedral
El catálogo de las reliquias de la catedral se ha ido actualizando con los tiempos, las relaciones más importantes que se han hecho han sido las siguientes:

- El de la visita del Cardenal Tavera en 1539.
- El de la visita del Cardenal Quiroga en 1580.
- El de la visita del Cardenal Sandoval en 1601.
- El de la visita del Cardenal Moscoso en 1649.
- El de la visita del Cardenal Lorenzana en 1790.
Este último es el más completo de todos y representa casi el estado actual de las reliquias. El interés extraordinario de la relación radica en la minuciosa descripción de las mismas, lo que representa una fuente magnífica para la historia del arte. A continuación, exponemos, sin la explicación del cardenal Lorenzana, algunas de las reliquias más significativas. En la relación original figuran 138.


- Arca del Santísimo Sacramento.
- Lignum Crucis y reliquia de Santa Helena.
- Cuerpo de San Eugenio.
- Cuerpo de Santa Leocadia.
- Relicario con la espina donada por San Luis.
- Varias reliquias de la Santísima Virgen.
- Reliquias de San Juan Bautista.
- Reliquias de San Pedro y San Pablo.
- Reliquias de San Andrés Apóstol.
- Reliquias de Santiago el Menor.
- Reliquias de San Bartolomé.
- Reliquias de San Esteban y San Lorenzo.
- Mano de Santa Lucía.
- Reliquias de San Antonio Abad.
- Reliquias de San Mauricio.
- Reliquias de San Leandro.
- Reliquias de San Ildefonso.
- Reliquia de San Benito.


- Reliquias de Santa Inés, Águeda y Bárbara.
- Reliquias de San Pantaleón.
- Brazo de Santa Casilda.
- Reliquia de San Felipe Neri.
- Cuerpo de San Dionisio.
- Cuerpo de Santa Úrsula.
- Reliquia de Santa Teresa.
- Reliquia de San Carlos Borromeo.
- Firmas de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.
- Reliquia de San Agustín.

…Y así hasta 138. El lector se podrá hacer una idea del valor inconmensurable que posee el Ochavo de la catedral de Toledo, que es la estancia donde se custodian todas las reliquias. Precisamente por este valor de veneración e histórico, la visita al relicario no está abierta al público.

José Carlos Sacristán
