
La historia de Toledo se respira caminando por sus calles, entre las que cobran vida los acontecimientos que pasaron desde la época visigoda hasta nuestros días. Toledo ha sido centro de gloriosas epopeyas de la historia de España, protagonizadas por sus monumentos, de los que quedan vestigios desde la época del Imperio romano.
Esta riqueza histórica dio lugar a una gran cantidad de cuentos, tradiciones orales y leyendas que, partiendo de hechos históricos, quedaron en el acervo popular y se han transmitido por las diferentes generaciones hasta llegar a nuestros días.
No hay nada como escuchar las leyendas por las calles toledanas donde fueron narradas y vividas, principalmente desde la Edad Media hasta la actualidad. El carácter mítico y sobrenatural de muchos de los relatos no se entiende sin conocer la historia de Toledo y, sobre todo, sin transitar y respirar sus calles empedradas, y sin disfrutar de sus restos musulmanes, su judería y sus construcciones medievales y renacentistas. En definitiva, Toledo merece ser vivido en primera persona.
A continuación, haremos un resumen de las principales leyendas de las que disfruta la ciudad, con una intención didáctica y divulgativa, como complemento cultural a todo el recorrido que hemos hecho por la historia de la catedral en su VIII centenario.
La casulla de San Ildefonso

Ildefonso fue obispo de Toledo entre los años 657 y 667. Estudió bajo la tutela de San Isidoro de Sevilla y entró después en la orden de San Benito.
Una noche de diciembre se dirigía a la Iglesia Mayor de Toledo, situada donde hoy se encuentra la catedral. Iba acompañado de otros clérigos y, al entrar, vieron un gran resplandor junto al altar. Los acompañantes huyeron de miedo; en cambio, Ildefonso se acercó al altar y observó que la luz provenía de la Virgen María. La Virgen le hizo una señal para que se aproximara y este, arrodillado, escuchó que le decía:
“Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla, la cual mi Hijo te envía de su tesorería”.
La misma Virgen se le acercó y le impuso la casulla, diciéndole que solo la utilizase en las festividades dedicadas a ella.
En la catedral de Toledo, hoy en día, se puede ver, protegida por una reja, la piedra en la que la Virgen puso los pies cuando descendió para hablar con San Ildefonso.
La Ajorca de Oro, de Gustavo Adolfo Bécquer

Los protagonistas son una joven muy bella, mejor dicho, bellísima, casi angelical y, a la vez, caprichosa hasta la extravagancia. Su nombre era María Antúnez. El otro protagonista era un joven llamado Pedro Alonso de Orellana, que, siendo muy valiente, compensaba este atributo con una creencia irracional en lo sobrenatural; es decir, era tremendamente supersticioso.
El joven Pedro la amaba sin límite hasta llegar al sufrimiento, y aquí comienza la historia que pretendemos contar.
Un día, Pedro encuentra a María llorando de forma desconsolada; se acercó a ella y le tomó la mano, mientras le preguntaba por qué lloraba. María le dijo que no se interesase por su desazón, porque hay deseos que solo las mujeres comprenden y ni siquiera sabría cómo explicárselo de lo loca que era su idea.
Ante la insistencia de Pedro, ella decidió hablar. El día anterior estuvo en la catedral asistiendo a un oficio litúrgico. Mientras rezaba y quedaba sumida en su sentimiento religioso, le dio por alzar la vista al altar y se fijó, no en la imagen, sino en un objeto que hasta entonces no había visto, pero que le llamó la atención de forma enfermiza. Aquello era la ajorca que la Virgen tenía en uno de sus brazos.
Cuando salió del templo y llegó a casa, no podía parar de pensar en la ajorca, hasta el punto de que no pudo dormir. Al fin se durmió, siendo ya de día, y tuvo un sueño en el que veía a una mujer, no a la Virgen, llevando la ajorca reluciente en su muñeca. Esta mujer se reía de ella y le decía que la joya era suya y que ella nunca la podría tener.
Cuando María volvió a ver a Pedro, le contó su sueño y, en un momento de exaltación, Pedro le dijo que ni la Virgen, ni el arzobispo, ni el rey, ni el diablo merecían tener la joya si ella la quería. Pero, claro, la ajorca pertenecía a la Virgen del Sagrario, patrona de Toledo, y por eso nadie podía ultrajar su figura ni nada que tuviese que ver con ella. ¡Imposible!
Mientras tanto, María no paraba de llorar. Pedro siguió argumentando su decisión y le decía a María que jamás podría profanar un templo en el que se vive el silencio, el misticismo se convierte en poesía y el honor que defiende sus cimientos supera los pensamientos humanos y las pasiones mezquinas terrenales. Y así siguió con su particular panegírico sobre la catedral, que en realidad relataba totalmente convencido de ello.

Tras pasar lo que acabamos de ver, un día en el que se estaba celebrando la octava de la Virgen, mientras la gente salía, se apagaban las luces del templo y se cerraban las puertas, un hombre se movía por el interior con sigilo, andando hasta la verja del crucero: era Pedro.
No sabemos por qué ni cómo acabó la conversación entre los amantes, pero Pedro se encontraba allí para realizar su ignominioso propósito. Estaba completamente solo y en total silencio, excepto por los ruidos propios de algún crujido de madera. A Pedro le parecía oír murmullos, sollozos y roces de telas, como de pasos sin cesar. Según se acercaba a la verja, el andar se le hacía más dificultoso; parecía que las tumbas de los reyes que lo rodeaban se iban a abrir y que saldrían ellos mismos, espada en mano.
Se armó de valor y subió hasta el escabel de la imagen. Él no veía más que formas horribles que lo rodeaban. La sonrisa quieta, inmóvil, de la Virgen le inquietaba más aún. Cerrando los ojos, estiró el brazo y cogió la ajorca de oro.
Lo único que tenía que hacer ahora era huir, pero para ello tenía que abrir los ojos; y, si los abría, tendría que ver a la Virgen, a los reyes, a los diablos de las cornisas, las sombras y los fantasmas que lo horrorizaban. Abrió los ojos y vio que toda la catedral estaba poblada de estatuas que habían descendido de sus posiciones y ocupaban toda la iglesia.
No pudo soportar la presión; la ansiedad lo desbordó, el corazón se le salía, dio un grito desgarrador y cayó fulminado al suelo. Al día siguiente, los dependientes de la catedral lo encontraron al pie del altar; tenía la ajorca en la mano. Cuando los vio, dio una carcajada desencajada y decía: “¡Suya, suya!”. Había perdido la razón. Pedro quedó loco para el resto de sus días.
El Milagro de Santa María

El milagro hace referencia a la imagen de la Virgen de la Antigua, que se llamaba así por proceder de la original iglesia visigoda que se ubicó en el emplazamiento de la catedral y que, al ser escondida para que no la destruyeran los sarracenos, apareció milagrosamente en un pozo, donde se situó una capilla.
El milagro se narra en una de las Cantigas de Alfonso X el Sabio. Fue realizado por la Virgen de la Antigua, que es hoy una imagen muy venerada en la catedral de Toledo. Por este motivo, tiene interés conocer lo que sucedió, según cuenta el rey sabio.
Al margen de su aparición en el pozo, se le atribuye un milagro en tiempos del rey Alfonso VII el Emperador. En el año 1150, el rey se encontraba en Toledo departiendo con obispos, abades y caballeros. Los soldados solo hablaban de las ganas que tenían de salir de expedición y luchar contra los almohades que habían cruzado el estrecho para exterminar a la cristiandad.
Entre los seguidores del rey se encontraba un monje amigo del conde Ponce de Minerva, mayordomo y valido de Alfonso VII, y con el monje iba un hermano suyo sordomudo que se llamaba Pedro de Solarana.

En el momento en que el sordomudo entró en la iglesia, vio un resplandor en el templo que no pudo explicar, y el corazón se le aceleró. Según fue avanzando por el templo, vio a una doncella que estaba ante el altar de la Virgen; el sacerdote estaba oficiando la misa. La muchacha le hizo señas para que se acercase al pie del altar. Mientras lo hacía, observó cómo la Virgen indicaba al celebrante que se le acercase y postrara sus manos sobre él.
El sacerdote se colocó a su lado y, sin decir nada, le introdujo el dedo índice en el oído hasta que le extrajo un gusano; con esto recobró el oído. Fue corriendo a decírselo a su hermano, y este, a su vez, hizo lo propio para que el conde conociese el suceso. Pero al conde le dio a entender que un doctor le había dado una hierba que lo había curado.
Un día que Pedro iba abstraído andando por los aledaños de la construcción de la iglesia, un anciano se le acercó y le hizo entrar en ella. Dentro se encontraba un sacerdote, el mismo que había sanado su sordera. Pedro se dio cuenta de que la Virgen lo animaba de nuevo para que ahora sanase su mudez, y así fue.
Al conocerse el milagro, la catedral se llenó de prelados, nobles, militares y un número muy alto de vecinos. Los padres del sordomudo fueron llamados para certificar ante notario la veracidad de lo sucedido con su hijo.
La leyenda del Obispo Acuña

La historia nos lleva a la llegada de Carlos I a España y al posterior levantamiento de los comuneros de Castilla que, apoyados por parte de la nobleza y el clero, desconfiaban de los propósitos de un rey que era mirado como extranjero y del que no se fiaban. En este contexto, el obispo Acuña se puso de parte de los comuneros castellanos. Toledo fue uno de los centros de la resistencia, donde se vivieron momentos de gran tensión.
Nos encontramos en el Jueves Santo en la catedral; se está celebrando el Oficio de las Tinieblas, ceremonia en la que las luces se iban apagando poco a poco hasta llegar a la oscuridad total. El silencio era absoluto, mostrando un momento de recogimiento propio de la celebración.
En este sobrecogedor momento, los comuneros irrumpen en el templo profiriendo gritos de guerra y de revolución. Los comandaba el obispo Acuña, con ganas de tomar el control eclesiástico de la ciudad.

Los fieles corrieron de forma caótica y los clérigos abandonaron el altar sin acabar el rito. La catedral había sido profanada y este hecho no podía pasar sin consecuencias. El emperador Carlos I fue implacable, apresó y ejecutó a los responsables.
El obispo Acuña fue encarcelado y moriría en prisión. Años después, un misterio inexplicable rondó por la catedral y quedó como leyenda. Desde la muerte del obispo, una serie de sucesos sin explicación ocurrían con frecuencia en la catedral. Cada año, en la madrugada del Jueves Santo, se escuchaban ruidos sospechosos y susurros que parecían salir de la oscuridad.
El pueblo cogió miedo y la superstición invadió la ciudad, muy pocos se atrevían a merodear por el interior del templo a ciertas horas. Esto provocó que un canónigo decidiese descubrir la verdad y para ello se propuso pasar una noche dentro de la catedral.
Se quedó sentado en un banco y en completo silencio. Todo transcurría con normalidad hasta que un murmullo rompió la calma. Se quedó atónito cuando vio cómo las estatuas que lo rodeaban comenzaban a moverse con movimientos parsimoniosos; los personajes de los cuadros descendían y figuras de santos y monstruos salían del coro. Mandando la comitiva había tres personajes decapitados con las cabezas en las manos. Tras ellos avanzaba un obispo con aspecto cadavérico.
El clérigo no daba crédito a lo que estaba viendo, la singular procesión de espectros monstruosos se paró ante el altar y emitió un sonido estruendoso.
A la mañana siguiente, encontraron al canónigo en la Puerta de los Leones con la mirada perdida. No podía hablar; emitió un grito y se desplomó. En ese mismo lugar se colocó una cruz, que a día de hoy se puede ver. La tradición toledana ha sido la de santiguarse en ese lugar por conciencia del secreto que la catedral guarda en ese rincón.
El Cristobalón de la Catedral

La catedral de Toledo tiene una pintura de grandes dimensiones que se encuentra a la derecha de la Puerta de los Leones: es la figura de San Cristóbal, que era una figura habitual en las iglesias de la antigüedad. Según la tradición que nos ha llegado, el verdadero nombre de Cristóbal era Réprobo, que, al convertirse al catolicismo, se cambió por Cristóforo.
Era un hombre muy corpulento; se decía que medía cinco codos de altura, lo que hoy en día sería más de dos metros. Su anhelo era servir al rey más poderoso que hubiese y, por ese motivo, fue junto al rey de Canaán, pero se dio cuenta de que este rey temía al diablo, ya que se santiguaba al oír su nombre. Así que fue a buscar al diablo y, en su camino, se encontró con una banda de merodeadores, de los que uno le confirmó que era el diablo, pero también se percató de que este se apartaba de una cruz, con lo que intuyó que temía a Jesús de Nazaret.
Un día conoció a un ermitaño que lo indujo a convertirse al cristianismo. Cristóbal solo se preguntaba cómo podría servir a Jesús y el ermitaño le dijo que rezase, a lo que nuestro protagonista se negó. Entonces, el ermitaño le dijo que, como tenía gran fortaleza física, se dedicase a ayudar a la gente a cruzar el río de aguas peligrosas, y así ayudaría a Cristo.

Tras varios días realizando esta labor, un día un niño pequeño le pidió que lo cruzara, a lo que accedió. Cuando llevaba al niño encima, el río pareció crecer y las piernas le empezaron a pesar como si fuesen de plomo. Cuando llegaron, Cristóbal le dijo al niño que le había parecido tener el peso del mundo sobre sus hombros, a lo que el niño le respondió que no solo lo había tenido, sino que había llevado al que lo creó, porque él era Dios.
Desde ese momento, Cristóbal se dedicó a predicar a favor de Cristo y a favorecer las conversiones de los habitantes por donde pasaba. En uno de sus viajes acabó en Licia, donde se dedicó a consolar a los cristianos que estaban siendo martirizados. El rey intentó disuadirlo enviándole riquezas y hasta dos mujeres que lo tentaran, a las que convirtió al cristianismo. Entonces, el rey mandó prenderlo y martirizarlo. Le lanzaron cientos de flechas y una de ellas fue a parar al ojo del rey, que se curó con la sangre de Cristóbal, que finalmente fue decapitado.
A partir de la Edad Media adquirió gran importancia en las iglesias y se le solía pintar cuanto más grande, mejor, porque así aumentaría su protección. En la catedral de Toledo se le conoce como San Cristobalón por la gran dimensión de su imagen.

José Carlos Sacristán
