
El 16 de junio de 1582, un exultante Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, gobernador de Filipinas, escribe a Felipe II sobre la victoria de las armas españolas en el norte del archipiélago contra un asentamiento pirata dirigido por samuráis japoneses que habían perdido el patrocinio de sus “shogun” en su tierra natal y se buscaban la vida en terreno ajeno. Su problema es que esta vez se encontraron delante a un grupo aguerrido, formado, instruido y dirigido por españoles.
El enfrentamiento no había sido menor. Por parte de los piratas, batallaban alrededor de soldados, armados con tecnología mixta, japonesa y portuguesa.
La tecnología japonesa era la derivada de los conocimientos medievales de las guerras fratricidas en las islas niponas. Vistosas armaduras, lanzas de uso a dos manos —las yari—, espadas —las famosas katanas— y armas de fuego.
Las armas de fuego procedían de los portugueses. No es que el Reino de Portugal hubiera suministrado esta tecnología, pero según parece en 1543, una nave comercial fue a parar a la isla de Tanegashima. Tokitaka, señor de la isla, vio en acción dos arcabuces de tecnología portuguesa que llevaban unos de los traficantes que iban en la nave y le pareció interesante la nueva arma. Las armas estaban fabricadas en Goa, posesión portuguesa en la costa occidental de la India.

Tokitaka, en lugar de utilizar las armas en alguna demostración de su guardia particular, mandó desmontarlas y estudiarlas atentamente, contrató a técnicos portugueses para formar a los armeros locales y empezó la fabricación de los arcabuces en Japón. En 1582, eran ya populares en el archipiélago y contra ellas se enfrentaron los españoles.
Hasta aquí hemos descrito a los piratas. No eran en absoluto parte del ejército regular japonés. No eran samuráis, pero sí eran consecuencia de la formación militar de ellos y disponían de su tecnología.
Describamos ahora a los actores del bando español.
Desde la llegada de Legazpi a Filipinas en 1564, el dominio español se había extendido por todo el archipiélago, llamando la atención de los gobernantes nipones y chinos que patrocinaron diversos ataques, que fueron siempre rechazados. Pero el problema mayor eran los asentamientos estables de piratas desde donde se atacaba el comercio marítimo y asaltaba a las aldeas costeras sin protección.
Cuando se recibieron en Manila informes acerca de la potencia que se estaba formando en el Cagayán, el gobernador Gonzalo Ronquillo de Peñalosa encargó a un veterano, Juan Pablo de Carrión, de 70 años, que acabara con la amenaza.
Carrión organizó una pequeña flotilla compuesta por una galera, una nao pequeña y cinco fragatillas, todas ellas construidas en el archipiélago, y embarcó a su ejército. ¿Pero qué componía este ejército? Pues unos cuarenta soldados y alrededor de auxiliares filipinos. De los soldados profesionales, solo cuatro habían nacido en la Península; el resto eran tlaxcaltecas, o sea, oriundos del Virreinato de Nueva España. Americanos, en suma.

Estos tlaxcaltecas no eran guerreros improvisados. Habían luchado en las llamadas Guerras de Indios en México (1547-1600), siendo perfectamente conocedores de las tácticas y la disciplina de guerra de los Tercios Españoles en Europa, y estaban curtidos como combatientes en suelo mejicano. ¿Cómo habían llegado a las Filipinas? Pues con Legazpi en 1564, y ya habían participado en diversos enfrentamientos en la isla de Luzón. Estos combatientes hablaban náhuatl y castellano, siendo súbditos del rey Felipe II, como el mismo Legazpi.
Tales eran las fuerzas que se enfrentaron cuando Carrión llegó a los alrededores de Puerto Japón que era como los españoles llamaban al asentamiento pirata.

El primer choque fue puramente naval, cuando la galera capitana, con Carrión al frente, interceptó a un gran junco japonés que acababa de saquear la costa de Cagayán. La superioridad técnica de la artillería hispana hizo que rápidamente se tumbara el mástil del navío nipón, deteniéndolo y posibilitando el asalto, pero la sorpresa fue mayúscula cuando Carrión se encontró con que en el barco había más de doscientos guerreros armados hasta los dientes. Era como haber metido la mano en un avispero.
La diferencia de fuerzas era enorme y los españoles tuvieron que volver a la galera, y solo consiguieron contener el asalto por medio de la disciplina y del arrojo de Carrión, que con sus setenta años dirigió personalmente la defensa. Cuando se hubo contenido la primera oleada, la nao de apoyo consiguió situarse cerca del junco. Lo cañoneó y eliminó a los arcabuceros nipones. La victoria naval fue española, pero el siguiente paso era eliminar el fuerte que defendía el puerto pirata, y eso era un hueso duro de roer, ya que la superioridad nipona era abismal.
Carrión actuó con rapidez, desembarcando la artillería y construyendo rápidamente un pequeño blocao frente al fuerte pirata. En dicho fuerte había entre 600 y 1000 soldados, según las fuentes, pero en ningún caso era imaginable un asalto español dadas las diferencias de efectivos.
La situación estaba enrocada y a continuación empezaron unas negociaciones a “cara de perro”. Los japoneses tildaban a los españoles de piratas como ellos y decían que no tenían derecho a echarlos; los españoles decían que debían irse, que aquello era territorio español y que estaban ahí para defender a la población indígena.


Finalmente, los japoneses atacaron a los españoles en tres asaltos sucesivos, que fueron rechazados debido a la estrategia y la disciplina de los combatientes novohispanos. No nos vamos a extender, pero según las versiones los piratas perdieron más de 200 hombres, contra una decena en el bando español. Los supervivientes consiguieron escapar por mar en bajeles de poca entidad. En el campo de batalla quedaron numerosas armas niponas, espadas, armaduras y arcabuces que durante años se mostraron como trofeo.
Como consecuencia, la actividad pirata en la región quedó relegada al comercio con el producto del saqueo en otras costas y con una gran controversia entre academicistas al principio de este siglo.
Algunos hispanistas han querido presentar este combate como el primer enfrentamiento entre los Tercios Españoles y los samuráis japoneses. Como hemos relatado, ninguno de los dos bandos se ajusta a la definición.
Los samuráis japoneses eran piratas, mayoritariamente procedentes del archipiélago nipón, bien armados con tecnología japonesa.
Los Tercios Españoles, eran novohispanos (actualmente mejicanos), con tecnología europea y, eso si, con disciplina española.
Los Tercios Españoles eran novohispanos —actualmente mejicanos—, con tecnología europea y, eso sí, con disciplina española.
En todo caso, vencieron los españoles nacidos en el Virreinato de Nueva España.

Manuel de Francisco Fabre
https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Pablo_de_Carri%C3%B3nhttps://es.wikipedia.org/wiki/Combates_de_Cagay%C3%A1n
