
La batalla de San Luis ocurrió en la actual población del mismo nombre, en el estado de Misuri (EE. UU.), justo en la frontera con Illinois, a 470 kilómetros de Chicago, hacia el norte, y a 960 de Nueva Orleans, siguiendo el río Missisipi, si este fuera en línea recta. A finales del siglo XVIII, era como estar en mitad de ninguna parte.
Había sido fundada en 1763 por colonos franceses interesados en el comercio de pieles. Ese mismo año, Francia perdió la guerra de los Siete Años contra el Reino Unido y sus posesiones canadienses, lo que complicaba la gestión de la Luisiana, que abarcaba nada menos que doce de los actuales estados americanos. La comunicación y el comercio con Europa se realizaban a través de Nueva Orleans y Canadá, pero con su pérdida quedaba aislada. Por el Tratado de París de 1763, Francia cedió a España la parte que no había sido anexionada por los ingleses y los colonos, y la ciudad de San Luis quedó en un limbo legal hasta que España consiguiera tomar el control total de Nueva Orleans.

En 1776, Bernardo de Gálvez fue nombrado gobernador de la Luisiana, mientras se encontraba de misión en Madrid. No consiguió llegar al territorio que debía gobernar hasta finales de ese mismo año y allí recibió de su antecesor, Luis de Unzaga, una detallada descripción de la situación, así como amplios poderes, imprescindibles para moverse en la compleja situación de la provincia.
Simultáneamente, los estadounidenses que se habían declarado independientes del Reino Unido no hacían más que cosechar reveses. En agosto de 1776, la Corona británica había conseguido desembarcar en la bahía de Hudson a todo su ejército de 30.000 hombres, que con gran facilidad tomaron Nueva York y todo el valle del Hudson.

El ejército rebelde tenía al frente a George Washington, pero su mando era limitado, debido a los recelos entre los diversos parlamentos de los estados rebeldes, y durante el resto del año se limitó a efectuar pequeñas incursiones; pero en ningún momento se planteó un enfrentamiento frontal que arriesgara sus escasas fuerzas militares.
Al mismo tiempo que Gálvez desembarcaba en Nueva Orleans, Washington consiguió plenos poderes y, en una arriesgada maniobra invernal, cruzó el río Delaware el día de Navidad y venció a un confiado contingente compuesto por mercenarios alemanes, a los que desbarató totalmente.
A la llegada de Bernardo de Gálvez a la Luisiana, su política se desarrolló en muchas direcciones, pero una de las menos conocidas es la de los servicios secretos. El espionaje fue un puntal en su gobierno y no fue simplemente un punto al que prestar atención, sino una organización pensada con detalle. Gálvez potenció la adquisición de datos mediante el interrogatorio a prisioneros y desertores. También impulsó la actividad de los espías. La transmisión de los datos adquiridos es siempre fundamental, y Gálvez organizó un sistema de correo urgente mediante balandras y goletas, con orden expresa de destruir la documentación en caso de ser apresadas.
El análisis de datos es otro tema fundamental, y Gálvez tampoco lo olvidó, creando en Nueva Orleans y La Habana dos centros de operaciones de inteligencia.
Finalmente, apoyó la contra inteligencia y las acciones encubiertas, en un caso para detectar agentes del adversario y agentes dobles, y en otro creando legislación específica para dificultar los movimientos enemigos.
En resumen, Gálvez, además de brillante militar y gran estratega, fue un aventajado alumno en el arte del espionaje.

Ahora volvamos a otro de los protagonistas de esta historia. Fernando de Leyba.
Leyba había nacido en Ceuta, en el seno de una familia con fuerte tradición militar. Llegó a Nueva Orleans con la expedición de Alejandro O’Reilly, irlandés al servicio de la Corona española. Desde un primer momento se le asignaron objetivos difíciles y alejados, donde debía tomar decisiones en solitario a cientos de kilómetros de su jefe más próximo. Como regalo de bienvenida fue enviado a Nuestra Señora de Arkansas, en Arkansas. Allí solucionó problemas con las tribus indígenas circundantes y, de paso, enfermó gravemente. Le costó recuperarse tres años, que pasó en Nueva Orleans, aunque en modo alguno ocioso.
En cuanto se recuperó, recibió otro regalo: fue enviado a San Luis. O sea, una pequeña población, lejos de su base de apoyo y cuyos habitantes no deseaban que ninguna potencia exterior viniera a inmiscuirse en sus asuntos. El único punto fuerte es que los ciudadanos de San Luis eran plenamente conscientes de que vivían en medio de indígenas belicosos y de que otra potencia de ultramar, los ingleses, también deseaba cobrar impuestos de sus trapicheos con pieles.

Leyba llegó con un pequeño contingente de apenas una veintena de hombres, unos pocos cañones de pequeño calibre y, eso sí, abundante munición y fusilería. Disponía, además, de toda la información que Bernardo de Gálvez le ofrecía a través de su red de inteligencia. Esta información le permitió contactar con el dirigente estadounidense George Rogers Clark, que actuaba como jefe de la frontera oriental, pero en realidad no era capaz de llevar a cabo más que acciones de guerrilla de bajo nivel, hasta que recibió armas y municiones para atacar las posiciones británicas.
En 1779, España entra formalmente en guerra contra el Reino Unido y Bernardo de Gálvez inicia su campaña de conquista del sur de los actuales Estados Unidos. De forma escalonada, empieza a atacar las posesiones inglesas al este de La Florida. Los británicos debían hacer algo, y ese algo era atacar en el norte de Luisiana, donde prácticamente lo único apetecible era San Luis.
El servicio de inteligencia de Gálvez no tardó en enterarse de lo que estaban preparando los británicos e informó con rapidez a Leyba, aunque, falto de medios y empeñado en sus campañas al sur, no pudo enviarle refuerzos y solo le ordenó que hiciera pagar cara la previsible conquista de San Luis.
Leyba sabía que Emanuel Hesse, jefe de las fuerzas atacantes, había reunido a unos 200 soldados y unos 900 indígenas de diversas etnias. El total de estas fuerzas superaba la población de San Luis, contando a mujeres y niños. Debía hacer algo antes de que el enemigo se le echara encima. Ese algo fue iniciar con toda rapidez la construcción de un rectángulo protector con una torre armada en cada ángulo, literalmente, al más clásico estilo romano.

Sin embargo, en la madrugada del 26 de mayo de 1780, cuando el temido ataque llegó, solo se había conseguido construir un foso con su empalizada y una de las torres, que se denominó San Carlos. Pero había adiestrado a los voluntarios milicianos en la disciplina militar y 280 ciudadanos actuaban de forma coordinada bajo sus órdenes. A pesar de que Leyba se encontraba enfermo de malaria, dirigió personalmente la defensa, haciéndose transportar en silla de manos. Concentró las piezas de artillería en el fuerte de San Carlos y repelió los varios ataques de los indios, que no consiguieron romper las disciplinadas líneas de defensa. El ataque había fracasado.
La táctica india en estos casos era deambular por la zona asesinando y asaltando a quienes habían sido sorprendidos fuera de las empalizadas defensivas, esperando de esta forma provocar la salida de las fuerzas españolas atrincheradas y diezmarlas con repetidas emboscadas. Los milicianos de San Luis no cayeron en esta trampa gracias a la autoridad de Leyba, que ordenó no salir del rectángulo protector sin su permiso expreso.

La derrota británica tuvo gran resonancia en toda la Luisiana y el Imperio británico perdió todo su prestigio entre las tribus indias de la región. Nunca más hubo ataques organizados contra las posesiones españolas en toda la región y los estadounidenses se vieron libres de la presión británica en la zona.
Cuando, en septiembre de 1783, los ingleses, por el Tratado de París, reconocían la independencia de las trece colonias americanas, mucho de este éxito se fraguó en territorio español, como en la batalla de San Luis. En muestra de agradecimiento, todavía hoy en el Capitolio del Estado de Misuri existe un mural que describe la acción.
Del destino de los principales actores de esta acción, Leyba murió ese mismo año debido a la malaria en la misma ciudad que había defendido con ardor. Los Estados Unidos, herederos de aquellos ciudadanos protegidos por el Reino de España, atacaron en 1898 a los restos de aquel imperio, sin recordar ni agradecer lo sucedido apenas cien años antes.

Manuel de Francisco Fabre
