
Jorge Robledo fue un explorador y militar conocido con el seudónimo de El Mariscal y figura en la historia de Colombia como el «conquistador de Antioquia», del que se desconoce la fecha de su nacimiento, ocurrido en Ubeda en uno de los primeros años del siglo XVI y apenas existe información sobre sus primeros años. Perteneció a una familia hidalga de la ciudad de Úbeda y recibió una educación acorde con su rango. Su mayor rival para controlar las zonas descubiertas fue Sebastián de Belalcázar.
Como capitán, intervino en la Guerra italiana de 1521-1526, también conocida como Guerra de los Cuatro Años en el conflicto que enfrentó a Carlos V con el rey de Francia, Francisco I, al que capturaron en la Batalla de Pavía en 1525. En el año 1528 llegó a México con Pedro de Alvarado que acababa de obtener los títulos de capitán general y gobernador de Guatemala. Formaba parte de un nutrido grupo de caballeros a quienes éste había prometido riquezas, tierras y encomiendas de indios. Su enrolamiento fue propiciado por las relaciones de paisanaje, después de que Alvarado contrajese matrimonio con Francisca de la Cueva, hija de una renombrada familia ubetense y emparentada con personajes de gran ascendencia en la Corte como el duque de Alburquerque y Francisco de los Cobos. Ya en México, participó en el descubrimiento y conquista de Nueva Galicia.

Estuvo presente en el encuentro de Cajamarca en la tarde del 16 de noviembre de 1532 acompañando a Francisco Pizarro, que concluyó con la prisión y posterior ejecución del inca Atahualpa en 1533. y es posible que se integrara al ejército de Sebastián de Belalcázar en búsqueda de El Dorado. Integró la hueste que, bajo su dirección acometió la conquista de la región de Riobamba, participando en la fundación, en nombre del Rey y de Francisco Pizarro, de San Francisco de Quito (1534), Cali (julio de 1536) y Popayán (diciembre de 1536). En esta ciudad residió, obtuvo una encomienda de indios y fue alcalde.

A mediados de 1539, salió la expedición de la ciudad de Cali y se dirigió al norte siguiendo la margen izquierda del río Cauca. Pedro Cieza de León, protagonista y testigo de los hechos, dejó una excelente información sobre todo lo acontecido en ella en su Crónica del Perú. Otro tanto puede decirse de la Relación del viaje del capitán Jorge Robledo a las provincias de Anserma y Quimbaya. Componían esta hueste cien hombres de a pie y de a caballo, todos ellos experimentados en campañas anteriores, además de negros e indios. Robledo tomó posesión de las nuevas tierras y en agosto fundó la ciudad de Santa Ana de los Caballeros en el actual departamento de Caldas que poco después fue trasladada de lugar y rebautizada con el nombre de Anserma, cuyo nombre procede del vocablo indígena ancer, que significa sal y hace referencia a las abundantes salinas existentes en aquel territorio. El propio Jorge Robledo dejó escrita una Descripción de los pueblos de la provincia de Anserma con prolijas noticias sobre sus habitantes entre los que existen referencias a la antropofagia y a los sacrificios humanos practicados por aquellos pueblos, estableciéndose una relación clara entre guerra y canibalismo. A finales de este año dirigió una nueva expedición que, tras cruzar el Cauca, le condujo a las provincias de Carrapa, Picara, Paucura, Pozo y Arbi. Propició los primeros asentamientos coloniales en el denominado «Valle de los Hevexicos».

Los indios Quimbayas que habitaban la región eran grandes guerreros y difíciles de conquistar, y Jorge Robledo se enfrentó a ellos y en uno de los combates resultó gravemente herido, razón por la que se confesó e hizo testamento. Pacificada la región y repuesto de sus heridas, acometió nuevas empresas. Pasó a la rica y extensa provincia de Arma, donde permaneció poco tiempo ya que sus pobladores ofrecieron escasa resistencia a la entrada de los españoles. De allí pasó a la provincia de Quimbaya. En aquella tierra fundó, entre los ríos Otún y Quindiu, una nueva ciudad a la que llamó Cartago (agosto de 1540), hoy Pereira, en atención a que la mayor parte de los que intervinieron en dicha jornada procedían de Cartagena y se hacían llamar cartagineses.
En 1541 organizó una nueva expedición a la región de Arbi y al fértil valle de Ebejico. Allí, en noviembre, levantó la ciudad de Santa Fe de Antioquia, en la confluencia de los ríos Cauca y Tonusco. Posteriormente repartió tierras, solares y estancias entre los fundadores. La ciudad fue trasladada al año siguiente a su actual emplazamiento por Juan Cabrera, siguiendo órdenes de Belalcázar.

Decidido a presentar ante el Rey sus méritos y obtener una gobernación independiente de la de Belalcázar, emprendió viaje a España. Sin embargo, a su llegada a la población de San Sebastián en el golfo de Urabá fue apresado por Alonso de Heredia, hermano del gobernador y fundador de Cartagena, Pedro de Heredia. Éste lo acusó de haber usurpado su jurisdicción y, tras confiscarle el oro y plata que llevaba, lo envió a España en calidad de reo para que se le siguiese un proceso. Estos sucesos agudizaron las tensiones entre los diferentes capitanes. Las conquistas de Jorge Robledo obstaculizaban, por un lado, los deseos de los Heredia de proseguir el avance hacia el interior de su gobernación; por otro, ponían al descubierto sus verdaderas intenciones de romper ataduras con Belalcázar.

Antes de partir, Robledo encargó a Pedro Cieza de León para que le informara al Adelantado Sebastián de Belalcázar sobre estas anomalías. Ya en España, pudo defenderse de las acusaciones formuladas contra él y, al mismo tiempo, hacer valer sus méritos. La vista tuvo lugar en Valladolid en el año 1542. El fiscal Villalobos acusó a Robledo de haber violentado a los indios de la provincia de Cartagena y de robarles oro y piedras preciosas, por lo que solicitó el pago de 50.000 ducados en concepto de daños. Por su parte, Juan de Uribe, que intervino como defensor, negó que Robledo hubiera maltratado a los indios; al contrario, destacó su actitud conciliadora y señaló que todo lo realizado (pacificación de territorios y fundación de ciudades) había sido en nombre y servicio del Monarca.
A pesar de estos desafortunados hechos, Robledo probó ante la corte española todos sus servicios a la corona y le permitieron regresar a América. Fue absuelto de todos los cargos y se ordenó la devolución en octubre de 1543 de los bienes secuestrados por Pedro de Heredia que ascendían a la cantidad de 20.000 castellanos. Además, se le concedió el título honorífico de Mariscal, el Escudo (heráldica) y el usufructo de las encomiendas y otros beneficios obtenidos por medio de sus fundaciones. Sin embargo, la Corona según sentencia de 21 de enero de 1541, desatendió su principal demanda, la concesión del título de gobernador de las tierras conquistadas.

Contrajo matrimonio en su Úbeda natal con María de Carvajal y Mendoza, conocida posteriormente como «la Mariscala», hija de Juan de Carvajal, noble de la ciudad y señor de la Casa de Jódar, y de Leonor de Mendoza. Con su esposa regresó otra vez a América, encontrándose en la isla de Santo Domingo en los primeros meses de 1545. En Cartagena el juez y visitador general, Miguel Díaz Armendáriz, le nombró gobernador de Antioquia, Arma, Cartago y Anserma con total independencia de Belalcázar. Investido de dicho título, llegó a Antioquia cuyo Cabildo reconoció su autoridad y le brindó una acogida triunfal. No ocurrió lo mismo en Arma donde sus regidores negaron la validez del nombramiento de Armendáriz. Robledo reaccionó destituyendo a uno de sus alcaldes. En Cartago y Anserma, aunque fue aceptado, los respectivos Cabildos dejaron constancia de la irregularidad del título concedido por Díaz Armendáriz. Robledo y Belalcázar rivalizaron por la jurisdicción de un mismo territorio. El cruce de embajadas para una solución pacífica de este conflicto terminó en fracaso. Robledo, aunque sin éxito, ofreció a Belalcázar el matrimonio de dos de sus hijos con parientas de su esposa que la habían acompañado desde España.

Para afrontar los gastos de guerra, forzó la caja real de Anserma y se apropió de unos 3000 pesos. Desde Cartago responsabilizó a Belalcázar de todos los daños que se siguieran por no acatar las órdenes del juez Díaz de Armendáriz. La respuesta de aquél no fue otra que proceder a la captura de Robledo y justificar su acción ante el Rey como una legítima defensa de los territorios pertenecientes a su gobernación. En la vereda Alto de Pozo del corregimiento de San Bartolomé, del municipio de Pácora, tuvo lugar el decisivo combate. Preso Robledo, se convocó inmediatamente una junta de oficiales para determinar su suerte. Unos pocos propusieron el castigo del destierro, otros, entre ellos el capitán Francisco Hernández Girón, aconsejaban que le cortaran la cabeza, ya que era conveniente acabar con la vida del Mariscal y evitar el peligro de que con el juez Miguel Díaz de Armendáriz se apropiara de nuevo de su Gobernación, pero la mayoría se mostró partidaria de condenarlo a muerte. Fue acusado de alteración del orden, usurpación de la autoridad y robo de las cajas reales.
El Adelantado ordenó a sus hombres que se resguardaran en sus aposentos. Al oír esto, el Mariscal comprendió que lo iban a matar. Luego, unos soldados de Belalcázar se le acercaron y le mandaron que se confesara. Robledo solicitó la presencia de un sacerdote, que debió ser el padre Francisco Frías. Acto seguido llamó a un escribano para lo cual se designó a Pedro Sarmiento, a quien redactó su testamento. En el mencionado testamento dejó como heredera de sus bienes a su esposa, María de Carvajal. Después de redactar el testamento, rezó largo rato y decía a sus compañeros que lo visitaban, que no se afligieran por su muerte, que entre ellos era un evento muy común, exhortándolos a que siguieran sirviendo lealmente a su majestad. Al término de unas horas, cuando consideró que ya estaba preparado para morir, preguntó que quién lo mataría. Le contestaron que un negro le aplicaría la pena del garrote, a lo que Robledo contestó: «…Pues yo caballero soy, degollado debo ser, nunca plegue a Dios que un negro se acerque a mí…».

Y luego, conformándose, contestó:«…Haced lo que querás y máteme quien quiera…» y después encomendándose a la Virgen María y a Dios Nuestro Señor por sus pecados, y tomando él mismo el garrote, se acercó a un poste de la casa, diciendo que perdonaba a quienes lo matarían. El verdugo dio la vuelta al garrote. Era el día de San Francisco, 5 de octubre de 1546. Luego le cortaron la cabeza y su cuerpo con la sangre aún caliente permaneció así por varias horas. También fueron condenados a la pena del garrote el comendador Hernán Rodríguez de Souza, Baltazar de Ledesma y Juan Márquez Sanabria.

No se permitió que el cuerpo de Robledo fuese llevado a la villa de Arma siendo enterrado en una casa cercana al lugar de la ejecución, la cual fue posteriormente quemada para evitar que los indios antropófagos tomasen el cadáver. Precaución inútil porque, según relata Cieza de León, al marchar los españoles sacaron el cuerpo y lo comieron. Su joven esposa escribió al Rey en 1547 pidiendo castigo para los ejecutores de su marido y manifestando estar alcanzada por una deuda de 12.000 castellanos. En atención a sus súplicas, el presidente La Gasca le otorgó más tarde 1.200 pesos. Contrajo segundas nupcias con el tesorero de Santa Marta, Pedro Briceño. Muerto éste, volvió a casarse en 1552 con su hermano Francisco Briceño, oidor de la Audiencia de Santa Fe. Curiosamente éste había sido nombrado juez para tomar residencia al gobernador Belalcázar, imputado, entre otros cargos, de dar muerte a Robledo. De este modo, pudo seguir de cerca el proceso, presionar a su nuevo esposo para que condenara a Belalcázar y ver por fin consumados sus deseos de venganza.
Jorge Robledo fue víctima de los errores del juez Díaz Armendáriz que, excediéndose en sus atribuciones, le otorgó una gobernación independiente de Belalcázar. Confiado en este título, se embarcó en empresas que desde su origen escapaban de la legalidad. El historiador Del Campo lo exculpó y dijo de él que era el conquistador con menos codicia de oro, hombre de gran valor, templado a la hora de la batalla y respetuoso en el cumplimiento de las paces.
Jaime Mascaró Munar

.

