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Bombardeo de Madrid (3 octubre 1938)

  • Manuel de Francisco
  • 03/10/2026
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Edificio principal aeródromo de Griñón

A partir de noviembre de 1936 y hasta el final de la Guerra Civil Española, apenas había 4 kilómetros desde las trincheras de la Ciudad Universitaria y Cibeles. La artillería que disponía el ejército de Franco tenía un alcance de entre 7 y 14 kilómetros, por lo tanto, todo el casco urbano del Madrid de aquella época se encontraba al alcance de los proyectiles. La aviación franquista lo tenía todavía más fácil. Desde el aeródromo de Griñón a apenas 30 kilómetros del centro de Madrid, era sumamente fácil organizar bombardeos de alta intensidad contra la capital.

General Miaja

El 6 de noviembre sale de estampida el Gobierno instalándose en Valencia, pero tan solo en enero de 1937, la Junta Delegada de Defensa de Madrid, presidida por el General Miaja dio la orden de evacuar a la población civil, pero digamos que lo hizo con la boca pequeña y realmente nunca se obligó a alejar a los no combatientes del frente de trincheras. Lo máximo que se hizo fue organizar la evacuación de niños y adolescentes hacia la zona de Valencia, que se mantuvo bajo control republicano hasta el final de la guerra. Y entonces fue cuando realmente empezaron los problemas de abastecimiento de alimentos para la población de Madrid.

Madrid se encuentra en una situación geográfica privilegiada desde una óptica de principios de la Edad Moderna, pero cuando a Felipe II, se le ocurrió la idea de instalar la Corte en dicha ciudad, pensaba más bien en la centralidad geográfica, lo difícil que era ser atacado por un enemigo exterior y en la ausencia de nobles levantiscos. Nunca pensó en alimentar a una población de un millón de habitantes y esto fue lo que se certificó en el censo de 1930.

Ya a principios del siglo XIX y con solo 200.000 habitantes, el entorno al municipio no era capaz de producir la cantidad de alimentos para tantas bocas. Durante todo este siglo se fue desarrollando un entramado logístico para traer los alimentos necesarios para tantos estómagos. La llegada del ferrocarril y el desarrollo del transporte terrestre, con la construcción de carreteras con un dibujo que colocaba a Madrid en el centro, consolidó las rutas para abastecer a la metrópoli. Cereales y carne vacuna, llegaba de la Meseta Norte, Pescados de Galicia, hortalizas de Valencia, vinos de la Meseta Sur.

Durante el primer tercio del siglo XX, las carreteras se adaptaron al transporte mecanizado y se mejoraron las conexiones mediante nuevas vías férreas. También la población se adaptó a que, con considerable reiteración, acontecimientos políticos o sociales, interrumpieran abruptamente el engranaje que permitía llenar los anaqueles de los negocios diariamente. Las amas de casa madrileñas ya sabían que, a la menor alarma, lo más cuerdo era ponerse a hacer cola en el comercio mejor abastecido y adquirir todo lo que su capital disponible permitía.

Esto fue lo que pensaron hacer las susodichas señoras el 18 de julio de 1936, solo que era sábado, el siguiente domingo, pero el lunes ya empezaron a verse discretas colas antes de la apertura de los comercios. Y no era para menos. Las comunicaciones se cortaron con parte de Andalucía, Castilla, León y Galicia e incluso las provincias del norte, leales a la República, estaban incomunicadas por tierra. Cereales, Pescado, carne y carbón no volvieron a llegar desde estas provincias a Madrid hasta terminada la guerra.

Las autoridades madrileñas no se quedaron con los brazos cruzados y buscaron otras fuentes de suministro en las ricas zonas en su poder. Cereales y vacuno de Lérida, hortalizas de Valencia, vinos y más cereales de Castilla la Mancha. Pero casi simultáneamente “las Autoridades” se dieron cuenta que su autoridad era limitada. Comités locales, comités comunales, comités sindicales y un largo etcétera de comités, hacían caso omiso de las órdenes y edictos emitidas por el alcalde, Pedro Rico López. Sus disposiciones eran cuestionadas, cuando no, directamente ignoradas. Además, gran parte del aparato logístico estaba en manos de personas particulares y estos desaparecieron a las pocas horas de fracasar el golpe de mano en Madrid. Sea por que hubieran apoyado a los golpistas, sea porque por el mero hecho de tener capacidad económica, fueron asesinados o encarcelados o fuera porque para evitar los males mayores, anteriormente descritos, huyeran de la capital o se escondieron. Las personas que tenían los conocimientos necesarios para resolver el caos habían desaparecido.

Alcalde de Madrid Pedro Rico

Consecuencia de ello fue que el desabastecimiento de productos básicos empezó muy pronto. En una viñeta de La Libertad del 26 de agosto de 1936, humorísticamente hacía referencia a la falta de huevos de gallina. Pedro Rico intentó actuar desde el primer momento para afrontar el problema, aunque puede que la senda seguida no era la más apropiada. Como ejemplo, a finales de julio, Rico se reunió con mayoristas de aceites y productos “coloniales” para prohibirles que se pudieran servir pedidos sin la autorización del Consistorio. La medida tenía dos vertientes, poner fin a las requisas de los comités obreros y evitar la salida de la ciudad de productos que después serían necesarios. Como todas las prohibiciones, la medida tuvo poco éxito.

Otro desafortunado medio para afrontar la incipiente carestía fue la utilización de vales para adquirir comida. El 31 de julio se empezaron a emitir vales por valor de 0,50 céntimos con los que se podían adquirir víveres o reclamar comidas en los repartos oficiales para familias de milicianos voluntarios. Los vales estaban garantizados por el Ayuntamiento de Madrid, pero no había respaldo real de dichos vales. Se estaba empezando a crear dinero de la nada y esto siempre es preludio de inflación. El 8 de agosto, el Ministerio de Industria y Comercio publicó un decreto que prohibiendo la elevación de precios sin causa motivada. Según parece los problemas empezaron muy pronto.

En septiembre las tropas franquistas habían conquistado Extremadura y parte de La Mancha, creando un serio problema de desabastecimiento de carne. El periódico La Voz en su editorial del 7 de septiembre solicitaba que “…el pueblo sepa toda la verdad”. Un informe de la embajada francesa afirmaba que la escasez era evidente y que tan solo frutas y verduras resultaban fáciles de comprar. El 27 de octubre el Ayuntamiento anunció la puesta en marcha de un sistema de racionamiento mediante cartillas.

Pero todavía no había llegado lo peor. En noviembre de 1936, las tropas franquistas llegaron a los alrededores de la Ciudad Universitaria y como hemos dicho el Gobierno abandonó Madrid y dejó el problema en manos de la Junta de Defensa de Madrid, a cuyo mando se encontraba el general José Miaja. Contra todo pronóstico la Junta tuvo éxito militar y las operaciones militares de envergadura cesaron en marzo de 1937. Madrid se encontró en un limbo, tenía un ejército defensor, una población de alrededor 700.000 personas y poca capacidad para alimentar a ambos conjuntos.

Las líneas principales para llevar suministros eran la línea de ferrocarril de Valencia y la carretera del mismo nombre, paro ambas se encontraban a tiro de cañón de las posiciones franquistas y el Gobierno republicano tuvo que construir de prisa y corriente una variante en base a viejos proyectos, en el caso del ferrocarril y de caminos comarcales para las carreteras. Pero el principal problema no era tanto las vías de comunicación como la falta de material rodante. En el caso de los camiones el origen del problema estaba que los comités locales eran reacios a ceder su material al servicio de la capital.

Los problemas no cesaron de aparecer y entre ellos la subida de precios. Como buen gobierno socialista, se intentó atajar el problema mediante el control de precios. El 7 de diciembre de 1936 ya había aparecido una primera lista de precios, exhortando a la población a denunciar toda transgresión. El problema no debía ser solo en Madrid, porque el 20 de diciembre ya había aparecido una disposición a nivel estatal con precios máximos. La inflación había alcanzado un 50% desde julio de 1936.

La ciudad de Madrid había quedado dividida en dos zonas. Una que se consideraba de guerra y que debía evacuarse obligatoriamente y otra, que, a pesar de encontrarse realmente bajo el fuego de cañón del ejército de Franco, se consideraba retaguardia y por tanto habitable. En realidad, jamás se hizo un esfuerzo real para evacuar a la población que se encontraba en la zona de guerra y ni siquiera se intentó oficialmente la evacuación de la población civil de Madrid.

Las autoridades de la ciudad aplicaron durante 1937, todo el catálogo de medidas socialistas y comunistas. Racionamiento, control de precios, creación de diversos organismos, pero nunca se les ocurrió incentivar la producción de productos agropecuarios en su zona de influencia. La consecuencia fue que el invierno de 1937 a 1938 fue especialmente duro para la población.

En la España de aquellos años el consumo de pan era la fuente principal de la alimentación y su falta, una muestra clara de que todo se derrumbaba. La productividad en la zona republicana tuvo una caída enorme debido al desorden en la retaguardia, de los 43 millones de quintales métricos que produjo la cosecha de 1935, en 1936 solo se cosecharon 30 millones y nunca se llegó a niveles de preguerra. Esto se notó en la producción de pan.

Ya en febrero de 1937, se empezaron a ver los primeros signos de desabastecimiento, siempre negados por las autoridades, pero la escasez se fue agudizando durante todo el año. A todo esto, se añadió la falta de moneda fraccionada, principalmente acuñada en plata y que la población ante la falta de seguridad se dedicó a esconder esperando mejores tiempos y porque además su valor metálico empezaba a ser mayor que el facial.

El racionamiento oficial, ponía en manos de la población un aporte calórico de 1514 calorías diarias en agosto de 1937 y tan solo de 1190 calorías en marzo de 1938 y estos datos son los oficiales porque en muchas ocasiones el suministro oficial era incapaz de aportar la comida establecida. La situación del pan era catastrófica y dada su relevancia en las costumbres españolas, tuvieron larga repercusión en las publicaciones madrileñas a pesar de la censura oficial. En enero de 1938, el racionamiento anunciaba 100 gramos diarios por persona.

Todo 1938 no fue otra cosa que una lucha de las autoridades republicanas por garantizar una alimentación mínima para la población de Madrid, pero después del verano ya empezaron a circular informes de organizaciones humanitarias que anunciaban el bajo peso de los bebes y una elevada mortandad entre los ancianos.

Fue en este contexto que Madrid fue de nuevo bombardeada el 3 de octubre de 1938 pero en este caso con panecillos y opúsculos que decían que la retaguardia franquista podía hacer lo que no sabían hacer los dirigentes republicanos.

Los detalles técnicos de la acción son poco conocidos, pero parece ser que 12 Savoia-Marchetti, operados por tripulaciones españolas lanzaron unos 180,000 panes. La acción tuvo gran impacto entre las autoridades madrileñas que ordenaron no consumir el pan que venía del cielo y proponía entregarlo a las autoridades o destruirlo. Pocos acataron la orden.

Manuel de Francisco Fabre

https://www.vscw.ca/es/node/12

https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2020-02-09/pedro-fernandez-barbadillo-bombardeos-de-pan-a-los-madrilenos-hambrientos-89937

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Manuel de Francisco

Ingeniero Industrial Superior, especialidad Química por la ETSIIB
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