
ESPÍRITU LEGIONARIO
Atardece en el cementerio de San Isidro y la luz vespertina dibuja en el suelo las sombras de las cruces que se extienden hasta donde alcanza la vista. Con ojos vidriosos, el nieto observa cómo los sepultureros cierran el nicho donde acaban de enterrar a su abuela, dejándolos solos en el mundo a su abuelo y a él, aunque quizás ese sentimiento de vacío es más acusado en el joven que en el hombre que, apoltronado en una silla de ruedas justo a su lado, mantiene la mirada fija en un punto indefinido, acosado por el olvido. Cada vez que



