
BENJAMÍN DE TUDELA
Tudela, 1172 La lámpara de aceite titila en la estancia estrecha. Afuera, Tudela duerme bajo el murmullo del Ebro mientras Benjamín relee los pergaminos donde ha recogido todas las aventuras vividas en su largo viaje por el mundo conocido. Ha regresado hace apenas unas semanas y el polvo de los caminos aún vive en sus sandalias: el rumor de Constantinopla, de Bagdad, de Alejandría, sigue vibrando en su corazón, pero ahora, en la quietud de su hogar, comprende que el viaje no concluirá hasta convertir la experiencia en memoria, y la memoria en testimonio. “Salí para ver la tierra y








