
En la escuela de mi niñez (años 60 del siglo pasado), en las clases de historia y para evitar el aburrimiento general, nos contaban historias ejemplares y heroicas, con más o menos base histórica. Una de ellas es la del famoso tamborilero catalán que puso en fuga al enemigo francés, simulando con su tambor la llegada de tropas españolas de refuerzo.
Los hechos ocurrieron el 6 de junio de 1808, apenas un mes después de la revuelta en Madrid. Los ánimos estaban exaltados y la población de Barcelona no estaba conforme con la ocupación de las tropas francesas ni con su comportamiento. Simultáneamente, los franceses estaban encerrados en la propia ciudad, el castillo de Montjuic y la Ciudadela. Napoleón había pensado que España sería igual que en el resto de Europa, donde una vez descabezado el poder central, ciudades, pueblos y comarcas iban a seguir al nuevo dirigente, pero España era diferente y aquí ya se había desarrollado un sentimiento nacional, con independencia de quien gobernara.

Los franceses tan solo dominaban Barcelona y prácticamente no podían pasar del Llobregat al oeste y casi estaban incomunicados por el este. En esta situación habían perdido el control de las ciudades catalanas donde se producía armamento, particularmente Manresa, en el centro del Principado y donde había molinos destinados a la fabricación de pólvora. En esta tesitura, Guillaume Philibert Duhesme, a la sazón jefe del Cuerpo de Observación de los Pirineos Orientales, que no era otra cosa que un ejército formado por dos divisiones, una francesa, formada por infantería suiza y francesa, y otra italiana. En total, unos 11.000 infantes, 1.700 de caballería y 16 piezas de artillería.
Habían llegado a través de los Pirineos por el paso de La Junquera el 9 de febrero de 1808. En Figueras, habían tomado el castillo de San Fernando, solicitando alojamiento temporal y desarmando posteriormente a la dotación española un día más tarde.
Dos días más tarde, llegaron a Gerona, donde fueron recibidos con frialdad, pero sin oponer resistencia. Ahí Duhesme cometió el error de no dejar guarnición alguna y Gerona se convirtió posteriormente en una espina clavada en las comunicaciones con Francia.
El 13 de febrero llegaban a Barcelona, donde el capitán general de Cataluña, José de Ezpeleta y Galdeano conde de Ezpeleta, les dio alojamiento, pensando que eran tropas en tránsito hacia Portugal y Cádiz, donde en teoría debían embarcarse. Pero no partieron nunca y el 29 del mismo mes, aprovecharon un desfile militar conjunto, se hicieron con el control de la Ciudadela de Barcelona y del castillo de Montjuïc. En la práctica los franceses controlaban la ciudad y en su imaginario, dada su forma de pensar y lo que estaba pasando en toda Europa, si se controla el centro de poder, se controla la región o el país. Pero en nuestro caso, no fue así.

Los incidentes en Barcelona fueron en continuo aumento, no digamos en el resto de Cataluña, que alcanzaron el máximo cuando llegaron las noticias de la revuelta del 2 de mayo de 1808 en Madrid, y explotaron en la revuelta de Lérida el 28 de mayo del mismo año. Esto no se lo esperaban los franceses y obligan a Ezpeleta a enviar tropas regulares, de línea como se llamaba en aquella época, para detener a los cabecillas. Ante la sorpresa de los franceses, la sola noticia de la salida de Barcelona de un batallón de Reales Guardias Españolas y un escuadrón de caballería no sirvió para nada y en Manresa el 2 de junio, Francisco Codony, gobernador de la comarca, dio soporte a los cabecillas de Lérida y ordenó la quema pública de los documentos sellados en Barcelona por las autoridades francesas.
El general Duhesme no se lo puede creer. Estaba acostumbrado a que, a donde llegara, si conseguía vencer en batalla o por artimañas, los súbditos, dispuestos siempre a obedecer, no ofrecían la menor resistencia; sin embargo, España era, y sigue siendo, diferente. Duhesme ve peligrar sus líneas de aprovisionamiento con Francia, pues las poblaciones de Gerona, Rosas y Hostalric, todas ellas consideradas ciudades fortificadas, tenían guarniciones cien por cien españolas.

Para contener el problema, Duhesme intenta consolidar su posición en Barcelona, pero curiosamente no recibe órdenes de tomar el control de Gerona, Hostalric y Rosas, poblaciones todas ellas al norte de Barcelona, sino de lanzar dos columnas para reforzar las ciudades de Valencia y Zaragoza, ambas hacia el suroeste. Duhesme puso al frente de la columna, de alrededor de 3.800 hombres, dirigida hacia Zaragoza, al general François Xavier de Schwarz, con las órdenes de desmontar las revueltas de Igualada, Manresa, Cervera y Lérida, antes de lanzarse hacia Zaragoza.
Si sales de Barcelona hacia Lérida, te encuentras el imponente macizo de Montserrat. Hay que rodearlo por la derecha o por la izquierda. Schwarz decidió tomar el itinerario de la izquierda e intentó pasar por la vertiente occidental del macizo de Montserrat, donde existe la población del Bruch, a no mucha altura, alrededor de 500 metros, pero plagada de torrentes y zonas boscosas. Al llegar a la altura de Can Massana, una masía fortificada de la región, la avanzadilla francesa, formada por coraceros, sufrió un tiroteo desde el bosque. Los coraceros se retiraron apresuradamente, pero al notificar a Schwarz lo sucedido, este pensó acertadamente que eran tan solo unos pocos hombres armados y asaltó Can Massana con infantería y tiradores de élite.
Ante un ejército profesional, los españoles poco podían hacer; se dividieron en dos grupos y unos se retiraron hacia Manresa y otros hacia Igualada. Cuando Schwarz llega en persona a Can Massana, se da cuenta de que debe cruzar una zona laberíntica, donde es fácil esconderse, y decide tomarse un descanso para reflexionar y enviar a exploradores para determinar la entidad de las fuerzas españolas.

Mientras, los españoles que huían se encontraron con fuerzas de refuerzo que venían de Manresa e Igualada. La de más entidad era la procedente de Igualada; al frente de este grupo se encontraba Antonio Franch Estalella, jefe de los somatenes de dicha población, que insufla ánimos a sus hombres y vuelven a atacar a la cabecera de la columna francesa. Simultáneamente, todas las campanas de las poblaciones de los alrededores empiezan a tocar a rebato.
Schwarz teme verse envuelto por unas fuerzas de las que desconoce su entidad y ordena la retirada hacia Barcelona, pero lo peor no ha hecho más que empezar. La columna debe cruzar la población de Esparraguera, pero los habitantes, organizados por Pedro Morrall i Badia, les cierran el paso. Los franceses deciden rodear la ciudad por ambos lados, pero durante el paso de la riera de Abrera, los españoles vuelan el puente que había sido minado, provocando una carrera desesperada de los franceses por salvar la vida. La retirada acaba siendo una desbandada, donde grupos de franceses logran mantener la cohesión, pero otros pierden totalmente la organización militar. Llegan a Barcelona en grupos aislados, contabilizándose más de 300 bajas.
La derrota francesa no fue militarmente hablando muy importante, pero moralmente y junto a la victoria naval de Poza de Santa Isabel el 14 de junio de 1808 y la terrestre de Bailén el 19 de julio, despojó de su áurea de invencibles a los ejércitos imperiales franceses.
Napoleón tuvo que intervenir personalmente y se plantó en Bayona el 2 de noviembre, con un ejército de 250.000 hombres. Aplastó al ejército regular español y conquistó todas las capitales importantes excepto Cádiz. Pero el mal ya estaba hecho y el ejemplo, plantado. Durante cuatro largos años, los franceses se tuvieron que enfrentar a una guerra de guerrillas a la que no estaban acostumbrados.
La situación en Cataluña fue paradigmática. Los franceses tomaron al asalto Lérida, Gerona y Tarragona, y Barcelona por sorpresa. Sin embargo, fueron incapaces de controlar el territorio, a pesar de que incluso se llegó a unir administrativamente la región a la administración civil francesa. Los correos que viajaban solos eran atacados y los convoyes militares, saqueados al menor descuido. Finalmente, en 1814, Napoleón cedió y Fernando VII volvió a España.

Retornando a nuestra Batalla del Bruch, una parte del imaginario otorgó a un humilde tamborilero el mérito del desconcierto francés, al tocar entre uno de los múltiples barrancos, amplificando su sonido y haciendo creer a Schwarz que llegaban numerosas tropas españolas. Buceando en internet, la primera noticia del hecho dice proceder de un periódico local, exactamente en la Gaceta de Manresa del lunes 26 de septiembre de 1808, pero una lectura atenta de una copia digital del documento, escrito, por cierto, en perfecto castellano, no descubre traza alguna sobre el tamborilero. El editor, llamado Martín Trullás, lo que proclamaba en este número era que verdaderamente quien había salvado al Principado y a España de la invasión francesa era la población de Manresa, que con sus aportaciones de pólvora y hombres (los somatenes), habían derrotado al enemigo.
Muy probablemente la leyenda del tamborilero del Bruch no fue más que una invención tardía, apoyada en el recuerdo popular del repique de campanas general en la zona de combate, pero es muestra del temprano despertar del espíritu español en los inicios del conflicto y cómo en 1808 no había en Cataluña el menor sentimiento de independencia respecto al resto de España. Nada hubiera sido más fácil en aquel momento que aprovechar aquellos momentos de vacío de poder para declarar una independencia unilateral, aunque fuera bajo el paraguas francés.
Pero, recalquemos, nunca hubo un movimiento catalanista en 1808 contra el resto de España.

Manuel de Francisco Fabre
