
¡Glorioso San Juan de Dios, caritativo protector de los enfermos y desvalidos!
Mientras vivisteis en la tierra no hubo quien se apartase de vos desconsolado: el pobre halló amparo y refugio; los afligidos, consuelo y alegría; los desesperados, confianza; y todos los enfermos, alivio en sus penas y dolores. Si tan copiosos fueron los frutos de vuestra caridad estando aún en el mundo, ¿qué no podremos esperar de vos ahora que vivís íntimamente unido a Dios en el Cielo? Animados con este pensamiento, esperamos que nos alcancéis del Señor la gracia, si es para mayor gloria de Dios y bien de nuestras almas.
Amén.
(Oración a San Juan de Dios)
EL PERSONAJE

Juan Ciudad Duarte nació en 1495 en el pueblo toledano de Casarrubios del Monte, aunque durante siglos se creyó que era portugués debido a la confusión aparentemente intencionada por parte de su primer biógrafo, Francisco de Castro, quien ocultó sus verdaderos orígenes al no ser “cristiano viejo”, ya que su madre era cristiana y su padre judío.
“Era natural del reino de Portugal, nacido en la comarca de Évora”. (Vida y milagros del bienaventurado Juan de Dios,1585)
Tras vivir un tiempo en Portugal, a los 12 años se trasladó a Torralba de Oropesa (Toledo), donde sirvió como pastor en casa de Francisco Cid Mayoral. Con 27 años, en 1523, se alistó en las tropas del capitán Juan Ferruz, al servicio del emperador Carlos, para la defensa de Fuenterrabía frente a los franceses. Allí fue acusado de negligencia en la custodia del botín de su compañía y estuvo a punto de ser ahorcado, aunque finalmente se le perdonó.
“La tradición conserva que en Fuenterrabía sufrió proceso y condena por negligencia, de la que fue librado en el último momento.” (José Gómez-Menor, Juan de Dios. Su vida y su obra).
En 1532, con unos 37 años, volvió a alistarse, esta vez en las tropas del conde de Oropesa, que acudían al llamamiento del emperador para reforzar la defensa de Viena, amenazada por el avance otomano de Solimán el Magnífico. El conde reunió hombres en sus tierras de Toledo y Extremadura, entre ellos Juan, atravesando el contingente Italia y los territorios germánicos.
Tras su regreso a la península, desembarcó en Galicia y decidió viajar a Portugal para reencontrarse con su familia. Fue entonces cuando se enteró de que sus padres habían muerto.
Desde allí marchó a Andalucía y, estando en Gibraltar, decidió embarcar hacia África. En el mismo barco viajaba el caballero Almeyda, desterrado a Ceuta junto a su esposa y sus cuatro hijas. Juan entró a su servicio, pero la familia cayó enferma y agotó sus recursos. Él, movido por una caridad que ya empezaba a definirlo, trabajó en la reconstrucción de las murallas de Ceuta para mantenerlos a todos con su salario.
Más tarde regresó a Gibraltar, donde se convirtió en vendedor ambulante de libros y estampas. En 1538 se instaló definitivamente en Granada, abriendo una pequeña librería en la Puerta de Elvira.

“En Granada abrió tienda de libros usados, lugar donde empezó a frecuentar lecturas piadosas que influyeron en su espíritu.” (José Gómez-Menor, Juan de Dios. Su vida y su obra)
LA TRANSFORMACIÓN
20 de enero de 1539. Ese día Juan vivió el acontecimiento que transformó su vida. Al escuchar un sermón de san Juan de Ávila en la Ermita de los Mártires, sufrió una conversión profunda:
“La palabra de Juan de Ávila cayó sobre él como un rayo que abrió una herida profunda en su conciencia.” (Manuel Ruiz Jurado)
Conmovido hasta el extremo, Juan destruyó los libros que vendía, vagó desnudo por la ciudad y fue objeto de burlas y pedradas.
“Salió fuera de sí, rompió los libros que vendía y comenzó a clamar por las calles como quien ha perdido el juicio.” (José Gómez-Menor)
Considerado loco, fue internado en el Hospital Real, donde convivió con enfermos y mendigos. Allí, en medio del sufrimiento ajeno, ordenó su espíritu y comprendió su vocación.
“En el Hospital Real halló el santo el espejo del dolor humano, y en él descubrió su vocación.” (Vicente de la Fuente)
“Del fuego de aquella crisis nació el hombre nuevo que dedicaría su vida a los pobres.” Tras una peregrinación al santuario de Guadalupe, donde prometió entregarse a los pobres y enfermos, regresó a Granada en otoño de 1539 y comenzó acogiendo necesitados en casas de benefactores, teniendo que alquilar con el tiempo una vivienda en la calle Lucena, donde fundó su primer hospital, germen de la futura Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

El cambio de nombre a Juan de Dios ocurrió entre 1539 y 1540, cuando Juan, tras comenzar su labor asistencial, se presentó ante el arzobispo de Granada, don Gaspar de Ávalos, y este, impresionado por su entrega a los pobres, le dio el nuevo nombre.
“Fue el arzobispo quien, viendo su vida nueva, le dio el nombre de Juan de Dios.” (Manuel Ruiz Jurado)
HOSPITALES
“Crecía cada día la fama de su hospital y con ella el número de los que deseaban seguirle.” (Antonio de la Asunción, Vida del glorioso san Juan de Dios)
Durante la década siguiente su obra creció sin descanso: abrió otro hospital en la Cuesta de Gomérez, introdujo innovaciones asistenciales —separación de enfermos por dolencias, higiene, alimentación adecuada, atención personalizada— y reunió a un grupo de discípulos, entre ellos Antón Martín, fundador del hospital madrileño de Nuestra Señora del Amor de Dios.
Antón Martín llegó a Granada atraído por la fama de aquel “hombre de Dios” que cuidaba a pobres y enfermos con total entrega.
“Antón Martín vio en Juan de Dios un modo nuevo de vivir la caridad y decidió unirse a él.” (Manuel Ruiz Jurado)
La labor de Juan sentó las bases de una nueva forma de entender la asistencia hospitalaria en una época en la que los hospitales eran lugares de hacinamiento, suciedad y abandono.

“Introdujo orden donde había caos y humanidad donde reinaba la indiferencia.” (Manuel Ruiz Jurado)
Este enfoque humanista —hoy diríamos “centrado en la persona”— fue una ruptura profunda con la mentalidad asistencial de su época.
“Muchos deseaban seguirle, viendo en él un modo nuevo de servir a Dios en los pobres.” (Antonio de la Asunción)
MUERTE
El 8 de marzo de 1550, a los 55 años, Juan murió en Granada víctima de una pulmonía, contraída tras lanzarse al río Genil para salvar a un joven que estaba a punto de ahogarse.
“No pensó en sí mismo, sino en el joven que luchaba contra la corriente.” (José Gómez-Menor)
UN HOMBRE SANTO

Tras su muerte, su obra se extendió por España, Portugal, Italia y Francia, y hoy está presente en los cinco continentes. Sus restos, inicialmente enterrados en el convento de la Victoria de Granada, fueron trasladados en 1664 al hospital de su orden y, finalmente, en 1757, a la Basílica de San Juan de Dios, donde reposan en un suntuoso camarín, convertido desde entonces en uno de los espacios devocionales más importantes de la ciudad.
Hoy, su cuerpo se conserva en una urna de plata y cristal, rodeada de exvotos, relicarios y pinturas que narran su vida.
Fue beatificado por el papa Urbano VIII el 1 de septiembre de 1630 y canonizado por el papa Alejandro VIII, el 16 de octubre de 1690. Fue nombrado santo patrón de los hospitales y de los enfermos.
MILAGROS
Los relatos más antiguos coinciden en que Juan de Dios tenía una capacidad extraordinaria para curar enfermos graves mediante cuidados, oración y una intuición médica sorprendente para su época. Se registraron casos de enfermos terminales que recuperaron la salud tras su intervención directa, especialmente fiebres, heridas infectadas y enfermedades contagiosas.
“Muchos sanaban solo con verle, como si en su presencia hallaran alivio.” (Antonio de la Asunción)
En varias ocasiones, cuando el hospital estaba sin recursos, Juan de Dios distribuyó comida que no debería haber alcanzado para todos, pero que se multiplicó misteriosamente.


“Repartió pan donde no había para tantos, y ninguno quedó sin comer.” (Vicente de la Fuente)
En una ocasión, un incendio amenazó con destruir el hospital. Juan de Dios entró repetidas veces entre las llamas para rescatar a los enfermos, sin sufrir quemaduras, “saliendo ileso del fuego, como si las llamas no pudieran tocarle.” (José Gómez-Menor).
Tras su muerte, comenzaron a atribuirse a su intercesión curaciones repentinas, especialmente de enfermedades de la piel, fiebres, heridas graves y dolencias consideradas incurables.
“Muchos recibían salud al tocar su sepulcro.” (Antonio de la Asunción)
Más allá de los prodigios físicos, los biógrafos destacan un milagro más profundo: la conversión de quienes lo conocían.
“Su sola presencia movía a muchos a cambiar de vida.” (José Gómez-Menor).
CASA DE LOS PISA
Los Pisa eran una familia noble y acomodada de Granada, vinculada a la administración y a la vida pública de la ciudad. Desde muy pronto se sintieron conmovidos por la obra de Juan de Dios y se convirtieron en sus protectores.
“La familia Pisa tuvo por Juan de Dios una veneración profunda y le asistió en sus últimos días.” (Vicente de la Fuente)

En febrero de 1550, tras rescatar al joven del río Genil, Juan de Dios cayó gravemente enfermo. Sus discípulos lo trasladaron a la Casa de los Pisa, donde recibió cuidados hasta su muerte el 8 de marzo de 1550.
Tras su fallecimiento, la Casa de los Pisa se transformó en un lugar de devoción privada. La familia conservó objetos personales del santo, documentos, recuerdos y testimonios. Con el tiempo, este conjunto se convirtió en el primer núcleo museístico dedicado a Juan de Dios.
“Guardaron en aquella casa muchas memorias del santo, como tesoro de su vida.” (Antonio de la Asunción)
En el siglo XX, la casa pasó a manos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, que la convirtió en el Museo Casa de los Pisa, inaugurado en 1953. Hoy conserva la habitación donde murió el santo, reliquias y objetos personales, documentos fundacionales, pinturas, esculturas y piezas litúrgicas.

FUENTES:
https://www.aciprensa.com/recurso/1816/oracion-a-san-juan-de-dios-para-pedir-su-intercesion
https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_de_Dios
https://historia-hispanica.rah.es/biografias/25139-san-juan-de-dioshttps://www.museosanjuandedios.es/index.php?seccion=museo
