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MARCELA DE SAN FÉLIX, HIJA ILEGÍTIMA DE LOPE DE VEGA

  • Jaime Mascaró Munar
  • 09/06/2026
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Madrid, agosto de 1635. En la estrecha calle que conduce al convento de las Trinitarias, la multitud espera el paso de un cortejo fúnebre. Se ha modificado el recorrido para que una monja de clausura pueda salir al pórtico para despedirse. El difunto no es otro que Lope de Vega Carpio, el Fénix de los Ingenios. La mujer que asoma tras las rejas del convento, sor Marcela de San Félix, es su hija oculta.

Marcela Lope de Vega Carpio y Luján, más conocida como sor Marcela de San Félix, fue una monja trinitaria, dramaturga y poetisa española, hija ilegítima del también poeta y dramaturgo Lope de Vega y de la actriz Micaela de Luján, amante del conocido autor del Siglo de Oro español.

Sor Marcela de San Félix

Marcela Lope de Vega nació en Toledo a primeros de mayo de 1605, siendo bautizada en la iglesia de la Magdalena el 8 de mayo de 1605 como «de padre no conocido», y su padrino fue el conocido autor de autos sacramentales José de Valdivieso, amigo de Lope de Vega. El cura y los testigos de la ceremonia también parece que fueron personas relacionadas con el teatro.

Nacida de la pasión entre Lope y la actriz Micaela de Luján, Marcela creció junto a su madre y su hermano Lopito entre escenarios y ausencias. Aprendió de memoria los versos de su padre recitados por Micaela antes incluso de saber leer y buscó desde pequeña la educación negada a las mujeres para continuar con un legado literario prohibido para toda hija ilegítima.

Hasta 1621 vivió en Toledo con su madre y hermanos, aunque pasaba algunas temporadas con su padre en Madrid; se sabe que la primera de estas estancias fue en 1613, cuando el Fénix vivía ya en la calle de Francos. Su madre, que estaba casada con un actor, fue amante de Lope, que también estuvo casado durante esos años con Juana de Guardo, su segunda esposa, rica hija de un asentador de carne y pescado de Madrid. Lope se casó sin amor, solamente buscando la fortuna de doña Juana. Los padres de esta se opusieron a la boda.

«Camila Lucinda», Lucinda o Luscinda, que es el nombre con el que Lope aludía a Micaela en sus versos, parece que desapareció o falleció cuando Marcela y su hermano Lope Félix, también hijo de Lope de Vega, eran pequeños. Tras esto, Marcela y su hermano, dos años menor, fueron criados por una sirvienta de confianza llamada Catalina. En 1613, al fallecer Juana de Guardo, los dos hermanos se trasladaron a Madrid con su padre (a la casa de la calle Francos), donde convivieron con Feliciana (última hija de Lope y Juana), cuyo nacimiento provocó la muerte de su madre, y los hijos de Marta de Nevares. Durante este tiempo, Marcela fue testigo de la vida desenfrenada y promiscua de su padre, pero también asistió al arrepentimiento que mostró Lope en sus años de sacerdote.

Guillén de Castro

Siendo una adolescente, la joven Marcela se encargó de realizar el oficio de mensajera y secretaria de su padre, que por ese tiempo ejercía como secretario del duque de Sessa y, además, fue la encargada de copiar las cartas que Lope se mandaba con sus amadas para mandárselas al duque de Sessa, quien deseaba conocer los trucos del gran autor para atraer a tantas mujeres. Su carácter, su talante y su gran vocación literaria hicieron que desde muy pequeña gozara de la predilección de su padre y, al cumplir quince años, este le dedicó su comedia El remedio de la desdicha. Un año más tarde, Guillén de Castro dedicó a Marcela la primera parte de sus comedias.

A finales de 1620, a Lope se le escapó la noticia de que su hija, Marcela, quería hacerse monja, en la séptima epístola de la Filomena. Tras una serie de acontecimientos familiares que marcaron a la joven Marcela, el 23 de enero de 1621 ingresó en el convento de San Ildefonso, de las Trinitarias Descalzas, situado en la calle de Cantarranas (actual calle de Lope de Vega), y el 28 de febrero de ese mismo año recibió el hábito trinitario. Para la dote, el duque de Sessa le entregó 1000 ducados y allí coincidió con otras religiosas, como sor Isabel de Saavedra, hija de Miguel de Cervantes. El 5 de marzo de 1622 fue cuando tomó profesión, adquiriendo el nombre de sor Marcela de San Félix, con el que escribirá y será reconocida en el panorama literario, actuando como su madrina la marquesa de Téllez, de guarda el marqués de Povar, como predicador fray Hortensio Félix de Paravicino y Arteaga, y como cantor Ponce Valdés, el canario del cielo.

Existe un cierto desacuerdo entre los autores que han estudiado y escrito sobre Marcela, pues una tachadura en la fecha, que se repite en las actas del Archivo de las Madres Trinitarias, hace que no estén claros los años de entrada y toma de hábito y profesión, pudiendo ser 1622 el año de entrada y toma de hábito, y 1623 el de la profesión.

Se sabe que sor Marcela ejerció diversos oficios dentro del convento, y prueba de ello es que en las elecciones conventuales del 27 de enero de 1628 aparece como gallinera y en las del 6 de febrero de 1631 como refitolera. Además, fue testigo de uno de los mayores escándalos de la época, que tuvo por escenario, precisamente, el convento de las trinitarias, cuando en 1629 Pedro Calderón de la Barca entró en la clausura persiguiendo al comediante Pedro de Villegas, quien había apuñalado a su hermano. Por esto, las monjas, que fueron acusadas de esconder a Villegas, recibieron malos tratos y, como consecuencia de ello, tenemos el escrito que hace Lope de Vega al duque de Sessa quejándose de este abuso. El escándalo fue mayúsculo, y los malos tratos a las monjas, por creer que habían escondido a Villegas, hicieron lamentarse a Lope: «Yo estoy lastimado tanto por todas como por mi hija».

Casa de la calle de Francos

El convento de trinitarias fue el lugar escogido por Lope para recibir el hábito militar de San Juan. El 27 de agosto de 1635 murió Lope de Vega en Madrid; su cortejo fúnebre, hacia la parroquia de San Sebastián, se desvió por la calle de Cantarranas para que su hija lo viera desde las celosías conventuales. Así lo retrata el pintor asturiano Ignacio Suárez Llanos en su cuadro Sor Marcela de San Félix, monja de las Trinitarias Descalzas de Madrid, viendo pasar el entierro de Lope de Vega, su padre, de 1862, que se conserva en el Museo del Prado.

Lope de Vega tuvo, fruto de sus dos matrimonios y de las relaciones con sus amantes, diecisiete hijos: doce hijas y cinco hijos, diez de ellos murieron en la infancia. Marcela fue la única de los hijos de Lope que siguió los pasos de su padre y se dedicó a las letras, pero también llegó a ser actriz como su madre, puesto que ella misma se encargaba de los papeles más difíciles y largos de sus coloquios, llevaba a cabo los preparativos y dirigía la obra. Sus piezas teatrales se caracterizan por exageraciones que rozan lo caricaturesco mientras que en la lírica describe con elocuencia esos encuentros consigo misma y con Dios a través de la soledad. Sus poemas místicos están llenos de un vocabulario religioso, mientras que en las loas y coloquios deja ver la vida diaria y el habla conversacional del Madrid del momento. En ellas es donde sor Marcela deja ver su parte más humorística. En ellas se burla de las enfermedades, del consumo y escasez de comida, de monjas, provisoras, de la mitología y las musas, de sí misma, etc. En las loas aparecen el estudiante y el licenciado, dos personajes masculinos que representan “los aspectos más mundanos de su oficio como escritora”.

Escribió su autobiografía, en dos tomos, que ella misma quemó antes de morir por recomendación de su confesor, noticia que se conoce por dos octavas escritas a su memoria por la madre Francisca de Santa Teresa. No obstante, se conserva un manuscrito donde la propia sor Marcela recogió una serie de obras que consideró que debían salvarse de la quema y que constituye un volumen de 507 páginas. Gracias a su biógrafa sabemos que sor Marcela era una gran admiradora de santa Teresa de Jesús y que había leído sus obras, por lo que no es de extrañar que la tomara como modelo y, siguiendo sus pasos, habría escogido la soledad como tema principal para legitimarse y dotarse de autoridad. Igualmente, tomó a santa Teresa como modelo para escribir oraciones en verso donde hablaba de «obediencia, fervor, los peligros de un celo excesivo y las ventajas de una total renuncia».

Sor Catalina de Cristo

En otro manuscrito, escribió, en prosa, la Vida de la Venerable sor Catalina de Cristo, una biografía de sor Catalina de San José, que fue compañera suya en el convento. La producción de sor Marcela destaca por su frescor, su sello personal ingenioso y original y por su calidad histórica y social, que nos adentra en el mundo conventual femenino. Su producción teatral cuenta con seis obras: el Coloquio espiritual titulado Muerte del apetito, Coloquio espiritual de la estimación de la religión, Coloquio espiritual del Nacimiento, Coloquio espiritual entre el alma y la paz y Coloquio espiritual del Santísimo Sacramento. Destacan también sus ocho loas, muchas de ellas dedicadas a la profesión de una compañera, así como un Breve festejo, pieza alegórica representada la noche de Reyes de 1653.

En los romances más afectivos se dejan ver las tradiciones del Cantar de los Cantares y del amor cortés y petrarquista, que ya aparecía en las coplas y liras de santa Teresa y san Juan de la Cruz. Además, parecen verse rasgos de las Rimas sacras de Lope de Vega. El tema fundamental de estos romances amorosos es la frustración por la unión mística, que parece que sor Marcela anhelaba. En los dos «Romance al Nacimiento», sor Marcela expresa la devoción que sentía por el Niño Jesús, mientras que en el romance dedicado a san José muestra la atracción que sentía la autora por este santo.

Otros tres romances los dedica a la toma de velo de las monjas sor Francisca del Santísimo Sacramento, sor Manuela de San Miguel e Isabel del Santísimo Sacramento, donde alaba a la orden trinitaria. Particularmente en sus romances sor Marcela nos acerca a la poesía barroca, y ya Menéndez Pelayo relacionó su poesía con los temas del siglo XVI y alabó sus romances.

En otros romances habla de la soledad, del encuentro consigo misma; en la tranquilidad que ofrece la soledad, el alma es capaz de moverse libremente y experimentar un gran placer. Sor Marcela hace un canto al retiro, al alejarse de las actividades rutinarias y sumirse en la soledad para alcanzar la mayor paz posible, mientras que esa falta de soledad hace que aflore en ella el mal humor. «Según las enseñanzas religiosas de la época, la vida terrestre debía desdeñarse a favor de la vida del más allá». A diferencia de otros poemas donde toma a Dios como amado, es la Soledad a la que llama amada y a la que convierte en instrumento para la unión divina. En otro de sus poemas, titulado «Otro al jardín del convento», sor Marcela hace referencia al jardín del convento de las trinitarias, donde las monjas podían disfrutar tanto de la soledad a la que tanto apela la autora como de la naturaleza que las rodeaba.

En las memorias manuscritas sobre sor Marcela, escritas por las monjas trinitarias de su convento, éstas hablan de su relación con fray Luis de la Madre de Dios, trinitario en el cercano convento descalzo madrileño, como familiar suyo; detalle interesante, ya que se trata de su hermano, según la acusación burlesca que Góngora hizo contra Lope a propósito de sus hijos naturales, entre los que cita al trinitario, habido con una cómica.

Una compañera escribió a su muerte una vida suya donde aseguraba que sor Marcela decía que sus padres le tenían poco amor y que para huir de esto se había metido al convento. No obstante, además de un medio de huida de su situación, el convento le sirvió para poder desarrollarse literariamente en una época en la que las mujeres no tenían muchas más alternativas (el matrimonio o el claustro). Este convento era un espacio donde pudo encontrar la tranquilidad y espiritualidad que buscaba, además de convertirse en un espacio físico donde poder escribir.

De la Exposición «Tan sabia como valerosa»

Durante nueve años fue maestra de novicias y durante seis, vicaria y secretaria del capítulo. Finalmente, sor Marcela falleció en Madrid el 9 de enero de 1688, a los 82 años de edad. La monja encargada de registrar su muerte en el libro de profesiones dejó anotadas las siguientes palabras: Murió esta religiosa el 9 de enero de 1688, a las siete de la mañana, jueves. Fue muy madre de todas. Vivió en la religión 66 años, en todos los cuales fue grande el rigor de la vida en no faltar a la más pequeña obligación. Fue continua en el coro, de gran espíritu y entendimiento tan superior a su edad, ya que más parecía ilustración divina. Era de piadosísimas entrañas y de santísimo pensar de todos. No se le oyó en su última enfermedad un ay, habiendo sido de muy sensibles dolores. Fue amadísima de todos, porque sus obras lo merecieron.

En el año 2020 fue seleccionada para formar parte de la exposición «Tan sabia como valerosa» del Instituto Cervantes para resaltar la obra de las mujeres que escribieron durante el Siglo de Oro. Marcela fue hija ilegítima, monja, secretaria, poeta y dramaturga. Fue testigo privilegiada del genio de Lope y víctima de sus sombras. Pero, sobre todo, fue una escritora consciente de su voz y de sus límites, capaz de transformar una vida marcada por la exclusión en una obra que todavía interpela al lector pasados los siglos.

Se ha editado una novela histórica del escritor Fernando Bonete Vizcaíno que lleva por título La hija del Fénix, en la que se recupera la voz silenciada de Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega, en un vibrante retrato del Siglo de Oro desde el ángulo más humano, íntimo y descarnado.

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Jaime Mascaró Munar

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