
El 1 de agosto de 1926, el gobierno masónico — y como tal, profundamente anticlerical— de México dictó una serie de leyes que perseguían el culto católico en el país. El pueblo llano reaccionó en defensa de sus derechos, su fe y la libertad religiosa, contra esas disposiciones arbitrarias. Y lo hizo con lo poco que tenía, pobremente armado, iniciándose lo que se conocería como la Guerra de los Cristeros o Cristiada, que habría de durar tres años, hasta que en 1929 los obispos, cobardemente, se plegaron a los designios de las autoridades, que sin embargo, continuaron hasta época bien reciente atacando las arraigadas creencias de sus ciudadanos.
Sin embargo, aunque pudiera estar justificada la rebelión frente a la tiranía, no todos apostaron por la vía de las armas. Uno de esos defensores de la fe católica, pero apelando a la paz, fue Cristóbal Magallanes, que pese a todo, no se libró del martirio a manos de las fuerzas federales, lo que con el tiempo le valdría su canonización.
Nació en el rancho de San Rafael, en Totatiche (estado mejicano de Jalisco), el 30 de julio de 1869. Desde bien pequeño, manifestó una gran devoción por la Virgen del Rosario y por el Sagrado Corazón de Jesús. A los 19 años, ingresó en el seminario de Guadalajara, Tras su ordenación, fue destinado a la parroquia de su pueblo.

Caracterizado por su honradez y profunda piedad, se distinguió por tratar de mejorar las condiciones de vida de sus vecinos. Así, introdujo mejoras como el riego en la agricultura, mediante la construcción de una presa en la Candelaria. Asimismo, creó varios colegios, el hospicio de Azqueltán, y un asilo para ancianos; puso capillas en los ranchos de la comarca, fundó una banda de música, contribuyendo así a elevar el nivel cultural, y en particular de los indios huicholes, a los que predicó con éxito.
En el ambiente violento de la Guerra Cristera y, pese a apostar por la vía pacífica para resolver el conflicto, fue perseguido cuatro meses por la serranía, hasta que finalmente, fue detenido por los soldados del ejército federal, el 21 de mayo de 1927, junto con el padre Caloca. A ambos se les acusó de fomentar la rebeldía con estas palabras: «No habrán tenido parte alguna en el movimiento cristero, pero basta que sean sacerdotes para hacerlos responsables de la rebelión».
Conociendo su destino, animó al resto de sus compañeros mártires, que habrían de ser ejecutados junto a él en la mañana del 25 de mayo de ese año de 1926 (21 sacerdotes, incluido San Sabas Reyes y 3 laicos): «Solo un momento y estaremos en el cielo». Antes de morir, San Cristóbal Magallanes declaró «Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mejicanos desunidos».

