
LOPE DE FIGUEROA
1564 El amanecer no llega nunca del todo en la bodega de una galera. Aquí abajo, la luz no es más que una esperanza que apenas se cuela entre las tablas de la galera en la que Lope de Figueroa lleva cuatro inviernos y cuatro veranos encadenado al remo de una galera otomana cuyo crujir de jarcias se ha convertido en su forma de marcar el tiempo. Sintiendo los ojos del cómitre sobre él, Lope siente la madera húmeda bajo los pies desnudos. Huele a sal, sudor y hierro. A su lado, un griego murmura una oración; más allá, un

