
2.- Inicio de la construcción de la Catedral
2.1. Rodrigo Jiménez de Rada

La vinculación de Rodrigo Jiménez de Rada con la ciudad de Toledo fue pasional. Ejerció como arzobispo de esta durante casi cuarenta años y el inicio de la gran catedral, la que sería conocida como la Dives Toledana, se debe a su vocación como teólogo e historiador, además de a su vinculación con la ciudad.
Sus constantes viajes por Europa y su gran capacidad de estudio le convirtieron en una persona ávida de recoger las corrientes de la época. A su faceta de erudito se le sumó la de hombre de acción: actuó al servicio de los reyes de Navarra y Castilla, con los que se erigió como estandarte de la cruzada de la Reconquista.
Hizo la labor diplomática de ser consejero de Sancho VII el Fuerte de Navarra, favoreciendo las relaciones con Castilla. En 1209, el papa Inocencio III emitió una bula a las diócesis castellanas para promover una cruzada contra los sarracenos. En ese mismo año, Jiménez de Rada fue nombrado arzobispo y comenzó a buscar apoyos en Italia, Francia y Alemania para preparar la futura batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Tras ganar la batalla a los almohades de Muhammad al-Nasir Miramamolín, la campaña militar se extendió dos años y el arzobispo dirigió las operaciones militares.
Tuvo una estrecha relación con Fernando III el Santo, rey que unió los territorios de Castilla y León, y obtuvo el respaldo de la Santa Sede para apoyar al monarca frente a las posibles rebeldías de los nobles. Por este motivo, el rey le nombró canciller del nuevo reino.
Pero una cosa destacó en el arzobispo: su férrea defensa de la primacía de Toledo como sede de la catedral primada, lo que le llevó a tener que negociar una gran cantidad de acuerdos con otras iglesias metropolitanas. Siempre puso su fortuna personal, la cual se incrementó de forma notable por el avance de la Reconquista, junto con sus trabajos historiográficos y políticos, al servicio de la Iglesia católica.

Para Jiménez de Rada, Toledo fue siempre la urbe regia, la capital de la Hispania de los visigodos. Por eso, los reinos cristianos debían restaurar su primitiva unidad y un hecho determinante para esto debía ser el nombramiento de Toledo como sede primada y sede definitiva de la Corte. Pero otras catedrales que tuvieron la condición de metropolitanas emprendieron la batalla ante la Santa Sede en contra de la primacía toledana. El arzobispo Jiménez de Rada logró que el asunto se discutiese en el IV Concilio de Letrán, pero el papa no se definió como le hubiese gustado al arzobispo.
Esto le costó gran cantidad de pleitos con sus competidoras de Braga, Santiago de Compostela, Sevilla, Tarragona e incluso Narbona. Para justificar su empeño no dudó en reunir todo tipo de documentos de su diócesis y del propio Vaticano. El arzobispo se movía en el terreno jurídico e histórico tan bien como en el militar.
Fue un hombre adelantado a su tiempo a la hora de establecer juicios de valor críticos para confirmar la veracidad de los documentos. A esto le ayudó su dominio de las lenguas clásicas (latín, griego, árabe), francés e italiano.

Durante su época de estudiante en París pudo asistir al inicio del primer gótico, donde se estaban construyendo los templos de Sens, Senlis, Noyon o Laon. Notre-Dame ya había entrado dentro del gótico clásico del estilo ojival y, durante las primeras décadas del siglo XIII, las catedrales de Chartres, Reims, Amiens, Beauvais y Bourges se edificaban de forma vertiginosa. Tampoco fue ajeno a las construcciones del Camino de Santiago, a Saint-Sernin de Toulouse y a la nueva abadía de Cluny. Además, tuvo una estrecha colaboración con el obispo Mauricio, promotor de la catedral de Burgos, con quien estudió Teología en la Universidad de París, y asistió a la colocación de la primera piedra de la seo burgalesa en 1221, junto a Fernando III el Santo.
Por los asistentes al Concilio de Elvira (sobre el año 300) conocemos que el primer obispo de Toledo se llamó Melancio, pero no tenemos certeza de si había catedral. En el I Concilio de Toledo (397-400), la asamblea se celebró “in ecclesia Toleto”, refiriéndose por primera vez a una iglesia paleocristiana sin conocer su rango. Sí conocemos que la Iglesia de Santa María se consagró el 14 de abril de 587 por el rey visigodo Recaredo.
Posteriormente fue edificada, en la época islámica, la mezquita mayor que había ampliado al-Mamún (1043-1075). Los aljibes que se encontraron en el claustro actual demuestran que tuvo una importante estructura hidráulica.
Más tarde, cuando Alfonso VI tomó la ciudad en 1085 prometió respetar la religión musulmana y el culto a la mezquita mayor. Pero, según relata el Padre Mariana en el siglo XVI, durante una ausencia del rey, la reina Constanza y el arzobispo decidieron tomar por la fuerza la mezquita, colocar un altar en su interior y una campana en el minarete. Así se reutilizó la mezquita como templo cristiano. Con el arzobispo Martín López de Pisuerga (1191-1208), se decidió destruir parte de la edificación por encontrarse en estado ruinoso, “oscura y llena de columnas”.

El arzobispo Jiménez de Rada, en su incansable lucha por la primacía de Toledo, no cesó de apostar por la creación de un nuevo templo que no tuviese parangón con los que se conocían: una catedral de catedrales. Para que la labor se pudiese realizar era esencial la simbiosis entre el arzobispo y el monarca Fernando III el Santo, y así fue. El 5 de enero de 1222, el papa Honorio III emitió una bula que autorizaba a que la tercera parte de las rentas de los templos toledanos fuesen destinadas a la financiación de la nueva catedral.
“En la era de 1264 (1226, según el calendario actual) el rey Fernando y el arzobispo don Rodrigo pusieron la primera piedra para la fundación de la iglesia de Toledo”. Así se cuenta el acontecimiento en las crónicas de Toledo.
En 1231 ya se habían levantado varias capillas de la Girola. En 1238 el arzobispo Jiménez de Rada decretó la institución de catorce capellanías, dedicadas a distintas advocaciones. La pasión que el arzobispo ponía en la construcción se hacía visible en sus propias palabras: “…se levanta día a día no sin gran admiración de los hombres”, “…tal y tan buena que no hay otra igual…”
2.2.- Etapas de la construcción
Para comenzar la construcción, la diócesis había incrementado previamente su patrimonio gracias a las donaciones reales y a los territorios incorporados por la Reconquista.
La catedral se debía diferenciar de todo lo construido en la ciudad y, frente a los materiales de bajo coste y duración de las casas tradicionales, heredados de la arquitectura islámica, para el gran templo se abrieron las mejores canteras. Aparte de que la nueva catedral no sería exclusivamente un edificio para fines eclesiásticos, sino que además debería cumplir funciones culturales, jurídicas y económicas.
El proyecto inicial del primer maestro de obras (posiblemente Martín) contaba con una planta de salón con cinco naves envueltas con capillas auxiliares, transepto a ras de ellas, doble deambulatorio o girola en torno a la capilla mayor y torres en los últimos tramos de las naves colaterales exteriores. Al ser las colaterales más anchas que las interiores, permitían disminuir el grosor de los contrafuertes, con la inclusión de las capillas auxiliares en el perímetro, y también facilitaban las procesiones y el tránsito de los fieles.
La cabecera tiene la peculiaridad del abovedado de forma brillante de la doble girola, mediante tramos rectangulares y triangulares alternos que se contrarrestaron por medio de arbotantes en forma de V. La construcción de las bóvedas en el arte ojival fue una de las soluciones más complicadas que se presentaron en la época, por la complejidad de hacer la continuación en los tramos curvos y la resolución de los contrarrestos (elementos diseñados para dirigir los empujes laterales).

El sistema de bóvedas de la girola de la catedral de Toledo representa una de las soluciones más exitosas e ingeniosas de la Dives Toledana. Resolvió tres problemas a la vez: disminuir al máximo la masa de los contrafuertes para permitir un mayor espacio para la construcción de capillas, quince —cantidad muy alta para la época—; escalonar los volúmenes con la estructura de los arbotantes; y generar un espacio desahogado y amplio.
El primer maestro de obras apenas pudo completar la corona de capillas del deambulatorio exterior, realizar sus bóvedas e iniciar el sistema de arbotantes y botareles externos.
El maestro de la catedral de Toledo debió conocer bien las soluciones y dimensiones de las catedrales de Bourges y Le Mans porque trató de superar en altura el deambulatorio exterior, el interior y la nave central.
El proceso y ritmo de las obras, iniciadas en 1222 con la cimentación, cambiaron con la muerte del arzobispo Jiménez de Rada en 1247 y la de Fernando III el Santo en 1252. También influyó de forma decisiva que las rentas destinadas a la construcción de la Seo se dedicaran a la conquista de Andalucía.

Con Alfonso X el Sabio la tónica fue la misma: se desviaron una gran cantidad de fondos que frenaron la construcción de la catedral. Los trabajos en la cabecera se reanudaron con el arzobispo Sancho de Castilla (1251-1261), para ralentizarse en los siguientes veinte años. Con la llegada de Sancho IV (1284-1295) se agilizaron los trabajos. El maestro de obras conocido de esta época fue Petrus Petri.
El siguiente maestro tuvo que enfrentarse a un reto nada desdeñable. Se debía asegurar la estabilidad del templo que tenía una altura superior a todas las conocidas hasta la fecha; en segundo lugar, tuvo que hacer frente a unos costes inmensos, imposibles de sufragar; y afrontar su desconocimiento en la ingeniería de los arbotantes y botareles, puesto que el primer maestro proyectó la planta de la catedral, pero no llegó a realizar sus alzados.
La decisión que tomó fue la de aumentar el grosor de los pilares; la nave central y las colaterales rebajaron su altura a 18 m y 32 m (las originales eran de 24 m y 48 m). Lo que obligó a que los triforios y claristorios se comprimiesen; esto explica por qué en los primeros se aprovecharon las arquerías islámicas y, en los segundos, por qué se instalaron rosetones en vez de lancetas. La girola perdió luz natural, interferencia que se corrigió con la instalación del Transparente, el cual veremos más adelante, siglos después.
La pureza de las ojivas de la girola exterior forma un contraste abrupto con los triforios mudéjares del deambulatorio interior, que posiblemente proviniesen de la mezquita mayor. Esto fue la consecuencia del replanteamiento del proyecto original.

También se redujo la altura del presbiterio y las luces y bóvedas superiores no se ejecutaron hasta el siglo XV, ya dentro del estilo flamígero con sus bóvedas estrelladas con terceletes.
La contrapartida de haber decidido bajar la altura de la nave mayor y las dos colaterales interiores permitió prescindir del costoso sistema de andamios, que no hubiese permitido la continuidad de la obra. La solución permitió ahorrar arbotantes y triforios, y el templo ganó en estabilidad.
El diseño de la cabecera toledana fue admirado y muy seguido desde que se conoció. Otras catedrales, como la de Cuenca y la nueva planta de la de Alcalá de Henares, lo incorporaron a sus “fábricas” (conjunto de bienes materiales, rentas y fondos destinados a la construcción, reparación, conservación y adorno de un templo parroquial), como ejemplo de modernidad; “a la manera moderna”, como se denominó al gótico castellano. Las catedrales de Granada y Jaén, así como la barroca de Oviedo o la clasicista de Cádiz, no dudaron en tener en cuenta el detalle toledano.
Finaliza el siglo XIII con el fallecimiento de Petrus Petri; se encontraban acabados el deambulatorio interior, el presbiterio hasta la altura del claristorio con cubierta provisional de madera, los costados este del transepto en su nivel inferior con los triforios y alguna capilla auxiliar.

Durante el siglo XIV, ya con influencia del rayonnant manierista (gótico radiante), se incorporaron las últimas novedades del estilo radiante: triforios iluminados, preferencia por las superficies traslúcidas y sofisticadas tracerías.
Entre los cambios significativos con respecto al gótico clásico destacan los pilares. Continuaron con los núcleos cilíndricos, pero cambió el perfil de las basas, aumentó el diámetro hasta los tres metros y se incrementó el número de baquetones de ocho a doce; y a dieciséis en los dos del cuadrado del crucero. Se produjo un cambio en la pared al intentar iluminar los triforios y extender el claristorio por todo el paramento.
En cuanto a las tracerías, respondieron al estilo manierista ojival, con una lanceta central más elevada que las laterales e incluso con lancetas abrazando a un rosetón. La herencia de la catedral de León como obra maestra del estilo radiante se dejó ver en Toledo, pero ya en su fase manierista.

Durante los siglos XIV y XV, además de los trabajos del cuerpo de las naves y el alzado de la fachada occidental con las torres, se realizó una gran cantidad de construcciones anexas, como el claustro y las capillas funerarias de planta ochavada, a las que seguirían la sacristía y la sala capitular. Llegaron maestros de Borgoña, Flandes y Alemania que introdujeron las últimas novedades. Artistas como Hanequín de Bruselas, Egas Cueman y Juan Guas renovaron la arquitectura de la catedral con su exuberancia decorativa. Las bóvedas se complicaron con las formas estrelladas, terceletes y combados.
En 1493, los maestros Juan Guas y Enrique Egas cerraron las últimas bóvedas de la capilla mayor. Las dimensiones definitivas fueron 120 metros de largo por 60 de ancho. La altura central es de 32 metros, las naves laterales interiores 18 metros y las naves exteriores 12 metros. Tiene 72 bóvedas sostenidas por 88 columnas. Todo esto unido a las capillas laterales y a las dependencias auxiliares.
La catedral de Toledo, con la solución abovedada de su doble girola y el escalonamiento de sus naves, servirá como ejemplo para otras del último gótico o incluso a las renacentistas como las catedrales de Sevilla, Segovia, Salamanca, Granada, Málaga y Jaén. De igual manera, se extenderá a ultramar hasta Hispanoamérica.

