
En agosto de 1621, el rey Felipe IV, después de conocer al personaje personalmente, concedió una pensión vitalicia a un tal don Antonio de Arouso (o Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, que tuvo varios nombres), alférez al servicio de la corona. El susodicho Antonio, Fno era tal sino más bien Catalina.

Un caso de personaje transgénero en el siglo XVII español. No fue un caso aislado en Europa, en Inglaterra está documentado el caso del soldado Clarke, en Francia, madame de Saint-Baslemont, una aristócrata francesa que lideró un contingente de vasallos y campesinos en la Guerra de los Treinta Años. Holanda también tuvo su transgénero, bajo el nombre de Aal de Dragonder (Alicia La Dragona), un personaje del cual se desconoce el nombre verdadero y su biografía, pero se sabe que murió de una puñalada cuando estaba alistada en la caballería y se descubrió su sexo cuando iba a ser enterrada. Otro caso inglés fue el de Lady Mary Bankes, que defendió durante seis semanas el Castillo de Corfe.
Ninguno de los casos anteriores es parecido al de Catalina. En las situaciones de otros países, la protagonista tuvo una actuación fugaz o no fue reconocido su verdadero sexo hasta su muerte. En este caso, Catalina, vivió toda su vida como soldado, fue reconocida como militar al más alto nivel y se le permitió permanecer en su nuevo género, a pesar de reconocerse, también, que no se correspondía con el biológico. La vida de Catalina no es ejemplo de nada, ya que está plagada de robos, abusos y asesinatos, pero si es una prueba de que la sociedad española del siglo XVII no era como nos lo han contado.
Sigamos por encima su biografía, para entender cómo funcionaba el imperio español en el siglo XVII.

Para empezar, sabemos cómo era su aspecto físico, gracias a un retrato realizado por Juan van der Hamen cuando tenía alrededor de 40 años. Su fisonomía era más bien masculina, áspera, amarga y de pocos amigos, que cuadra bien con su biografía. Biografía que conocemos, como su vida, de forma extraña. Parece que se hizo una primera edición en 1625 en Madrid, de unas memorias escritas por ella misma. Dicha edición se ha perdido, pero se conservó una copia manuscrita en manos de un tal Domingo de Urbirú, que acabó en el fondo de la Real Academia de Historia y ahí durmió el sueño de los justos hasta que fue descubierta en el siglo XIX por Felipe Bauzá, quien, al ver el interés de la obra, consiguió que se publicara en París y Madrid.
La obra, escrita en un estilo directo y rudo, fue objeto de discusión, llegándose a negar la autoría y el contenido, pero posteriores investigaciones, han probado que los hechos fundamentales ocurrieron realmente y que incluso en 1621, el Rey ordenó su pensión vitalicia, su derecho a usar un nombre masculino y a vestir ropas de hombre.
Nació en San Sebastián, en el seno de una familia acomodada y prospera. Su padre fue militar a las órdenes de Felipe III y su casa era de ambiente militar y más bien masculina, ya que solo tenía hermanos. A la temprana edad de 4 años, fue ingresada en un convento donde la priora era prima de su padre. Aunque en la época no era inusual la entrada en un convento como “educanda”, a los seis años, cuatro parece una edad muy temprana, en todo caso aguantó ahí hasta los quince, cuando, tras un altercado con una viuda que había ingresado tardíamente en la orden, robó algún dinero de su tía, se llevó material para hacerse alguna ropa seglar masculina, y escapó. Llegó andando hasta Vitoria y casualmente entró al servicio de un pariente que ejercía de catedrático. El hombre descubrió que el jovencito al que había contratado se desenvolvía bastante bien en latín y se empeñó en mejorar la formación humanística de Catalina. Craso error. A Catalina no se le podía imponer nada y tras un nuevo robo y huida, se desplazó a Valladolid, consiguiendo ser admitido como paje en casa de un pariente que no la identificó ya que nunca la había visto. Su padre, llegó un buen día, por casualidad, buscándola lo que provocó un nuevo robo y nueva huida. Esta vez se volvió a territorio más conocido e intentó asentarse en Bilbao, pero nada más llegar se vio envuelta en un altercado donde un muchacho acabó herido y ella en la cárcel, de donde salió cuando el herido sanó, pero sin una moneda en el bolsillo.

Su vagabundeo la llevó a Estella donde encontró un buen empleo como paje y ahí, según sus mismas palabras, fue bien tratada y vestida. Se quedó durante dos años y podría haber acabado ahí su historia y nadie hubiera conocido su historia si su inquieto temperamento no la impeliera a partir de nuevo, esta vez sin dejar un rastro de robos.
En 1603, la encontramos embarcada como grumete en Sanlucar de Barrameda, en un navío comandado por un tío carnal de su madre, que tampoco la reconoció, al no haberla nunca conocido. Tuvo que aprender el oficio de marino, cruzando el Atlántico y cuando llegó a Cartagena de Indias, esperó que se embarcara el cargamento de plata, para robar quinientos pesos y escapar a Panamá.
De ahí pasó a Trujillo (actualmente en Perú), donde pasó una buena temporada al frente de una tienda donde se vendían enseres de calidad. Parecía de nuevo que su vida se encarrilaba, cuando por una fútil disputa, hirió a un noble y mató a otro. Lo encarcelaron y su amo, que parecía contento con su labor en la tienda, intercedió por él y proponiendo le un rocambolesco matrimonio, intentó ligarlo a la ciudad. En la cabeza de Catalina, no entraba un matrimonio con otra mujer y después de un nuevo duelo y otro muerto por en media, escapó hacia Lima, esta vez con el dinero que su amo le dio voluntariamente y una carta de recomendación.

En Lima, consiguió de nuevo encontrar acomodo, debido a su experiencia en gestionar tiendas comerciales, pero de nuevo tuvo que salir corriendo, esta vez debido a un lio de faldas con una de las hermanas de su jefe. Parece que Catalina no hacia ascos ni a la carne ni el pescado y fue despedido fulminantemente.
Sin oficio ni beneficio, se alistó en una expedición de ayuda a la ciudad de Concepción, en Chile, donde encontró a su hermano mayor, que había partido de España cuando ella tenía dos años y no sabía nada de lo ocurrido. Se identificó como conocedor de su familia, pero sin delatar su verdadera identidad y después de algunos avatares fue enviada a la frontera a luchar contra los indios mapuches y ahí fue donde se forjó su leyenda militar. La Batalla de Valdivia de 1606, estuvo a punto de ser una masacre que acaba con el ejército español chileno. Durante el enfrentamiento, los mapuches tomaron el estandarte de la compañía donde estaba alistada Catalina, ésta en compañía de otros dos soldados, fueron en su busca, los compañeros de Catalina resultaron muertos, pero ella mató al guerrero indio portador del estandarte, recuperó la enseña a pesar de recibir tres flechazos y un lanzazo. Este hecho le valió el ascenso a alférez y el aumento de su prestigio militar.

En 1610, hubo una serie de sangrientos enfrentamientos en Purén en los cuales murió el capitán que mandaba la compañía, quedando Catalina al mando durante el resto de la campaña, donde aumento su prestigio como militar al mismo nivel que el de fama de cruel. Eran tiempos donde la vida humana valía poco, pero incluso entonces había límites y su sangrienta fama hizo que el mando definitivo de la compañía recayera en otra persona menos violenta. Despechada por no haber sido elegida, Catalina se retiró a Concepción.
A continuación, según las memorias escritas o dictadas por ella misma, la cantidad de peripecias darían suficiente material para componer varios cientos de guiones para películas o series televisivas. No caben en este triste artículo.

Resumiendo, mucho, fue detenida en 1623 en Huamanga, Perú, debido a otra muerte violenta. Esta vez estuvo a punto de ser ajusticiada, pero tuvo la suerte de que su caso despertara el interés del obispo Agustín de Carvajal, ante el cual contó toda su historia. Éste no podía creer que aquel violento militar fuera una mujer y solicitó la asistencia de dos matronas, que certificaron que Catalina era una mujer y que además era virgen. La Justicia local no sabían muy bien que hacer del caso, el obispo se compadeció de ella y finalmente le dieron la opción de entrar en un convento local o volver a España. Evidentemente, Catalina optó por la segunda opción.

Consiguió, no solo volver a España, sino lograr una entrevista con el rey Felipe IV en 1615, que le confirmó su empleo militar, le concedió una renta perpetua y emplear su nombre masculino. La poderosa mano del monarca español era bastante amplia como para influir en la Santa Sede y posteriormente fue recibida por Urbano VIII, quien le autorizó para continuar vistiendo de hombre.
Sus días terminaron en el Virreinato de Nueva España. Según parece había regresado a América, montado un negocio de transporte de mulos y fallecido en uno de sus viajes comerciales.
No existe otro caso de la época en que una persona, obtuviera el permiso para cambiar aparentemente de sexo y además recibiera una pensión vitalicia. El Imperio Español, era diferente.

Manuel de Francisco Fabre

https://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_de_Erauso
https://www.cervantesvirtual.com/obra/historia-de-la-monja-alferez
