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Centenario de la Cristiada, 1926

  • Jesús Caraballo
  • 25/07/2026
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Pronto —el próximo 1 de agosto— se cumplirá el centenario del inicio de la Cristiada, por la que los fieles católicos mexicanos se levantaron en armas contra las arbitrarias medidas anticlericales del gobierno masónico de Plutarco Elías Calles. Así es, aquel dictó una serie de medidas que coartaban el libre ejercicio de su fe a los cristianos del país —expulsión de sacerdotes extranjeros, prohibición de procesiones y un largo etcétera—, por lo que los obispos del país, como medida de protesta, suspendieron las misas y cerraron los templos, tras lo cual la población, mayoritariamente campesina y pobremente armada, se rebeló para hacer valer sus derechos, iniciando un conflicto que no concluiría hasta tres años después. Una guerra despiadada, en la que las tropas gubernamentales no dieron cuartel y se emplearon con auténtica saña contra sus oponentes. Al cabo, la jerarquía católica llegó a unos acuerdos con el Gobierno para tratar de poner fin a aquella sangría; las heridas cerraron en falso, ya que, pese a las promesas de las autoridades, se siguió persiguiendo a la Iglesia, en un país de profunda fe, hasta época bien reciente. En concreto, durante las siete décadas que duró el régimen socialista del PRI, que gobernó de forma absolutamente autoritaria y que, mediante amaños, eclipsó toda oposición.

¿Fue legítimo ese levantamiento de los cristianos mexicanos? Legal no, puesto que se oponían a leyes aprobadas por el gobierno, pero sí legítimo, puesto que esas leyes eran contrarias al Derecho Natural, y es que si, por ejemplo, un gobierno dicta una ley que permite matar a ancianos o a bebés aún no nacidos, esa ley será legal pero no legítima, pues atenta contra el sagrado derecho a la vida.

Monseñor José María González Valencia

El arzobispo de Durango, monseñor José María González Valencia, publicó en 1927 una carta pastoral, para aliviar los escrúpulos de conciencia de quienes se levantaron en armas, señalando que “nos nunca provocamos este movimiento armado, pero, una vez que, agotados todos los medios pacíficos, ese movimiento existe, a nuestros hijos católicos que andan levantados en armas por la defensa de sus derechos sociales y religiosos, después de haberlo pensado largamente ante Dios y de haber consultado a los teólogos más sabios de la ciudad de Roma, debemos decirles: Estad tranquilos en vuestras conciencias y recibid nuestra bendición”.

Ya en el siglo XVII, el gran escritor Lope de Vega escribió estos versos, en los que afirmaba que “Todo lo que manda el rey, si va contra lo que Dios manda, no tiene fuerza de ley, ni es rey quien lo demanda”.

¿Y por qué se sabe tan poco sobre la Cristiada? Muy fácil, el Gobierno no podía admitir que unos sencillos campesinos, mal armados, pudieran tener en vilo durante tres años a su ejército federal, muy bien pertrechado y que además contaba con el firme apoyo del poderoso ejército useño.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte se está rescatando del olvido la memoria de esos valientes católicos que, al grito de “¡Viva Cristo Rey!”, enfrentaron a menudo, al precio de su vida, la defensa de su fe frente a las atrocidades de las tropas gubernamentales. Baste como ejemplo que, con frecuencia, los prisioneros, tras ser inmediatamente ajusticiados, eran colgados de los postes de telégrafo para que sirvieran de escarmiento a los viajeros de los trenes.

A punto de cumplirse el centenario de tan triste efeméride, sirvan los siguientes ejemplos de los que pueden considerarse primeros mártires de esta Cruzada, como sencillo homenaje a la valiente defensa de su fe:

En marzo de 1926 —se desconoce la fecha exacta—, el diputado del Congreso Nacional, Juan Moreno, se presentó rodeado de una turba de bolcheviques armados e irrumpió violentamente en la iglesia del pueblo de Jalisquillo, en el territorio de Nayarit, mientras el anciano párroco oficiaba misa. Preguntó este al profanador cuál era la razón de tal atropello, a lo que respondió que quedaba prohibida la misa, procediendo a apropiarse del cáliz. Temiendo lo peor, el sacerdote se apresuró a consumir las sagradas formas antes de que fueran profanadas, lo que despertó la ira de la banda, que mató a balazos a aquel buen hombre.

Los feligreses se abalanzaron, desarmados como estaban, sobre los asaltantes para tratar de proteger inútilmente a su pastor. De resultas de la refriega, el mismo Moreno resultó mortalmente herido de bala, casi con toda seguridad por alguno de su cuadrilla, puesto que los campesinos no estaban armados. Inmediatamente llegaron tropas federales, y al no poder identificar al causante de la muerte del diputado, formaron juicio sumarísimo a todos los fieles, escogieron a nueve al azar y los colgaron de un árbol justo enfrente de la iglesia. Esta sería la tónica general y el proceder de las tropas gubernamentales durante todo el conflicto.

Sydney Sutherbind, hijo de un ministro metodista de los Estados Unidos, escribía a su padre, según lo recogió el “Liberty Magazine” y el folleto “México” de los Caballeros de Colón: «Envío a Vd. una fotografía de este árbol, con su fruto de muerte». En esa fotografía se aprecian bien claros los sencillos vestidos y sandalias de las víctimas ahorcadas, que denotaban su condición humilde.

Don Luis G. Batis,

En la noche del 14 de agosto de ese mismo año de 1926, el teniente Maldonado Ontiveros, al frente de 12 soldados, irrumpió en la casa del párroco del tranquilo pueblo de Chalchihuites (Archidiócesis de Durango, Estado de Zacatecas), don Luis G. Batis, acusándolo falsamente de dirigir una supuesta conjura contra el gobierno. Encerrado en el calabozo, el pobre sacerdote es conminado bajo amenaza de muerte a delatar a sus inexistentes cómplices. El día 15, fiesta de la Asunción de la Virgen, el teniente y la patrulla de soldados se llevan fuera del pueblo al cura; al presidente del Sindicato Católico de Obreros, Manuel Morales; al secretario del mismo, Salvador Morales, y al presidente del grupo local, David Roldán. Los vecinos tratan de impedir lo que sospechan fatal desenlace, pero su párroco les pide que se abstengan de toda violencia, animándolos a que confíen en Dios. Ya a salvo la partida, en medio del campo, el oficial ordena la ejecución sumaria de los pobres desgraciados.

Manuel Morales

Un niño que pastoreaba su rebaño en las inmediaciones fue testigo inocente de tal atrocidad. Describió así cómo el párroco se arrodilló y habló «muy bonito» a los soldados:

“Yo os ofrezco mi vida: disponed de ella. Pero os conjuro, por amor de Dios, que no hagáis mal a estos jóvenes. Pensad que este Manuel Morales es casado, tiene mujer y tres hijitos aún pequeños. Estos dos jóvenes son el único sostén de sus familias y dejan a sus ancianas madres privadas de todo apoyo en el mundo”.

Ante lo inútil de los ruegos del sacerdote, otra de las víctimas, Morales, afirmó valientemente: “Señor párroco, con mucho gusto doy mi vida, o mejor, la devuelvo a Dios. Yo muero, pero Dios no muere. Él velará por mi esposa y mis hijitos. Hágase su santísima voluntad”.

El párroco mártir exclamó entonces: “¡Muramos por la causa de Dios! Nuestra muerte no importa: otros verán el triunfo. ¡Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!”. Grito coreado por el resto de mártires. Tras su ejecución, el teniente aprovechó para despojar a sus víctimas de todo el dinero que llevaban encima.

El Papa San Juan Pablo II canonizó el 21 de mayo de 2000 a Luis Batis, Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara.

 Jesús Caraballo

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