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En torno a Fray Bartolomé de las Casas, defensor universal del indio (1/2)

  • Cesáreo Jarabo
  • 28/07/2026
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Todo señala que la idiosincrasia de Fray Bartolomé de las Casas era, cuando menos, peculiar. Su biografía nos lo presenta como auxiliar de las milicias que el año 1500 sofocaron en Granada la insurrección de los moriscos, tras lo cual, dos años más tarde, con la escuadra de Ovando, pasó como aventurero y buscador de oro a las Américas.

Recibió las órdenes menores en 1506, en Sevilla, y en 1507, fue ordenado presbítero en Roma. Sería el primero de sus seis viajes a la Península, donde permanecería dos años.

En ese periodo, en los primeros años del siglo XVI, tomó parte en campañas militares llevadas a cabo contra los indios hostiles, motivo por el cual le fueron asignados unos negros con los que, en Cibao (Puerto Rico) volvió a dedicarse a la busca de oro.

Diego Velázquez

En 1512 participó en la conquista de Cuba, donde no había en toda la isla más clérigo que él. De modo que será tarea suya predicar para el gobernador, Diego Velázquez, a quien había conocido y con el que había trabado amistad en el tercer viaje de Colón, y para su segundo, Pánfilo de Narváez. De Velázquez recibió un repartimiento de indios, que empleó para sacar oro de las minas y para el trabajo en granja.

En 1511 —el año del sermón de Montesinos— se alistó para la conquista de Cuba, y participó como capellán en la dura campaña de Pánfilo de Narváez contra los indios. Con los muchos indios que le tocaron en repartimiento, fue encomendero en Canarreo, hasta 1514, en que se produce su primera conversión, y renuncia a la encomienda. (Iraburu 2003: 17)

La toma de Cuba fue realizada con un solo hecho represivo: la muerte de Hatuey, pero posteriormente, Narváez, desobedeciendo órdenes expresas, atacó a los indios produciendo lo que pasó a la historia como “la matanza de Caonao” donde asesinó 2.000 indios según Las Casas, y 100, según informó Velázquez al rey.

En 1514 renunció a la encomienda de la que era beneficiario, dando paso así a la etapa por la que se haría su hueco en la Historia.

No cabe duda de que el detonante que provocó esta nueva actitud del dominico fue comprobar una triste realidad: la evidente mortalidad masiva que venía produciéndose en los territorios conquistados, probablemente incluso antes de la llegada de los españoles, sin parar a considerar el motivo de la misma, que puede, y de hecho tiene, varias interpretaciones, posiblemente todas certeras, y que señalan como causa de la mortandad:

•          Las prácticas de sacrificios humanos y el canibalismo de las tribus.

•          La proliferación de enfermedades desconocidas en América, en justa reciprocidad a la mortalidad que los conquistadores sufrían como consecuencia de su exposición a nuevas enfermedades tropicales para las que carecían de defensas.

•          La posible existencia de una degeneración natural entre los naturales.

•          Y por supuesto los hechos de guerra.

Lo que escapaba a todos los análisis llevados a cabo por la Corona era la importancia que en el holocausto de nativos pudiera llegar a tener lo que quedaba fuera de control: la enfermedad. Sea como fuere, la alarma cundió y quien más hizo por alertar a la Corona, destacando los excesos llevados a cabo por los encomenderos, fue Fray Antonio de Montesinos. La Corona atendió la alerta dando lugar a la redacción de nuevas leyes. Luego sería Fray Bartolomé de las Casas quien cargaría las tintas señalando a los españoles como responsables de la debacle indígena, y esa creencia fue la que llevó a la redacción de las Leyes Nuevas, primero, a la celebración de la celebérrima Controversia de Valladolid, al nombramiento de Bartolomé de las Casas como “Defensor universal del indio”, y a la creación de toda una legislación encaminada a proteger a los indígenas de abusos reales y supuestos, hasta tal extremo que llegaron a producirse quejas por parte de españoles, que señalaban abusos manifiestos por parte de indios en la aplicación de los derechos que tenían reconocidos.

Esas quejas las encontramos un siglo después, en 1628, cuando el padre Nicolás Durán Mastrilli, provincial de la Provincia Jesuítica del Paraguay, expresa en sus ordenaciones:

hay muchos encomenderos que no hacen agravio a los indios y otros que no quieren encomendarse y otros se convertirán por medio de la exhortación del confesor… son los encomenderos tan pobres que no pueden restituir de lo pasado y porque los indios por ser tan pocos son ahora más bien tratados que nunca, y sirven de ordinario tan poco y con tantas faltas que apenas cumplen lo que deben. (Salinas 2009: 34)

Excepciones si se quiere, pero que van paralelas a los excesos que por su parte llevaron a cabo algunos encomenderos. Unos y otros rebasaban el ámbito de las leyes, y noticias hay del castigo aplicado a los encomenderos que infringían las ordenanzas.

Es el caso que, a cuenta del más que evidente retroceso de la población indígena,

Hubo grandes discusiones durante muchos días sobre este asunto y finalmente se sancionaron algunas leyes, por las cuales se prohibieron las expediciones bélicas de los españoles contra los indios, vulgarmente llamadas «conquistas», a la par que se mandó restablecer en su libertad a todos los indios sometidos a servidumbre por quienes hicieron las divisiones, esto es, el «repartimiento» o la «encomienda». (Casas. Apología)

Fray Pedro de Córdoba

Pero para llegar a esas discusiones y a la redacción de esas leyes hubo un proceso previo del que, como queda indicado, fue iniciador Fray Antonio de Montesinos, una fecha, 30 de noviembre de 1511, y un lugar: La Española, donde, junto a Fray Pedro de Córdoba había encabezado la primera misión dominicana. El fraile puso en cuestión el desarrollo de las encomiendas.

            Pero contra lo que se pueda suponer merced a la posterior actuación de Bartolomé de Las Casas, no quedó en nada la actuación de Montesinos. Recibió el respaldo del rey Fernando. Todo lo que después vendería Las Casas como propio no sería más que una repetición de las denuncias de Montesinos, solo que aderezada por sus propios delirios, invenciones y exageraciones.

El inexacto cumplimiento de las instrucciones dadas a los encomenderos no acababa de resolverse, como no acababa de resolverse la mortandad de indígenas, en general, no solo en las encomiendas, y sin excluir las que estuvieron bajo la titularidad de Bartolomé de las Casas. Por esos motivos, los dominicos elevaron unas protestas que encontraron respuesta por parte de la Monarquía Hispánica, y que se plasmaron en una nueva legislación: las Leyes de Burgos y Valladolid, de 1512 y 1513.

Don Alonso Manso

Mientras se desarrollaban estas denuncias y se redactaban estas legislaciones, Bartolomé de las Casas era encomendero. En 1512 era ordenado sacerdote por el obispo de Puerto Rico, don Alonso Manso, y seguidamente sería nombrado capellán de la expedición que Diego Colón organizó para la ocupación y colonización de la isla de Cuba, al frente de la cual iba el gobernador Diego Velázquez con sus capitanes Pánfilo de Narváez y Juan de Grijalba.

Tras seguir ejerciendo la encomienda en Cuba, acabó convirtiéndose en su peor enemigo y renunció a la que estaba explotando, contrariando la voluntad de su amigo Diego Velázquez.

En 1515 viajó por segunda vez a la Península, donde permanecería catorce meses, con la idea principal de exponer su visión del asunto al rey Fernando, regente de Castilla, pero la entrevista, que tuvo lugar el 23 de diciembre de 1515, no tuvo el éxito deseado dado que el rey, cercano ya a su muerte, carecía ya de ningún ánimo para atender nada salvo su tránsito. Tan fue así que nunca llegó a celebrarse la segunda entrevista que habían concertado, al haber fallecido en ese plazo.

            A Las Casas le quedaba una segunda alternativa: los regentes Cisneros y Adriano de Utrecht, con quienes se entrevistó el 8 de marzo de 1516, y a quienes hizo entrega de un “Memorial de Agravios”.

            En el mismo, el antiguo encomendero expone los abusos que bajo su entendimiento se estaban cometiendo en las encomiendas, y propone su disolución, al tiempo que propone también suprimir las guerras de conquista por considerarlas ilícitas.

Todas estas universas e infinitas gentes a todo género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos, no querulosos, sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complisión e que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de cualquiera enfermedad, que ni hijos de príncipes e señores entre nosotros, criados en regalos e delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sean de los que entre ellos son de linaje de labradores. (Las Casas. Brevísima Indias: 3)

Cardenal Cisneros

Tuvo que escuchar Cisneros el acalorado relato de un sacerdote que le relataba una situación de inhumanidad sin parangón, llevada a cabo, precisamente, por cristianos españoles, dos extremos que caían dentro de su competencia, uno como regente y otro como cardenal. La muerte por enfermedad, que también cita Las Casas, parece no alarmar, cuando manifiestamente era la principal causa de mortandad. La situación debía ser aclarada cuanto antes, máximo cuando estaba esperando la llegada de Carlos, que venía de Flandes para ser coronado rey.

Y es que lo que contaba el futuro dominico (entraría en la orden en 1522, seis años después), rebasaba todos los límites aceptables. Estaba relatando las hazañas de una banda de asesinos sin ningún tipo de moral, control ni freno. ¿Cómo podía el cardenal dejar de investigar la verdad de lo que le era relatado cuando entre las afirmaciones se señalaban actuaciones propias de bestias?

Dos maneras generales y principales han tenido los que allá han pasado, que se llaman cristianos, en estirpar y raer de la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una, por injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras. La otra, después que han muerto todos los que podrían anhelar o sospirar o pensar en libertad, o en salir de los tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones (porque comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y mujeres), oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas. A estas dos maneras de tiranía infernal se reducen e ser resuelven o subalternan como a géneros todas las otras diversas y varias de asolar aquellas gentes, que son infinitas. (Las Casas. Brevísima, Indias: 4)

Un segundo memorial sería el “de remedios”, por el que señalaba caminos para mejorar la situación de los indios, y que consistía en enviar familias españolas para trabajar en igualdad con los indios, amén de señalar inspectores que vigilasen el cumplimiento estricto de las normas, y el establecimiento de un tribunal de la Inquisición.

            Los cardenales quedaron lógicamente alarmados ante la situación presentada por tan vehemente y letrado personaje, por lo que pusieron a trabajar a un grupo de expertos entre los que se encontraba el propio arzobispo Adriano, al tiempo que le encargaban expusiese el asunto a Juan López de Palacios Rubios, quienes junto a Fray Antonio de Montesinos redactaron el memorial.

            Por su parte, Cisneros, y en base a los informes recibidos, redactó unas Instrucciones destinadas a mejorar la situación de los indios, y considerando que las mismas iban a ir en contra de la voluntad de las autoridades de La Española, empezando por su gobernador, Diego Colón, encargó las reformas a tres frailes jerónimos, ajenos a su orden y ajenos a Bartolomé de Las Casas, garantizando con la medida un principio de ecuanimidad.

            Los informes de los jerónimos, que acudieron acompañados de Las Casas, con quién estarían de regreso en junio de 1517, significarían un varapalo para la actuación de éste, más vehemente que atento a la realidad de lo que le rodeaba, pero no significó su abandono. En 1517 regresó a entrevistarse nuevamente con el cardenal, al que encontró enfermo de muerte en Aranda de Duero, cuando se desplazaba para encontrase con Carlos I, que venía de Flandes.

            Una vez muerto el cardenal, Las Casas alardeó de que Cisneros lo había nombrado defensor universal del indio, pero ese extremo no se halla documentado.

Entonces entró en contacto con los flamencos y el canciller Jean de la Sauvage lo introdujo en la Corte para que expusiese sus opiniones al joven rey, quién quedó admirado y le animó para que redactase su “Brevísima”, que no vería la luz sino hasta treinta y cinco años más tarde. Desde entonces siempre estaría bajo su amparo.

Guillermo de Croy

También el señor de Chievres, Guillermo de Croy, ayo de Carlos I, prestó especial atención a Las Casas, mientras relegaba al también fraile Fr. Bernardino Manzanedo. Carlos tenía 16 años.

Con ese paraguas, ese mismo año 1517 inició Las Casas un período de planes utópicos de población pacífica semejante a la Utopía de Tomás Moro escrita el año anterior.

Colonos honestos y piadosos formarían una «hermandad religiosa», vestirían hábito blanco con cruz dorada al pecho, provista de unos ramillos que la harían «muy graciosa y adornada» –el detallismo es frecuente en el pensamiento utópico–, serían armados por el Rey «caballeros de espuela dorada», y esclavos negros colaborarían a sus labores. Estos planes no llegaron a realizarse, y el que se puso en práctica en Tierra Firme, en Cumaná, Venezuela, fracasó por distintas causas. (Iraburu 2003: 18)

Estaba Carlos recorriendo España buscando apoyos para su coronación como emperador, y a todos los lugares, arropado por la corte flamenca, acudía Las Casas con la confianza de recibir su apoyo, que finalmente consiguió el 19 de mayo de 1520, cuando, acosado por los levantamientos comuneros, se encontraba en La Coruña.

Juan Rodríguez de Fonseca

Los flamencos defendían con ardor los asuntos propuestos por Las Casas manifestándose abiertamente en su favor, y Juan Rodríguez de Fonseca, presidente de los asuntos de Indias en el Consejo Real, sin duda por no enfrentarse con los protectores de Las Casas, cambió de actitud, en principio contraria a fray Bartolomé y se convirtió en colaborador para conseguir la resolución favorable de sus asuntos, complaciéndole en todo cuanto de él dependía, y pasando a ser su protector.

La Corona le concedió la provincia de Paría hasta la de Santa Marta exclusive, en la desembocadura del río Orinoco (doscientas sesenta leguas[1] de la costa que corre del Este al Oeste de la Tierra Firme, y por el interior, siguiendo en línea recta desde ambos extremos, hasta la mar del Sur), un inmenso territorio, para desarrollar allí sus planes, consistentes en asentar agricultores, artesanos y religiosos, con los que aseguraba tener suficiente para instruir diez mil indios en un plazo de dos años, lo que además acarrearía una importante renta para la corona.

Se le había conferido el mando de ciento veinte soldados cuya labor estaría supeditada a las instrucciones de los frailes, que se dedicarían a la predicación,

y sólo lucharían contra ellos si Las Casas certificaba personalmente que eran caníbales o que se negaban a aceptar la fe. (Thomas, el imperio español)

Con estas instrucciones, y tras haberse licenciado en derecho canónico, partió para su misión pasando por Puerto Rico, donde se encontró con que los indios de Chiribichi y Maracapana habían dado muerte a los frailes que tenían allí establecido un convento.

Embarcó en noviembre de 1520, dos años y medio después de su misión con los Jerónimos, con setenta labradores que debían completarse con otros cincuenta seleccionados de las Indias, llegando a Puerto Rico en febrero de 1521.

En agosto de 1521 llegaría a Cumaná para implantar su doctrina desde la desembocadura del río Orinoco hasta el Golfo de Maracaibo. La presencia española en el lugar se retrotraía hasta 1513, siendo que en el transcurso de esos años, la misión había sido destruida por los indios, y había sido vuelta a instaurar en 1515 por fray Pedro de Córdoba.

Pero las cosas no empezaron como el dominico había previsto, y sus tesis se enfrentaron con la negativa a apoyarle en los cambios que proponía por parte de los pocos españoles que encontró. Y es que, si las circunstancias eran penosas para los nativos, no eran mejores para los españoles, que por supuesto, si ya tenían pensado abandonar las Indias, veían reforzado su pensamiento si se aplicaban las reglas del dominico.

Juan Ponce de León

Las Casas no encontró esperándole a los «modestos e industriosos granjeros» que había traído de España para llevar a cabo su colonización, pues algunos de ellos habían muerto, otros se habían quedado sigilosamente en Puerto Rico y otros pocos se habían unido a Juan Ponce de León en un nuevo viaje a Florida y habían partido el 26 de febrero. (Thomas, el imperio español)

La experiencia tuvo un final poco acorde con las expectativas del dominico. La bondad natural del indio, base de los argumentos del fraile, no estaba en el espíritu de aquellos a quienes acudía a evangelizar. Los indios, caníbales, se habían sublevado y dado muerte a algunos misioneros. Las Casas se unió a una expedición militar de castigo. Mientras, los labradores se habían dispersado y ninguno quería quedarse.

Corría el año 1522. Amargado por la contrariedad, acabó ingresando en la Orden dominicana, en La Española, en septiembre de ese mismo año, profesando al año siguiente. Tenía cuarenta y ocho años.

Durante unos años, y como exigencia de la propia orden, permaneció en el convento, donde acabó adquiriendo grandes conocimientos de Teología, y dando forma a su producción literaria.

Con ese encargo principal, Las Casas escribió su Historia General de las Indias y su Apología o Declaración y defensa universal de los derechos del hombre y de los pueblos, que resulta un excelente tratado, y con la fe del nuevo converso que era, redactó un informe cargado de vaguedades e imprecisiones, su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en el que relata una serie de horrores supuestamente cometidos por españoles, pero sin indicar nunca el momento y el lugar donde tuvieron ocasión esos supuestos actos; sin señalar si esas habían sido sus actuaciones durante el tiempo que él mismo había sido titular de encomiendas, dando la sensación de que tal era el modo habitual de proceder de todos los españoles desplazados a las Indias.

Unos horrores que el dominico se encarga de ampliar de forma panfletaria, sin duda en el conocimiento de que sus exposiciones alarmarían sobremanera a una sociedad educada en el humanismo cristiano que, carente de otras noticias y dado a creer los relatos más estrambóticos (recordemos que un siglo después Cervantes arremetería contra las novelas de caballería), creería a pie juntillas un argumento medianamente bien hilvanado.

Inventa un genocidio indígena, que, conforme se avanza en la lectura de su obra se cobra un número diferente de víctimas. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el número a quince millones, y finalmente asegura que pudieron llegar hasta los veinticuatro millones.

Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos[2] de ánimas, hombres y mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quince cuentos. (Las Casas. Brevísima, Indias: 4)

Se refiere a la isla de La Española. Semejante barbaridad, además de señalar una superpoblación de la isla que de haber existido hubiese significado la aniquilación de todos los recursos y por consiguiente el exterminio de la población, la adoba con otra barbaridad y arremete contra el derecho natural cuando al atacar el permiso de esclavizar caníbales acaba afirmando:

Se prueba que la ley natural no prescribe nada determinado, en primer lugar, porque si en general algo es de derecho natural, la disposición y el orden, cuándo y cómo se debe hacer eso en materia de derecho positivo; esto no es otra cosa que cierta determinación del derecho natural que establece el soberano o el estado. (Las Casas, Apología: 230)

            E incide sobre la materia de forma más explícita:

Cualquiera que inmola hombres a Dios, puede hacerlo llevado de su razón natural. (Las Casas, Apología: 235)

Y justifica el aserto mediante citas bíblicas. (Las Casas, Apología: 235-244)

Como otra muestra de la mente acalorada del fraile, cabe señalar, entre su mar de incongruencias, y por azar, una en la que afirma que de «los trescientos (millones) de almas» que dice había en La Española «no hay hoy doscientas personas», y la isla de Cuba «está hoy casi toda despoblada». En las islas de Lucayos, donde había «más de quinientas mil almas, no hay una sola criatura»… Y es destacable esta cita porque inmediatamente antes, en el mismo texto, recomendó que los habitantes de Lucayos fueran trasladados a La Española por la pobreza del terreno, el cual ahora lo hace «más fértil que huerta del rey de Sevilla».

De vuelta a la Península en 1539, en su cuarto viaje, al que dedicaría cuatro años,  lejos de haber perdido la confianza de la Corona, fue encargado de una nueva misión e informado que los indios eran vasallos, recibiendo con ello el encargo de protegerlos como tales.

Consejo de Indias

En 1531 había propuesto ante el Consejo de Indias que para liberar a los indios de sus trabajos deberían llevarse, desde África, 4.000 negros. Tan buena idea le pareció que en 1542 volvió a insistir en la introducción de esclavos negros en las Indias. Cierto que posteriormente abominó de esta iniciativa.

Debido a lo que se planteaba, el 20 de noviembre de 1542 se promulgaron las Leyes Nuevas, en las que se prohibía la esclavitud de los indios y se ordenaba que todos quedaran libres de los encomenderos y fueran puestos bajo la protección directa de la Corona. Se ordenaba además que, en la exploración de nuevas tierras, deberían participar siempre dos religiosos, que vigilarían que los contactos con los indios se llevaran a cabo en forma pacífica dando lugar al diálogo que propiciara su conversión.

            Fue durante esta estancia en la Península cuando, a finales de ese mismo año terminó de redactar en Valencia su obra más conocida, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, dirigida al príncipe Felipe (futuro Felipe II), entonces encargado de los asuntos de Indias.

            En 1543, tras la publicación de las Leyes Nuevas, fue nombrado obispo de la pobre diócesis de Chiapa (sur de México/norte de Guatemala), cargo del que tomó posesión en Sevilla, y toma efectiva en 1545, al que renunció en 1550 (había regresado definitivamente en 1547), fracasada su obra pastoral tras dos años escasos de ejercicio. Curiosamente, y a pesar de su evidente fracaso, todos estaban dispuestos a creer su novelesca relación.

Tan es así que llevó a la Corona a convocar en Valladolid un encuentro de juristas que pasó a la historia como “Controversia de Valladolid”, celebrado en esa ciudad en dos periodos, agosto-septiembre de 1550 y abril-mayo de 1551, en el que confrontaron sus tesis, por una parte, Fray Bartolomé de las Casas, y por otra, Juan Ginés de Sepúlveda.

Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas

Hecho inaudito en la Historia de la Humanidad, el conquistador se cuestiona, con razonamientos profundamente jurídicos, su derecho a la conquista. España se planteaba cuáles eran las funciones que el derecho le permitía desarrollar en esas nuevas tierras y con esas nuevas gentes. Ni Roma, madre de España y madre del derecho, había llevado a cabo algo semejante.

Con un añadido nada desdeñable: En aquellos momentos de euro centrismo, de renacimiento cultural, se cuestionaba la naturaleza del indio; ¿era humano? Si lo era, ¿tenía derecho España a conquistarlo? ¿Podía España ejercer soberanía sobre unos pueblos tan distantes y tan desconocidos?, ¿era lícito hacerles la guerra?

Evidentemente, el descubrimiento de un nuevo mundo significó un revulsivo en la Historia de España y de la Humanidad; un hecho que significó un cuestionamiento de la vida y del derecho, y que daría lugar a la creación de un cuerpo jurídico sin precedentes y al nacimiento del derecho internacional.

Carlos I

La cuestión no era baladí, hasta el extremo estaba implicada en la vida intelectual de España, que Carlos I acabó prohibiendo la prosecución de la Conquista (otro hecho sin parangón en la Historia de la Humanidad), manteniéndose esa prohibición durante diez años, cuando comprendió que no conquistando las Indias bajo el paraguas del Humanismo cristiano, se dejaba la puerta abierta para que fuesen conquistadas por el materialismo europeo, lo que ocasionaría un genocidio sin precedentes, como efectivamente sucedería posteriormente con la entrada de los ingleses en Norteamérica.

Pero esa realidad se iría desarrollando con el tiempo, con sus errores y con sus aciertos.

No cabe duda de que el inicial responsable de esas medidas, y sin olvidar como precursor a Montesinos, fue Fray Bartolomé de las Casas, pero tal vez esa responsabilidad es solo parcial, siendo mayor la responsabilidad de Carlos I, de Francisco de Vitoria, de Melchor Cano y de los otros juristas que tomaron cartas en el asunto a consecuencia de esta situación, sin olvidar la figura de Ginés de Sepúlveda, quien, a pesar de sufrir el ninguneo de la Corona; a pesar de defender la acción de España con algunos argumentos que hoy nos pueden parecer fuera de lugar, defendía su postura también con otros argumentos sólidos, tanto y más que los de Bartolomé de las Casas, porque también es cierto que Fray Bartolomé de las Casas desarrolló su capacidad dialéctica muy por encima de la realidad que conocía de la población indígena. Su “buenismo” lo llevaba a insultar a los conquistadores españoles acusándolos de la hecatombe de la población indígena, cuando el hecho cierto es que, como ya queda señalado, la mortandad de indígenas era enorme, pero la de españoles, expuestos a unas condiciones climáticas como las del Caribe, también, y ni una ni otra se hubiese producido jamás si en aquellos momentos hubiese existido la penicilina.

En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que habiendo en la isla Española sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales de ella docientas personas. (Las Casas. Brevísima, Indias: 4)

Cesáreo Jarabo


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