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Reducciones, misiones y pueblos de indios (1/3)

  • Cesáreo Jarabo
  • 02/09/2026
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Las reducciones de indios, por lo general conocidas también como misiones, aunque en purismo no sean lo mismo, fueron el organismo administrativo que la Monarquía Hispánica entendió como necesario para el ensamblaje de los nuevos vasallos. Estaban concebidas como poblaciones en las que se facilitase la misión evangelizadora e inicialmente fueron creadas para que aquellos indios que querían permanecer aislados en su etnia se desarrollasen separados del contacto con la población española, pero la realidad de la mejor obra de España, el mestizaje, propició que en más que notable medida acabasen convirtiéndose en villas o ciudades sin distinción alguna con el resto de las ciudades.

No obstante, algunas misiones (estas sí, en puridad, misiones) continuaron desarrollándose de forma autónoma, en especial las misiones jesuitas del Paraguay, que, aunque por supuesto no fueron las únicas, merecen especial mención por la importancia social y cultural que alcanzaron.

Tampoco tuvieron el mismo desarrollo en toda la España Americana. No se desarrollaron por igual en la Nueva España que en el Virreinato del Perú, pero esos aspectos, aun considerándolos como de gran importancia, y siendo que cada uno de ellos es merecedor de un profundo estudio que desborda ampliamente las pretensiones de este trabajo, los dejamos para un estudio pormenorizado.

Real Cédula 1545

Por su parte, los pueblos de indios fueron el resultado de la política llevada por la Corona a partir de la segunda mitad del siglo XVI, cuyo inicio legal podemos encontrarlo en la Real Cédula de 1545, y cuyo objetivo era múltiple: el asentamiento de los nómadas, el adoctrinamiento católico, la concentración de mano de obra, o el cobro de tributos propio de todo súbdito de la Corona.

Y la creación del pueblo de indios significaba, políticamente, un hecho de envergadura: significaba la creación de una estructura administrativa básica de la llamada república de indios, y en no pocas ocasiones se limitó a dar ese título a poblaciones preexistentes, como es el caso de los altépetl de México, por ejemplo.

Las tres figuras tenían muchas cosas en común, ya que las tres sirvieron para mitigar el uso del tributo, en concreto el de la mita, que había sido asumido de la tradición local.

Por todo ello, y a pesar de las evidentes diferencias, vamos a tratar como de un solo asunto en este capítulo, pues todas tenían grandes cosas en común.

Desde el primer momento de la conquista la voluntad de la Corona se centró en regularizar la población de los indios. La Corona era consciente que para conseguir los altos fines morales que se había impuesto era necesario conseguir que los naturales se sometiesen como sujetos civiles del Imperio, para lo que se hacía necesario su ordenación como sujetos civiles que cumpliesen con sus obligaciones fiscales, todo lo cual implicaba que adquiriesen una capacidad económica que no tenían.

Y para ello era preciso convertirlos en sedentarios, adscritos a núcleos de población susceptibles de ser controlados, y donde pudiesen realizar labores ordenadas al bien común, desde el cultivo de la tierra hasta el desarrollo intelectual más exquisito, pasando por el resto de las actividades productivas, industriales, ganaderas…

Tarea que resultaría especialmente difícil por dos factores principales: Uno era la resistencia presentada por los propios indios para romper con su tradicional forma de vida; algo que, con el tiempo, y en unos lugares con más facilidad que en otros, se fue consiguiendo. Y otro por la resistencia de un sector de encomenderos que veían en el desarrollo de estos principios un peligro para su estatus.

Para regularizar esa situación, misioneros españoles se desplazaron a los nuevos territorios y fueron en América y Filipinas verdadera vanguardia de la Conquista. Ellos, con el crucifijo como arma, se desperdigaron por las fronteras, en ocasiones en solitario, llevando al Nuevo Mundo el mensaje de Cristo. Así, las Misiones vinieron a asentar las poblaciones de indios, siendo que si su diversidad es manifiesta, y la multiplicidad de situaciones también, podemos, no obstante, generalizar en gran parte las actuaciones, que lógicamente tendrán mayor incidencia en aquellos lugares donde el control estaba directamente en manos de los misioneros.

Diversas órdenes religiosas se embarcaron en el proyecto y sembraron en América la semilla de la Fe, y con ella aportaron otros valores que poco a poco fueron calando en la idiosincrasia de los indios: la agricultura, la ganadería, la constitución de ciudades, el vestido, el acatamiento a las leyes…

Las primeras órdenes que iniciaron su labor fueron los dominicos y los franciscanos, ya a partir del segundo cuarto del siglo XVI los agustinos, los capuchinos, y a principios del siglo XVI, los jesuitas.

Pero indudablemente, la impronta de las misiones la marcaron los últimos en llegar, los jesuitas, cuyas misiones del Paraguay fueron un modelo, después imitado por otros.

El inicio del proyecto tuvo lugar en Lima, el año 1567, cuando el Segundo Concilio celebrado en esta ciudad señalaba la necesidad de enseñar a los indios a insertarse en la nueva comunidad política, dejando marcado nuevamente la unión de los principios civilizadores cristianos y españoles.

Virrey Francisco Álvarez de Toledo

Y los encargados de llevarlo a cabo, conforme a la voluntad manifestada por el virrey Francisco Álvarez de Toledo, serían los jesuitas, cuya misión les empujaba a llevar a cabo experimentos como el propuesto, con la clara idea de servir a la comunidad a la que eran asignados.

Llegaron los jesuitas con una clara instrucción que debían ejercitar en el Paraguay: sólo la espada de la palabra tendría que ser empleada para someter a los indios, haciéndolos así súbditos felices. La instrucción había sido dada por Felipe III el año 1610, y los poderes que habían sido conferidos al padre Diego Torres le marcaban el camino tendente a acabar con el sistema de encomienda, que debería ser sustituido por el de “reducciones”, y que marcaba que cada reducción debía acometer la construcción de una iglesia, de la residencia de los frailes y de las casas de los indios.

La Guayrá

La primera reducción jesuita se instaló en la Guayrá, tomando como ejemplo la experiencia precedente de los franciscanos. La Guayrá acabaría convirtiéndose en modelo por su estructura y efectividad.

La estructura urbanística era prácticamente idéntica. La iglesia, el corazón del poblado, solía ser de piedra y sumamente grandiosa. Su fachada se abría a la plaza, generalmente rectangular y rodeada de árboles y acotada por cuatro cruces, una en cada ángulo, y en el centro, una fuente y la estatua de la Virgen o del patrón de la población. Los edificios públicos, ayuntamiento, escuela, vivienda de los padres, talleres artesanos, graneros y almacenes, asilo y hospital, casa del rey, casa de viudas, una huerta y un gran jardín botánico que resultaba de extraordinaria utilidad ya que en él se selección de semillas que se usarían en la siembra.

De la plaza salían las calles trazadas a cordel, y en ellas se instalaban las casas de los indios, reunidas en manzanas de media docena de casas unidas por pórticos, lo que posibilitaba recorrer la ciudad protegido de las inclemencias del tiempo.

Plano de reducción

Los jesuitas, no pocos de ellos procedentes de ilustres familias europeas o criollas, hicieron con los indios de albañiles, carpinteros, tejeros y arquitectos. En fin, los visitantes que llegaban a las reducciones, después de días de camino por lugares agrestes y selváticos, quedaban realmente asombrados al ver, sobre todo, aquellas iglesias, algunas, como la de Santa Rosa o la de Corpus, verdaderas catedrales, los edificios sin duda más hermosos de toda la región del Plata. (Iraburu 2003: 199)

Una vez se había trazado el pueblo, construidas la iglesia y las casas de los misioneros y de los indios, comenzaba la labor de la elección del alcalde, o de los alcaldes, pues si el número de casas pasaba de 80, la población contaría con dos alcaldes y dos regidores, que ejercerían su función de forma similar a la de las poblaciones no exclusivas de indios, marcándose qué propiedad era comunal y qué propiedad era individual. Ciertamente este era un detalle que incidía directamente en el hecho de concebir al indio como propietario y vasallo libre de la Corona.

Ese reconocimiento del derecho a la propiedad marcaba que a los indios reducidos no se les podía quitar las tierras que hubiesen poseído, y si es cierto que no tenían posibilidad de mudar de residencia a su albedrío, tampoco podían ser cambiados por la voluntad de autoridades superiores sin la autorización del Rey, del Virrey o de la Audiencia.

Estas medidas fueron, sin lugar a dudas, el mejor método encontrado para procurar la articulación de dos conceptos de vida que hasta el momento habían sido independientes, distintos y desconocidos entre sí.

La predisposición al cambio era también común, a los conquistadores y a los indígenas. Estos últimos, a tenor de la actuación llevada, asumieron como propia la nueva administración, integrando en ella los principios que les eran propios, todo lo cual, unido, dio lugar a un experimento exitoso.

Uno de los mecanismos de adaptación indígena al régimen colonial [sic] que propició la edad de oro de la ciudad indígena fue la rápida adopción del cabildo español, esto es, la autoridad municipal. Los españoles delegaron la elección del cabildo, así como sus cargos y funciones, en las ciudades indígenas ya desde el comienzo del periodo colonial [sic]. (Restall)

Evidentemente, estas ciudades incipientes no podían tener la estructura que en ese momento pudiesen tener ciudades como Burgos, Toledo o Barcelona. Tal vez en 1301, Burgos no tenía una estructura tan ordenada como podían tenerla estos pueblos de indios de los siglos XVI al XIX.

Por ello no deben alarmarnos expresiones como las de Humboldt cuando señala;

Humboldt

Las casas, ó mejor diré, las cabañas de los indios Chaimas, separadas las unas de las otras, no están rodeadas de jardines: las calles anchas y bien alineadas están cortadas en ángulos rectos, y los muros muy delgados y de poca solidez son de tierra gredosa sostenidos por los bejucos. La gran plaza de San Fernando, situada en el centro del pueblo, contiene la iglesia, la casa del misionero y un humilde edificio que se llama con mucho fausto la Casa del Rey. (Humboldt 1826 Tomo 2: 26)

Probablemente es más significativo lo que señala a renglón siguiente:

Es un verdadero Caravanseray destinado á dar abrigo á los viageros, y según hemos experimentado es muy útil en un país donde no se conoce el nombre de posada. Las casas del rey se encuentran en todas las colonias españolas, y se podría creer que son una imitación de los Tambos del Perú establecidos por las leyes de Manco-Capaco. (Humboldt 1826 Tomo 2: 26)

Esas casas del rey que señala Humboldt existían porque los viajeros no estaban autorizados a albergarse en las casas particulares de los indios, y la permanencia de los viajeros estaba tasada. La Corona procuraba que su actuación fuese prudente, evitando distorsiones en las poblaciones indígenas y procurando evitar que la relación incontrolada exaltase las virtudes y minimizase los vicios, y procurando que su dependencia no fuese de las poblaciones circundantes, sino directamente de la Corona. Ello conllevaba cierto riesgo, al convertirse esa hiper protección en cierto grado de aislamiento que sólo podía ser legalmente roto por la acción misionera.

Los indios, por este aislamiento autónomo, no solamente se vieron libres de muchos vicios y tentaciones, escándalos y abusos, sino que también tuvieron ocasión de cobrar conciencia nacional, identidad propia de pueblo guaraní, directamente vinculado a la Corona española. (Iraburu 2003)

Bandeirantes

Organización al fin humilde, sí, pero no miserable. Por otra parte, debe señalarse que esta agrupación, además de cumplir con la misión civilizadora cumplió también con la función de proteger a los indios de las incursiones de los bandeirantes, cazadores de indios para esclavizarlos en Brasil, que tenían asolada la zona.

A finales de siglo, la acción estaría en franca expansión, y fue en ese momento cuando la Amazonía fue repartida entre jesuitas, mercedarios, capuchinos, carmelitas y franciscanos.

Es remarcable el hecho de la vida política propia, que, si en principio parece contradecirse con lo anteriormente señalado de la nueva comunidad política, finalmente no se contradice porque ésta, la nueva comunidad política no implicaba la destrucción de las estructuras precedentes, ya que el gobierno de la misión era réplica del que hasta el momento habían conocido los indios reducidos.

En ese sentido, es de señalar que el cacique, y no otra persona, pasaba a ocupar el cargo de Corregidor, con las mismas funciones de administrar justicia de las que anteriormente estaba encargado.

Pero esa función la realizaría asistido por el Consejo Municipal, que contaba con una estructura compuesta por un vice regidor (o teniente), alcaldes, regidores y alguaciles, en número variable y dependiendo de las dimensiones de la misión de la que era Corregidor.

Caciques

Esa preeminencia del cacique, como otros aspectos, sufrió evolución con el tiempo, y acabó imponiéndose una organización electiva de todos los cargos y ministerios para el desarrollo de las funciones que en principio eran de su responsabilidad. El cacique, así, quedaba relegado a la condición decorativa de noble, y no sólo de noble de la reducción, sino de la nobleza española.

Pero al fin, el cambio lo era en cuanto a la titularidad de los encargados de ejercer las funciones, no en cuanto al tiempo de su mandato, que continuaría siendo anual, excepción hecha del Corregidor, cuyo mandato se prolongaba por cinco años, siendo que se encontraba sujeto a la autoridad de los Jesuitas, cuyo superior era el único que podía deponerlo.

Como asesor extraordinario se contaba con el cura, que ejercía cierta capacidad de veto.

Estos cargos debían dar cuenta de sus actuaciones a la comunidad a la que servían.

Y esta medida es entendida por algunos de una forma particular:

Los jesuitas en particular mantuvieron una política de destribalización mediante el confinamiento de los indígenas en grandes contingentes en poblados aislados (aldeias), donde fueron, en última instancia, aculturados, homogeneizados, privados de su identidad cultural. (Bethell 1990: 45)

 Cesáreo Jarabo Jordán

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