
Roncesvalles, hermoso rincón del Pirineo navarro, donde se entremezclan leyenda e historia, es famoso por la derrota de las huestes del emperador Carlomagno a manos de los vascones, cuando regresaban de Zaragoza. Además, marca el inicio de la ruta francesa del Camino de Santiago. Pero su interés histórico no acaba ahí, ya que también acoge los restos de Sancho VII el Fuerte, uno de los tres reyes cristianos que participaron en la decisiva batalla de Las Navas de Tolosa, que consiguió frenar el avance de los almohades. La invasión de los muslimes a punto estuvo de desbaratar lo logrado trabajosamente por los reinos cristianos peninsulares, que por un momento y ante la gravedad del momento, aparcaron sus diferencias para hacer frente a la nueva amenaza.

Sancho VII el Fuerte (nacido en 1194), al frente de sus navarros, fue quien consiguió romper las cadenas que protegían la tienda de Mhuhammad An-Nasir, más conocido como Miramolín, el califa almohade, que a duras penas consiguió escapar, no así el resto de su ejército que sufrió una estrepitosa derrota. Es por ello que el escudo de Navarra —nada que ver con la ikurriña, ese invento del racista Sabino Arana, que algunos pretenden adjudicar como bandera del viejo reino de Navarra— enarbola con orgullo las famosas cadenas logradas en Las Navas de Tolosa.
Y es que Roncesvalles no sólo acoge la tumba del bravo rey, sino también las cadenas que se consiguieron con tanto valor. Sancho VII el Fuerte debe su sobrenombre a su extraordinaria altura — más de dos metros, algo extraordinario en la época —, como se puede observar en su monumental túmulo funerario.
Las tensas relaciones con los reinos vecinos, lamentablemente harto frecuentes a lo largo de toda la Reconquista, mayormente por disputas territoriales, ocasionó pérdidas territoriales para el reino de Navarra, que mantenía difíciles relaciones especialmente con el rey Alfonso VIII de Castilla. Lo cual no fue óbice para que los tres reyes — también el de Aragón —, sumaran fuerzas frente a la nueva amenaza musulmana. La épica acometida del rey navarro y su hueste contra la tienda del califa almohade le ganó la consideración de sus pares.

Muerto en Tudela, en 1234, al cabo de dos años sus restos fueron trasladados a la Real Colegiata de Roncesvalles, donde reposan junto a los de su esposa Clemencia, en una tumba digna de su extraordinaria estatura, además de la escultura —de la primera mitad del siglo XIII — que adorna la misma, retrato fidedigno del monarca. La estatua presenta aspectos góticos, aunque la talla del sepulcro es posterior.
La escultura representa a Sancho VII como rey y también como guerrero, con su mano reposando sobre una gigantesca espada de metro y medio. Además, algo singular es que la figura del monarca aparece con las piernas cruzadas, lo que parece transmitir que participó en una cruzada, pues tal consideración mereció la batalla de Las Navas de Tolosa.
Los detalles que recuerdan aquél trascendental combate no son sólo las cadenas, que se conservan en una pequeña capilla adyacente, sino las mismas vidrieras de la Real Colegiata de Roncesvalles, que recrean diversas escenas de la lucha.

Jesús Caraballo
