
En el ocaso de los regímenes, los pilares morales que sostienen el mundo conocido comienzan a resquebrajarse. Las ideas que parecían sólidas e inmutables se disuelven como azucarillos. La incertidumbre lo impregna todo y se convierte en el signo de los tiempos. Surgen entonces los charlatanes, los agoreros y los traidores; pero también aparecen las mentes brillantes de cuya sensibilidad vital se alumbran las ideas nuevas. que irrumpen con la fuerza de las olas rompiendo contra un espolón y sobre las cuales habrá de cimentarse el mundo que suceda al anterior. Así era la España de 1778, en los años que precedieron a la Revolución Francesa.

En este contexto nació, el 15 de mayo de 1778, en un pequeño pueblo de la provincia de Teruel, Santa Eulalia del Campo, Isidoro de Antillón. Fue una de esas mentes extraordinarias, un verdadero hombre de su tiempo, un hombre de vida personal e iniciadora, como diría Ortega y Gasset. Científico, pensador y defensor de las libertades, consagró su talento al avance del conocimiento y a la defensa de la ley natural y la dignidad humana. Desde aquí le rendimos homenaje y reconocimiento por su contribución a las ciencias, por su compromiso con los principios de justicia y libertad, y por el legado intelectual que dejó a las generaciones posteriores.
Nuestro protagonista nació y creció en el seno de una familia de clase media de la época. Su padre desempeñaba el cargo de administrador local de las propiedades del conde de Fuentes, lo que permitió al joven Isidoro desarrollarse en un entorno donde el estudio y el cultivo de la mente eran apreciados.

A los once años se trasladó a Mora de Rubielos para continuar su educación bajo la tutela de su tío Jacinto Antillón, canónigo de la colegiata de la villa, con quien cursó estudios de latinidad. Posteriormente amplió su formación en el Seminario Conciliar de Teruel, donde estudió Filosofía entre 1791 y 1792, años en los que acababa de estallar la revolución francesa en el país vecino, hecho que debió influenciar sobremanera en su espíritu y aproximación a la realidad, para continuar después sus estudios en las universidades de Zaragoza y Huesca, obteniendo en esta última el grado de Bachiller.
Impulsado por su genuina curiosidad —verdadero late motive de su impulso vital—, prosiguió su trayectoria académica con los estudios de Derecho. En mayo de 1797 alcanzó el grado de Bachiller en Leyes por la Universidad de Zaragoza y, tan solo unos meses después, en diciembre de ese mismo año, obtuvo en la Universidad de Valencia el doctorado en ambos derechos, civil y canónico, culminando así una brillante etapa de formación que anticipaba ya la relevancia intelectual y pública que alcanzaría en los años venideros.

Durante sus años mozos, compaginó sus estudios con una intensa actividad intelectual. Su temprana inquietud por el conocimiento le llevó a frecuentar los círculos ilustrados de la ciudad, haciendo gala de una notable erudición. En este entorno entabló relación con destacados miembros de la Real Sociedad Económica Aragonesa, especialmente con Jordán de Asso y otros ilustrados.
Una prominente carrera de legislador esperaba a este brillante joven. Este anunciaba a su padre desde Zaragoza por carta:
“He tomado tanta afición al Derecho Canónico e Historia Eclesiástica, que la Economía Civil, Agricultura, etc., que antes me robaban tanto la atención, ya han disminuido en mi ánimo, aunque no me olvido de lo tanto que he leído; desde que he llegado a conocer las dulzuras de esta ciencia que, auxiliada de la Historia, Ethica y Derecho natural y civil, nada puede haber de más ameno e interesante. Parece que se me ha acertado la votación en conducirme a ella”.
Así, a la edad de 23 años opositó a una canonjía de Burgo de Osma y a la doctoral de Huesca. Quizá por su corta edad, quizá por su proximidad al grupo de pensamiento renovador, que chocaba frontalmente con la escolástica puritana predominante en el clero (Estas drásticas diferencias filosóficas generaban cierto recelo entre la iglesia, considerando al joven Isidoro sospechoso de regalismo) le hicieron fracasar en ambos intentos.
Como se suele decir “Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana” y esto fue lo que pasó con el joven de Antillón y Marzo; Así las cosas, en 1799 fue propuesto para una sustitución en la cátedra de “Geografía, Cronología e Historia” del Seminario de Nobles iniciando así su vasta carrera académica, a la que dedicaría prácticamente toda una vida. La puerta al mundo eclesiástico estaba cerrada, pero un gran ventanal en el mundo académico se abría. Rápidamente nuestro Isidoro destacó en la materia, tanto es así que tan sólo en un año lectivo, ya consiguió ser catedrático por oposición. Ciertamente podemos hablar de un talento excepcional, que prueban los informes que nos ha llegado sobre su desempeño y méritos, como por ejemplo los atribuidos a J. Banquieri, J Traggia y Manuel Abella en el que se puede leer” La superioridad de luces y conocimientos y la suma claridad y método que ha manifestado en sus exercicios”, ¡así como “su amable carácter y talento propio para esta ciencia!”

Con la seguridad de la plaza ganada y plenamente entregado a su labor, el joven profesor se consagró al cultivo y desarrollo de la ciencia geográfica en España, que compaginará con otros estudios de carácter histórico y científico. Como hemos señalado anteriormente, puede encuadrarse dentro del movimiento renovador de la Ilustración española, los cuales perseguían la instauración del «imperio de la razón» a través de la enseñanza entre otras reformas. Para ello, defendían la primacía del conocimiento práctico, la observación y el método experimental, así como la incorporación de disciplinas útiles para el progreso de la nación, entre ellas la economía, las ciencias naturales y el derecho. Sin cuestionar los principios fundamentales de la monarquía y la religión, los renovadores aspiraban a superar los viejos métodos escolásticos mediante una concepción del saber más útil, rigurosa y científica. Estos ideales encontraron en Isidoro un firme defensor y una de sus expresiones más genuinas.

Uno de sus primeros trabajos fue elaborar un atlas español que sirviera de complemento a las enseñanzas de geografía que impartía. Con este propósito publicó sucesivamente varios mapas acompañados de extensas memorias explicativas: El grande Océano (1801), dedicado al Pacífico; El Océano Reunido y el Gran Golfo de la India (1802), sobre el Índico; La América Septentrional (1802); La Escandinavia o mar Báltico, Suecia, Noruega y Dinamarca (1802); y, finalmente, un mapa del mar Mediterráneo (1804), del que solo se conserva la memoria descriptiva. Estas obras ponen de manifiesto su rigor como geógrafo, su exhaustivo trabajo de recopilación de fuentes y su conocimiento de los avances geográficos más recientes de Europa. Sin embargo, pese al reconocimiento obtenido y a la favorable acogida de sus trabajos, el proyecto del atlas no pudo culminarse al no conseguir el respaldo económico necesario por parte de las autoridades.
Consciente de la insuficiencia de manuales geográficos de calidad en el ámbito académico español, Isidoro se entregó a una intensa labor editorial que le llevó a redactar, en pocos años, tres obras fundamentales dedicadas respectivamente a la geografía general, la geografía de España y la geografía universal, contribuyendo decisivamente a la modernización de esta disciplina.

Su interés por la cartografía no se limitó a la recopilación de mapas y descripciones geográficas. Convencido de que la geografía debía asentarse sobre bases científicas sólidas, recurrió a la observación astronómica para determinar con mayor precisión las coordenadas de Madrid. El estudio de los eclipses de 1804 y 1805 le permitió calcular y verificar su longitud y latitud, aplicando a la cartografía española los métodos más avanzados de la época. Para Antillón, estas observaciones constituían un instrumento fundamental para «rectificar la geografía» y dotarla del rigor científico que propugnaban los renovadores ilustrados
Su genuina curiosidad y espíritu observa que ya lo habían aproximado a los círculos ilustrados de Zaragoza encontró en Madrid un escenario aún más propicio para su desarrollo. Colaboró muy activamente con las principales corporaciones académicas y sociedades ilustradas de la capital, donde su talento y erudición le valieron un rápido reconocimiento. A una edad temprana fue admitido en diversas academias y sociedades de prestigio, de modo que, con apenas veinticuatro años, acumulaba ya una brillante trayectoria como doctor, catedrático, académico y miembro de mérito de varias instituciones científicas y culturales, como las Reales Sociedades Aragonesa y Matritense, abogado de los Reales Consejos del reino y académico en la academia de Historia.

Cuando estalla el levantamiento del dos de mayo de 1808, la situación en la capital era un polvorín de modo que Isidoro decide abandonar la ciudad disfrazado de arriero y, por caminos secundarios, regresa a su tierra natal.
Hay que decir que, como uno de los exponentes del pensamiento renovador, nuestro Isidoro de Antillón estaba convencido de que la cultura es la única fuerza verdadera que puede sacar a un pueblo de su abatimiento. Desconfianza por tanto de las revoluciones como medio para alcanzar un fin más elevado. Sin embargo, frente a semejante tesitura, tuvo que tomar partido. Para él y otros renovadores como Jovellanos, esta guerra era ante todo una lucha por preservar la legitimidad política y la independencia de la nación frente a la injerencia de una potencia extranjera. Haciendo de la necesidad virtud, podría representar una oportunidad para emprender una profunda reforma del Estado, basada en las libertades, la representación nacional y la tradición constitucional española, rechazando tanto el absolutismo como el modelo revolucionario francés. Aspiraba a una monarquía reformada, limitada por las leyes y apoyada en unas Cortes representativas, capaz de regenerar España sin romper con su continuidad histórica.


Desde entonces, Isidoro de Antillón adoptó un papel activo en la política española, dejando su impronta: combativo en la acción, infatigable en el trabajo y brillante en la defensa de sus ideas. Así, al grito de “Religión, Patria, Rey”, y tras formar parte de la junta de defensa Turolense, se mudó a Sevilla donde codirigió, junto con José María Blanco el “Semanario Patriótico”, de línea editorial marcadamente liberal. Fue también —aunque por un breve espacio de tiempo— director del Archivo de Indias y de la “Gaceta del Gobierno”. La Junta Suprema de defensa, con base en Cádiz, le nombró magistrado de la Audiencia de Mallorca, puesto del que tomó posesión en junio de 1810.
En 1813 recogió el acta de diputado por Aragón en las Cortes de Cádiz. Fue seguramente el primer español que protestó contra la esclavitud de los negros, siendo el precursor del movimiento abolicionista en España. Como cabría esperar tuvo una carrera política intensa, en la que con su tesón característico defendió con brillantez sus ideas reformadoras desde el bloque liberal. Precisamente por eso, la reacción absolutista no se hizo esperar.

Se desencadenó sobre nuestro turolense una persecución implacable que comenzó con un atentado y culminó, mientras se recuperaba en Mora de Rubielos bajo el cuidado de su familia, con una orden de detención. Arrestado para ser trasladado a Zaragoza, y consciente del deterioro de su salud, solicitó ser llevado a Teruel. Fue allí, en su pueblo natal, donde concluyó su vida, víctima no sólo de la enfermedad, sino también de los turbulentos enfrentamientos políticos de su tiempo. Cabe decir, que a diferencia otros parlamentarios liberales que optaron por el exilio, Isidoro siempre mantuvo una posición honorable y patriótica permaneciendo en España.

Tres años después de que sus restos fueran trasladados a la iglesia de Santa Eulalia en 1820, la tumba fue profanada y sus restos quemados, dispersándose sus cenizas en un acto de verdadera vergüenza y deshonor por parte de sus detractores. Décadas más tarde, y con el propósito de reparar tan grave agravio y honrar la memoria de una de las mentes más brillantes de su tiempo, la reina Isabel II concedió a su viuda los títulos de condesa de Antillón y vizcondesa de San Isidoro. Pero más allá de los títulos nobiliarios, el legado de Isidoro de Antillon va mucho más allá, no sólo por su excelente contribución en el impulso y el desarrollo de las ciencias sociales, que también, no sólo por su talento dedicado por completo a la mejora de su patria; ¡No conozco una generosidad mayor!
Lo que me parece más relevante, si cabe, es que Isidoro de Antillón representa la máxima expresión de cómo principios rectores como la verdad, la observación empírica y el respeto a la ley natural, sostenidos con coherencia, constituyen el cemento de los pilares sobre los que se asienta el verdadero contrato social y la prosperidad de las naciones. Son pilares firmes, que siglos después continúan sosteniendo nuestra sociedad. Quizá por ello convenga recordar hoy que todo impulso vital que se aparta de estos principios no hace sino debilitarlos, empujándonos hacia el retroceso, ya que los procesos históricos son sobre todo dinámicos, operados por la fuerza de nuestro espíritu, que forma nuestras ideas y guía nuestros actos, y si no contribuyen al avance, sin duda retroceden.
Jaime Sogas Paramio

