
Don Ramón Menéndez Pidal llamó a Isabel a sus 17 años “novia de Occidente”, no es de extrañar ya que en su época fue la más deseada por las cortes europeas; Aragón, Portugal, Francia e Inglaterra pretenden casarla con un príncipe suyo, pero por fallecimiento, edad o negativa de Isabel no llegó a producirse.

En aquellos tiempos era impensable que una princesa eligiera marido, había que buscar alianzas con otros reinos para aumentar el poder, pero Isabel realizando averiguaciones mediante sus dos íntimos consejeros domésticos, Gonzalo Chacón y Gutierre Cárdenas, escogió y aceptó al príncipe Fernando, hijo del rey de Aragón.

También Fernando aceptó pues la princesa era un partido primoroso, “el amor si viene, vendrá luego”. Ahora, fijar el enlace corresponde al juego de las alianzas y asuntos diplomáticos.
Su matrimonio se forjó mediante compromisos políticos. Sin embargo, el amor llegó pronto. Fernando a sus 17 años trae consigo amoríos juveniles y dos hijos naturales. En cambio, para Isabel su apuesto novio representa la encarnación de tantos sueños, adolescentes y juveniles defendidos frente a pretendientes cargados de honores, años y dolencias. Isabel, enamorada, seguro. Fernando…, quizás deslumbrado.
La boda se celebró en secreto en el Palacio de los Vivero de Valladolid un 19 de octubre de 1469.
Desde que fue proclamada reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474 en Segovia, Isabel compartió los méritos con el rey Fernando haciendo que se los atribuyesen también a él. Ciertamente buscaba un amor mutuo sin reservas en los tiempos en los que las infidelidades no eran raras sobre todo en las clases de poder. Por parte de Isabel se considera que fue siempre fiel a Fernando ya que, de hecho, para evitar cualquier sospecha dormía con sus damas o sus hijas cuando el rey estaba ausente.

En su testamento dispuso ser enterrada al lado de su esposo de quien no quería separarse nunca. Por eso reposan juntos en la cripta de la Capilla Real de Granada, ciudad que tanto amaba la reina.
Otra prueba del amor de Isabel fue cuando acudió junto a su esposo para cuidarlo después de ser víctima de un fallido intento de asesinato en Barcelona en 1492.

Para Fernando el gran amor de su vida fue Isabel I de Castilla con quien formó una alianza personal y política profunda que podemos ver reflejada en sus cartas de amor pasional. Fue su esposa legítima, marcando profundamente su vida y reinado.
A pesar de sus relaciones extramatrimoniales, el vínculo con Isabel fue el central en la vida de Fernando manteniendo una relación de confianza, afecto y amistad.
Las cartas personales que se conservan de Isabel a Fernando son pocas, pero suficientes como para comprobar el amor pasional y profundo que sentía por su esposo y viceversa.
Entre los años de 1474 a 1502 el matrimonio de Fernando e Isabel se encontraba inmerso en varias luchas sin tregua. A la cuestión sucesoria le seguía la guerra de Portugal, Granada, descubrimiento del nuevo mundo… Todos estos acontecimientos condujeron a una lejanía física entre ambos que gracias a las cartas se hizo más llevadera.
En las cartas de amor autógrafas de los monarcas que se han recopilado se muestra a un Fernando completamente enamorado.

María Lara, doctora y autora experta en Juana I, explica que era Fernando quien esperaba con nostalgia e impaciencia las cartas de su mujer. Si Isabel mostró sus celos en repetidas ocasiones, Fernando también sentía celos por Isabel, de ahí que siempre esperaba con ansias sus cartas que, si no llegaban, se ponía triste, melancólico y agitado. Estos son algunos fragmentos de las cartas de amor de Fernando a Isabel, párrafos cargados de calor personal y afecto:
“Yo viendo esto, no puedo decir mi pena, que entiendo que si un infierno estuviese, estaría con mucho menos de la que estoy ahora… que no sé por qué nuestro Señor me dio tanto bien para tampoco gozar de él, que ya hace 3 años que no estado con vuestra señoría si nos 7 meses en vegadas”.
“A mí me parece que es muy necesario y que se debería vuestra señoría venir, porque entramos juntos, nos ayudamos tanto que es la vida, y es tiempo que todo nuestro poder se halle junto…”
“Sabe Dios lo que me pasa de mañana, no ver a vuestra señoría, que juro por vuestra vida y mía que nunca tanto amé. Y acabo con más deseo de servir a vuestra señoría que nunca”.
A lo largo de su relación, Isabel y Fernando mantuvieron una dinámica de poder interesante. Aunque ambos eran monarcas, Isabel a menudo mostró una gran determinación y liderazgo que la colocó en el centro de las decisiones. Fernando, aunque era un rey fuerte ejercía su influencia de manera más sutil siendo un hábil diplomático y estratega.

Aunque Isabel se casó con Fernando de Aragón, el gran amor de su vida, su matrimonio no fue un camino de rosas. Los dos tenían fuertes personalidades y ambiciones políticas lo que los llevó a numerosos conflictos y desavenencias, no estuvo exento de momentos de experiencias muy amargas.
Según José María Javierre, en su biografía de Isabel la Católica “El enigma de una reina”, el momento en que el matrimonio de los Reyes Católicos estuvo a punto de romperse o pasar su peor crisis conyugal ocurrió tras la muerte de su único hijo varón, el príncipe Juan, en 1497. El fallecimiento prematuro del heredero sumió a la reina Isabel en una profunda depresión y crisis espiritual, lo que, unido al dolor compartido, afectó severamente la convivencia y salud de ambos reyes en los años posteriores. Este periodo lo retrata como una etapa de inmensa amargura familiar que puso a prueba la unión de la pareja.
También durante la guerra de Granada, la reina tuvo que soportar la ausencia de su esposo durante largos periodos de tiempo en soledad.
A pesar de todas estas dificultades, su amor y respeto mutuo los llevaron a unir los reinos de Castilla y Aragón, formando así la España moderna y dejando juntos un legado imborrable en la historia de España que vivió una época de esplendor cultural, religioso y económico.

Inmaculada Muñoz Navarrete
