
El Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, institución educativa en donde los jóvenes indígenas nobles aprendían latín, español y teología, fue creado en 1536 por los franciscanos, especialmente por fray Pedro de Gante, con el apoyo del obispo Sebastián Ramírez de Fuenleal. Fue también un franciscano, fray Bernardino de Sahagún, quien emprendió la tarea de “destruir” la cultura de los pueblos aztecas al reunir, entre el otoño de 1575 y la primavera de 1577, toda la documentación acumulada durante los treinta años anteriores. Ese trabajo dio lugar a lo que hoy conocemos como Códice Florentino, obra que, aunque fray Bernardino no presentó como un conjunto de “doce libros”, también es conocida como Historia general de las cosas de la Nueva España.

La base de esa labor fue el propio Colegio, del que surgieron los jóvenes indígenas formados en castellano, latín y teología. El propósito del fraile franciscano era dar a conocer a los misioneros la cultura y las tradiciones del pueblo mexica al que debían evangelizar. Aunque en un principio estos pueblos fueron considerados salvajes, a medida que avanzaba la obra fray Bernardino fue reconociendo y elogiando sus sistemas educativos, su retórica y sus logros en las artes, las ciencias y la tecnología.
La obra está compuesta por 12 libros ilustrados, con un total de 2.446 páginas y 2.472 imágenes. Fue el resultado de un importante esfuerzo colectivo en el que las aportaciones de las comunidades indígenas mexicanas ocuparon un lugar central, gracias al trabajo coordinado de numerosos hombres cultos y hábiles en el oficio. Se trataba de intelectuales nacidos en México, hijos de padres indígenas, que después fueron formados en instituciones patrocinadas y administradas por la Iglesia española.
Entre 1559 y 1565, Sahagún y sus colaboradores recopilaron las conversaciones mantenidas con ancianos de Tepeapulco y Tlatelolco. Tras registrar esos testimonios orales, el fraile y su equipo de escribas recibieron de los ancianos imágenes que representaban lo narrado. Como ya se ha señalado, los tlacuilos aztecas habían plasmado su historia y su cultura en representaciones pictóricas mucho antes de la llegada del alfabeto romano a México.

Después de pasar tres años en Tepeapulco, Sahagún trasladó su naciente códice a Tlatelolco, donde volvió a exponer sus propósitos y pidió la colaboración de dirigentes de los pueblos nativos. Junto con unos diez ancianos más, todos ellos profundos conocedores del náhuatl y de las costumbres aztecas anteriores a la conquista, Sahagún y su equipo ampliaron, aclararon y revisaron la obra. Hacia 1565 concluyeron las entrevistas en Tlatelolco, y de esa colaboración surgió lo que hoy se conoce como los Códices matritenses o Códices de Madrid: una primera redacción del Códice Florentino.
Es el mismo fray Bernardino quien nos dice: Los mexicanos enmendaron y añadieron muchas cosas a los doce libros cuando se iba sacando en blanco, de manera que el primer cedazo por donde mis obras se cernieron fueron los de Tepepulco; el segundo, los del Tlatilulco; el tercero, los de México.
Sahagún solo menciona por su nombre a algunas de las manos y mentes que tamizaron sus textos. Aunque no ofrece una lista completa de sus colaboradores indígenas, cita, entre otros, a Martín Jacobita, director del colegio de Tlatelolco; a Antonio Valeriano, natural de Azcapotzalco; y a Alonso Vegerano y Pedro de San Buenaventura, ambos de Cuauhtitlán, todos ellos expertos en latín, español y náhuatl. Entre los escribas menciona a Diego de Grado y Bonifacio Maximiliano, ambos de Tlatelolco, y a Mateo Severino, de Xochimilco. Peterson y Terraciano sostienen, además, que muchos otros colaboradores anónimos de las comunidades del entorno del lago de Texcoco contribuyeron a la obra final.

Este es el contenido de la obra:
Libro 1: prólogo y los dioses,
Libro 2: ceremonias del calendario azteca,
Libro 3: origen de los dioses y la mitología,
Libro 4: astrología y prácticas adivinatorias,
Libro 5: presagios,
Libro 6: retórica y filosofía moral,
Libro 7: filosofía natural y fenómenos celestiales (el Sol, la Luna y las estrellas),
Libro 8: señores de Tenochtitlán, Tlatelolco, Tetzcoco y Huexotla; la educación y costumbres de estos señores,

Libro 9: comerciantes, artistas y artesanos,
Libro 10: las personas, ocupaciones y anatomía,
Libro 11: cosas terrenales, historia natural,
Libro 12: la conquista de Tenochtitlán y Tlatelolco desde la perspectiva indígena.
Llama la atención el libro 2, que nos deja constancia de un hecho negado y vuelto a negar por los indigenistas;
Del calendario, fiestas y ceremonias, sacrificios y solemnidades
Capítulo I: De las fiestas y sacrificios que se hacían en el primer mes.

“Al primer mes llamaban Atlcahualo. En este mes mataban muchos niños; sacrificábanlos en muchos lugares, en las cumbres de los montes, sacándoles los corazones a honra de los dioses del agua, para que les diesen agua o lluvia. A los lugares adonde llevaban los niños a matar llámanles en su lengua cuacualli. Llevaban los niños que habían de matar metidos en unas literas que iban aderezadas con plumajes y con flores. Íbanlos tañendo y cantando delante de ellos.”
Los folios de esta impresionante obra contienen textos en dos idiomas: español, lengua del público al que se dirige el códice, y náhuatl, lengua de los pueblos indígenas de México. Conviene señalar, sin embargo, que uno no es una traducción literal del otro: en ocasiones el texto en español resume el contenido en náhuatl, y en otras ni siquiera aparece en la página.

Las imágenes del códice incluyen ornamentaciones y composiciones diversas: muchas están pintadas con colores brillantes, mientras que otras son solo trazos en tinta, pero todas fueron realizadas por artistas nativos a lo largo de varios años. En náhuatl, a estos escritores e ilustradores indígenas se les llama tlacuiloque, herederos de una tradición artística desarrollada durante siglos antes de la colonización europea de América. Aunque fray Bernardino no menciona el nombre de ninguno de los dibujantes, sí lo hace con algunos de los escribanos.
Las imágenes y la lengua náhuatl podían ser interpretadas como de naturaleza idólatra; sin embargo, el códice, originalmente de cuatro volúmenes, que hoy se agrupan en tres, ni fue confiscado por las autoridades españolas ni Felipe II ordenó su destrucción junto con otras obras mexicas. Por el contrario, fray Bernardino envió una copia a Roma, con el padre Jacobo de Testera, para que fuera entregada al papa Pío V en 1580. Adquirido por la familia Medici, se conserva en la Biblioteca Medicea Laurenciana de Florencia, de ahí su actual nombre de Códice Florentino.
Se redescubrió en 1793, pero no fue estudiado hasta 1879, y se inscribió en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO en 2015.
Fray Bernardino de Sahagún y los alumnos indígenas —autores y artistas en lengua náhuatl formados en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco— crearon una obra que hoy, en pleno siglo XXI, puede ser admirada y estudiada. La presunta “destrucción” por la que ahora se exige perdón, no logró eliminar ni borrar la existencia de la Historia general de las cosas de la Nueva España.

Francisco Gilet
