
La Escuadra en 1898
Como el lector podrá suponer, el enfoque de este trabajo se aparta de las casi coincidentes versiones oficiales de los vencedores y de los vencidos, incluyendo entre estos últimos a todos sus descendientes, bien sea de los de la tendencia liberal, facción progresista de Sagasta o conservadora de Cánovas, bien del resto (principalmente carlistas y republicanos). Porque, aterradoramente, hoy en día la mayoría de los españoles, de todos los colores políticos y estamentos culturales, han asumido la uniforme mentira de los actores de los dos bandos y los estigmas depresivos que causó.
Nuestro enfoque está basado no tanto en un rechazo emocional a la misma, que también (por supuesto), como en el análisis serio, histórica y militarmente detallado, de los acontecimientos y de las fuentes históricas. Entre estas últimas la proscrita del Ministro de Marina de la mayor parte de aquella guerra, el Capitán de Navío de Primera Clase Ramón Auñón, aparecida después de 125 años de ser escrita y a la que incluso se ignora y denigra, y especialmente desde la propia Armada [i].


Para empezar, hay que estudiar los antecedentes, al menos de todo el siglo XIX, especialmente desde las guerras de secesión hispanoamericanas impulsadas por Inglaterra. Durante la mayor parte de aquel siglo España fue una especie de “Protectorado Inglés”. Durante el mismo, práctica y novedosamente, el mundo anglosajón nos empezó a ganar militarmente casi siempre, cuando no a imponer sus criterios “diplomáticamente”. Desde la “pantomima masónica” de la Batalla de Ayacucho en 1824, a decir del historiador Ricardo de la Cierva, hasta las “batallas amañadas” de Filipinas, Cuba y Puerto Rico en 1898, la razón fundamental de ello no estuvo en sus capacidades en el campo de batalla. Residió en que en nuestras filas hubo numerosos y poderosos traidores que pusieron por delante de los intereses de España su obediencia a ambiciones y presiones extranjeras, y a órdenes de sociedades secretas. Así espoleadas, la traición y las divisiones internas, que siempre han estado presente en el devenir humano, se enseñorearon de los asuntos españoles.

También hay que tener en cuenta los antecedentes inmediatos. La gran traición empieza con el magnicidio de Cánovas (8-VIII-1897). Respecto a él se puede decir, rápidamente, que se cumplen los mismos condicionantes que en los de Prim y los tres que le siguieron: se permitieron desde el Gobierno en el poder, “fallando” estrepitosamente los ministros de Gobernación (desde Sagasta a Arias Navarro), no haciéndose una investigación posterior seria (incluso sin autopsia ni otras periciales) y haciéndose pagar, en su caso, a “cabezas de turco”. Concretamente, se puede llegar a dudar que Angiolillo fuera el asesino, pues, aunque el jefe de la escolta de Cánovas la redujo al mínimo, el italiano dejó pasar los días sin disparar y, seguramente, otro lo hizo y le echaron la culpa a él. En todo caso, ilegalmente, pues no se utilizaron explosivos, desde altas instancias se pasó el caso a la jurisdicción militar, y el Capitán General (Augustin, al que veremos en Filipinas) “sustanció” el caso con un aislamiento total del preso, ausencia de una investigación policial sobre posibles vínculos y colaboraciones nacionales y extranjeras, un rápido consejo de guerra y una más rápida ejecución. Caso cerrado.
Tras ella, la Reina Regente, ateniéndose a la petición (¿imposición?) del embajador norteamericano Woodford [i], quien había llegado a España poco antes del magnicidio, quitó del poder al partido del asesinado y dio paso al “progresista” y “pacifista” Sagasta. Este, que era criptojudío por apellido y disposiciones a su favor; además de reconocido Gran Maestre y Grado 33º (Hermano .·. Paz), nombró Ministro de Ultramar a Segismundo Moret, también declarado masón “grado 33” (H.·. Cobden). Entre ambos cambiaron los ministros militares y todos los capitanes generales de Ultramar, así como sus instrucciones.

Cánovas, por otra parte, siendo mucho más patriota que Sagasta, no dejaba de ser un liberal con apellido de “moderado”, lo que sería el equivalente del PP actual. En ese sentido no hay que olvidar que fue en uno de sus gobiernos (1890) cuando se “hundió” el submarino Peral [ii] (surgido como consecuencia de la Crisis de Las Carolinas en 1885). Lo hzo porque era anglófilo por encima de muchas otras cosas y porque el Consejo Superior de la Armada emitió un dictamen negativo. Entre los detractores estaban el Almirante Beránger (varias veces ministro y grado 33 en competencia con Sagasta), el Capitán de Navío Bermejo (luego Ministro de Marina hasta Cavite), así como los Capitanes de Fragata Concas (luego comandante del crucero Infanta María Teresa) y Ruiz del Árbol (quien, destinado en Cuba, desertó a los Estados Unidos y, tras la guerra, volvió y no le ocurrió nada). El submarino fue ambicionado y saboteado por Inglaterra a través de, entre otros, Basil Zaharoff, judeo-masón y traficante de armas, luego Sir y presidente de casa Vickers, quien era amante y luego marido de una prima Alfonso XII; quiso comprarlo a Peral y lo vió/saboteó en Cádiz con permiso de las autoridades navales. Una Marina muy pro Inglaterra, sin duda; “atlantista”, que diríamos hoy. El invento de Peral era arma de guerra novedosa y eficacísima que, cuando menos, hubiera impedido los bloqueos de Manila, La Habana, Santiago de Cuba y San Juan de Puerto Rico y defendido eficazmente las costas europeas sin problemas y con muy pocos y baratos ejemplares.
Filipinas
Filipinas era La perla del Pacífico y Manila el tercer puerto de España, tras Barcelona y Habana.

El Almirante Montojo, lógicamente, dependía del Capitán General, a la sazón Basilio Augustin, quien, junto a su estado mayor era del Ejército de Tierra, que aquí no hay corporativismos [iii]. Augustin, una vez declarada la guerra armó a los voluntarios tagalos, muchos antiguos katipuneros que acabaron pasándose al enemigo. También impidió que la División de Mindanao, del General Diego de los Ríos, enviara a Luzón unos 4.000 hombres. Además, engañó a Montojo no comunicándole que no se habían montado en Subic (lugar previsto para el combate con la Navy) los cuatro obuses Ordóñez de 150 mm previstos por los Acuerdos de Malacañac, ordenados por su antecesor (Fernando Primo de Rivera), y tampoco las minas [iv]. Ese punto es vital. Aunque la responsabilidad de Montojo está en que no supo enterarse de ello por sus subordinados directos, los traidores que mandaban en el Arsenal de Cavite (Capitán de Navío de 1ª Clase Sostoa) y en el destacamento que iba a sustituirlo en Subic (Estación Naval: Capitán de Navío Julio del Río). A ambos debió fusilar. Volvió a Manila, pero cuando el capitán general Augustin no le permitió situarse al abrigo de la artillería del puerto, “comprendió” que solo se trataba de “figurar” la defensa. Por eso, y ante la inminencia de la llegada de los yanquis, presentó batalla el 1 de mayo de 1898 en el peor sitio posible, Cavite. Y, cuando los enemigos se retiraron a mediodía, llevó sus barcos a aguas poco profundas, desembarcó, dio orden de “abrir grifos” (auto-hundirse) si volvían, y se retiró a su cuartel general en Manila.
La traición quedó más clara aún cuando se supo que, la noche previa, la artillería de costa de la Marina, instalada las islas de la bahía y a las órdenes directas de Sostoa, apenas hizo tres disparos con seis piezas de retrocarga bastante modernas, contra una fila de barcos a marcha lenta y a corta distancia (por los dos flancos, desde las islas de Pulo Caballo y el Fraile), y eso que estaban alertados desde su paso por Subic y por un barco español de vigilancia. Ni siquiera tocaron a los barcos de transporte que iban en último lugar. Y al día siguiente entregaron las piezas a los yanquis sin inutilizarlas. Sostoa remató la jugada rindiendo el Arsenal y la Plaza de Cavite (esta última ni siquiera dependía de él), porque el americano, que había interrumpido el fuego por la mañana ante la escasez de munición y poco efecto en los buques españoles (no hundió a ninguno), “les bombardeaba mucho”. Un enemigo que no contaba con tropas de desembarco y pudo hacerlo así sin pegar un tiro (el primer contingente de unos 5.000 estadounidenses llegó el 30 de junio). Sostoa, que ni siquiera destrozó el arsenal y ni incendió el carbón, llegó a Almirante.
El almirante Dewey, al mando de la flota estadounidense, quien se extrañó de haber salido también parado al pasar entre la artillería de las bocas de la bahía de Manila, dijo que “si España hubiese tenido un solo submarino de los inventados por Peral, no hubiera podido sostener el bloqueo ni 24 horas”.

La tarde después del combate naval, el coronel Mariano Pena, que mandaba el Regimiento de Artillería de Manila, se suicidó frente a Capitanía. El motivo: por la mañana hizo dos disparos con sus obuses de 240 mm contra los barcos enemigos, que cayeron próximos a ellos, pero inmediatamente le llegó la orden de Capitanía de suspender el fuego. Esa prohibición de hacer fuego se repitió el último día de la guerra en aquel archipiélago, precisamente e ilegalmente el 13 de agosto, un día después de la firma del Protocolo de Paz de Washington (Armisticio), cuando los barcos norteamericanos apoyaron su confuso y definitivo ataque terrestre. No en vano los propios yanquis llaman a aquellos episodios “falsa batalla” (“Mock Battle of Manila”).
Los 13.000 hombres, peninsulares (4.300) y filipinos (incluidos los guardias civiles), de la guarnición española de Manila aguantaron más de tres meses el sitio de cuatro veces más tagalos, fundamentalmente, y yanquis, en espera de la Escuadra de Cámara, cuya actuación se tratará más adelante.
El citado día 13 de la también llamada “The Pre-Arranged Battle”, Montojo abandonó Filipinas en el mismo crucero alemán que Augustin, destituido mucho antes por su mal hacer (negociaba la rendición con Aguinaldo, jefe de la insurrección filipina) y sustituido por su segundo, Fermín Jáudenes. Este fue responsable de la misma, la cual concedió a los yanquis el “derecho de conquista”. El peor parado fue Montojo, quien al menos había expuesto su vida en combate directo, y que fue expulsado de la Marina. Augustin no sufrió ninguna pena jurídica. El Jefe de Estado Mayor, el General de División Celestino Fernández Tejeiro, salió también libre de culpa inicialmente, aunque luego fue separado del servicio por un tribunal de honor, fundamentalmente por irregularidades administrativas relativas a “distracción” de caudales. Fernández Tejeiro y Emilio Díaz-Moreu (Capitán de Navío Comandante del Colón), hombres formados a la sombra de la masónica Revolución Gloriosa de 1868, estuvieron juntos al servicio directo de Amadeo I.

La Armada española en 1898 se estimaba que ocupaba entre el cuarto y sexto puesto mundial, detrás de Inglaterra, Francia y Rusia, y era comparable a las de Alemania, Italia y Estados Unidos. Fue la primera en contar con un destructor en servicio (1887), el Destructor, diseñado por Fernando Villaamil en 1885. También fue la primera en disponer de un submarino torpedero de Isaac Peral en 1888, con ventaja en muchos años sobre el siguiente. Nuestra flota mercante era segunda del mundo. En todo caso, para valorar adecuadamente hay que partir de que, técnicamente, un barco de guerra basa su eficacia en el armamento, la protección, la velocidad, las condiciones evolutivas y la autonomía. Sin olvidar tampoco que los factores de moral de combate, conocimientos tácticos e instrucción y estado de mantenimiento tienen una importancia vital. A ello se une que siempre, y más en aquellos momentos, había un problema semántico importante, con un generalizado y casi continuo baile de denominaciones y clasificaciones, que hace de las comparaciones teóricas un complicado rompecabezas, y más cuando se utilizaron, y utilizan, para justificar una victoria deshonrosa y una derrota aún mucho más [i]. También hay que pensar que por entonces se había entablado una controversia sobre si el poder naval debía estar basado en acorazados (fundamentalmente los británicos), o en rápidos buques más ligeros armados principalmente de torpedos (la “Jeune Ecole” francesa); en el combate naval del río Yalú (1894) una escuadra china formada por dos acorazados fue derrotada por tres buques “protegidos” japoneses.

Por otro lado, hay que dejar de lado también el presentismo y pensar que los acorazados norteamericanos no eran más que primeros y defectuosos desarrollos, que nunca alcanzaron lo que, por ejemplo, fueron los de las dos guerras mundiales. Las posturas, incluso del Ministro Auñón, que quieren demostrar la superioridad norteamericana por el mayor número y calibre de muchas de sus piezas, sin tener en cuenta que hay otros factores tácticos (noche, destructores, instrucción, etc) y técnicos (menos años, más radio de acción, mayor velocidad y número de torpedos de nuestros barcos en Cuba por lo general, artillería de costa, minas, etc) que influyen en el “arte de la guerra”. Además, los grandes calibres (330 mm en el Indiana, Oregón y Massachusetts, 305 en el Texas, 254 en el Maine) no permitían una cadencia de tiro superior a cuatro o cinco minutos entre disparo y disparo (tres minutos nuestros 280 González Hontoria), haciendo la puntería casi imposible con grandes predicciones contra barcos en movimiento. Puntería que, por otra parte, era casi “a ojo” en aquellos años en que aún no se había descubierto/adoptado el telémetro óptico ni las direcciones de tiro electromecánicas. En este sentido, la mayoría de los impactos encajados por nuestros cruceros en Santiago, y concretamente todos los de gran calibre, lo fueron sobre barcos encallados por sus tripulaciones. También había defectos de diseño que impedían en gran parte su utilización: el Maine, y su casi gemelo Texas, tenían su artillería principal en dos torres que no podían tirar por la misma banda, precisamente por estar colocadas la de proa estribor y la de popa babor; y algo similar pasaba a los Indiana y Oregón, pues por un problema estructural en relación con la distribución de pesos, el giro de sus torres de proa a una banda tenía que ser compensado por el giro de la de popa a la otra banda. Y el Indiana acabó casi como un pontón en Santiago, al tener sus motores averiados. Y muchos grandes proyectiles yanquis fallaron y hoy adornan Santiago de Cuba y San Juan de Puerto Rico.
José Mª Manrique García

Fuentes
[i] Carlos Seco Serrano, en su libro Alfonso XIII y la Crisis de la Restauración, Ariel, Barcelona, 1969.
[ii] Javier Sanmateo Isaac-Peral: El Submarino Peral. De la Gloria a la Traición. Mandala Ediciones, 2017. Y El Submarino Peral: la gran conjura. Divum y Mare, 2008.
[iii] El autor es Coronel de Artillería diplomado en Estado Mayor (retirado).
[iv] J. Mª Manrique y E. Rovira: Los misterios del 98. El inexplicado fin del imperio español. Galland Books, Valladolid, 2017.
