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José Antonio Primo de Rivera. Comienzos como jurista

  • José Carlos Sacristán Abad
  • 30/09/2026
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José Antonio fue inseparable de la abogacía a lo largo de toda su vida. Tras una breve andadura universitaria por las ciencias, pronto se dio cuenta de que su verdadera vocación era el Derecho al que se refirió como: “Mas como el Derecho es casi una ciencia exacta, ninguna argumentación jurídica puede permitirse sombra de vaguedad”.

Inició su actividad laboral de la mano de su padre en una sociedad familiar que se llamó Compañía Nacional de Comercio que se dedicaba a la importación de coches. Durante aquel tiempo, con apenas veinte años cumplidos, se encontraba a gusto en su oficio que le ofrecía un sueldo aceptable.ca

Capilla Flagelación, palacio de duques de Medinaceli

Mientras tanto se había doctorado con matrícula de honor en todas las asignaturas y cuando cumple los veintiún años, edad en la que ya podía ejercer, prolonga su estancia universitaria con la intención de aprender más, petición que hace a su maestro Sánchez Román quien le permitió seguir asistiendo a sus clases durante dos años más. La cercanía con su profesor le ayudó a enfrentarse al pleito de “Los Estados del duque de Medinaceli” del que hablaremos ahora. Ni siquiera se molestó en colegiarse, hasta que su tío Antón, que venía por parte de la familia Sáenz de Heredia, es decir, de su madre, le animó a que lo hiciese, y de esta manera pasó por el Colegio de Abogados.

Malagón

En esas labores se empleaba el joven José Antonio, mientras acababa de abrir su propio bufete, cuando unos conocidos potentados madrileños acudieron en su busca. Estos magnates que se dedicaban a la joyería andaban en esos tiempos comprando grandes fincas con la intención de invertir su gran fortuna y convertirse en terratenientes. En aquella época el negocio de las fincas estaba muy solicitado entre la gente pudiente. En el caso que nos ocupa la compra se centró en Malagón, pueblo perteneciente a Ciudad Real.

La Hacienda pública detectó que los agricultores no pagaban sus impuestos por los terrenos que trabajaban. Pero aquellos campesinos no eran los propietarios, en realidad lo era un vecino que fue muy rico pero que había entrado en declive económico, y en tiempos de bonanza le había comprado la finca al duque de Medinaceli, que también era marqués de Malagón.

La cuestión es que, aunque en el acto de la venta figuraban los agricultores con derechos sobre las tierras; se admitía que por uso, trabajo y vivienda tenían prioridad para recuperar el suelo, Hacienda decidió subastar la finca. En el asunto hubo algún movimiento nada claro entre los latifundistas y el jefe de la UGT del lugar.

El resultado es que los opulentos madrileños ganaron la subasta con la disconformidad de los aldeanos, que eran gente analfabeta sin posibilidad alguna de poder defender sus peticiones, hasta que el médico del pueblo, don Epifanio, Epifanio Sánchez López, convocó a los vecinos y les dijo que les estaban robando, con lo que se inició el pleito. Los señores madrileños, que se presentaron en el bufete de José Antonio, habían ganado en primera instancia en Ciudad Real, pero perdieron en la audiencia de Albacete, por lo que elevaron la causa al Tribunal Supremo.

José Antonio abagado
Francisco Bergamin

La noticia ya había llegado a los diarios madrileños por lo que los joyeros decidieron contratar los servicios de un abogado conocido e influyente, y quien mejor que el hijo del jefe del gobierno don Miguel Primo de Rivera. Cuando José Antonio leyó el expediente decidió ponerse en la defensa de los agricultores, no podía permitir el desahucio de miles de familias. Dijo que al leer la sentencia de Albacete no encontró fundamento alguno para rebatirla y que además se había convencido de la inocencia de los aldeanos y que defendería sus derechos.

José Antonio ganó el pleito en el Supremo al decano de los abogados madrileños, Francisco Bergamín y se llevó el reconocimiento y agradecimiento de los vecinos de Porzuna, Fuente el Fresno, Malagón, Los Cortijos y Fernán Caballero que eran los municipios afectados por la subasta de la finca “La Estrella”. Un joven abogado de veinticuatro años les había dado la capacidad para continuar sus humildes vidas.

En octubre de 1927, pocos meses después de dictarse la sentencia, en Malagón se le hizo un homenaje. José Antonio todavía no había entrado en política, se dedicaba exclusivamente a desarrollar su carrera de abogado de la mejor forma que sabía, en defensa del inocente y con la inestimable ayuda de su querido y admirado profesor Felipe Sánchez Román.

Ramón Serrano-Suñer y Santiago Carrillo

Previamente al juicio de “Los Estados del Duque de Medinaceli” que le dio fama nacional por la repercusión que tuvo, José Antonio en una carta enviada a Ramón Serrano Suñer el 3 de mayo de 1925 decía: “Tengo una clientela de locos que apenas dejan dinero. Pero estoy contento, y los prefiero, desde luego, a los excesivamente cuerdos, a quienes tengo que echar del despacho cuando se muestran extrañados de que no me ponga de parte de la iniquidad”.

José Carlos Sacristán Abad

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