
La reciente invasión de la ciudad de Ceuta — tan española como Melilla o cualquier otro territorio de nuestra nación—, por parte de decenas de miles de marroquíes, alentados presuntamente por el sátrapa sultán de Marruecos, pone de nuevo en solfa la españolidad de esta población por parte de algunos, singularmente de medios yankees, generosamente pagados por la dictadura marroquí, que financia a los lobbies del imperio para vender su “relato” (para eso sí tiene dinero, no así para asegurar la prosperidad de sus conciudadanos). Incluso hay españoles lamentablemente mal informados que señalan que puesto que Gibraltar está en la Península Ibérica efectivamente debe ser español, y por el mismo razonamiento, como Ceuta y Melilla están en el norte de África, deberían pertenecer a Marruecos.
Nada más lejos de la realidad, ambas ciudades fueron españolas incluso antes de la incorporación del viejo Reino de Navarra a la unidad nacional, y tienen un origen que se remonta nada menos que a la época del Imperio Romano, estando indisolublemente unidas a la provincia de Hispania, y posteriormente, tras el breve periodo de las invasiones de la Península por parte de suevos, vándalos y alanos, los visigodos consiguieron restituir la unidad estableciendo el primigenio reino de España (con capital primero en la provenzal Tolosa, al poco y por poco tiempo en Barcina actual Barcelona, y por fin, definitivamente en Toletum). Un reino que abarcaba toda la Península Ibérica, parte del sur de Francia, las islas Baleares, y el norte de África (el norte de lo que hoy es Marruecos y noroeste de Argelia, países que entonces no existían, de hecho, Marruecos sólo se constituyó como estado independiente en 1957, tras su concesión por parte de España de su Protectorado en el Rif, y Francia el resto).
El norte de África, que era la frontera sur del Imperio Romano y donde floreció el Cristianismo, muy especialmente a partir de su legalización con el Edicto de Milán, en el 313, dictado por el Emperador Constantino, se vino abajo a partir de la expansión del Islam merced a su Yihad o Guerra Santa (alentada desde su origen por el mismo profeta Mahoma y recogida en su libro sagrado, el Corán).
Para cuando esa Yihad llegó al extremo occidental, a uno de los reinos más prósperos de la Cristiandad, las ciudades de Ceuta (Septem en su acepción latina), y Melilla, o Riusaddir, tenían ya una larga tradición hispana y cristiana.

Así es, en concreto Ceuta entra en la Historia cuando en el 42 d.C., el emperador Claudio incorpora a la Mauritania, dividiéndola administrativamente en la Mauritania Tingitana y la Mauritania Cesariense. La primera sería incorporada por el emperador Diocleciano, directamente a la diócesis de Hispania, de tal forma que el antiguo territorio del pueblo de los maurii pasó a denominarse Hispania Transfretana, es decir, la Hispania “de más allá del Estrecho”, y de las que ya formaban parte las dos ciudades españolas.
En ambas, al igual que en el resto de España, incluida la Transfretana hispana, y tras el breve lapso de la herejía arriana, profesada por los visigodos, pero que pronto abjuraron convirtiéndose al Catolicismo —así fue, por parte del rey Recaredo—, el Cristianismo experimentó un gran impulso como decíamos tras el Edicto de Milán y hasta el de Tesalónica (en el año 380 d.C.).
Las actuales Ceuta o Tánger fueron de las primeras ciudades de la Transferatana Hispana en acoger el Cristianismo desde bien pronto, doctrina que prendió ya hacia finales del siglo II en Cartago, gracias al converso Tertuliano, quien se hizo eco de la predicación de los Siete Varones Apostólicos, discípulos de Santiago, y que habían sido enviados por San Pedro y San Pablo, para proseguir la evangelización del Apóstol patrón de España.
De hecho, el Cristianismo tuvo una presencia incontestable en todo el norte de África, hasta la invasión del Islam, como lo prueba el que hubiera más de 466 sedes episcopales católicas en las seis provincias africanas a principios del siglo V, o el que se celebrara un Concilio en la Mauritania Cesárea, al que asistieron San Agustín de Hipona y San Alipio de Tagasta – ambas poblaciones, en lo que hoy es Argelia-, entre otros.

Asimismo, destacan de esa época los restos de la Basílica y la Necrópolis de Ceuta, prueba de la vitalidad de que gozó la Cristiandad en todo el norte de África antes de la invasión sarracena.
El Canónigo de la Catedral ceutí Salvador Ros y Calaf reconoce, en su “Historia eclesiástica y civil de la célebre ciudad de Ceuta”, de 1912, que ya en el siglo V, la ciudad era prácticamente cristiana por completo, salvo el breve periodo de dominación vándalo y el inicio del reino visigodo de España, que pronto, como indicábamos más arriba, abjuró de su herejía arriana, que terminaría desapareciendo de la Historia en favor de la verdadera fe Católica. Por tanto, el Cristianismo formó parte de la idiosincrasia de la ciudad española.
. El Islam siempre se impuso por la fuerza
Sin embargo, el Islam, tras su triunfo en las arenas de la Península arábiga y arrasar con las comunidades judías y cristianas que allí había; así como con las comunidades paganas, por la fuerza del alfanje, empezó a extenderse por el norte de África, otrora parte del Imperio Romano, y donde había un Cristianismo, que prendió pronto en Egipto — riquísimo, no en vano, se le conocía como el granero del Imperio— y en cuya ciudad de Alejandría destacaron los mejores filósofos, astrónomos y matemáticos del mundo entonces conocido, merced a la evangelización de San Marcos, y el resto de esa área.

Al revés que en Oriente Medio, donde el Imperio Romano de Oriente, que devino en Bizantino, consiguió a duras penas resistir al nuevo poder de la media luna —hasta su definitiva desaparición, en 1492, con la caída de Constantinopla— y los cristianos, bajo sus distintas denominaciones, de adscripción católica u ortodoxa, como los maronitas, asirios, caldeos, coptos.., han conseguido sobrevivir a duras penas, como minorías cada vez más pequeñas y siempre perseguidas, a través de los siglos de dominación musulmana, no fue así en el norte de África.
Efectivamente, tras la fulgurante conquista de Egipto — cuyos cristianos, coptos, que viene a significar precisamente “egipcio”, es decir, eran los habitantes originales de aquella región, hoy tenidos como ciudadanos de segunda en su propio país—, el resto de la región fue cayendo como piezas de dominó, los territorios que ahora ocupan Túnez, Argelia, Marruecos o Mauritania, y que en aquella época obviamente no existían como tales ya que son invenciones muy recientes, de tal modo que el Cristianismo fue barrido casi en su totalidad y suplantado por un Islam que no admite otra religión que la suya, tenida como la única.
La siguiente pieza a cobrarse por las huestes seguidoras del Profeta era España, la más rica con diferencia de la Europa de entonces. Ya había habido varios avisos de lo que se les venía encima a nuestros antepasados, con distintas incursiones y ataques piratas desde el norte de África, entre los años 672 y 680, durante el reinado de Wamba, y que tuvieron por objetivo las costas de Andalucía y especialmente las de Málaga y Cádiz, las más próximas. Sin embargo, el rey visigodo se empleó a fondo contra la amenaza, logrando apresar 270 embarcaciones norte africanas, y ajusticiando sin piedad a la gente armada que llevaban consigo.

Sin embargo, la presión era cada vez más fuerte, y para el 709, Ceuta era la única plaza española al otro lado del Estrecho de Gibraltar que aún conseguía resistir el empuje musulmán. Una presión que no tenía piedad con todo aquel que se resistiera a admitir su religión, forzando las conversiones de los cristianos, so pena del martirio o, en su defecto, de pagar onerosísimos impuestos que muchos no podían satisfacer, lo que explicaría la imposición del Islam en toda la región y la practica desaparición de un Cristianismo otrora omnipresente. Asimismo, se prohibió la práctica de su fe a los cristianos, sus iglesias fueron arrasadas o convertidas en mezquitas (hace años tuve que encararme con un guía en la catedral de Córdoba, que a los turistas nos aleccionaba sobre lo malos que fueron los cristianos, que convirtieron una mezquita en catedral, y lo hacía justamente al lado de los únicos vestigios que los mahometanos, tras su conquista, dejaron de la original basílica cristiana de San Vicente… sin embargo, al erigirse la catedral, lo hizo respetando las columnas de la mezquita, erigida durante el Califato).
. La gran sustitución
Se trataba, en definitiva, de sustituir no ya una religión por otra, sino de una cultura latina con siglos de tradición, por otra totalmente extraña, de origen árabe. Un modelo que los invasores del reino de España trataron de imponer durante los casi ocho siglos de presencia, y que sólo con mucho esfuerzo y una continua lucha, consiguió erradicarse, restituyéndose la perdida unidad de España.

La cultura mozárabe consiguió sobrevivir durante un tiempo, hasta su definitiva erradicación por los invasores musulmanes, durante la época almohade. Además, fueron bastante habituales los casos de martirios, de aquellos misioneros que trataban de evangelizar a costa de su vida a los musulmanes, para lo cual, aprendían el árabe (por ejemplo, los conocidos como “protomártires” franciscanos, ejecutados cruelmente, en 1225), o simplemente de cristianos que se negaban a abjurar de su fe, además de los numerosos cautivos que inmediatamente eran esclavizados, uno de los más lucrativos negocios del Islam (los árabes han sido, tradicionalmente, los segundos grandes beneficiarios de la esclavitud, singularmente sólo por detrás de reinos negros como el de Dahomey o Benín, que esclavizaban a los negros de tribus vecinas, para vendérselos a las naciones europeas —Inglaterra, Holanda, Francia y Portugal, no así España—, en las costas del Golfo de Guinea). En Ceuta, cabe destacar el caso de San Daniel y sus compañeros mártires, Samuel, Ángel, Dónulo, Nicolás, León y Hugolino, quienes fueron decapitados, no sin antes aplicarles terribles torturas.
No contentos con tamaña crueldad, según refiere el canónigo de la Catedral de Ceuta “los mahometanos se ensañaron en los cuerpos de los ilustres confesores de Jesucristo. Machacaron sus cabezas y arrastraron sus cuerpos por las calles con el mayor escarnio e inhumanidad. Los cristianos recogieron los restos mortales de los bienaventurados mártires que pudieron encontrar, y les dieron honrosa sepultura”.
Los españoles de los distintos reinos cristianos tenían muy claro que la Reconquista iniciada por Don Pelayo en las montañas de Covadonga no terminaba con la recuperación de todo el terreno peninsular, sino que había que recuperar las tierras al otro lado del Estrecho, pues eran conscientes que aquellas formaban parte indisoluble del primigenio reino visigodo de España, del que se sentían legítimos herederos. Es el caso de Ceuta, que fue recuperada por Portugal en fecha tan temprana como 1415.
El propio rey Fernando III el Santo, que dio un gran salto al conseguir reconquistar buena parte del sur de España, quedando tan sólo el reino nazarí de Granada —eso sí, se convirtió en paria de Castilla,— y que habría de esperar a la definitiva toma de su capital por los Reyes Católicos, en 1492, lo que significó la definitiva erradicación de nuestro país del Islam, según se recoge en la “Estoria de España”, tenía su mirada “allén mar para conquerir” —reconquista— esa parte que la morisma teníe”. De hecho, en su lecho de muerte, le encomendó a su hijo Alfonso X que terminara la obra que había acometido el rey Santo: “Si ganares por ti más [tierras] eres mejor que yo”, es decir, le animaba a continuar la Reconquista de las tierras que lo fueron de España en el norte de África
Así lo intentó el Rey Sabio, extendiendo la Cruzada al otro lado del mar, en lo que se conocía como “el fecho del Allende”, es decir, del más allá del Estrecho, aunque sin éxito, luego de que se estancara su propósito tras la efímera victoria de las armas cristianas en Salé.

Los reinos de Castilla y de Aragón aparcaron momentáneamente sus habituales disputas fronterizas y de otra índole, ante un objetivo común suscribiendo, en 1291, el Tratado de Monteagudo, en el que Sancho IV y Jaime II, respectivamente, se comprometían a recuperar los territorios hispanos del norte de África. A Castilla le correspondía liberar la parte que va desde el río Muluya hasta Ceuta, y a Aragón, desde ese río hasta Bugía y Túnez, una demarcación que venía a coincidir prácticamente con la delimitación que hubo durante el Imperio Romano entre la Hispania Tingitana —al oeste—, y la Mauritania Cesariense, al este.
. Isabel la Católica, adalid de la Cristiandad en el norte de
África

Por su parte, Isabel la Católica tuvo sus miras en concluir la Reconquista en esas tierras, recuperándolas para la Cristiandad, y es por ellos que apenas ocho días antes de firmar su testamento, concedió al Duque de Medina Sidonia el Señorío y Marquesado de Cazaza, ordenándole su conquista, que lograría en 1506, gracias a la expedición comandada por Gonzalo Mariño de Rivera, y que partió de Melilla.
La reincorporación de Ceuta a la Cristiandad se logró, como queda reseñado arriba, en 1415, gracias al esfuerzo de Portugal, cuyo rey Juan I mandó una expedición dirigida por su hijo, el Infante Don Enrique. Portugal había concluido la recuperación de la parte peninsular que le correspondía, y tenía así las manos libres para acometer empresas más ambiciosas. La recuperación se celebró con toda solemnidad con una misa en la mezquita, que es hoy la Iglesia de Nuestra Señora del Valle, mientras que la mezquita mayor se transformó en Catedral, en 1432. A partir de entonces, Ceuta dejó de ser un nido de piratas y de retaguardia del reino de Granada, pasando a convertirse en avanzadilla de la Cristiandad al otro lado del Estrecho, papel reforzado a raíz de su integración en la Monarquía Hispánica, en 1580, en la persona del Rey Felipe II, quien logró la reunificación de los dos reinos peninsulares.

Los Reyes Católicos, una vez concluida la conquista de Granada y pudiendo así dar por concluida la Reconquista peninsular iniciada ocho siglos atrás, podían retomar sus deseos de continuar y terminar esa titánica empresa, en el norte de África, de tal suerte que apenas cinco años después de la abdicación del rey nazarí Boabdil, en 1497 se consigue la reconquista de Melilla. La misión fue encomendada al entonces Duque de Medina Sidonia, Don Juan de Guzmán, y fue llevada a cabo por Pedro de Estopiñán, quien desembarcó en septiembre de ese año, en una ciudad prácticamente abandonada.
En seguida, fortificó la plaza, ante el más que previsible ataque de los mahometanos, como así fue, pero infructuosamente, tanto es así, que, hasta la fecha, la ciudad ha permanecido española. Los Reyes Católicos no hacían sino dar cumplimiento al mandato del Papa Alejandro VI, en su Bula “Ineffabilis”.

La vocación de continuar la Reconquista en el Norte de África, queda de manifiesto en el Codicilio incorporado por la Reina Isabel la Católica a su testamento, con fecha de 23 de noviembre de 1504, y donde dice expresamente que: “Y ruego y mando a la dicha princesa, mi hija, y al dicho príncipe, su marido, que, como católicos príncipes, tengan mucho cuidado de las cosas de la honra de Dios y de su santa fe, celando y procurando la guarda, defensa y ensalzamiento de ella, pues por ella somos obligados a poner las personas y vidas y lo que tuviéremos cada vez que fuere menester; y que sean muy obedientes a los mandamientos de la Santa Madre Iglesia y protectores y defensores de ella, como son obligados. Y que no cesen en la conquista de África y de pugnar por la fe contra los infieles”.
Queda así meridianamente claro que el papel de Ceuta y Melilla, españolas por los cuatro costados, no se limita a su papel estratégico en el Estrecho de Gibraltar, sino que la fe cristiana forma parte indisoluble de su identidad, al menos desde los últimos cinco siglos desde su recuperación para la Cristiandad. Por tanto, quienes apuestan por el reemplazo de la población española, tan bien la peninsular, por magrebíes y subsaharianos (una conocida política española comunista llegó a decir que era preferible esa población a los “fachas españoles”), saben lo que quieren, la erradicación del Cristianismo. Lo hemos visto, con la reciente invasión, donde muchos de esos ilegales entraban en la ciudad española al grito de “Alá es grande”.
El ansia imperialista del dictador de Rabat no pararía con la anexión de Ceuta, Melilla y los peñones españoles en el norte de África, como en su día no se contentó con la Marcha Verde para invadir el Sáhara español, y antes Sidi Ifni… a continuación vendrán las Islas Canarias y luego Al Ándalus (que no es Andalucía, si no toda España, como abiertamente piden los yihadistas).
Jesús Caraballo


