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El legado católico de Estados Unidos

  • Jesús Caraballo
  • 18/05/2022
  • Un comentario
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Durante mucho tiempo, el odio a los papistas, (el despectivo nombre con el que se designaba a los católicos) de la mayoría blanca, anglosajona y protestante obstaculizó la expansión de la Iglesia en Estados Unidos. ¿Cómo se fue abriendo el país al catolicismo? 

Los padres peregrinos, considerados los paleo fundadores de Estados Unidos, eran protestantes tan fanáticos que fueron expulsados por los protestantes hegemónicos, que soportaban mal a los que eran más fanáticos que ellos. Y los padres peregrinos atravesaron el océano para encontrar una tierra en la que uno fuera libre de ser todo lo fanático que quisiera. De ahí un país fundado literalmente sobre la libertad religiosa.

En el sur, los españoles

Los fundadores pusieron enseguida excepciones: libertad para todos menos para los paganos y los papistas. Los paganos eran los nativos americanos, que en América del Sur se llamaban indios. A estos los evangelizaron los españoles, tal como habían pactado con el Papa, que había dado a los Reyes Católicos el permiso de colonizar el Nuevo Mundo, siempre que se hicieran cargo de la cristianización de los nativos. 

Y así fue. Tanto es así que aún hoy los nombres de las ciudades estadounidenses en los territorios sustraídos con las armas al México, antes español, son San Antonio, Los Ángeles, Sacramento, Corpus Christi, Santa Fe, San Diego, San José, San Francisco, etc. Todas surgieron alrededor de misiones franciscanas, la mayoría de las cuales fueron creadas por san Junípero Serra (cuya estatua en el Capitolio es la única de un fraile papista). Los conquistadores, controlados por sus capellanes, se casaron con mujeres aztecas e incas, hasta el punto que actualmente Suramérica es totalmente mestiza.

En el norte, el triunfo de los wasp

No fue así en el norte, donde, aparte de Pocahontas, los colonos no se mezclaron con los nativos. De hecho, en el actual melting pot estadounidense, la etnia de los nativos americanos (los pieles rojas), está reducida a pocas personas.

La otra prohibición era para el papismo. El protestantismo era una separación indignada de la casa-madre católica que, desde Lutero en adelante, era presentada como sentina de todo tipo de errores y corrupciones. Por ello se necesitaron un par de siglos, antes de que los católicos fueran admitidos en la vida común.

Mientras la mayoría fue wasp (white, anglo-saxon, protestant), la exclusión de los católicos se mantuvo (el Ku Klux Klan incluye a los papistas, junto a los negros y los judíos, entre los enemigos de la nación estadounidense: el gobierno por fin tomó medidas cuando en Indiana se enfrentaron durante varios días estudiantes católicos de la Universidad de Notre Dame contra militantes del KKK).

Uno de los motivos por los que Estados Unidos, con la guerra de 1848, no se anexionó todo Méjico fue que la entrada de millones de católicos en Estados Unidos habría alterado los equilibrios de un país wasp. Basta con pensar en los irlandeses que se enrolaron en el ejército estadounidense: fueron tratados con desprecio por ser papistas, por lo que en 1848 muchos se pasaron al bando de los mejicanos (católicos y antiesclavistas) y constituyeron el Batallón de San Patricio. Los que sobrevivieron fueron marcados con fuego en el rostro y ahorcados como traidores.

Se necesitaron el tiempo y la paciencia de los misioneros papistas, que abrieron escuelas (boicoteadas) también para los indios y los negros. Santos como Catalina Drexel, una conversa que gastó toda su fortuna en asistir a los últimos (el célebre vibrafonista Lionel Hampton, niño negro de la calle, recibió su educación gracias a las religiosas de su congregación).

Precisamente esa guerra hizo que llegaran más católicos a tierras estadounidenses. Se trataba de los borbónicos derrotados, a los que se les ofreció enrolarse en el ejército de la Confederación, que tenía menos hombres respecto al populoso Norte.

Se necesitaron figuras como sor Blandina Segale, enviada al salvaje Oeste y a la que el mismo Billy el Niño respetaba. Una vida de contrastes, porque allí donde iban los wasp, estos prohibían la enseñanza o la asistencia hospitalaria. O el padre Giuseppe Bixio, hermano del garibaldino Nino. Jesuita, enseguida se dio cuenta de que los indios eran tratados como infrahumanos y los defendió. En la Guerra de Secesión se enroló como capellán con los Confederados y fue protagonista de hazañas legendarias. Cuando acabó la guerra, evitó la venganza nordista porque siempre se había ocupado de los heridos de ambos lados.

Esa gente se encontró de nuevo derrotada por haber combatido con el Sur. Pero, al no tener a dónde ir, se quedó en el país. Fue lo que les sucedió a los únicos dos supervivientes de la célebre batalla de Little Big Horn, cuando los indios pieles rojas exterminaron al Séptimo de Caballería de Custer: Giovanni Martini, sargento trompeta, y el teniente Carlo Di Rudio. Al primero lo habían enviado, inútilmente, a pedir refuerzos. El otro era un ex carbonario, compañero de Felice Orsini, que había atentado contra la vida de Napoleón III. Huyó a Estados Unidos y, como muchos otros conspiradores europeos, se había enrolado y había sido enviado a las avanzadillas más lejanas (así el gobierno se libraba de los exaltados en el arte de conspirar). 

Lentamente, la inmigración de los hispanos, sobre todo los mejicanos, hizo el resto, llevando a la situación actual, con el catolicismo convertido numéricamente en la primera religión de Estados Unidos si se tiene en cuenta que el protestantismo está dividido en una miríada de denominaciones distintas, cada una de las cuales siempre está a punto de dividirse por un cisma.

A esto hay que añadir un fenómeno de no menor importancia: las conversiones. Durante el siglo XIX se vio un flujo casi continuo de conversiones de protestantes al catolicismo, mientras que el recorrido inverso era casi inexistente.

Personajes legendarios como Buffalo Bill, Toro Sentado, Kit Carson y Alce Negro se bautizaron como católicos. Esto fue debido también al ejemplo de la abnegación del clero católico con los más desafortunados, independientemente del color de la piel. En la Guerra Civil [la Guerra de Secesión] las monjas católicas se dedicaron incansablemente a curar las heridas de ambas partes. Y a guerra acabada, el papa Pío IX envió su bendición con un rosario al presidente sudista Jefferson Davis, que estaba en la cárcel.

Muchísimos nativos y otros tantos ex esclavos negros pudieron estudiar y adquirir dignidad gracias a las instituciones que la Iglesia católica, a pesar de las grandes dificultades y los boicots, había creado en el país. Pensemos también en la asistencia a los inmigrantes europeos, de los que Santa Francisca Cabrini es el símbolo. Con la crisis de la patata de 1871 y las despiadadas políticas económicas de los ocupantes ingleses, un millón de irlandeses murieron de hambre y otro millón desembarcó en Estados Unidos. Todos católicos. Después les llegó el turno a los contingentes italianos (en los años a caballo del siglo XX más de cinco millones de italianos desembarcaron en la isla de Ellis huyendo del hambre en la que la Italia «piamontesa» les había hundido).

Todo ello mientras no se detenía el proceso de conversiones individuales que hemos mencionado antes. Monstruos sagrados del entretenimiento como Bing Crosby (suya es la canción más vendida de siempre, White Christmas), John Wayne, Gary Cooper (una de sus hijas era monja), Jane Russell, Loretta Young, Dolores Hart («novia» cinematográfica de Elvis Presley, acabó siendo monja de clausura), así como Babe Ruth (el más grande jugador de todos los tiempos del deporte estadounidense por excelencia, el béisbol), el general Lewis Wallace (autor de Ben Hur) y un largo etcétera.

Jesús Caraballo

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