El mal y generalizado uso del término “Latinoamérica”, impulsado por la propaganda francesa

Francia, hábil propagandista antiespañola, al igual que el resto de las naciones enemigas seculares de nuestro país —singularmente Inglaterra y Holanda—, ha sabido imponer el término “Latinoamérica” referido a un continente heredero de la Hispanidad y que, en justicia, debe llamarse Hispanoamérica o, todo lo más, si se incluye Brasil, Iberoamérica. El “relato” como se diría ahora, lo han comprado no ya al otro lado de los Pirineos, sino también en estos pagos, donde lamentablemente los propios españoles ignoran la proeza que supuso la civilización por parte de España de todo un continente, que en apenas dos generaciones pasó del Neolítico a la Modernidad, proceso que en Europa llevó siglos.

Un Nuevo Mundo que, además del mestizaje de los españoles peninsulares con la población nativa, pronto vio florecer ciudades, caminos, hospitales, universidades…. Nada que ver con el colonialismo, este sí puro y duro, que se implantó desde el primer momento en la Norteamérica anglosajona o en los territorios que Inglaterra, Países Bajos o Francia fueron arrebatando a España (Jamaica, Haití…), y en donde se procedió al exterminio de los indios.
La generación del término “Latinoamérica” fue bien tardía, asociado al imperialismo francés, y el argumento para su implantación no pudo ser de lo más burdo, favorecido eso sí por la aceptación acrítica, especialmente por los españoles, que si de algo hemos pecado tradicionalmente es del exceso de autocrítica y de “comprar” el relato negro legendario de nuestros enemigos.

En concreto, fue el economista francés Michel Chevalier, consejero del emperador Napoleón III, quien inventó la palabra, con el claro objetivo de justificar la invasión francesa de México a mediados del siglo XIX. El razonamiento era tan absurdo como que Francia es una nación latina, ya que su idioma al igual que el español, el portugués o el italiano procede de la lengua del Imperio. Puesto en México se habla un idioma que procede del latín, Francia y México son países hermanados por la cultura y la raza (en este caso, obviando que el antiguo Virreinato de Nueva España era mestizo, cuando no indio), y por tanto la nación europea venía obligada a defender a su hermano menor frente a la amenaza yankee. ¡Increíble!
Sin embargo, ese mismo argumento no se empleó en Quebec, donde hubo una colonización francesa y aún pervive su cultura, pues Francia no quería conflicto con el Reino Unido y su dominio sobre el resto de Canadá.

Justificada así, o eso creían las autoridades francesas, su intervención en México (tras su independencia, cayó en un periodo de seria inestabilidad, así como de constante amenaza por parte de su poderoso vecino del norte del río Bravo, que de hecho, les arrebató buena parte de los territorios que había heredado de la época del Virreinato de Nueva España), Napoleón III mandó una expedición militar, para imponer a Maximiliano de Habsburgo como emperador —títere, al servicio de los intereses franceses—, en un país donde encontró el rechazo generalizado desde el inicio de esta loca aventura.
Una aventura que terminó dramáticamente, como es bien sabido, con el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro, en 1867, tras lo cual, Napoleón III abandonó sus sueños megalómanos, en un país totalmente ajeno a la cultura gala, y que, pese a la independencia de la Madre Patria, conservaba profundamente arraigados su cultura heredada de tres siglos de permanencia en la Monarquía Hispánica y, muy especialmente, su fe católica.
Sin embargo, la Leyenda Negra anti española venía de muy atrás. Si la propaganda manejada por nuestros enemigos nos tachaba de genocidas que masacrábamos a los pobres nativos, nadie se fijaba en lo que ellos sí hacían en los territorios que dominaban, verbigracia, el exterminio de los indios por parte de los anglosajones en Norteamérica, encerrando a los escasos supervivientes en miserables reservas, con lo que en escaso tiempo la población nativa quedó drásticamente reducida.


La economía de nuestros enemigos en ese hemisferio se fundó básicamente en la esclavitud. Así sucedió, por ejemplo, en las colonias del sur de las Trece Colonias británicas. En 1664, se dictó una ley en el estado de Maryland, que mandaba esclavizar a las mujeres blancas casadas con negros. A partir de 1705, se prohibió expresamente el acceso a cargos públicos o religiosos de negros, indios o mulatos. Además, se trató de impedir el mestizaje, a través de castraciones o, directamente, con brutales linchamientos. El primer presidente de los EE.UU., George Washington tenía alrededor de 200 esclavos en su plantación de tabaco de Virginia (al igual que su sucesor en el cargo, Thomas Jefferson). ¿Qué dirían los del “Black Lives Matter” hoy si supieran que su padre fundador de la gran república engendró un hijo con una de sus esclavas negras?, ambos murieron esclavos, en cambio, Hernán Cortés, a su hijo Martín, habido con pleno consentimiento con doña Marina, lo reconoció como hijo legítimo.
Los holandeses no eran mucho mejores. En su colonia de la Guayana – ésta sí, colonia propiamente dicha-, nada menos que el 20% de la población era esclava.
Portugal, país hermano, no fue mucho mejor. El modelo que implantaron en sus dominios de Brasil se impuso la explotación del azúcar, con mano de obra esclava; mientras que, en la Amazonía, se esclavizó a la población nativa.

Todos estos países, junto con Francia, se lucraron con el negocio negrero. En este punto, conviene recordar que los grandes esclavistas —aparte de que la esclavitud estaba comúnmente aceptada en la Antigüedad—, han sido tradicionalmente los propios reinos e imperios africanos, que capturaban a sus vecinos y se los vendían a los siguientes mayores esclavistas, los árabes. Las caravanas de éstos llegaban a las costas de Guinea, donde ya sí los europeos, los compraban y trasladaban a América.
España apenas tuvo un 0,01% de población esclava negra, de cuyo execrable negocio no se lucró, siendo que los esclavos en los virreinatos españoles tenían derechos ignorados en otros dominios europeos en ese hemisferio, por ejemplo, el de manumisión, que les permitía conseguir mediante su trabajo su libertad y la de sus familias; aparte que estaba gravemente penado el castigo de un amo a sus esclavos y no digamos su muerte.
Frente a la ominosa realidad de la esclavitud en los dominios ingleses, holandeses franceses y portugueses, conviene recordar que, desde el mismo descubrimiento de América por Colón, se dictaron en España leyes que protegían a los indios, reconocidos como súbditos de la Corona. Se inició un proceso de mestizaje, en el que los nativos fueron artífices de la prosperidad que se extendió por todo el continente, incluida la construcción de alrededor de 30 universidades —ninguna en el resto de los territorios europeos—, a las que podían acceder libremente.
Jesús Caraballo



2 thoughts on “HISPANOAMÉRICA O LATINOAMÉRICA”
Muy esclarecedor y oportuno, además de necesario. Habría que repetirlo mil veces para recuperar una imagen distorsionada hasta la saciedad. Gracias.
Magnífico artículo
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