
Los franceses Auguste Marie Louis Nicolas Lumière y Louis Jean Lumière pasan por ser los padres del cine, al patentar “su” invento en 1895, si bien tres años antes se atribuyó ese mérito Léon Bouly, pero perdió la patente por impago. Sin embargo, el inventor fue un humilde fraile paulino, Mariano Díez Tobar, natural de Tardajos —nacido el 21 de mayo de 1868—, un pequeño pueblo burgalés en la ruta francesa del Camino de Santiago de Compostela, y que, como tantas veces en la historia de España, ha caído en el olvido viendo sus méritos pirateados por extranjeros. Y es que el protagonista de nuestra historia, dotado desde temprana edad de una preclara inteligencia e interés por las ciencias, no solo dio con la clave para que una máquina fuera capaz de proyectar imágenes en movimiento, sino que ideó otros inventos, pero, de forma totalmente desinteresada, los ponía al alcance de todo aquel que quisiera aprovecharlos en beneficio del bien común. Estaba clara su generosidad al ofrecer “con absoluto desinterés a cualquiera de los asistentes, para que lleve a la práctica cualquiera de las ideas o conceptos que encuentre nuevos en mis charlas”.

Tal fue el caso del cinematógrafo. Entre sus múltiples inquietudes científicas se encontraba la cinematografía, que estudiaba desde al menos 1889. En 1892, pronunció una conferencia en Murguía (Álava), en cuyo colegio ejercía desde hacía años como profesor de Ciencias, titulada “El cinematógrafo, descripción del aparato por el que las imágenes de las personas, lo mismo que de las demás cosas, sea que en el acto existan, sea que ya no existan, aparecen al vivo y como si fueran la realidad, con sus colores, movimientos […] ante nuestra vista”.

No se trataba de una simple charla más o menos erudita, sino que en ella el sacerdote paúl explicaba la solución al gran problema que se les planteaba a quienes querían construir un aparato de cine: el de la creación del movimiento. Díez Tobar dio con la clave al proponer introducir la intermitencia entre los movimientos de los fotogramas, creando de esta forma una ilusión de movimiento en el espectador. Así, con la intermitencia o intervalos de reposo y aprovechando la inercia de la retina, quedaba tiempo para que se sucedieran unas imágenes a otras y producir, de este modo, la ilusión de movimiento.

Entre los espectadores de la conferencia se encontraba A. Flamereau, el representante de los hermanos Lumière en España. A la ponencia siguió un encuentro entre el francés y Díez Tobar, quien le explicó con más detalle los pormenores técnicos de su descubrimiento, consciente del rédito económico que podía obtener quien se decidiera a explotar el cinematógrafo. Casual o no, el hábil empresario galo, a su regreso a París con sus representados, puso en marcha el aparato de cine, que poco después presentaron en sociedad quienes han pasado a la historia injustamente como sus inventores, en detrimento de su auténtico creador: un humilde cura de pueblo español.

No fueron ingratos, sin embargo, los Lumière con Díez Tobar, a quien invitaron a la presentación del cinematógrafo en España —después de la famosa presentación del 28 de diciembre de 1895 en el Gran Café de París, ante treinta y cinco aterrados espectadores que veían cómo se les echaba encima un tren que parecía salirse de la pantalla—, el 13 de mayo de 1896, en los bajos del madrileño Hotel Rusia, invitación que declinó.
Entre otros inventos y descubrimientos suyos, algunos conservados por fray Eligio Rivas en el Museo Etnográfico de Os Milagros, en Baños de Molgas (Orense) —de los 15 que alumbró en total solo patentó uno—, destaca el elogautógrafo, un aparato capaz de transformar la voz en texto a través de una máquina de escribir, que luego aprovecharía la famosa firma italiana de máquinas de escribir Olivetti, o el reloj de cuerda que se cargaba con la voz o los pasos de la gente. Muchos de esos inventos fueron aprovechados por otros, ya que Mariano Díez, como señalábamos antes, los ofrecía en beneficio de la sociedad.
En 1926, el padre Mariano Díez Tobar enfermó gravemente y falleció en Madrid el 25 de julio de 1926, siendo prácticamente un desconocido.

Jesús Caraballo
