Jaime IV, un rey sin Reino

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El conquistador Jaime I de Aragón, instituyó heredero a su hijo Jaime, como rey de Mallorca, conde del Rosellón y de la Cerdaña y señor de Montpellier, mientras dejaba el resto de su reino a otro Jaime, también II, de Aragón. A partir de tal momento y acrecentado con la llegada al trono de Pedro III, la ambición de los reyes aragoneses de recuperar el ámbito territorial del reino de Mallorca fue constante.

A Jaime II de Mallorca le sucedió su hijo Sancho, quién, con solamente ocho años, tuvo que hacer frente a Pedro III con su asedio y conquista de Perpiñán. Sus dificultades se agravaron con la falta de descendencia con su esposa Maria de Nápoles, lo cual motivó que designase heredero a su sobrino Jaime III, conocido como el Temerario, que ocupó el reino desde 1315 hasta el 25 de octubre de 1349, cuando fue derrotado y muerto en la batalla de Llucmajor, Mallorca, en la cual también fue herido y hecho prisionero su hijo, Jaime, el cuarto con su nombre, nacido en Perpiñán, que no llegó a ocupar ese reino.

Antes, en 1338, Jaime fue jurado heredero de la Corona de Mallorca, para once años más tarde presenciar como Pedro IV el Ceremonioso, el del “puñalito”, ansioso de acumular al reino aragonés todos los territorios, sobre los cuales reinaba su tatarabuelo Jaime I, el Conquistador, lograba su deseo en la batalla de Llucmajor. La vida del infante Jaime, a partir de tal derrota y hasta 1362, transcurrió en medios carcelarios. Por decisión del victorioso rey de Aragón, el infante y otros familiares reales fueron encerrados, en un primer momento, en el castillo de Bellver, en la bahia de Palma de Mallorca, aunque poco después fueron trasladados a Valencia. Una vez allí, los familiares fueron separados: la reina Violante, madre del infante y la infanta Isabel, su hermana, fueron encerradas en un convento y el infante Jaime confinado en el castillo de Játiva, con instrucciones concretas de aislamiento. La llamada guerra de los dos Pedros, el de Aragón, Pedro IV, el Ceremonioso y el de Castilla, Pedro I,  el Cruel, provocó que Jaime IV, por disposición del rey de Aragón, su carcelero, fuese trasladado al Castell Nou, en Barcelona. No acabaron con ello las penurias del rey mallorquín, puesto que Pedro IV estableció una normativa por la cual se regirían los cuatro hombres que, por turno semanal, debían encargarse de la custodia. No podía recibir visitas sino de familiares, ni escribir cartas, las recibidas serían intervenidas, de día no podía salir del castillo y de noche debía permanecer dentro de una jaula de hierro custodiado por uno de sus carceleros. Esas rotaciones semanales de carceleros y las condiciones impuestas por el rey del “puñalito” no pretendían sino el aislamiento total del prisionero y, a fin de cuentas, su muerte en vida, aparte de la claudicación o abdicación en todos sus derechos sobre el reino de Mallorca, a favor de Pedro de Aragón, naturalmente, abdicación que nunca fue lograda. Sin embargo, la decisión de enclaustramiento fue absolutamente contraproducente ya que, con la rotación de carceleros las noticias sobre el trato y las condiciones que sufría el prisionero real, fueron esparciéndose provocando una creciente simpatía hacia el infante encarcelado.

Así, en la madrugada del 1 al 2 de mayo de 1362, los conjurados, es decir, clérigos y algunos caballeros, con la complicidad de los oficiales del castillo, no tuvieron obstáculo alguno en penetrar en el Castell Nou, llegar hasta la cámara del preso, matar al guardián que le estaba custodiando esa noche, bajar al infante de la jaula y liberarlo. Pedro IV, se hallaba en Perpiñán cuando se enteró de lo sucedido.

Todo lo acontecido desde el rescate y huída se diluye en la penumbra, hasta que, en septiembre de 1362, Juana,la reina de Nápoles, decide casarse con el infante Jaime. Un matrimonio un tanto especial. De una parte, Juana entendía que Jaime estaría harto de sus penalidades y solamente le interesaría gobernar con ella, sin conflictos externos, mientras Jaime seguía en su empeño de ceñirse la corona de Mallorca. En mayo de 1363 se celebró la boda, previa la firma de unas capitulaciones matrimoniales impuestas por Juana que Jaime aceptó, con la idea de que podría cambiar en un futuro la situación a su favor. Sin embargo, todo ello quedó en agua de borrajas, puesto que Juana no se avino a los deseos de su esposo, ni tampoco consintió su participación en el gobierno de su reino. El fracaso del matrimonio adoptó una formula amistosa, abandonando Jaime el reino de Nápoles para involucrarse en la guerra de los dos Pedros, como medio de esa ansiada recuperación.

En 1367 se hallaba en Burdeos, junto con el aliado de Pedro I el Cruel, el príncipe Negro. Francia estaba endeudada profundamente, y por tal motivo no prestó la ayuda inicialmente solicitada por Jaime, de ahí que, acudiese a ofrecer sus servicios al príncipe inglés, hijo de Eduardo III de Inglaterra, gobernador de las tierras inglesas en la dulce Francia. El inglés le confió el mando de una de sus compañías, con la cual participó en la batalla de Nájera, llegando hasta Valladolid, en donde cayó enfermo. Decidió permanecer en esta ciudad, abandonada por el príncipe inglés, la cual fue ocupada rápidamente por Enrique de Trastámara quién hizo prisionero, por segunda vez en su vida, al infante, encarcelándolo en el castillo de Curiel.

Aquel prisionero era un rehén muy valioso. Valioso para Francia y para Aragón. Carlos V de Francia y Pedro IV de Aragón se enfrascaron en el rescate de Jaime IV. Sin embargo, empero los tejemanejes del rey aragonès con su enemigo castellano, fue Luis d’Anjou, hermano del rey francés, quién consiguió el dicho rescate, aunque realmente nos hallamos ante un tratado; la libertad de Jaime contra la cesión del Rosellón y la promesa de ayuda para recuperar el reino de Mallorca.

En 1372 se iniciaron los preparativos para invadir Cataluña, para en 1374 comenzar su intento de reconquista particular. Atravesó el Rosellón y se adentró por la comarca de Conflent. Penetrado en Cataluña, se organizó a modo de guerrillas, con saqueo e incendios. Y con tal estrategia, sin casi oposición, llegó a Sant Cugat del Vallés, a escasos 12 kilómetros de la capital condal. Sin embargo, toda aquella aventura no era sino una victoria moral que conducía a una verdadera derrota. Con sus escasos seis mil hombres, sin refuerzos, sin el respaldo de la población maltratada y con los mercenarios franceses e ingleses desertando, al considerar que ya habían obtenido suficiente botíon, el intento de apoderarse de Barcelona se planteaba como imposible, y de ello fue consciente el infante Jaime. Giró grupas y regresó al condado de Urgell. Poco después, cruzó a Castilla por Soria, para caer enfermo en febrero de 1375 y fallecer en Almazán, bien por las heridas sufridas bien envenenado.

Pelayo Artigas dice: «En sitio ignorado de esta iglesia (San Francisco) fue inhumado el rey de Nápoles don Jaime de Mallorca, que, habiéndose visto obligado a refugiarse en Castilla, después de sus frustradas tentativas hechas en Aragón, para recuperar la corona de Mallorca, perdida por su desventurado padre, cayó enfermo en Almazán, donde murió a primeros de 1375, y hallándose entonces, en la comarca, el infante Juan (después Juan I), dispuso, con toda pompa, su traslado a Soria, para sepultar su cadáver en el convento«. Hoy todo está en ruinas, excepcion del convento nuevo, y en ellas reposa el rey Jaime IV,

El 16 de febrero de dicho año el infante Jaime dictó testamento nombrando heredera de todos sus derechos a su hermana Isabel, quien utilizó, hasta su muerte en 1404, el título de Regina Majoricarum, Reina de Mallorcas, habiendo sido fiel compañera de su hermano en sus intentos de recuperar un reino anclado en mitad del Mediterráneo. Un reino que ya no volvió a resurgir en la historia de nuestra España, inmerso plenamente en la Corona de Aragón. Mientras, su rey Jaime IV, cayó por completo en el olvido de sus posibles súbditos y de sus descendientes. 

Francisco Gilet

C. A. Willemsen, Ocaso del reino de Mallorca y extinción de la dinastía mallorquina, Palma de Mallorca.

R. Pinya Homs, Els reis de la Casa de Mallorca, Palma de Mallorca, Ajuntament, 1982

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