
Los católicos tuvieron un papel destacado en la Edad de Plata española, papel silenciado por la progresía, frente al protagonismo desproporcionado e injusto que tradicionalmente asignaron las izquierdas al regeneracionismo de la Institución Libre de Enseñanza. Uno de los más egregios representantes de la influencia del catolicismo en la enseñanza del primer tercio del siglo XX en España fue el pedagogo Rufino Blanco, quien sería asesinado por milicianos del Frente Popular, el 2 de octubre de 1936, por tanto, pronto hará 90 años. Se da además la circunstancia de que buena parte de lo mejor de esa Edad de Plata, con una influencia claramente católica, se desarrolló durante la monarquía parlamentaria confesional católica de Alfonso XIII.
Rufino Blanco Sánchez, nacido en 1861 en Mantiel (provincia de Guadalajara), y casado en 1890 con María Pérez de Camino y Garmendia, con quien tuvo 7 hijos, fue un científico católico, imbuido del regeneracionismo propio de la época, y que se dedicó a la Pedagogía y a la Filología a su mayor nivel. Fue discípulo del también científico católico y vocal fundador de la Junta para ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, JAE, Marcelino Menéndez y Pelayo. Llegó a publicar hasta 57 obras, de las cuales al menos 40 se centraron en la Didáctica.

Su principal obra fue “Bibliografía pedagógica de obras escritas en castellano o traducidas a este idioma”, que incluía hasta 3.770 referencias de libros editados a partir del siglo XIII hasta entonces, y cuya redacción le llevó nada menos que quince años. Se publicó en cinco grandes volúmenes. Además, formó parte de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
Rufino estudió segunda enseñanza en el madrileño Instituto Cardenal Cisneros; se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid en, 1888 (el título de Doctor lo consiguió en 1909, con la tesis «Relación de los estudios pedagógicos con la Facultad de Filosofía y Letras»). Además, se desempeñó como maestro auxiliar y elemental de primera enseñanza en las Escuelas públicas de Madrid -entre 1883 y 1889-; fue regente de la Escuela práctica agregada a la Normal Central de Maestros de Madrid, desde 1893, donde impartió clases de «Teoría y práctica de la Lectura y la Escritura», para los aspirantes a maestros. Destacado calígrafo, con su Arte de la escritura y la caligrafía, contribuyó decisivamente a la renovación de la enseñanza de la caligrafía.

En 1909, el Ministro de Instrucción Pública Faustino Rodríguez San Pedro, le encomendó la tarea de fundar junto con otros compañeros la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, donde sería profesor numerario de Lengua y Literatura, y donde llegaría a ser catedrático de Pedagogía Fundamental. Todo ello, sin menoscabo de sus esfuerzos por mantenerse al día en las nuevas orientaciones pedagógicas del momento.
Rufino Blanco consiguió implantar en nuestro país las Escuelas Graduadas, uno de sus mayores logros en el campo educativo, establecidas en España por el Real Decreto de 23 de septiembre de 1898, y que consistía en agrupar a los alumnos atendiendo a niveles educativos, y con grupos asignados cada uno a un maestro, a quien se le encomendaba la evolución de sus alumnos durante toda la formación escolar. Sin duda, se adelantó a la Institución Libre de Enseñanza y
al krausismo, a quienes falsamente se les atribuyen estos avances en la Pedagogía.
Asimismo, participó en el Primer Congreso Internacional de Paidología, en 1911. El mismo Comité de dicho Congreso le pidió que participara en el mismo con sendos estudios sobre la bibliografía paidológica hispanoamericana, y otro sobre la antropometría pedagógica, ya que Blanco había creado previamente un servicio antropométrico en la Escuela Modelo de Madrid. Toda esta actividad fue sufragada por la católica JAE. Además, Rufino fue nombrado para dirigir el Instituto Normal de Filosofía de La Paz, capital de Bolivia (1916), conociendo en sus múltiples viajes el movimiento pedagógico moderno, Siguiendo a su maestro Marcelino Menéndez y Pelayo, hizo siempre una valiente defensa de la Ciencia española.

En esta brillante trayectoria profesional, hay que destacar que fue también profesor de Pedagogía Correccional en la Escuela de Criminología, con sede en la cárcel Modelo de Madrid, en 1924, y de Bibliografía Pedagógica en el Instituto pedagógico que la Federación de Amigos de la Enseñanza, FAE, instituyó en 1931, con el objetivo de promover la enseñanza católica. También fue vocal de la Junta Central de Primera Enseñanza, en 1908; de la Junta para la Extinción del Analfabetismo (1920); de la Junta Central de Derechos Pasivos del Magisterio (1921); de la Comisión Permanente de la Unión Iberoamericana (1906), y de la Comisión Interministerial de Educación Física (1925); socio fundador y Presidente de la Asociación Internacional de Bibliografía Pedagógica (1921), miembro de la Junta Municipal de Primera Enseñanza de Madrid (1924); Consejero de Instrucción Pública (1921-1930); Concejal del Ayuntamiento de Madrid (1924-1927), y Gobernador Civil de Segovia (1927-1930), entre otros cargos. También se empleó como articulista en distintas publicaciones, con más de 324 artículos publicados en 16 revistas. Fue codirector de la revista El Magisterio Español (1896-1902), del diario El Universo (1904-1936) y de la revista mensual de Pedagogía teórica y práctica La educación Hispanoamericana. Razones por las que se le designó como Presidente honorífico y Vicepresidente primero de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Pero toda esa dedicación a la enseñanza no fue obstáculo para que fuera asesinado, junto con uno de sus hijos — Julián, redactor del diario monárquico ABC—, por milicianos del Frente Popular, tan sólo por odio a su fe católica. Suerte que corrieron otros insignes científicos coetáneos suyos e igualmente reconocidos cristianos y pertenecientes a esa brillante Edad de Plata, como san Pedro Poveda Castroverde, fundador de la Institución Teresiana denominado por la UNESCO pedagogo universal y la beata teresiana Victoria Díez Bustos y Molina (fusilada en agosto de 1936). Como reconocería el secretario general del Partido Comunista Español, José Díaz, en Valencia, el 5 de marzo de 1937: “En las provincias en que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los Soviets, porque la Iglesia en España está hoy día aniquilada”. De todo esto, naturalmente, no hay la menor referencia en la malhadada Ley de Memoria Democrática, pues, al fin y al cabo, se trató de “justicia revolucionaria”.

Jesús Caraballo
