ZENÓN DE SOMODEVILLA Y BENGOECHEA, Marqués de la Ensenada.

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La vida del marqués de la Ensenada, Zenón de Somodevilla y Bengoechea, es extraordinariamente llamativa. De humilde cuna, cual viene a acreditar la existencia de dos partidas de bautismo, la primera, la de Hervías (La Rioja), de 25 de abril —cinco días después del día de san Zenón, seguramente la fecha del nacimiento—, y la segunda, la de Alesanco, del 2 de junio, un documento fabricado con el propósito de justificar los derechos a la hidalguía que la familia del padre tenía reconocidos en este pueblo, y cuya transmisión exigía el agua de la pila de su parroquia como prueba de vecindad efectiva.

José Patiño Rosales

De sus letras, pocas noticias se tienen, aunque algún biógrafo aventura su paso como “catedrático de uno de los colegios reales”, cuando el traslado de la familia a Madrid, desde Santo Domingo de la Calzada, ninguna noticia se tiene. Es José Patiño Rosales, futuro ministro de Felipe V, quien le localiza en Cádiz, en 1720, sirviendo ya en la Marina, y llamando la atención su buena letra. Con dieciocho años, Patiño le distinguió ya con el primer nombramiento, el de oficial supernumerario del Ministerio de Marina (1 de octubre de 1720). En 1725 es nombrado oficial primero y comisario de matrículas en Cantabria; al año siguiente se le destina a Guarnizo, el astillero próximo a Santander que dirige José del Campillo. En 1728, Patiño le nombra comisario real de Marina con destino en Cádiz, desde donde pasa a Cartagena y luego, en 1730, a Ferrol. Su misión de mejorar la organización de los astilleros se hace explícita en la orden de Patiño de 6 de octubre de ese año, en la que se reconoce “el conocimiento y experiencias con que se halla el referido ministro (Somodevilla) de lo que se observa en el arsenal de Cádiz, cuyas reglas quiere Su Majestad se sigan en todo en el Ferrol”. En julio de 1731, de nuevo vuelve a Cádiz, al ser destinado a las labores de organización de la escuadra que, a las órdenes de Gravina, reconquistará Orán al año siguiente.

Cardenal Valenti

A partir de 1733, Somodevilla se ocupó de organizar la potencia naval que culminará en la conquista de los Reinos de Nápoles y Sicilia al año siguiente, el gran éxito de la casa de Borbón que a él le valió el título de marqués. El infante don Carlos, coronado en Nápoles como Carlos VII, le nombró marqués por “merced espontánea” el 8 de diciembre de 1736. Probablemente la elección de “la Ensenada” para el título se debe a un juego de palabras que don Zenón fue el primero en manejar; él era un “En sí nada”, un “Adán” (al revés “Nada”); “en un accidente seré nada”, le dijo a su amigo el cardenal Valenti. Efectivamente, en 1754 el marqués de la Ensenada fue desterrado a Granada.

  Su humilde origen —del que siempre conservó memoria— contrastaba con el encumbramiento sorprendente y vertiginoso que experimentó su carrera. El 21 de junio de 1737, Ensenada era nombrado secretario del Almirantazgo. Nombrado secretario de Estado y Guerra del Infante e “intendente general del Ejército y la Marina de la expedición a Italia” (noviembre de 1741). Ensenada en Chamberí el 25 de abril de 1743 recibió la noticia poco después de conocer la de la muerte de su antecesor, José Campillo. Se trataba de dirigir cuatro secretarías (Hacienda, Guerra, Marina e Indias), una carga pesada que, protocolariamente, rechazó con pretextos de humildad extrema: “yo no entiendo una palabra de Hacienda; de Guerra, lo mismo con corta diferencia; el comercio de Indias no ha sido de mi genio, […]”; pero su resistencia al nombramiento era más aparente que real. En cuanto llegó el correo oficial a Chamberí, salió camino de Aranjuez a besar la mano a los reyes, lo que tuvo lugar el 8 de mayo.

Fernando VI

Durante los cuatro años de su ministerio con Felipe V, mostró una gran discreción a la espera de la llegada de Fernando VI y su esposa Bárbara de Braganza, dominadora de la Corte. En la posición próxima se hallaba el secretario de Estado José de Carvajal y Lancáster, un Grande de España, universitario y togado. La otra cara de la moneda del marqués.

Nos hallamos en el año 1748, con la Paz de Aquisgrán, un hecho histórico que propició la labor fiscal del marqués. Se refería a una “paz a la espera”, es decir, una “paz armada”. La reforma implantada en la Hacienda de la monarquía, con la contribución Real, Catastro o Capitación para «que pague cada vasallo a proporción de lo que tiene, siendo fiscal uno de otro para que no se haga injusticia ni gracia» como Única Contribución. Sorprendentemente, Ensenada establecía esa reforma de la Hacienda en dos acciones complementarias: una, “irla descargando”; la otra, “aumentar su entrada”. La descarga, sin minorar sueldos ni pensiones, y atendiendo a “la decencia” del Rey y de su servicio; el aumento, “con alivio y no con gravamen del vasallo”, pues “la monarquía más opulenta es la más rica, y por eso las bien gobernadas cuidan, con preferencia a todo, del Real Erario y de que los vasallos no sean pobres”. Y remató su ingenio con el Real Giro, el primer banquero de España, instituido en 1749. A su tiempo las sucursales del Real Giro —París, Roma, Ámsterdam, etc.—, fueron verdaderas agencias al servicio del marqués. Igual eran utilizadas para “ayudar” a estudiosos, espías industriales, pensionados, en sus viajes por Europa; que, para gratificar a un ministro, a un periodista o a un sicario; tanto para llenar el bolsillo del nepote del Papa, como para pagar el importe de unos diamantes, una sortija, unas perlas, regalo de los reyes en su cumpleaños.

Croquis del Barranco del Poqueira en el Catastro

Un mérito al cual sumar otro de no escasa importancia; mérito a añadir a los muchos que acumulaba el marqués de la Ensenada, del que su amigo el padre Isla decía que era el “secretario de todo”. Fue en los arsenales donde se notaba especialmente la mano del marqués. Miles de artesanos y obreros, amén de vagos y gitanos, mano de obra barata apresada en las redadas —la cara más negra de Ensenada—, habían logrado poner en servicio más de cuarenta navíos artillados a la altura de 1752. España dominaba los mares y sus hombres, grandes marineros.

Ordenanzas de la Armada de 1748

La vida del marqués de la Ensenada es de una grandeza de servicio a la Corona y a España muy difícil de concretar. Añadamos un hecho más del cual ya hemos mencionado el protagonista, Jorge Juan de Santacilia, en otros artículos. El espionaje que llevó a cabo en Londres por encargo del marqués, logrando que los arsenales de Cadiz, Cartagena y Ferrol contasen con la presencia de más de una cincuentena de ingenieros y técnicos en las artes náuticas. A lo que se añadió planos, instrumentos y libros ingleses, amen de la estrategia naval inglesa para acabar con el dominio español en los virreinatos. Mientras tanto, el marques establecía el entramado legal con la Ordenanza de Montes, 1748, la Ordenanza de matrícula, 1751, y las célebres Ordenanzas de la Armada de 1748.

Sir Benjamin Keene
Ministro Ricardo Wall

Y llegó 1752, con el hostigamiento a la flota inglesa en la bahía de Mosquitos por naves españolas ante la acción de los ingleses, saltándose el monopolio español y los tratados firmados, apropiándose de palo de Campeche y fortificando posiciones. No ordenó iniciar una guerra, sino defender los intereses de la Corona. Sin embargo, el embajador inglés Sir Benjamin Keene, el ministro Ricardo Wall, los cortesanos anti ensenadistas lograron hacer llegar al monarca Fernando VI la acusación de haber ordenado, mediante carta, a la escuadra de La Habana el ataque a las fuerzas inglesas, es decir, iniciar una guerra sin autorización ni conocimiento real, o sea, traición. Carta que nunca llegó a ver la luz, por inexistente. Los ingleses lograron su objetivo.

El 20 julio 1754, el Rey ya no recibió a Ensenada, que le estuvo esperando todo el día; al atardecer, tras despedir al marqués —que se dirigió a su casa, en la calle del Barquillo, sospechando ya lo peor—, el Rey tomó la decisión. 

El ministro de Estado Ricardo Wall, uno de los “gansos salvajes” arribistas en la política española, se apresuró a felicitar al embajador en la conocida carta de este de 20 de julio, minutos después de enviar la tropa a prender a Ensenada: “Esto está hecho, mi querido Keene, por la gracia de Dios, el rey, la reina y mi bravo duque, y cuando leas esta nota, el mogol estará a cinco o seis leguas camino de Granada. Esta noticia no desagradará a nuestros amigos en Inglaterra. Tuyo, querido Keene, para siempre, Dik. A las doce de la noche del sábado”.

Su destino, Granada. En la primavera de 1766, cuando el motín de Esquilache, hallándose en Madrid a la espera de un indulto que no llegó, fue vitoreado por los ciudadanos, sin embargo, Carlos III, no modificó su opinión, encaminándose a su nuevo destino, Medina del Campo.

En dicho pueblo vallosoletano, con 79 años, murió Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, el 2 de diciembre de 1781, tras haber declarado a su amigo el conde de Ricla que nada entendía de política, que él sólo se preparaba para “vivir lo más que pueda” y “gozar del Altísimo”

El que fue propuesto en el siglo XIX como “modelo de estadista” ha tenido fama siempre de hombre tenaz, hábil político y gran organizador. Goza de un enorme prestigio en la Marina y se le reconoce un acendrado catolicismo.

Un hecho, no tan meritorio como los reseñados, lo hallamos en el diseño y ejecución de la Gran Redada (1749)

Mapa del arsenal de Cartagena al que enviaron a hombres y niños mayores de siete años. 

Según recogen las fuentes, el marqués fue la figura clave detrás de la llamada Prisión General de Gitanos, una operación militar coordinada para detener simultáneamente a todos los gitanos del reino, separarlos por sexos y enviarlos a presidios, arsenales y casas de misericordia. Su fracaso es evidente y su recuerdo nada encomiable.

C. Fernández Duro

C. Fernández Duro, en su obra “La armada española desde la unión de los pueblos de Castilla y León”, centrada en la Marina, definitivamente proponía a Ensenada como el más grande organizador de la Armada española: el autor titulaba el capítulo relativo al marqués con un “¡Paso al genio!”.

Sus restos, los restos de tal genio acompañan el silencio de otros ilustres marinos españoles en el Panteón de Marinos ilustres.

Francisco Gilet

Fuentes

Rodríguez Villa, Antonio, Don Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada.

A. Salvador, El marqués de la Ensenada

A. Matilla Tascón, La Única Contribución y el Catastro del marqués de la Ensenada

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