Armenios en Manila: la inesperada diáspora en las Filipinas españolas

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Armenia, el reino que primero abrazó el cristianismo, ha sufrido a lo largo de su historia numerosas vicisitudes; la última, la expulsión por parte de los musulmanes azeríes de su tierra histórica, Artsaj, que mandó al exilio a más de 120.000 armenios, ante el silencio cobarde de Occidente, sin olvidar el exterminio de 1,5 millones de armenios a manos de Turquía en el siglo XX. Una atormentada trayectoria que alimentó la diáspora y llevó a los armenios a los confines del mundo, incluidas las Filipinas, que aún formaban parte de la Monarquía Hispánica.

Biblioteca Nacional de España

Así es: la exposición que acoge la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, muestra hasta el próximo 21 de junio una docena de manuscritos armenios bellamente ilustrados, incluido el que lleva por nombre Puerta del Cielo, fechado en 1755, en Manila, ciudad y archipiélago que desde antiguo albergaba una activa comunidad armenia. Y es que, pese a todas las persecuciones, la diáspora armenia ha sabido conservar su rico legado y cultura.

Una muestra de ese rico patrimonio son los manuscritos que expone el Instituto Matenadaran Mesrop Mashtots, la institución que conserva el mayor legado de este tipo de libros y que ilustra la rica cultura armenia: su historia, sus creencias, los asentamientos de la diáspora y la creación e iluminación de los códices manuscritos en sus scriptoria. Los códices son de contenido diverso y están fechados entre los siglos IX y XVIII. Además, se exponen también tres filacterias (pergamino tipo amuleto).

León V de Cilicia

El pueblo armenio fue muy apreciado en toda la cristiandad a lo largo de la Edad Media y, en el caso particular de España, hay que recordar que, en 1383, el rey Juan I de Castilla otorgó a perpetuidad el señorío de Madrid, Andújar y Villa Real al rey armenio León V de Cilicia durante su exilio, además de ingresos para su sostenimiento y protección, después de la caída de su reino. Este hecho constituye, sin duda, uno de los primeros vínculos entre los reinos cristianos de la Península Ibérica y Armenia, así como el reconocimiento de la autoridad real armenia en la Europa de ese tiempo. Pese a la distancia, hubo siempre una estrecha relación entre España y Armenia, manteniendo intercambios comerciales, eclesiásticos y académicos, y contactos diplomáticos…

Uno de los manuscritos más singulares es la Puerta del Cielo. Se trata de la única traducción del armenio al español del siglo XVIII que se conoce. La traducción fue realizada y luego copiada personalmente por el mismo Zakaria, hijo de Ter Martiros Jughayetsi, quien a su vez provenía de una de las familias de mercaderes más prominentes de la localidad persa de Nueva Julfa (hoy en Irán).

Manuscrito Puerta del Cielo

Y es que los mercaderes armenios jugaron un papel muy importante en Manila entre los siglos XVII y XVIII, cuando la capital de las Filipinas era un punto estratégico y de intercambio comercial fundamental del archipiélago con China, India y Nueva España. La obra, de tipo religioso y educativo, es una antología moral cristiana que guía a los fieles en su vida espiritual y en el modo de acceder al Cielo a través de la puerta de la fe. Se concibió como una forma de acercar a los miembros de la comunidad a las enseñanzas de la Iglesia católica.

Su contenido se fundamenta básicamente en la Biblia y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia. Sin duda, se trata del mejor ejemplo de la vitalidad de la comunidad armenia en las Filipinas del siglo XVIII, que destacaba no solo en el comercio, sino también en el ámbito cultural y religioso.

El libro concluye así: «Traducida del español a nuestra lengua vernácula armenia, para la lectura y el beneficio de los creyentes armenios, está adornada y enriquecida con las virtudes espirituales. Con la diligencia de Zakaria, hijo de Ter Martiros Jughayetsi de Isfahan, llamado hermano Francisco, monje de la sagrada orden franciscana, conocida como los “descalzos de san Francisco”. Escrita en el año del Señor 1755, en la capital de Manila, para la gloria de Nuestro Señor».

Jesús Caraballo

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