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FRASES HECHAS (V)

  • Ricardo Aller Hernández
  • 16/06/2026
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LLAMAR A CAPÍTULO

La expresión “llamar a capítulo” nació entre los muros de los monasterios medievales. En las órdenes religiosas, el capítulo era la reunión solemne de los monjes en la sala capitular, convocada por el abad para tratar asuntos relevantes.

El término capítulo procede del latín capitulum, diminutivo de caput (“cabeza”), y designaba tanto los capítulos de la regla que se leían en esas reuniones como el propio acto de congregarse.

En los monasterios benedictinos y cistercienses, el abad “llamaba a capítulo” para leer un fragmento de la regla y juzgar las faltas de los hermanos. 

<<(El abad) a capítulo un día llamó a la bien armada frailería” (Félix María de Samaniego)

PONERSE LAS BOTAS

La expresión parece tener raíces en la vida militar de los siglos XVII y XVIII: las botas eran parte esencial del equipo del soldado, pero también un objeto caro y difícil de conseguir.

Tras una victoria o un saqueo, los soldados regresaban con botín y podían permitirse equiparse mejor, incluida la compra de botas resistentes. Ese momento de prosperidad tras la escasez se convirtió en una imagen poderosa: el soldado victorioso se ponía las botas y celebraba con festines.

EL ÚLTIMO, QUE CIERRE

Existe una tradición histórica que la vincula con la corte de Felipe III y los pasadizos del duque de Lerma en la villa de Lerma (Burgos).

Lerma fue transformada a principios del siglo XVII por el todopoderoso valido del rey: el duque construyó un complejo palaciego monumental, lleno de pasadizos elevados y corredores privados que conectaban palacios, conventos y estancias nobiliarias, permitiendo al monarca moverse protegido del clima y de las miradas indiscretas.

Según la tradición oral burgalesa, cuando el rey avanzaba por estos corredores, los sirvientes debían abrir y cerrar las ventanas de los pasadizos a su paso, para regular la luz, el aire y la privacidad, y al terminar el recorrido se decía: «Que cierre el último».

Esta explicación no está documentada en fuentes primarias, pero sí aparece en tradiciones locales, guías históricas y relatos divulgativos sobre Lerma.

Otra explicación filológica se centra en los siglos XIX y XX, cuando en tabernas, talleres y comercios el dueño se marchaba antes que los demás y solía decir: «El último que cierre».

PARA NO MORIR AHORCADO, EL MAYOR LADRÓN DE ESPAÑA SE VISTIÓ DE COLORADO

La coplilla nació en el siglo XVII como sátira popular contra Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma. Lerma acumuló un inmenso poder y riqueza durante veinte años, hasta que en 1618, viendo que su caída en desgracia era inminente y ante el temor a ser procesado, pidió al papa Pablo V el capelo cardenalicio en 1618. Al recibirlo, se vistió de rojo —el color de los cardenales— y obtuvo inmunidad eclesiástica, escapando así de la justicia civil.

 IRSE A LA PORRA

En los antiguos ejércitos españoles, especialmente desde los siglos XVI y XVII, el tambor mayor o el sargento mayor portaban un gran bastón de mando, ricamente labrado y rematado con una bola metálica. Ese bastón se llamaba porra.

Durante las marchas, la porra servía para marcar el ritmo y mantener la formación y en los descansos del campamento adquiría otra función: se clavaba en el suelo y señalaba el lugar donde debían permanecer arrestados los soldados castigados por faltas leves.

EL PISUERGA PASA POR VALLADOLID

Su procedencia no está del todo clara, aunque una tradición muy extendida atribuye su popularización al rey Felipe II.

Según el Diccionario de dichos y frases hechas de Luis Alberto Buitrago, Felipe II habría utilizado esta frase en el siglo XVI: en 1560, el monarca decidió trasladar la corte de Valladolid a Madrid y la leyenda cuenta que, para justificar el cambio, comentó irónicamente el contraste entre la importancia de Valladolid y lo poco caudaloso que era el Pisuerga, usando esa observación como excusa para tomar una decisión que en realidad respondía a otros motivos.

ME IMPORTA UN PITO

La teoría más aceptada sitúa el origen en el ámbito castrense. En los ejércitos de los siglos XVI al XIX, el pito o pífano era un pequeño instrumento musical tocado por un pífano cuya función era acompañar marchas y señales.

Este puesto era ocupado por alguien de escaso rango y poca paga. Por eso, el “pito” se convirtió en símbolo de algo de poco valor.

Existe además una relación indirecta con otra expresión: “tomar por el pito del sereno”. El sereno, figura urbana del siglo XIX, usaba un silbato para avisar de incendios, dar la hora o pedir ayuda. Pero su autoridad era escasa y en ocasiones no se hacía caso.

SANTO DOMINGO DE LA CALZADA, DONDE CANTÓ LA GALLINA DESPUÉS DE ASADA

Esta expresión hace referencia a uno de los milagros más famosos del Camino de Santiago. Su origen está en una leyenda del siglo XIV, transmitida por peregrinos y recogida en crónicas y cancioneros.

La historia cuenta que, en tiempos de Santo Domingo de la Calzada (siglo XI), un matrimonio alemán peregrinaba a Santiago con su hijo, un joven llamado Hugonell. En una posada de la zona, la hija del mesonero se enamoró del muchacho, pero él no correspondió a sus avances. Ofendida, la joven escondió una copa de plata en el equipaje del peregrino y lo acusó de robo.

El corregidor lo declaró culpable y el muchacho fue ahorcado. Los padres, desolados, siguieron hasta Santiago para cumplir la promesa, y al regresar pasaron de nuevo por el lugar de la ejecución. Para su asombro, encontraron al hijo vivo, sostenido milagrosamente por Santo Domingo, que impedía que la cuerda le causara daño.

“Santo Domingo me sostiene”.

Los padres corrieron a avisar al corregidor, que en ese momento estaba comiendo. Escéptico, respondió con ironía:

“Vuestro hijo está tan vivo como este gallo y esta gallina que estoy a punto de comer”.

En ese instante, el gallo y la gallina asados se levantaron, recuperaron plumas y vida, y comenzaron a cantar. El corregidor, atónito, ordenó liberar al muchacho.

TIRAR LA CASA POR LA VENTANA

Las fuentes coinciden en situar el nacimiento del dicho en 1763, año en que Carlos III instauró la Lotería Nacional.

Cuando un afortunado ganaba un premio importante, celebraba su nueva riqueza arrojando por la ventana los muebles y enseres viejos, símbolo de que podía permitirse reemplazarlo todo por objetos nuevos y mejores.

LA OCASIÓN LA PINTAN CALVA

La frase procede de la representación clásica de la diosa Ocasión (Occasio), figura alegórica del instante propicio. En la mitología grecorromana se la pintaba con abundante cabello solo en la frente, totalmente calva por detrás, de puntillas sobre una rueda, con alas en los pies o la espalda y desnuda o cubierta apenas por un velo.

La imagen aparece descrita ya por Covarrubias, quien detalla el copete frontal y la cabeza desnuda como metáfora de la fugacidad del momento oportuno.

El refrán se documenta en español a principios del siglo XIX y entra por primera vez en el Diccionario de la RAE en 1869.

Tuve a mis pies postrada la Fortuna,

 y trajo del copete mi cordura

a la calva Ocasión al estricote».

            (El Quijote)

«El vagabundo, quizá por aquello de que a la ocasión la pintan calva, se comió tres platos de judías con chorizo…» (Camilo José Cela, Judíos, moros y cristianos)

TOMAR EL PELO

La teoría más aceptada sitúa el origen en los barberos del Siglo de Oro, quienes, además de afeitar y cortar el cabello, realizaban sangrías, sacaban muelas y vendían remedios milagrosos. Algunos de ellos, famosos por su picaresca, “tomaban el pelo” literalmente: agarraban un mechón para distraer al cliente mientras le cobraban de más o le vendían un ungüento inútil.

«¡No me tome usté el pelo, doña Mariquita, que bastante tengo yo con lo mío!» (Carlos Arniches,  Sainetes y comedias madrileñas)

PONER LA MANO EN EL FUEGO

En la Edad Media, especialmente entre los siglos IX y XII, existía un procedimiento judicial llamado ordalía, por el cual el acusado debía someterse a una prueba física —a menudo relacionada con el fuego— para demostrar su inocencia.

Una de las más conocidas era precisamente introducir la mano en el fuego, sostener un hierro candente o caminar sobre brasas. Si Dios protegía al inocente, la herida sanaría rápido y sin infección.; si era culpable, la quemadura sería grave y evidente.

«Pondría yo la mano en el fuego por su honestidad» (Cervantes, La ilustre fregona)

LAS PAREDES OYEN

La frase se documenta ya en el Siglo de Oro, cuando la vida en palacios, casas nobles y conventos estaba llena de espías, criados, alcahuetas y confidentes. Las viviendas de la época tenían tabiques finos, celosías, respiraderos y cámaras ocultas que permitían escuchar conversaciones privadas.

La expresión alcanzó fama gracias a la comedia de Juan Ruiz de Alarcón, Las paredes oyen (1617).

«Mirad lo que decís, que las paredes oyen.»

Ricardo Aller

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