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ARAGÓN MUDEJAR

  • Jesús Caraballo
  • 16/02/2022
  • Un comentario
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Aragón fue el hogar de miles de mudéjares  ―término que hace referencia a mudayyan o domesticados ― convertidos en moriscos tras la asimilación. Muchos de estos alarifes trabajaron en obras palatinas e Iglesias, esta vez bajo el dominio de la Corona de Aragón.

La tradición constructiva de la antigua Al Andalus está llena de edificios notables. Hay extraordinarios ejemplos de la expresión del poder, como la Aljafería ― construida por Al-Muqtadir a comienzos del siglo XI d.C ―. Se trata de un palacio fortificado-un castillo- que nos remonta a esas fortificaciones asiáticas, y demuestra ese “gusto por lo oriental y persa” tan característico de la marca superior andalusí.

Hay otras joyas de un valor histórico y simbólico extraordinario. La Parroquieta, una capilla anexa a la SEO – una de las dos catedrales de Zaragoza – y antigua mezquita mayor, nos muestra una serie de incógnitas que tienen un gran valor y significado. Fue aquí donde se hizo enterrar al arzobispo Don Lope Fernández de Luna (1321-1382), en una capilla decorada bajo una virtuosa cúpula de mocárabes, adornada con suras del Corán. Visualizar esta imagen nos puede dar una idea de que no todo fue un enfrentamiento entre musulmanes y cristianos, sino una cuestión que debería definirse por su complejidad, donde la síntesis cultural fue la principal seña de identidad en los numerosos reinos de la península. Hasta el punto de reutilizar como propios esos símbolos utilizados en los antiguos estados musulmanes.

En 1992 Javier Peña, arquitecto restaurador, observó una inscripción en el muro de la Parroquieta, situada en el evangelio de la catedral. Allí pudo observar una estrella, que aún se puede leer en grafía árabe: “Lo hizo Salama Ben Galib”. Y estaba escrita en cúfico, en una época (siglo XIV) donde no se firmaba en árabe.

Aunque ya se sabía de la existencia de esta inscripción, esta fue “convenientemente ocultada”, señala Javier Peña, con el fin de mantener las tesis de una datación muy posterior (siglo XIV), tal y como afirman algunos investigadores, quiénes señalan a un tal “Galí” como autor de la misma.

Durante años se consideró que esa inscripción fue realizada por mudéjares bajo dominio cristiano, aunque es sabido que en esa época firmaban en latín. “La impresión que se obtiene de este epígrafe es inequívocamente andalusí, tanto desde la perspectiva epigráfica como textual, propia de la época Hudí”, señala el arabista e historiador Virgilio Martínez Enamorado, aunque “la existencia de un maestro de obras de nombre Zalema de Gali, que trabajó a finales del siglo XIV en Zaragoza, introduce un elemento de duda nada desdeñable”, concluye en un reciente estudio publicado por Museos de la Región de Murcia.

Las tesis que sostienen Javier Peña y sus colegas es que en la torre no hubo trabajos mandados hacer por el arzobispo Lope Fernández de Luna, sino que sencillamente se hizo enterrar en un mausoleo de aquella dinastía de origen yemení; los Banu Hud.

En general consideramos que las torres aragoneses son mudéjares, pero varios arquitectos consideran que lo que hubo fue sencillamente una reutilización, por parte de los cristianos, de los alminares andalusíes de la antigua taifa de Zaragoza.

Un Al Andalus diferente

Es sabido que el mundo suní los enterramientos en cámaras no son comunes. Pero sí entre los abasíes, así como entre los chiíes, que proliferaron en Al Andalus gracias a la propaganda fatimí (909-1171) y a la influencia persa- abasida. Y es que los fatimíes – competidores de Córdoba – iban a sobrevivir a periodos fundamentales en la antigua Al Andalus, como el califato de Córdoba, el emirato almorávide y los preámbulos del califato almohade.

Las tesis que ha defendido Javier Peña, junto con sus colegas, José Miguel Pinilla, Jaime Carbonell o el ya fallecido Agustín SanMiguel, del Centro de Estudio Bilbilitanos, no dejan de ser incómodas, aunque hay evidencias para cuestionar la historia oficial. Muchas de las torres que nos presentan como mudéjares son mucho más antiguas. Las remontan al periodo andalusí, y así permanecen hasta ahora.

En ese sentido, la torre de la SEO no sería el único ejemplo de un edificio andalusí, calificada erróneamente como mudéjar.

San Pablo de Zaragoza ― construida durante la dinastía de los tuyibíes ― es otro ejemplo de arquitectura plenamente oriental, emparentadas con las torres octogonales de Asia central, de influencia persa.

La torre de Tauste representa también ese gusto por el camuflaje de los alarifes musulmanes  ¿Quién iba a imaginar que se atrevieran a tanto?. En el cuerpo superior de esta contundente zoma octogonal aparece una asombrosa inscripción con la profesión de fe musulmana, y que ha pasado desapercibida a lo largo de los siglos.

Todas estas esbeltas torres-sostienen los arquitectos- tienen en común su construcción andalusí. La experiencia restauradora refuta el mantra del “todo es mudéjar”, difundido por los historiadores del arte. Y este tema no es menor, pues pone en duda un paradigma clásico de la historiografía. Según esta tesis, estos alminares serían los más singulares y antiguos de Europa, con el añadido de que están vinculados tipológicamente con los del centro de Asia.

El ejemplo de estas  plantas de tradición persa-asiática las hace muy atractivas, y supone una auténtica excepción a los alminares del resto de la península.

Tras esta cuestión puede haber otros asuntos de interés: la primera es que tras la conquista cristiana apenas se retocaron esas magníficas torres. La explicación puede estar en la crisis demográfica y la escasez de recursos de los reinos cristianos, tras el despoblamiento provocado por la conquista, pero también nos da una idea de la extraordinaria síntesis cultural que se tuvo que dar hasta el siglo XIV-XV, tal y como vemos en los Reales Alcázares de Sevilla otro ejemplo de síntesis[ que vino a reflejar el poder unipersonal de Pedro I (mediados del siglo XIV). Y el mejor modelo político de centralización fue el que ofrecía el reino nazarí. En consecuencia, el lenguaje artístico que mejor expresaba esas pretensiones era el de los granadinos.

Tras la fitna cordobesa, muchos sabios y eruditos emigraron a la taifa de Zaragoza. Y con ellos multitud de libros, estudios y referencias tomadas directamente de los abasíes. Este trasvase de poder se produjo en un momento en el que el califato de Córdoba se auto destruía en luchas sectarias, étnicas, y hasta religiosas, como excusa para hacerse con el cetro del islam occidental.

La marca superior de Zaragoza y su vínculo abasí.

¿Qué tienen en común municipios como Beceite, Calaceite, Zaidín, La Zaida, Binaced, o el antiguo distrito de Zaydun, en la ciudad de Zaragoza?. Todas estas poblaciones hacen referencia al término zaidí, rama chií del Islam, actualmente seguida en una gran parte de Yemen, precisamente el lugar de origen de las dinastías que gobernaron en Zaragoza y su taifa. Estas toponimias refuerzan la idea de que en la marca superior el vínculo fue con la Bagdad-abasí. Y se desvinculaba del modelo califal cordobés.

Llama la atención el hallazgo de una moneda de Sulaiman Al Musta’in – el primero de la dinastía hudí –  con la inscripción chií de  “Ali es el amigo de Dios”, en una época donde la confusión se había adueñado de una Córdoba gobernada por los Hamudíes (1016), una dinastía chií bereber que gobernó desde la capital del califato durante un breve periodo de tiempo.

La relación con el mundo persa-asiático, con sus torres octogonales, la moneda de contenido chií, o los propios mausoleos relacionados con el mundo persa, cambian el panorama del Islam en la antigua Al Andalus. Habría que añadir la influencia de la enciclopedia de los Hermanos de la Pureza-Rasa’il Ijwan al-Safa’ (940-960), de contenido sufí chií- que tuvo su principal vía de penetración por el valle del Ebro. Said Al Andalusí señala al  geómetra Al Kirmani (murió en Zaragoza en el año 1066) como al principal responsable. Estas 51 epístolas-algunos autores señalan 52- tuvo como centro a Harrán-famosa localidad de los sabeos, conocidos esoteristas-o tal vez desde Basora, donde se transmitió esa visión netamente oriental que iba a penetrar desde el estuario del Tigris y el Éufrates, hasta el valle del Ebro, y que iba a influir en la obra de Ibn Bayya, el Avempace de los latinos, o en el gran filósofo Ibn Fathun.

Otro Al Andalus

Existe un Al Andalus muy diferente al que solemos vincular con el tercio sur de la península y el Levante peninsular.  El arte es la manifestación del poder, una visión del universo científico, político y social de la producción intelectual de una época. En ese sentido, valorar estas torres aragonesas como plenamente andalusíes, cambia radicalmente el panorama en la marca superior. Y tiene sentido al menos plantearlo. Los arquitectos que han llegado a estas conclusiones son expertos restauradores del patrimonio aragonés.

. Esto nos ofrece también una muy interesante perspectiva que hay que valorar, pues si bien la influencia norteafricana en el Al Andalus de las invasiones bereberes (amazig) fue determinante, no lo fue tanto en la marca superior andalusí. Esas torres son un buen ejemplo de ello.

Gran parte de las expresiones artísticas estaban al servicio del poder. No se concebían como departamentos estancos entre creyentes de diferentes comunidades. Al contrario, se servían del talento de los alarifes peninsulares. No es de extrañar pues que arzobispos fueran enterrados en estancias con inscripciones árabes, o que en Iglesias, como en Maluenda, existan inscripciones góticas con el nombre de los alarifes musulmanes que trabajaron allí.

En definitiva síntesis cultural universalista. Porque desde la desembocadura del Tigris y el Éufrates hasta el valle del Ebro media miles de kilómetros, y sin embargo, ahí estaba la clave para entender el enorme desarrollo intelectual producido en la península durante esa brillante época.

Jesús Caraballo

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