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JOSÉ DIONISIO CISNEROS, el Atila de Tuy

  • Cesáreo Jarabo
  • 13/01/2022
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José Dionisio Ramón del Carmen Cisneros Guevara nació en Nuestra Señora del Rosario de Baruta, el 8 de abril de 1793, hijo del mestizo Juan Antonio Cisneros y la india Paula Antonia Guevara. Se crio a orillas del río Guaire, y trabajó en Caracas, el Alto Llano y los valles del Tuy.

De oficio arriero, sirvió en el ejército especializándose en la guerra de guerrillas. Su experiencia militar, su conocimiento del territorio, su religiosidad y su patriotismo lo convirtieron en adalid de la Hispanidad.

En 1820 entró a combatir el movimiento separatista sirviendo como soldado de caballería con el coronel José Pereira contra José Francisco Bermúdez, dentro de la campaña del ejército colombiano que culminaría en la batalla de Carabobo. Pereira sería derrotado el 28 de mayo de 1821 en Macuto, cerca de Santa Lucía, y su compañía quedaría disuelta. Pero la guerra continuó con el apoyo de poblaciones enteras que proclamaban la unidad de España. Comandados por el mariscal Miguel de la Torre, el general Tomás Morales, el Capitán de Navío Ángel Laborde y Navarro. Seguirían  los levantamientos de Antonio Ramos en los llanos y Alejo Mirabal, de Manuel Ramírez y Juan Celestino Centeno entre los años  1823 y 1827, con la revolución de Agustín Bescanza, y el 29 con Arizábalo, donde militaban multitud de venezolanos.

Dionisio Cisneros, al mando de una guerrilla compuesta por blancos, negros, zambos, mulatos e indios se internó en las montañas y hasta 1831desarrolló una actividad bélica, siempre al servicio de España en el territorio que tan bien conocía los valles del Tuy, Barlovento, Guárico y Anzoátegui. 

En estos momentos, el ejército de la Gran Colombia, y para evitar que los labradores se alistasen en la partida de Cisneros, destacó la denominada Milicia Nacional, objetivo al que aplicaban las medidas que ya había ordenado Bolívar en 1813 con su decreto de guerra a muerte, y que en esta ocasión se llevaba a cabo con una política de tierra quemada, destruyendo bienes especialmente agrícolas y fusilando a quienes los gestionaban. 

Y es que una importante parte de la población era manifiestamente patriota, y además de la población rural, Cisneros contaba con el apoyo de no pocos venezolanos que veían como empeoraba la situación. Las guerrillas se coordinaban, y el ejército republicano tenía cada vez más dificultades para recibir suministros y el apoyo de la población civil revertía en gran medida hacia los insurgentes, cansada de los abusos que cometían los teóricamente encargados de su defensa.

Le apoyaban labradores y hacendados que le proveían de todo tipo de apoyos, fuese de combatientes, ropa, alimentos, información, movimiento de las tropas enemigas o pertrechos. 

Cisneros manifestaba ser fiel defensor del catolicismo y de la monarquía; dos principios combatidos por la nueva colonia británica, y como consecuencia, el gobierno de Caracas le pidió al arzobispo Ramón Ignacio Méndez de la Barta el envío de sacerdotes con la misión de convencer al patriota para que se sometiese a los dictados del gobierno, extremo que fue rechazado por el prelado. 

Pero la propaganda del nuevo estado títere británico señalaba que Cisneros saqueaba, violaba, extorsionaba y reclutaba a la fuerza a los habitantes. Y es que el general que dirigía la represalia tenía un extraño nombre para el lugar: Edward Stoppford.

El coronel Edward Stoppford ― curiosamente, inglés ― llegó a la Isla Margarita en 1819 al mando de fuerzas de infantería británicas para luchar junto a Bolívar. Con la ayuda de un guía, secuestró al hijo de Cisneros y se lo entregó a Páez, el cual, aun siendo masón, lo bautizó. Luego Páez escribió a Cisneros llamándolo compadre y amigo   ― vínculo que, significativamente, le permitirá eliminarlo ―.

El 8 de diciembre de 1824, y al grito de «¡Viva el rey!», hacendados y labradores de Mariches intentaron tomar Petare, Río Chico y El Guapo. Cisneros fue acosado y le fue ofrecido un indulto que desatendió. Fue acorralado y diezmadas sus tropas se dio por concluida la sublevación, pero a poco recuperó la actividad.

En 1824, con Cisneros fugado, la reacción patriota conocería su mayor esplendor y coordinación con la llegada de un oficial español a sus costas: José Arizábalo y Orobio, cuya actuación está por determinar si, en connivencia con Fernando VII y con Inglaterra estaba, no destinada a apoyar a Cisneros, sino a neutralizar la acción del caudillo patriota. Sea como fuere, Arizábalo, que había tomado parte en la farsa de Ayacucho de 9 de diciembre de 1824, apareció de extraña forma en la Gran Colombia, organizó una partida e intentó subordinar a Dionisio Cisneros que, a lo que se ve por su actuación, no se fiaba de él. Finalmente, y tras fracasar en el intento de acercamiento a Cisneros, Arizábalo capitulaba el 18 de agosto de 1829, cuando se le ofreció una recepción en la que el brindis fue ofrecido por el homenajeado a la salud de Fernando VII, que fue secundada por un  “¡Viva!” por todos los presentes.

Las ofertas de indulto eran inequívocamente rechazadas por Dionisio Cisneros a pesar de haber sido secuestrado su hijo por José Antonio Páez, quién lo crió y educó con la esperanza de que esta relación le hiciese deponer las armas, al tiempo que lo presentaba como bandolero.

En 1830 se disuelve la Gran Colombia, y la disolución de las guerrillas realistas se produce con un armisticio del General Páez, que había desarrollado todo tipo de tretas para dominar al patriota. 

El 1 de Septiembre de 1831 Páez proponía atraerse a Cisneros, sin pretender que asumiese los principios de la constitución gran colombiana; y, remarcando los gravísimos aprietos en que la actuación de este había puesto al triunfante separatismo, proponía poco menos que un chantaje con el ofrecimiento de tierras y dinero. Él mismo reconoce los argumentos:

Téngasele si se quiere como una fiera que comienza a domesticarse, hasta que olvide sus caprichos y pierda sus recursos cambiándolos por otros que le proporcionen tranquilidad y el bienestar de su persona y de su familia; y entonces será la oportunidad de hacerle entrar en deberes como en el pleno goce de sus derechos. (Páez: 170)

Finalmente,  el 22 de noviembre de 1831 Cisneros se entregó a José Antonio Páez, que ya era presidente de la república de Colombia. Sería su sentencia de muerte…, que aún tardaría dieciséis años en llegar, una vez reconocida por España la independencia de Venezuela en 1846. En diciembre sería arrestado, el 8 de enero de 1847 sería condenado a muerte, y el 13, ejecutado. 

Al respecto afirmará Páez: 

“Me vi obligado a entregarle a un consejo de guerra, que le condenó a ser pasado por las armas con unánime aprobación de todos los ciudadanos, que nunca tuvieron mucha fe en la conversión de mi compadre”Viendo yo que la fuerza era impotente para destruir al bandido, y que la persecución le excitaba á nueva audacia y mayor energía, me propuse valerme del halago para atraerle á la vida civilizada. Si logro que el indio se ponga zapatos, decía yo á mis amigos, la cuestión está decidida á favor nuestro. Una de las guerrillas que le perseguían le cogió un hijo de pocos años, al cual hice yo bautizar sirviéndole de padrino y encargándome de darle educación. Favorable me pareció tal coyuntura para entrar en relaciones con el padre, y di principio á una curiosa correspondencia que conservo íntegra. Comencé por informarle del parentesco espiritual que habíamos contraído, y el cual nos obligaba á ambos á tener la mayor confianza mutua. Su respuesta fue más amable de lo que debí esperar de la rusticidad de su carácter, y ya cobré ánimo para proponerle que abandonase la vida errante por los bosques para buscar el reposo y tranquilidad de la vida civilizada protegida de las leyes.

Cesáreo Jarabo

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