LOS OQUENDO, MARINOS DONOSTIARRAS (I)

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Miguel de Oquendo y Segura nació en San Sebastián (1534), en una humilde casita de los arenales de Ulía, hijo de Antonio de Oquendo y María Domínguez de Segura. Siendo mozo desempeñó oficios mercantiles y artesanos, pero hacia los 15 años se enroló en la Marina efectuando diversas travesías, entre ellas la de América. Luego aprestó sus propios navíos con los que hacía travesías y comercio, lo que le enriqueció. En 1562 se casó con la hija de un licenciado, María de Zandategui, reedificó su casa de Ulía y llegó a ser regidor y alcalde de la ciudad. Fue padre del famoso marino Antonio de Oquendo.

En el año 1575 participó con una nave de su propiedad en la jornada de Orán y siete años después, como capitán general de la escuadra de Guipúzcoa, en la batalla de la Isla Terceira a las órdenes de Álvaro de Bazán. En esta batalla rindió a la Almirante Francesa, poniendo en ella su bandera y apoderándose de la enemiga como trofeo. En 1583 reconoció la costa de la Isla Terceira para determinar el lugar de desembarco, en el que tomó parte con la consiguiente conquista de la isla dando apoyo naval a las operaciones.

Posteriormente, fue nombrado teniente de la Gran Armada, para complementar los pocos conocimientos marineros de Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, duque de Medina Sidonia. Su nave fue incendiada y tuvo que abandonarla. Murió en su casa donostiarra el 2 de octubre de 1588, tras regresar de la desastrosa jornada de la Invencible.

Por su parte, su hijo, Antonio de Oquendo y Zandategui fue un marino y militar español, almirante general de la Armada del Mar Océano, que participó en más de cien combates navales. Nació en San Sebastián, en octubre de 1577 siendo su madre María de Zandategui, señora de la torre de Lasarte y su padre Miguel de Oquendo, el capitán general de la Armada de Guipúzcoa.

A los 16 años ingresó con la plaza de caballero entretenido en las galeras de Nápoles, mandadas a la sazón por Pedro de Toledo, distinguiéndose en seguida «por su bella índole y gran fondo de talento militar». Hacia 1594 pasó a la Armada del Océano, cuyo general era entonces don Luis Fajardo. Cuando aún no tenía 18 años se le dio el mando de los bajeles ligeros Delfín de Escocia y la Dobladilla, pertenecientes a dicha armada.

En el año 1604 había un corsario inglés que con dos buques atacaba y extorsionaba a los pueblos de Andalucía, Galicia y Portugal por lo que el 15 de julio partió de Lisboa con la misión de dar caza al corsario que encontró al alba del 7 de agosto en el golfo de Cádiz; el corsario le abordó, metiéndole cien hombres dentro de su buque. Oquendo, al cabo de dos horas de combate, batió a todos, habiendo muchos muertos y heridos de ambas partes. El corsario trató de desaferrarse para huir, pero Oquendo entró con su gente, apresándolo. El otro buque, que se había estado batiendo al cañón con la “Dobladilla”, huyó a toda fuerza de vela y no pudo ser alcanzado. Los españoles quedaron muy averiados, arribando a Cascais.

Fue recibido triunfalmente en Lisboa, felicitado por el rey Felipe III y por su capitán general don Luis Fajardo. Esta sería la última acción de la guerra anglo-española (1585-1604), ya que a final de mes se firmaría el Tratado de Londres. Tres años después fue nombrado gobernador de la escuadra de Vizcaya al fallecer Martín de Bertendona. Con esta armada guardaba las costas ante las amenazas de los neerlandeses, que venían dispuestos a incendiar los buques españoles en los puertos cantábricos y que, ante la noticia de la salida de la armada de Vizcaya, se retiraron. En junio fueron puestas a sus órdenes las escuadras de Guipúzcoa y de las Cuatro Villas, y junto a la de Vizcaya compusieron la escuadra llamada del Cantábrico. Con estas fuerzas efectuó muchos cruceros, protegiendo la llegada de las flotas de Indias y haciendo numerosas presas. En el mismo año fue nombrado general de la flota de Nueva España, sin cesar en la escuadra de Cantabria, con la que continuó al terminar su comisión de América.

Sirvió también con sus fuerzas, en calidad de almirante, a las órdenes del príncipe Filiberto de Saboya, que ostentaba el título de Príncipe de la Mar. Filiberto hizo ante el rey un caluroso elogio de Oquendo, y el rey confirió a este el hábito de Santiago y encargó a don Rodrigo Calderón que, de su mano y en representación de él, le armase caballero.

En 1619, Juan Fajardo, almirante general de la escuadra del Océano, pidió permiso para retirarse, permiso que le fue denegado por confiársele la guarda del Estrecho. Fajardo decidió retirarse sin el permiso real, por lo que fue arrestado y encerrado en el castillo de Sanlúcar de Barrameda. Oquendo fue nombrado para sustituirle, pero este se excusó diciendo que estaba dedicado al alistamiento de su escuadra y a la construcción de un navío que había de servirle de capitana. Al mismo tiempo señalaba la inconveniencia de tal sustitución, comunicando al secretario Arostegui: «que el no ir a servir no era falta de voluntad, sino que por no lo hacer con honra, es mejor excusarlo».

Molestos los miembros del Consejo contra el que se atrevía de este modo a darles lecciones, propusieron al rey que se quitase el mando a Oquendo y fuese encerrado en el castillo de Fuenterrabía. Poco después le fue conmutada a Oquendo esta prisión por la reclusión en el convento de San Telmo, en San Sebastián, con permiso para poder salir a inspeccionar su galeón. Intervino al fin su protector, el príncipe Filiberto, cuyos buenos oficios lograron su liberación.

En los primeros tiempos del reinado de Felipe IV, Oquendo fue consultado por su ministro el conde-duque de Olivares sobre asuntos de Indias, servicio naval y comercio de Tierra Firme y en 1624 fue procesado, acusado de irregularidades en su mando y favoritismo, admitiendo en la flota buques inadecuados, por pertenecer a sus amigos, y también de no permitir las necesarias reparaciones en los buques y de una injustificada invernada en La Habana. De tal modo, los galeones Espíritu Santo y Santísima Trinidad se habían ido a pique por ir en malas condiciones, perdiendo el tesoro de su carga. Pudo rebatir cumplidamente todos los cargos que se le habían hecho a impulso de la envidia de sus contrarios, y al cabo de año y medio se pronunció la sentencia: privación del mando de las flotas de Indias durante cuatro años, «menos los que fuesen voluntad de Su Majestad, de su Consejo de Indias o de la gente de Indias, en su real nombre», y doce mil ducados de indemnización por lo perdido en los galeones.

Jaime Mascaró

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