
En el momento de hacer un análisis sobre la vida y obra de José Antonio deberíamos definirlo como un pensador de acción que siempre supo darse a entender. Se le puede, y se ha hecho, acusar de muchas cosas, menos de una: la claridad de su pensamiento y la convicción de que, posiblemente, fue el único hombre de su época que en todo momento supo lo que quería.
La presente monografía pretende quedar fuera de toda ideología y arenga partidista. La intención es dar a conocer los principales momentos, tanto personales como públicos, que definieron el carácter y formaron la vida de José Antonio.
Decía José Antonio que en política es lícito casi todo menos tener prisa, la prisa provoca en el político cualidades tiránicas. Por eso, saber llegar y permanecer en la política es difícil si se desea hacerlo con honestidad.

El pensamiento joseantoniano es luminoso, se esté de acuerdo o no, estremecedor y humano. Es un pensamiento que busca la verdad, basada en su amor a España. Fue un intelectual metido en política por circunstancias muy particulares. No aceptaba el discurso de personas que no se hacían entender, no por su pobreza de léxico, si no por su anemia intelectual. José Antonio entendió la política como una función religiosa y poética, reveladora del auténtico destino de un pueblo, según palabras del profesor Adolfo Muñoz Alonso.
Su capacidad de reflexión le tendría que haber llevado hacia la filosofía, de ahí su admiración continua por Ortega y Gasset, o por potenciar sus dotes en la abogacía que ejerció a lo largo de su corta vida. De hecho, por su nobleza de palabra y su espiritualidad, José Antonio, cumplía con las condiciones que Ortega exigía a un ser humano para considerarlo como “hombre ejemplar”.
No se debe mitificar la figura de José Antonio, a mi juicio la de nadie, porque la mitificación supone condenar a la figura tratada a la permanente polémica. Más aun teniendo en cuenta que la cualidad más apreciada por José Antonio era la formación. A cualquier persona que le importe aumentar su capacidad intelectual no se le puede embalsamar y tratar con carácter sobrenatural, sería ir contra de lo que esa persona trató de alcanzar a lo largo de su vida. Por eso José Antonio, no entendía a los llamados intelectuales de su época, de los que decía que en ellos vivían dos hombres: el intelectual que se comportaba como tal cuando procedía, y el hombre vulgar ni siquiera teñido de cultura, impaciente y envanecido.

El legado de José Antonio nos ha llegado a través de sus discursos, artículos, intervenciones parlamentarias, entrevistas y cartas. En todos ellos muestra su preocupación por el destino de España y su tardanza en despertar de un letargo agónico. Sus críticas más agudas se dirigieron al sistema parlamentario, el liberalismo, el separatismo y el marxismo. No se puede discutir la capacidad sólida, inflexible y emotiva de su dialéctica como se puede comprobar en sus discursos y artículos, ni la ironía y agilidad que demostró en sus debates parlamentarios; esto de forma independiente a que se pudiesen rebatir y contra argumentar.
José Antonio, era un idealista nato, pero su idealismo lo sentía de verdad. Cuando hablaba de lo importante que era estar al servicio de la nación, lo expresaba con las siguientes palabras: “Para mantener el título de gobernante no basta con ofrecer a la Patria los mejores esfuerzos; no basta con agotar la salud y ofrecer la vida por el bien del pueblo que se gobierna; no basta con apartarse de cuantos cuidados exigen la familia y hacienda propias. Hay que llegar a más: el despego de toda recompensa, incluso de aquella que consiste en el público aplauso”.
José Antonio conoció muy bien los problemas que acuciaban a la España que le tocó vivir e incidía en lo que ya hemos reseñado, en el insalvable distanciamiento que existía entre los intelectuales y el pueblo. Apostaba porque España fuese la nación socialmente más sana del mundo, pero para conseguir esto necesitaba un poco más de trabajo, de buena administración, de cordialidad y un poco menos de pedantería.

José Antonio criticaba duramente la democracia por no estar asentada en un principio fuerte y permanente. Si los principios están expuestos a los vaivenes de la opinión, solo hay libertad para los acordes con la mayoría. Hacía un paralelismo con las tiranías medievales diciendo que bajo estas tiranías a las víctimas les quedaba el consuelo de saberse tiranizados. Pero tanto el tirano como el súbdito tenían la libertad para pensar libremente quien tenía la razón. En la democracia esto no existe porque la ley está por encima de todo. El ciudadano es el oprimido que puede ser tachado de díscolo si pone en duda la ley que cree que es injusta. Ni si quiera esa libertad le queda.
Atendiendo al carácter filosófico-político de la doctrina joseantoniana, conviene resaltar tres ideas claras que nos dejó sobre la Nación:
1ª.- España es portadora de la unidad de su destino, y no ninguno de los pueblos que la integran. Los pueblos que la forman se unieron y encontraron en el conjunto la justificación histórica de su existencia.

2ª.- España es irrevocable. Los españoles no tienen nada que decir acerca de la esencia misma de España. España no es nuestra, la hemos recibido gracias al esfuerzo de muchas generaciones anteriores. Desintegrar España sería un fraude abusivo y una alevosa traición.
3ª.- Sobre los estatutos regionales estaba en contra de concederlos por el simple hecho de pensar que una región ya ha conseguido la mayoría de edad para ello, como aducían muchos. Para José Antonio, esto significaba que se tenía que conceder un estatuto a una región cuando se sentía lo suficientemente desligada de la personalidad del conjunto, y por lo tanto era una aberración.
José Antonio entró en política, esencialmente, para defender el legado de su padre, el General Miguel Primo de Rivera, ante las acusaciones que la República le estaba haciendo. Lo único que criticaba de su padre fue que a su dictadura le faltó elegancia dialéctica. Como decía de él el maestro Adolfo Muñoz Alonso: “José Antonio pretende realizar en la política la encarnación de las ideas de Ortega”, llevando sus ideas a la conciencia popular española de raigambre cristiana.
José Carlos Sacristán Abad

