
Cierto es que en algunas partes hubo una gran mortandad, derivada de las infecciones de enfermedades transportadas por los españoles. América fue un encuentro para todo; para lo bueno y para lo malo. Los españoles murieron por enfermedades tropicales a las que los indígenas eran inmunes, y contrajeron, entre otras cosas, la sífilis. Parece injusto acusar a los indígenas americanos de esa mortandad. En sentido contrario, sin embargo, y sin duda alarmado por la inmensa mortandad, señala Fray Bartolomé de las Casas:
La isla de Cuba es casi tan luenga como desde Valladolid a Roma; está hoy casi toda despoblada. La isla de Sant Juan e la de Jamaica, islas muy grandes e muy felices e graciosas, ambas están asoladas. Las islas de los Lucayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba por la parte del Norte, que son más de sesenta con las que llamaban de Gigantes e otras islas grandes e chicas, e que la peor dellas es más fértil e graciosa que la huerta del rey de Sevilla, e la más sana tierra del mundo, en las cuales había más de quinientas mil ánimas, no hay hoy una sola criatura. (Casas, Brevísima)
Las exageraciones que Las Casas deja patentes quedan expresadas de forma preclara en su “Apología” cuando, siendo que la obra está escrita a principios del siglo XVI, afirma:

Quizá les han hecho grandes injurias con violencia cruel y salvaje, como es el caso de los indios que mataron a algunos predicadores, no porque fueran predicadores, sino porque ellos y todos los pueblos indios habían recibido de los españoles injurias y daños inauditos desde hace siglos. (Las Casas, Apología: 168)
Dando por sentado que Las Casas decía verdad al asegurar que contra los indios se cometieron injurias generalizadas, ¿se venía haciendo desde hacía siglos?
Las exageraciones de Fray Bartolomé no se ceñían en exclusiva al maltrato de los indios, que como queda reflejado, existió, pero cabe preguntarse hasta dónde existió, si atendemos otras informaciones suministradas por el mismo relator, que presentaba la isla de Trinidad más grande que Sicilia, así como otras exageraciones de ese mismo tenor, por ejemplo:
El un reino se llamaba Maguá, la última sílaba aguda, que quiere decir el reino de la vega. Esta vega es de las más insignes y admirables cosas del mundo, porque dura ochenta leguas de la mar del Sur a la del Norte. Tiene de ancho cinco leguas y ocho hasta diez y tierras altísimas de una parte y de otra. Entran en ella sobre treinta mil ríos y arroyos, entre los cuales son los doce tan grandes como Ebro y Duero y Guadalquivir. (Las Casas. Brevísima, Indias: 5)
Maguá es una región al nordeste de La Española. De ser cierta la afirmación del dominico, sencillamente no existiría esa superficie de tierra, ya que viene a ser la quinta parte de La Española, cuya superficie total es de 76.480 km2… Unos 15.000 km2 para 12 ríos tan grandes como el Ebro, cuya cuenca hidrográfica ocupa 86.100 km2.
Parece que en lo relativo a la geografía humana usaba de los mismos argumentos, siendo que de todo echaba la culpa el dominico a los españoles en general y a la encomienda en particular, con lo que generó un falso conocimiento de la realidad de los unos y de la otra, dando lugar a la idea inexacta de lo que era la encomienda.

Y en cuanto a otros aspectos…
han sacado de aquella provincia (de Nicaragua) indios hechos esclavos, siendo tan libres como yo, más de quinientas mil ánimas. Por las guerras infernales que los españoles les han hecho e por el captiverio horrible en que los pusieron, más han muerto de otras quinientas y seiscientas mil personas hasta hoy, e hoy los matan. En obra de catorce años todos estos estragos se han hecho. Habrá hoy en toda la dicha provincia de Nicaragua obra de cuatro mil o cinco mil personas, las cuales matan cada día con los servicios y opresiones cotidianas e personales, siendo (como se dijo) una de las más pobladas del mundo. (Las Casas. Brevísima, Indias: 12)
Y más…
En este reino o en una provincia de la Nueva España, yendo cierto español con sus perros a caza de venados o de conejos, un día, no hallando qué cazar, parescióle que tenían hambre los perros, y toma un muchacho chiquito a su madre e con un puñal córtale a tarazones los brazos y las piernas, dando a cada perro su parte; y después de comidos aquellos tarazones échales todo el corpecito en el suelo a todos juntos. (Las Casas. Brevísima, Indias: 21)
Los escritos relativos al maltrato infligido a los indios son espeluznantes, pero, sin por ello quitar importancia al maltrato que realmente existió (pensemos en las denuncias de Fray Antonio de Montesinos), no pasan de ser un relato novelesco de terror. De otro modo, en lugar de ser intemporales, sin ubicación concreta y sin señalamiento de algún responsable, estarían plagados de nombres con los que relacionar los hechos.
Después de todo, lo curioso es que Las Casas admite contra los herejes los métodos que según él se aplicaban a los indios.
No obstante, parece que, efectivamente, en las encomiendas se producían excesos inaceptables, pero también es cierto que la sabiduría popular nos indica que no se pueden cazar moscas a cañonazos… Y a lo que parece, justo eso fue lo que hizo el buen dominico, obteniendo un crédito sin límites nada menos que en el Rey Carlos I, que no sólo protegió al autor de un libelo (la Brevísima relación de la destrucción de las Indias), sino que facilitó la difusión de este.

Es encomiable la labor de nuestro personaje. Su ardiente defensa del indio, que en gran parte no es más que muestra de la actitud desarrollada por España, ha servido para crear, junto a los dicterios de Antonio Pérez, la leyenda negra contra España que con tanta profusión fue divulgada por Europa… y que hoy nadie se cree, salvo los españoles, acomplejados de su ejemplar historia e incapaces de ver, hoy, la diferencia entre la realidad humana existente también hoy en el mundo hispánico y la existente en el mundo anglosajón. Argumento que no se sostiene tras una mera observación del mapa humano de América existente en 2018.
Por todo lo publicado, y sin lugar a duda, Las Casas representa la piedra angular de la leyenda negra, que alcanza situaciones límite que sólo pueden encontrarse en lo acaecido en Australia con la dominación británica, donde se cazaba a los aborígenes hasta 1945.
Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. (Las Casas. Brevísima, Indias: 4)
Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla), no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizoles el fuego hasta que se asaron de despacio como él quería. (Las Casas. Brevísima, Indias: 5)
Vide… ¿Dónde? Si tiene las agallas de decir semejante cosa, ¿por qué no dice dónde?, ¿por qué no dice quién? ¿Será mentira?

Pero las resultas de la publicación de la obra de Bartolomé de las Casas tuvieron como consecuencia la reacción de los enemigos de España, que acogieron las barbaridades que con intención bondadosa dice el dominico como arma arrojadiza contra un imperio que amenazaba con expandirse sin límite por el mundo, difundiendo la doctrina cristiana en todas las latitudes. Los enemigos políticos del emperador Carlos y los partidarios de la Reforma religiosa, que acababan siendo la misma cosa, difundieron la obra proclamando la crueldad del pueblo español, que masacraba a los indígenas. Poco importa que el hecho fuese falso; poco importa que los europeos sí aplicasen el genocidio. Lo importante era, como hoy es, la propaganda… Y todo sin atender al hecho de que el Imperio Español apoyaba a quién tales barbaridades decía, y le daba un cargo político: el de Defensor Universal del Indio.
Y lo que es evidente es que «Las Casas se pierde siempre en vaguedades e imprecisiones. No dice nunca cuándo ni dónde se consumaron los horrores que denuncia, tampoco se ocupa de establecer si sus denuncias constituyen una excepción. Al contrario, en contra de toda verdad, da a entender que las atrocidades eran el único modo habitual de la Conquista.» (Messori:)
Y no fue sólo Carlos I. Felipe II, como su padre hizo toda la vida, confiaba en Las Casas; lo nombró miembro de su “consejo privado” y lo invitó a participar en los procedimientos diarios del Consejo de las Indias. El 18 de julio de 1566, a la edad de ochenta y dos años, Bartolomé de Las Casas murió en el convento dominico de Nuestra Señora de Atocha en Madrid.

No obstante, las denuncias efectuadas por Fray Bartolomé de las Casas fueron respondidas por Juan Ginés de Sepúlveda, jurista de primer orden que frente a las teorías buenistas de Las Casas, defendía el derecho de Conquista de España, basándose, entre otros argumentos, en que si no era España quién conquistase y expandiese la doctrina cristiana, serían los herejes europeos quienes conquistarían y someterían bajo un signo distinto. Sobre la licitud de la conquista de América publicó en Roma en 1550 Democrates alter, sive de iustis belli causis suscepti contra Indos, que curiosamente sería prohibido en España, mientras la obra de Bartolomé de las Casas fue editada en Sevilla con todos los plácemes.

Fr. Bartolomé de las Casas, que tenía más de filántropo que de tolerante, procuró acallar por todos los medios posibles la voz de Sepúlveda, impidiendo la impresión del Democrates alter en España y en Roma, concitando contra su autor a los teólogos y a las universidades, y haciendo que el nombre de tan inofensivo y egregio humanista llegase a la posteridad con los colores más odiosos, tildado de fautor de la esclavitud y de apologista mercenario e interesado de los excesos de los conquistadores. (M. Pelayo)
Lamentablemente este tipo de pago a sus grandes hombres no es extraño en España. El mismo Hernán Cortés, que en esas fechas se encontraba en España, fue manifiestamente desdeñado, despreciado y marginado después de haber llevado a efecto una de las hazañas más grandes jamás realizadas por el género humano, de la que España siempre deberá sentirse sumamente orgullosa. Evidentemente, Hernán Cortés pagó la culpa del sarampión y de la gripe, y Sepúlveda, también, y todo para que, además, España entera esté pagando durante cinco siglos su incompetencia al ser incapaz de poner a sus héroes y sus hazañas en el lugar que les corresponde, mientras ignora como perrito fiel los genocidios de sus eternos enemigos, a quienes sigue y obedece lacayunamente mientras digiere como ejemplos de perfección las mentiras que sobre la actitud de cada pueblo en la Historia han compuesto los ilustrados.
Es de destacar lo que el dominico decía sobre Hernán Cortés, sin llegar nunca a nombrarlo:
desde la entrada de la Nueva España, que fué a dieciocho de abril del dicho año de dieciocho, hasta el año de treinta, que fueron doce años enteros, duraron las matanzas y estragos que las sangrientas e crueles manos y espadas de los españoles hicieron continuamente en cuatrocientas e cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de Méjico e a su alrededor, donde cabían cuatro y cinco grandes reinos, tan grandes e harto más felices que España…/… Estas tierras todas eran las más pobladas e llenas de gentes que Toledo e Sevilla, y Valladolid, y Zaragoza juntamente con Barcelona, porque no hay ni hubo jamás tanta población en estas ciudades, cuando más pobladas estuvieron, que Dios puso e que había en todas las dichas leguas, que para andarlas en torno se han de andar más de mil e ochocientas leguas. Más han muerto los españoles dentro de los doce años dichos en las dichas cuatrocientas y cincuenta leguas, a cuchillo y a lanzadas y quemándolos vivos, mujeres e niños, y mozos, y viejos, de cuatro cuentos de ánimas. (Las Casas. Brevísima, Indias: 13)
Estas acusaciones debieron pesar en la orden de la que era portador el nuevo gobernador de la Nueva España, Diego Colón, que en 1522 estaba obligado a proceder con todo rigor contra Cortés, hasta matarle si ofrecía resistencia.
Parece como si la labor de Las Casas tuviese cierta relación con la amistad que le unía al gobernador de Cuba, Diego Velázquez, que por su parte llevaba ejerciendo una guerra declarada a Hernán Cortés. En ese orden, el monje hace un relato de la “Noche Triste”, y de las acciones heroicas de Cortés, que podemos calificar de penoso, y por supuesto, de base para la leyenda negra.

Un hecho concreto, el de Cholula, puede servirnos de ejemplo. En este lugar presentaron una celada a Cortés, con ánimo de matar a todos los españoles que fue desarticulada por Malinche, que fue avisada por una india conspiradora para que abandonase la compañía de los españoles.
y si ella se quería salvar, que se fuese con ella, que ella la guarecería…. después que tuve los Señores dentro en aquella sala, los dejé atando, y cabalgué, e hice soltar la escopeta, y dímosles tal mano, que en dos horas murieron más de tres mil hombres. Y porque Vuestra Majestad vea cuán apercibidos estaban, antes que yo saliese de nuestro aposentamiento, tenían todas las calles tomadas, y toda la gente a punto, aunque como los tomamos de sobresalto, fueron buenos de desbaratar, mayormente que les faltaban los Caudillos, porque los tenía ya presos, e hice poner fuego a algunas torres, y casas fuertes, donde se defendían, y nos ofendían. Y así anduve por la ciudad peleando, dejando a buen recaudo el aposento, que era muy fuerte, bien cinco horas, hasta que eché toda la gente fuera de la ciudad, por muchas partes de ella, porque me ayudaban bien cinco mil indios de Tascaltecal, y otros cuatrocientos de Cempoal…./… Muteczuma tenía allí, en tal parte, que según después pareció, sería legua, y media, cincuenta mil hombres en guarnición para hacerlo. Pero que ya conocían cómo habían sido engañados, que soltase uno, o dos de ellos, y que harían recoger la gente de la ciudad, y tornar a ella todas las mujeres, y niños, y ropa que tenían fuera, y que me rogaban, que aquel yerro les perdonase, que ellos me certificaban, que de allí adelante nadie los engañaría, y serían muy ciertos, y leales vasallos de Vuestra Alteza, y mis amigos. (Cortés: 56)
Las cosas empeorarían cuando Cortés estaba en Tenochitlán, ya que a socapa de la alianza que pactó con Moctezuma, se gestó una traición en Veracruz, donde los indios acabaron asesinando a unos españoles que, confiados en la alianza, acompañaron a servidores de Moctezuma.
En sus Cartas de relación, Cortés deja perfectamente expresada la situación, pero Las Casas, que demuestra conocer el texto, lo interpreta, como hace con las otras cuestiones, a su aire; obvia la retahíla de traiciones y celadas que Moctezuma hizo a Cortés; obvia que el ejército de Cortés estaba compuesto en porcentajes cercanos al 100% por indios; obvia que estos indios no pudieron entrar en Tenochtitlan por expresa imposición de Moctezuma, y obvia la traición que directamente provocó su captura.
Las Casas relata así el hecho, prácticamente calcado del relato hecho por Cortés, salvo en el hecho, significativo por demás, que el plazo del prendimiento de Moctezuma lo reduce, de seis días, a prácticamente la inmediatez.

De Cholula caminaron hacia Méjico, y enviándoles el gran rey Motenzuma millares de presentes, e señores y gentes, e fiestas al camino, e a la entrada de la calzada de Méjico, que es a dos leguas, envióles a su mesmo hermano acompañado de muchos grandes señores e grandes presentes de oro y plata e ropas; y a la entrada de la ciudad, saliendo él mesmo en persona en unas andas de oro con toda su gran corte a recebirlos, y acompañándolos hasta los palacios en que los había mandado aposentar, aquel mismo día, según me dijeron algunos de los que allí se hallaron, con cierta disimulación, estando seguro, prendieron al gran rey Motenzuma y pusieron ochenta hombres que le guardasen, e después echáronlo en grillos. (Las Casas. Brevísima, Indias: 14)
No paró ahí en sus ataques a Cortés, a quién acusa de acosar a los indios y buscar esclavizarlos.
Pasó este gran tirano capitán, de la de Mechuacam a la provincia de Jalisco, que estaba entera e llena como una colmena de gente poblatísima e felicísima, porque es de las fértiles y admirables de las Indias; pueblo tenía que casi duraba siete leguas su población. Entrando en ella salen los señores y gente con presentes y alegría, como suelen todos los indios, a rescibir. Comenzó a hacer las crueldades y maldades que solía, e que todos allá tienen de costumbre, e muchas más, por conseguir el fin que tienen por dios, que es el oro. Quemaba los pueblos, prendía los caciques, dábales tormentos, hacía cuantos tomaba esclavos. Llevaba infinitos atados en cadenas; las mujeres paridas, yendo cargadas con cargas que de los malos cristianos llevaban, no pudiendo llevar las criaturas por el trabajo e flaqueza de hambre, arrojábanlas por los caminos, donde infinitas perecieron. (Las Casas. Brevísima, Indias: 19)
Pero por las leyes dictadas por el propio Cortés, y por la existencia de esclavos marcados en la cara con la “G” de guerra, en los bienes que le restaban en la hora de su muerte, se puede inferir que lo señalado por Las Casas a este respecto también es falso, porque si bien es cierto que esos esclavos existían, también es cierto que todos eran viejos, procedentes de las incursiones de primera hora.

Lo que es cierto es que la filosofía de Bartolomé de las Casas fue atendida y auspiciada por el Imperio español. Carlos I no fue ajeno a los escritos de las Casas, siendo que sus tesis, mucho antes que la “declaración universal de derechos”, de corte liberal, tuvieron reflejo en su “declaración y defensa universal de los derechos del hombre y de los pueblos”. Ciertamente, las explicaciones de Las Casas pasan de lo peregrino, sin embargo, hay una cuestión que prima incluso sobre las fábulas que cuenta, y que primaron también sobre el Emperador: Lo primero era la defensa de los derechos del indio.
Y para ello se tomaron medidas jurídicas con todas las consecuencias. Pero después de todo, ¿es justificable la acción de Bartolomé de Las Casas? ¿No es suficiente la denuncia veraz?, ¿No basta con la pléyade de defensores honestos del indio que adornan la conquista?
Parece que el ardor de Bartolomé de las Casas hubiese estado mejor dedicado a otros objetivos, puesto que resulta evidente, a la vista de la relación de fuerzas existente en el momento de la Conquista que los conquistadores se apoyaron mucho en la fe cristiana en las distintas conquistas, lo que causó su triunfo.
Y tiene que ser un alemán quién ponga los puntos sobre las íes:


En mi obra sobre Méjico he probado, cuan equivocadamente se ha supuesto como un hecho general, la disminución y destrucción de los indios en las colonias españolas; todavía existen en las dos Américas mas de seis millones de raza bronceada, y aunque se hayan disuelto ó confundido una cantidad de tribus y de lenguas, no se podría dudar, sin embargo, que el número de indios ha aumentado considerablemente entre los trópicos, en aquella parte del Nuevo Mundo donde no habia penetrado la civilización hasta Cristóbal Colomb. (Humboldt, 1826 tomo II: 124)
Por otra parte, si el culpable de la mortandad indígena no fue otro que el sarampión y la gripe, el responsable del desarrollo de la vida cultural de los indígenas, sí fue el conquistador español; y es que, como nos recuerda Matthew Restall, “el declive demográfico no supuso la decadencia de la cultura indígena en ningún sentido. Las culturas autóctonas evolucionaron de forma más rápida y radical durante el periodo colonial [sic], como consecuencia del contacto con la cultura española y la necesidad de adaptarse a las nuevas tecnologías, exigencias y métodos.” (Restall)
Todo señala a Bartolomé de las Casas como un majadero, pero a pesar de todas sus majaderías, y de acuerdo con la opinión de Ana Manero Salvador, Las Casas fue el gran defensor de la causa india. Bajo su presión se promulgaron leyes protectoras de los indios y los proyectos de colonización pacífica como los que se llevarían a cabo en Verapaz entre 1537 y 1550. Fue quién intentó que los reyes de Castilla se convencieran de la necesidad de que en la sociedad indiana los colonos y los indios pudieran llegar a tener una convivencia pacífica, en la medida en que ambos colectivos se componían de seres racionales y libres con los mismos derechos como súbditos de la corona de Castilla. Y legitimaba la conquista sólo por la necesidad de evangelización de los pueblos nativos” (Manero). Pero al fin, no hacía sino recordar la obligación de cumplir las instrucciones que sobre la conservación de las Indias ya había promulgado la reina a la que muchos consideran Santa: Isabel.
Lo que parece cierto es que Bartolomé de Las Casas es exagerado en extremo, tanto que el sentido común y la Historia no pueden considerar sino como imposibles y falsos la mayoría de los datos concretos que aporta, e inverosímiles las atrocidades contadas.
Hay quién afirma que necesitó hacerlo porque hacía falta llamar la atención. Representa la exaltación de la bondad indígena, y la representa machacada por parte de la población española explotadora. ¿Que es seguro que se dieron casos de explotación?, Sí. ¿Qué se puede decir lo que dice Las Casas?… Personalmente creo que es un insulto a la inteligencia y un ataque al ser y la esencia de España.

Con un añadido: Las Casas pasó a cobrar 100 pesos oro al año como procurador de los indios, y cuando fue nombrado obispo de Chiapas, medio millón de maravedís al año… Y cuando decidió dejar su cargo de obispo, pasó a cobrar una pensión de doscientos mil maravedís, y esto, que puede ser considerado lícito se une a que, según se cuenta, dedicó más tiempo a los viajes que a ejercer la caridad (hizo seis viajes a los que dedicó 29 años, siendo que de los treinta y dos años que pasó en América, doce los cumplió como encomendero y diez permaneció enclaustrado), que nunca aplicó, del mismo modo que nunca aprendió una lengua indígena ni trató como iguales a quienes pretendía defender, y se asegura que nunca hizo por educarles ni enseñarles algo de provecho. Fray Toribio de Benavente, clérigo misionero, llegó a escribir a Carlos I que Las Casas era un hombre bullicioso y pleitista, injuriador, “yo conozco a De Las Casas quince años (..) y siempre está escribiendo procesos y vidas ajenas, buscando los males y delitos”.
Podrá alegarse que el dominico se limitaba a aceptar las gracias que le eran concedidas, pero no es así. Directamente las buscaba, reclamando en los lugares que suponía provechosos. Así escribía al gran canciller Mercurio Gattinara cuando se estaba tratando en la Corte sus reclamaciones personales:
aún se duda ahora de si se me dará la províncía del cenu para poner en ella el remedío que por servir a Dios y al rey nuestro señor en ella y en las otras me profiero a poner/ por ende fuplico a v.s. muy humildemente que consideradas y vistas las razones e inconvenientes que aqui pongo que son verdaderas y justas que v.s con el muy alto real consejo quiten y pongan todo lo que fueren servidos y dese ya la final conclusión visto que la negociación sea y quede en sí con posible porque yo pueda hacer fruto, porque ya me caya a comenzar a servir a su alteza. (Las Casas: Gattinara)
En la misma carta a Gattinara se queja de que no le dieron una pesquería en Paría, por lo que no podría recoger perlas.
Sirva lo expuesto para hacerse una idea de quién era Fray Bartolomé de las Casas, un personaje que figura en el santoral protestante.

Cesáreo Jarabo
Bibliografía:
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1 thought on “En torno a fray Bartolomé de las Casas (2/2)”
Magnífico trabajo, como todos los suyos. Enhorabuena.
Únicamente quiero apuntar que desde siempre, aunque por muy pocos, se citado su origen de «cristiano nuevo» (con antepasados judíos o conversos), el cual, sin duda, pudo influir en su postura crítica hacia la Corona y en su empeño por justificar a los indígenas, aunque él mismo pidió esclavos negros y encomiendas, mostrando las contradicciones de su carácter, especialmente como religioso «laxo».
Además, don Ramón Menéndez Pidal escribió un libro titulado »El padre Las Casas, su doble personalidad» donde describe los trastornos de su personalidad, que le hacían desenfocar su visión de las cosas (https://publicaciones.rah.es/producto/el-padre-las-casas-su-doble-personalidad/). Libro prácticamente censurado y publicado por única vez en 1963.
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