
La mantilla española es una prenda de forma rectangular de color negro que aporta solemnidad a las mujeres que la lucen y que ha logrado convertirse a lo largo de la Historia de España en un símbolo de identidad nacional y cultural. También dicho adorno tiene una estrecha vinculación con actos de índole religiosa, y con ocasiones especiales de etiqueta.

La mantilla enlaza históricamente con ciertos velos y tocados sencillos que lucían las mujeres en la antigüedad para cubrirse la cabeza, como atestiguan imágenes varias. Hay constancia de que esta prenda se utilizaba ya en la península concretamente en la época prerromana y se cree que su uso originario era para protegerse del frío y del sol. Por todo ello, en el norte de España los tejidos empleados han sido tradicionalmente más gruesos y en el sur más finos y delicados. La mantilla tiene ciertas peculiaridades a la hora de colocársela, lo idóneo es con el pelo recogido y que caiga sobre los hombros. Suele ir sujeta por una peineta de carey con forma de teja, un fino nácar artísticamente calado que se coloca en la cabeza con grandes alfileres y un broche, lo que eleva la altura de las mujeres que la portan. Hay un largo adecuado de mantilla para cada persona y puede sustituir al velo de la novia en las bodas. El encaje de la mantilla es de hilo de seda de Chantilly o blonda tanto para madrinas como para novias. El color marfil es el reservado para mujeres solteras.

Su auge ornamental tuvo lugar en los siglos XVII y XVIII —que se empezó a utilizar como prenda de lujo en la corte— consolidándose sobre todo como símbolo de distinción de la nobleza, como lo ejemplifican muchos cuadros de época pintados por Francisco de Goya (Mujer joven con mantilla y basquiña o Retrato de una dama con mantilla negra, que se cree era Leocadia Zorrilla, ama de llaves del pintor). Más conocidos son el realizado a la duquesa de Alba o el aguafuerte de la reina María Luisa de Parma. Su utilización en las obras pictóricas impulsó los deseos de renovación de las costumbres puramente castizas frente a la “modernidad francesa”. El uso de la moda de París era considerado una acción antipatriótica. Era una manera de demostrar el rechazo a los galos y a costumbres o injerencias externas.
En Gran Canaria se denomina mantellina y su uso se dio sobre todo en el reinado de Carlos III. En 1835 El Correo de las Damas se muestra ya partidario en sus páginas del uso de esta prenda. En ese mismo siglo unos años más tarde la reina Isabel II de España fue clave en la popularización del uso de la mantilla junto a guantes en sus paseos en berlina y en coche de caballos por la capital. Además de en las bodas católicas las mantillas se llevan tradicionalmente en otros actos religiosos como procesiones, homenajes, audiencias, etc. En estas ocasiones especiales de liturgia el traje que le acompaña debe ser de corte simple, de color negro y los zapatos de salón del mismo color. Esto se debe a que simboliza en Semana Santa el recogimiento de las mujeres por ser Jueves o Viernes santo.


A lo largo de la Historia sólo la reina de España tiene el privilegio de usar la mantilla de color blanco. El origen de ello es incierto y se cree que puede provenir de tiempos de Isabel la Católica. La mantilla fue exportada a Europa y otras reinas católicas también han asimilado esta costumbre de vestir de blanco. El uso de la mantilla se dio también por parte de la granadina Eugenia de Montijo con el emperador Luis Napoleón Bonaparte en 1853 en Notre Dame, París, un ornamento puramente castizo frente a lo francés. Ejemplos del uso más reciente que se le ha dado en la Historia fue el de la reina Victoria Eugenia para acudir a las corridas de toros o la reina Doña Sofía o doña Leticia de blanco en sus visitas privadas al romano Pontífice en el Vaticano.

“La Conspiración de las Mantillas” tuvo lugar en 1873 para poner fin a la supuesta e indebida intromisión de la Casa de Saboya con la incorporación de la figura del duque de Aosta como rey de España tras la Constitución de 1869. Esta conspiración fue encabezada por la princesa Sofía Troubetzkoy, mujer del duque de Sesto y firme partidaria de los Borbones. Su marido era el preceptor de Alfonso XII y la persona que ante la presencia seudopaternal pasiva del marido de la reina, el Infante Francisco de Asís le acompañaba a todas partes.
Esta protesta españolista tuvo bastante calado entre las mujeres de la aristocracia y provocó que el uso de la prenda se intensificara entre las mujeres. El nuevo rey intruso, era ya el segundo en España —después del efímero José Bonaparte — que no contaba con el afecto sincero del pueblo. Cuentan que su mujer María de la Victoria del Pozzo, recién llegada a España quiso hacer uso de la prensa, hasta que se dio cuenta que era una señal de rebeldía contra ellos. El uso de la mantilla blanca por las mujeres de la aristocracia sujeta con alfileres de flores de lis —emblema de los Borbones— junto las mejores galas, joyas y vestidos se extendió como la pólvora en los paseos en carruaje por el Paseo del Prado. Otras desfilaban con mantillas sujetas con margaritas en honor a la mujer del otro pretendiente: Carlos María de Isidro (Margarita de Borbón-Parma). La respuesta del gobierno de Ruiz Zorrilla fue provocadora: Utilizaron a las prostitutas para vestirlas con mantilla y peineta y las hicieron mezclarse con la algarabía de la aristocracia provocando que algunas mujeres nobles dejasen de utilizarla.

La vuelta de los Borbones pronto estaría encarnada en la figura de Alfonso XII. único hijo varón de la reina Isabel II, que se encontraba terminando su formación militar. La mantilla se convirtió en estandarte, en emblema nacional, en un símbolo enteramente patriótico: “Las gallardas españolas poseen el arte de manejar tan interesante velo y nuestras modas pertrechan más allá de los Pirineos”.
La mantilla que parecía que había caído en desuso fruto de los acontecimientos que asolaban a la capital había adquirido ya de nuevo sentido de unidad nacional en un contexto de inestabilidad política, sobre todo tras la Guerra de la Independencia y la invasión francesa (1808-1814), años en que se acentuó la crisis de identidad nacional.
Algunos autores criticaron la dualidad ideológica del país: Por un lado, la España antigua de la mantilla con mentalidad conservadora, por otro lado, la España joven moderna y libre que asimilaba las nuevas influencias europeas. Hay escritores que sé inspiran en la mantilla, es el caso de Benito Pérez Galdós, y Emilia Pardo Bazán. Las prendas de tules y gasas venían de Francia, pero también de Cataluña y Almagro (Ciudad Real). Las mantillas de blonda tienen los bordes muy marcados. Las de Chantilly son de tul bordado y deben su nombre a la localidad francesa donde se fabricó él tejido y se popularizó. Las mantillas pueden ser de seda, bolillos, madroños. Su uso está más arraigado en Andalucía y en Gran Canaria se utiliza hasta de color rojo. Algunas también son de terciopelo de tipo goyesco

La mantilla ha ido perdiendo popularidad desde el siglo XIX y muchos no entienden en nuestro tiempo actual la reciente aversión a la mantilla clásica: “ Su compañera inseparable, su mejor amiga, su adorno más elegante, su más valiosa arma de combate (…) la mantilla elegante que Dios regaló a las hijas de esta tierra (La vida en Madrid, Enrique de Sepúlveda, 1879) . ”Es un hecho la abolición de la mantilla y no se ven por esas calles más que sombreros absurdos, mi indignación no tiene límite”.

Su uso en el siglo XXI esta casi extinguido y se limita a las Procesiones de Semana Santa, salidas procesionales, ferias, corridas de toros, bodas y algunas Misas solemnes. La blanca se puede utilizar el Domingo de Resurrección como símbolo de alegría.
España sigue su andanza dividida entre las convenciones del pasado y la modernidad. La mantilla es una tradición que pasa de abuelas a madres e hijas. La mantilla bien podía ser como el abanico: un escudo o un arma para el libre y airoso desenvolvimiento de las damas en ciertos lugares. Porque en definitiva la mantilla tiene que ver con el garbo, con lo castizo, con nuestra intra historia.

Inés Ceballos
